El mundo en 2050

Lauren C. Smith

Fragmento

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El peludo trofeo de Martell

Predecir es muy difícil. Sobre todo el futuro. Niels Bohr (1885-1962)

El futuro está aquí, solo que todavía mal repartido. William Gibson (1948-)

Jim Martell, un empresario de Glenns Ferry, Idaho, de sesenta y cinco años de edad, disparó un frío día de abril de 2006 a un extraño animal y lo mató. Acompañado por el guía Roger Kuptana, corrió, el rifle bien seguro en sus manos, a donde yacía desplomado sobre la nieve. Vestían gruesas parkas para protegerse del viento gélido. Estaban en la isla de Banks, bien arriba en el Ártico canadiense, a 4.000 kilómetros de la frontera de Estados Unidos.

Martell era un ávido practicante de la caza mayor; había pagado 45.000 dólares por el derecho de cobrarse un Ursus maritimus, un oso polar. Pocos trofeos más preciados había en su deporte. Kuptana era un rastreador y guía inuit; vivía en un pueblo cercano, Sachs Harbor. La caza de osos polares es legal en Canadá, si bien está regulada estrictamente; la carísima licencia y las tarifas que cobran los guías proporcionan buenos ingresos a Sachs Harbor y a otras poblaciones inuit. Martell tenía permiso para abatir un oso polar, solo uno. Pero lo que yacía sangrando en la nieve no era un oso polar.

A primera vista se parecía mucho a un oso polar, pequeño, eso sí. Medía algo más de dos metros de largo; estaba cubierto por un

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pelo de un blanco cremoso. Sin embargo, el lomo, las zarpas y el morro tenían manchas pardas. Le rodeaban los ojos cercos negros, como los de los pandas. La cara estaba aplanada y el lomo arqueado, con joroba; las garras eran largas. Tenía muchas de las características del Ursus arctos horribilis, el oso pardo «entrecano» de Norteamérica, el grizzly.

El oso de Martell produjo sensación en todo el mundo. Funcionarios canadienses de protección de la vida salvaje recogieron el cuerpo y remitieron muestras de ADN a un laboratorio de genética para saber qué era. Las pruebas confirmaron que se trataba de un cruce de grizzly y osa polar.1 Era la primera copulación en condiciones naturales entre osos pardos y polares de que hubiese constancia. En las noticias se habló de la aparición de un «híbrido peludo»2

y la blogosfera hirvió con manifestaciones de asombro y nombres propuestos —¿pizzly?, ¿grizzlar?, ¿oso grolar?—, o de indignación por que se hubiese matado de un tiro al único espécimen conocido. La página web «salvad al pizzly» vendía camisetas, tazas de café y muñecos de trapo. Martell recibió críticas airadas; replicó que si no hubiese tenido tan buena puntería el mundo no se habría enterado de que existía tal ser, se llamara como se llamara.

Para que ese singular encuentro amoroso hubiera podido siquiera ocurrir, un oso pardo tuvo que vagar muy al norte, hasta internarse en el territorio de los osos polares, un fenómeno hasta entonces raro que ahora los biólogos van viendo más a menudo. Los periodistas corrieron a establecer una relación con el cambio climático: ¿no sería, se preguntaban, un anticipo de la respuesta de la naturaleza al cambio climático? Pero científicos como Ian Stirling, destacado biólogo especializado en los osos polares, tenían razones justificadas para resistirse a sacar grandes conclusiones de lo que, al fin y al cabo, era un hecho aislado. Eso cambió en 2010, cuando se mató a un segundo espécimen. Las pruebas confirmaron que descendía de una madre híbrida; en otras palabras, se están reproduciendo.3

Las décadas venideras dirán si el oso de Martell, ahora disecado y enseñando los dientes en la sala de estar de su cazador, es precisamente el último indicador biológico, entre otros muchos, de que algo importante le está pasando a nuestro planeta.

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EL PELUDO TROFEO DE MARTELL

Si disfruta contemplando la vida salvaje por sus alrededores quizá haya notado algo. Por todo el mundo hay animales, plantas, peces e insectos que se van desplazando a latitudes y elevaciones mayores. Se trate de los cercopoideos de California o de las mariposas de España y los árboles de Nueva Zelanda, hay una pauta general que los biólogos han descubierto. En 2003, un inventario mundial de este fenómeno estableció que plantas y animales están desplazando las zonas en que viven en una media por decenio de seis kilómetros hacia el norte y de seis metros hacia mayores elevaciones. A lo largo de los últimos treinta años, los ciclos fenológicos —el ritmo anual del florecimiento de las flores, las migraciones de los pájaros, el nacimiento de las crías, etc.— se han ido adelantando en primavera más de cuatro días por decenio.4

Quizá estos números no le parezcan grandes, pero deberían parecérselo. Imagínese que su césped se fuera apartando de su casa con rumbo norte a una velocidad de 1,67 metros al día. O que su cumpleaños llegase diez horas antes cada año. A esa velocidad se están produciendo los desplazamientos biológicos. Las formas de vida están migrando, y justo al otro lado de su ventana.

La historia del pizzly de 2006 —como la temporada de huracanes del Atlántico de 2005, que batió todos los récords, o los extraños patrones meteorológicos que ahogaron en lluvia los Juegos Olímpicos de Invierno en Vancouver mientras enterraban en nieve la Costa Este de Estados Unidos en el «Apocalipsis níveo» de 2010—5

no es sino uno ejemplo entre otros de algo que quizá se deba al cambio climático o quizá no. Sucesos así llaman la atención en las noticias, pero, tomados por separado, no sirven para concluir nada. Por el contrario, los laboriosos análisis de decenas de años de investigaciones de campo sobre los cercopoideos y los árboles no causan revuelo en las noticias del día, pero a mí sí me impresionan. Se trata de un descubrimiento convincente y de la mayor importancia, que aporta verdadero conocimiento acerca del futuro. Es una megatendencia, y de megatendencias es de lo que trata este libro.

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El experimento mental

Este es un libro sobre el futuro. El cambio climático no es sino un componente del futuro. Exploraremos también otras tendencias de gran magnitud, relativas a la población humana, la integración económica o el derecho internacional. Estudiaremos geografía e historia para mostrar que sus condiciones preexistentes dejarán marcas perdurables en el futuro. Recurriremos a refinados modelos por ordenador de nuevo cuño para obtener previsiones del futuro del producto interior bruto, de los gases de efecto invernadero y del suministro de recursos naturales. Al examinar estas tendencias en su conjunto y al descubrir convergencias y paralelismos entre ellas, resulta posible imaginar, con una credibilidad científica razonable, cómo será el mundo de aquí a cuarenta años si las cosas siguen como están ahora. Es un experimento mental acerca del mundo de 2050.

Puede ser divertido imaginarse cómo será el mundo por entonces. ¿Coches voladores y robots? ¿Cultivos de órganos corporales con características a elegir? ¿Una economía del hidrógeno? Como le dirá cualquier decepcionado entusiasta de la ciencia ficción, la realidad suele ir más despacio que la imaginación. Quienes se apasionaron con el libro de George Orwell 1984, las series de televisión Perdidos en el espacio y Espacio 1999, las películas 2001: una odisea del espacio y (a todas luces) Blade Runner —que sucede en un Los Ángeles de 2019 donde llueve perpetuamente— han ido viendo venir y pasar esos años que ha

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