Viajes por Marruecos

Ali Bey

Fragmento

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PRÓLOGO

PRÓLOGO

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Hasta comienzos del siglo XIX, la curiosidad europea por Marruecos no disponía de más alimento que la información contenida en las relaciones de cautivos (Mouette, Mármol), alfaqueques o gestores de su liberación (Diego de Torres), agentes diplomáticos cuyo radio de acción se veía limitado por la residencia forzosa en un puerto de mar (Chénier) y visitantes ocasionales como los médicos ingleses Lemprière y Buffa o el viajero «puro» Jan Potocki, quien no conoció más que Tetuán y Tánger.

¿Cuál es el interés actual y el valor de esa literatura? De un lado, sus juicios y descripciones, más o menos adecuadas a la realidad, son los materiales con los que se construyó el edificio, tan frágil como indestructible, de la imagen de Marruecos. Del otro, la vigencia de esas obras se mantiene debido a la rareza, o al menos comparativa penuria, de las fuentes locales para el período histórico anterior al advenimiento del Protectorado. En fin, la pervivencia de modos de vida tradicionales hace que en buena medida sigan siendo descriptivas de la realidad de hoy.

La experiencia de Domingo Badía abre una nueva orientación en la bibliografía. Sobre esa nación: la del viaje científico entendido al modo de la Ilustración, es decir, la búsqueda de conocimientos nuevos pensando en la utilidad que los tales puedan reportar. Se trata, como dice en su introducción de «observar... los usos, costumbres y naturaleza de las tierras para no hacer inútiles las fatigas de tan larga travesía sino aprovechables para los conciudadanos del país que, finalmente, elegiré por patria...» ‘Aš‘āš, el gobernador analfabeto de Tánger «no se halla en estado de comprender cuán útil es la instrucción al hombre y por ello la niega sistemáticamente a sus hijos» (cap. III).

Pero ¿cuál es el provecho de tales conocimientos? ¿Abrir a los hombres de ciencia europeos nuevos horizontes intelectuales o bien acercarse al objetivo que sólo tras el transcurso de más de un siglo desde su viaje se haría en Marruecos realidad? «El aspecto de estas hermosas praderas —escribe en el segundo día de su periplo—, casi enteramente abandonadas, hería tanto más vivamente mi corazón cuanto que en Europa y Asia los hombres, estrechados en espacios reducidos, perecen en parte o arrastran una existencia miserable» (cap. VII).

Achaque de todos los descubridores es exagerar el valor de sus hallazgos. Vemos a Ali Bey ponderar la calidad de los terrenos para el cultivo, imaginar riquezas minerales por los indicios que encuentra en los lechos de los ríos y calificar al argán del sur marroquí de «árbol precioso».

El carácter de pionero de Ali Bey será de sobra reconocido por los viajeros subsiguientes. Graberg di Hemsö, E. G. Jackson, Caraman, Washington, Drummond-Hay, Mitjana, Charles de Foucauld, etc., sobre todo el último, parecen haber tenido a mano un ejemplar de esta obra durante la redacción de las suyas. Otros autores que jamás visitaron Marruecos como Renou, Cánovas y Estébanez Calderón no dudaron en ponerle a contribución.

El rico material etnológico recogido por nuestro autor ha sido y sigue siendo empleado, con cierta profusión por algunos antropólogos de nuestro siglo, como Westermarck y D. F. Eickelmann.

Particularmente importantes se juzgaron en su día los descubrimientos geográficos de Badía, v.g. el curso del Lukus que fluye de norte a sur, de Alcazarquivir a Larache, los datos climatológicos, la latitud y longitud de once ciudades y el hallazgo del corredor de Taza, más tarde llamado estrecho sudrifeño.

No es ocioso insistir sobre este aspecto de pionero de los modernos conocimientos de Europa sobre Marruecos. La obra de Badía no tuvo, sin embargo, continuadores en España. Los trabajos de los demás viajeros celtibéricos en el siglo XIX como Murga («el moro vizcaín

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