El fin de la ciencia

Manuel Lozano Leyva

Fragmento

Introducción

El título de este libro hace uso de la ambivalencia de la palabra fin, es decir, trata del posible final de la ciencia y la tecnología pero también de cuáles deben ser sus principales objetivos. En principio es un libro de divulgación científica, lo que significa que, como toda pedagogía, tiene una gran carga ideológica detrás, por más que la intención principal sea transmitir información y conocimientos a un lector no científico. Este componente de enfoque personal es mayor en este libro que en los que he escrito hasta ahora, por lo que quizá sea de naturaleza distinta y bien termine pudiéndose catalogar como ensayo.

Otra idea de partida del libro es que los ciudadanos no pueden ejercer la democracia apropiadamente sin unos conocimientos básicos de lo que es la ciencia y la tecnología, incluidos no sólo sus grandezas y milagros, sino también sus miserias y peligros. Lo que ha ocurrido en el devenir del progreso, que arranca con el Renacimiento, se asienta con la Ilustración y eclosiona con las grandes y sangrientas convulsiones del siglo XX, es un fenómeno único en la historia al que nos tenemos que enfrentar en el siglo XXI. Lo hemos de hacer ilusionados, sí, pero también alertas. Y nuestros políticos saben de esto lo mismo que los ciudadanos: poco o nada.

Así pues, este libro, además de divulgar ciencia desde un punto de vista muy personal, intenta dar elementos para la reflexión a ciudadanos escépticos, incluidos los políticos eventuales o profesionales, respecto a lo que les han dicho o han supuesto hasta ahora del alcance que tiene en nuestra época la investigación científica y técnica. Insisto en que salvo los datos y lo que obviamente es objetivo, el resto son opiniones tan discutibles como las de cualquier lector. La única autoridad que me arrogo es la que me da ser catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear (cálmese el lector tras el respingo, porque nunca he trabajado para las armas atómicas ni la industria nuclear), lo cual significa reivindicar competencia sobre los aspectos científicos y técnicos de algunas cosas que se sostendrán en el libro, pero a la vez alertar sobre carencias del mismo carácter en otras que no sean su especialidad.

La primera parte del libro pretende dar una idea general de lo que ha sido la historia de la ciencia y la tecnología analizando muy subjetivamente algunos de sus principales hitos. Y termina explicando el actual sistema de investigación científica y técnica. Es decir, se da un repaso rápido e irreverente de la transformación de un sistema calmo y placentero (con sus estertores agónicos y renacimientos), en el que la ciencia la hacían ilustres (y ricos) individuos, a una organización de millones de personas trabajando afanosamente en investigación científica, desarrollo tecnológico e innovación empresarial.

La segunda parte trata de la primera acepción de la palabra «fin» en español: las amenazas que se ciernen sobre el sistema científico y tecnológico y, en definitiva, sobre nuestra civilización, entre las que se incluye como una más, en absoluto la más importante, la de la extinción de la ciencia por haber descubierto todo lo que hay por descubrir. Mucho más inquietantes son los riesgos que conllevan las pseudociencias, los negacionismos políticos y religiosos, el descontrol, el catastrofismo mesiánico, el miedo a la guerra y el tecnoterrorismo e incluso la endogamia y el corporativismo de la comunidad científica. Algunos de estos riesgos se agudizan extraordinariamente en tiempos de crisis como en los que estamos inmersos.

La tercera parte está dedicada al fin de la ciencia, pero entendido como objetivo o finalidad de ésta. Trata de la parte positiva y optimista que se le puede extraer a la palabra fin. La selección de objetivos es totalmente personal, pero será difícil encontrar a alguien que objete que la energía, el medio ambiente, la biomedicina, la alimentación y averiguar cuál es nuestro lugar y papel en el cosmos no son temas que despiertan bellas aspiraciones. Lo que sí es lógico y deseable es que el lector tenga otros objetivos igual de perseguibles o más, porque también es ésa una aspiración del autor.

Hace unos años se publicó un libro con el mismo título que éste pero con intenciones muy distintas, El fin de la ciencia.1 El subtítulo es «Los límites del conocimiento en el declive de la era científica». En el título de este libro se funden con toda intención el significado de las palabras inglesas end y aim, pero lo importante es que lo que el autor del libro anglosajón muestra en el subtítulo como la causa del posible final de la ciencia, el cumplimiento de sus objetivos, algo que en este libro apenas se tratará por considerarse irrelevante. No hay arrogancia alguna en ello; aún más, declaro que la intención que muestra en su libro John Horgan, periodista científico de alto nivel, me parece honesta porque está sostenida en el respeto y el cariño a la ciencia. Quizá sólo se le pueda achacar que se mete en jardines cuya frondosidad es demasiado espesa para que se pueda vislumbrar algo nítidamente. Por ejemplo, si se trata del principio de indeterminación (no de incertidumbre) cuántica de Heisenberg, hay que entenderlo muy bien, saber explicárselo al lector no especialista y además hacerlo, porque si no, el lío que puede provocar uno con la dichosa incertidumbre es tremendo. El lector, en este preciso instante, teme un nuevo tipo de arrogancia del autor: su desprecio por la filosofía, pero no hay tal. Jorge Luis Borges opinaba que la filosofía es un subgénero de la literatura fantástica. No estoy de acuerdo con tal aserto, pero por si acaso en este libro no voy a «filosofar», sino que lo que de verdad pretendo en estas páginas es hacer que el lector «filosofe», o dicho sin comillas ni ironía: que se libere de posibles prejuicios adquiridos y piense por su cuenta ante unos datos expuestos por un científico profesional veterano y las opiniones y temores que éstos le merecen.

Una última cuestión técnica, literaria o como se la quiera llamar: puede que el lector de divulgación científica eche en falta títulos y subtítulos ocurrentes y curiosos en los capítulos y apartados. Mis libros de divulgación no son lineales, es decir, pretendo que el lector pueda elegir el tema que le guste en cualquier momento, y que, por tanto, se salte lo que le resulte tedioso retomando la lectura por donde intuya que le interesará o divertirá. Para ello, un índice que indique claramente el contenido del capítulo o apartado es importante. Por eso pueden parecer anodinos, pero creo que merece la pena correr ese riesgo.

La pulcritud gramatical y la corrección literaria que el lector pueda apreciar en el texto se debe fundamentalmente al buen hacer de Isabel Germán, por lo que mi agradecimiento a ella va acompañado de admiración.

Y nada más. Deseo que al final del libro el lector se sienta algo más inquieto que cuando lo empezó, aunque también un poco más c

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