ADN. El secreto de la vida

James D. Watson

Fragmento

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NOTA DE LOS AUTORES

La edición original de este libro, ADN. El secreto de la vida, fue concebida durante una cena en 1999. Hablábamos sobre cuál sería la mejor manera de conmemorar el quincuagésimo aniversario del descubrimiento de la doble hélice. El editor Neil Patterson acompañó a James D. Watson en la tarea de imaginar una aventura multifacética que incluía este libro, una serie de televisión y otros proyectos más abiertamente educativos. La presencia de Neil no era casual: en 1965 había publicado el primer libro de Watson, La biología molecular del gen, y desde entonces ha estado agazapado como un genio detrás de sus proyectos editoriales. Doron Weber, de la Fundación Alfred P. Sloan, consiguió posteriormente el dinero para asegurarse de que la idea se convirtiera en algo más concreto. Andrew Berry fue contratado en 2002 para elaborar un esquema detallado con vistas a la serie de televisión y durante una época estuvo viajando regularmente entre su base en Cambridge, Massachusetts, y la de Watson en el Laboratorio de Cold Spring Harbor, situado en la costa norte de Long Island, cerca de la ciudad de Nueva York.

Desde el principio, nuestro objetivo fue ir más allá del simple relato de los acontecimientos de los últimos cincuenta años. El ADN ha pasado de ser una molécula esotérica que interesaba solo a un puñado de especialistas a constituir el fundamento de una tecnología que está transformando muchos aspectos de nuestro modo de vida. Esa transformación ha venido acompañada de un sinnúmero de difíciles cuestiones acerca de sus repercusiones prácticas, sociales y éticas. Gracias a la oportunidad del quincuagésimo aniversario para detenernos y hacer una recapitulación de todos esos acontecimientos, ofrecíamos una opinión descaradamente personal tanto de la historia como de los resultados. Es más, lo que el libro refleja es la opinión personal de Watson y en consecuencia está escrito en primera persona del singular.

Para esta edición totalmente actualizada, Kevin Davies fue invitado a que nos ayudara a transmitir muchos de los extraordinarios avances que han tenido lugar en la investigación genética en la década que ha transcurrido desde la publicación del libro original. La obra incluye dos capítulos nuevos: «Genómica personal: el primero de todo los demás» (el capítulo 8), que valora los avances que se han producido en la tecnología de secuenciación del ADN y que han dinamizado ámbitos como la genética de consumo y la secuenciación clínica del genoma; y el capítulo final, «El cáncer: ¿una guerra sin final?», en el que examinamos los progresos ocurridos en la investigación y las terapias contra el cáncer, y nos preguntamos qué nos hace falta para vencerlo en una guerra que parece imposible de ganar.

Hemos tratado de escribir para un público muy amplio, con el propósito de que quienes no posean conocimiento alguno de biología puedan comprender cada una de las palabras de este libro. Todos los términos técnicos se explican cuando se introducen por primera vez. Además, el apartado «Lecturas complementarias» recoge una lista de libros a propósito de cada capítulo. En los casos en que ha sido posible hemos evitado la bibliografía técnica; con todo, los títulos enumerados proporcionan un análisis de temas concretos más exhaustivo que el que ofrecemos nosotros.

En los agradecimientos, al final del libro, aludimos a las muchas personas que de una forma u otra han contribuido generosamente a este proyecto. Sin embargo, cuatro de ellas merecen una mención especial. George Andreou, nuestro editor de Knopf, con una paciencia de santo, escribió mucho más de este libro —los mejores fragmentos— de lo que cualquiera de nosotros estaría dispuesto a revelar jamás. Kiryn Haslinger, ayudante de Watson en el Laboratorio de Cold Spring Harbor, eficiente en grado superlativo, engatusó, amedrentó, corrigió, investigó, chinchó, intercedió y redactó —todo ello más o menos en igual medida—. Sin ella, el libro simplemente no habría sido posible. Jan Witkowski, también del Laboratorio de Cold Spring Harbor, hizo un trabajo maravilloso poniendo a punto los capítulos 10, 11 y 12 en un tiempo récord y proporcionó un asesoramiento indispensable durante todo el proyecto. Maureen Berejka, ayudante de Watson, prestó como siempre un excelente servicio al ser el único habitante del planeta Tierra capaz de entender la letra de Watson.

James D. Watson, Cold Spring Harbor, Nueva York

Andrew Berry, Cambridge, Massachusetts

Kevin Davies, Washington D. C.

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INTRODUCCIÓN

EL SECRETO DE LA VIDA

Como solía ocurrir los sábados por la mañana, el 28 de febrero de 1953 llegué a trabajar al Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge antes que Francis Crick. Tenía una buena razón para levantarme temprano. Sabía que estábamos cerca —aunque no tenía ni idea de cuánto— de descifrar la estructura de una molécula poco conocida llamada ácido desoxirribonucleico: ADN. No era una molécula más: tal como Crick y yo estimábamos, el es la estructura química que contiene la mismísima clave de la naturaleza de la materia viva. Almacena la información hereditaria que se transmite de una generación a la siguiente y organiza el universo increíblemente complejo de la célula. Descifrar su estructura tridimensional —la arquitectura de la molécula— proporcionaría, eso esperábamos, un indicio de aquello a lo que Crick se refería medio en broma como «el secreto de la vida».

Ya sabíamos que las moléculas de ADN constaban de múltiples copias de una única unidad básica, el nucleótido, que se presenta en cuatro formas: adenina (A), timina (T), guanina (G) y citosina (C). Había pasado la tarde anterior haciendo recortes en cartulina de estos componentes y ahora, una tranquila mañana de sábado sin nadie que me molestara, podía entremezclar y disponer al azar las piezas del rompecabezas tridimensional. ¿Cómo iban a encajar todas juntas? Enseguida me di cuenta de que un simple esquema de emparejamientos funcionaba a la perfección: A encajaba limpiamente con T y G con C. ¿Se trataba de esto? ¿Constaba la molécula de dos cadenas unidas entre sí por pares A-T y G-C? Era tan sencillo y hermoso que casi tenía que ser cierto. Pero había cometido errores anteriormente y, antes de que pudiera emocionarme demasiado, mi esquema de emparejamientos tendría que sobrevivir al examen minucioso del ojo crítico de Crick. Fue una espera angustiosa. Pero no tendría que haberme preocupado: Crick comprendió inmediatamente que mi idea de los emparejamientos insinuaba una estructura de doble hélice, en la que las dos cadenas moleculares giraban en direcciones opuestas. Todo lo que se sabía acerca del ADN y sus propiedades —los hechos con los que habíamos estado luchando mientras tratábamos de resolver el problema— cobraba sentido a la luz de esas encantadoras espirales complementarias. Lo más importante fue que la forma en que la molécula estaba organizada sugirió al momento soluciones a dos de los misterios más antiguos de la biología: cómo se almacena la informa

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