El día después de las grandes epidemias

José Enrique Ruiz-Domènec

Fragmento

libro-4

PRÓLOGO
LA EPIDEMIA PROTAGONISTA DE LA HISTORIA

[…] no se recordaba que se hubiera producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas. Nada podían hacer los médicos por su desconocimiento de la enfermedad que trataban por primera vez; al contrario, ellos mismos eran los principales afectados por cuanto que eran los que más se acercaban a los enfermos.

TUCÍDIDES, Historia de la guerra del Peloponeso,
libro II, 47, 3-4

Incluso las epidemias tienen historia. Llegué a esta conclusión en los largos meses de confinamiento de la primavera del 2020. La Covid-19 fue la culpable. Millones de ciudadanos de todo el mundo se vieron obligados a permanecer en sus casas por orden gubernativa. Había que evitar el contagio a cualquier precio; de ahí el sentido profundo de la frase «con la plaga no se juega» que debimos interiorizar cada uno de nosotros, y cada uno a su manera. Se podía sentir una atmósfera dramática, en cada casa, pero las autoridades sanitarias prohibían, bajo pena de sanción, salir a la calle y visitar a los parientes y a los amigos. Naturalmente, todo el mundo hizo caso, mientras escuchaban por los habituales medios de comunicación las recomendaciones de los expertos: nos dimos cuenta entonces de que estábamos en la «era de la responsabilidad anónima» que decía Karl Jaspers. ¿Qué es un ser humano encerrado, lejos de su rasgo más propio, esto es, la sociabilidad? Hay respuestas para todos los gustos.

Y así es como empezó esta aventura.

Un buen día de febrero, no recuerdo cuál, me pidieron que escribiera sobre las epidemias en la historia para el suplemento «Cultura/s» de La Vanguardia. Acepté, pues recordé que años atrás un maestro me hizo ver la necesidad de tener siempre presente la frase de Lord Acton, editor de la Cambridge Modern History, «ocupaos de un problema, no de un período». Me senté en mi estudio, la tarde caía en silencio, y comencé la tarea de mirar hacia atrás sin ira para hallar el marco adecuado que permitiera explicar al lector la atmósfera que envolvió en otros tiempos el problema que nos acuciaba ahora, una epidemia.

Empecé a leer los capítulos que el historiador de la época clásica griega Tucídides dedica a la epidemia de Atenas en su monumental Historia de la guerra del Peloponeso que, en mi opinión, rozan la perfección, ya que ilustran con todo rigor la importancia de la narrativa histórica a la hora de esclarecer un acontecimiento inesperado; luego anoté su declaración programática convencido de que me sería de ayuda: «Por mi parte, simplemente describiré [la epidemia] por su naturaleza y explicaré sus síntomas por los que pueda ser reconocida por el estudioso si alguna vez se vuelve a presentar; esto lo puedo hacer mejor, pues yo mismo sufrí el mal, y fui testigo de su actuar en el caso de otros».[1] Y, así, sin solución de continuidad, traba una historia sobre un típico caso de fiebre tifoidea para el que, escribe con su gélido estilo, «no hubo una causa ostensible; pero personas en buena salud eran repentinamente atacadas por violentos calores en la cabeza y enrojecimiento e inflamación de los ojos y las partes internas, como la garganta o la lengua, que se tornaban rojas y emitían un hálito anormal y fétido». Sorprendido por los rasgos de la enfermedad, insiste en su descripción: «Esos síntomas eran seguidos de estornudos y ronquera, luego de lo cual el dolor llegaba pronto al pecho y producía una fuerte tos. Cuando se fijaba en el estómago lo indisponía; y seguían descargas de bilis de todos los tipos conocidos por los médicos, acompañadas de gran angustia».[2]

El culto a la descripción: el ideal ateniense de un cosmos armónico se proyecta en el cuerpo de los enfermos con el fin de pensar alternativas de futuro para vencer el miedo. Porque la fuente del miedo en una sociedad sacudida por una epidemia es el porvenir malogrado, y el que se libera de esa sensación de incertidumbre no tiene ya nada que temer.

Es justamente lo que se necesita hoy.

En el lenguaje corriente, la noción de «epidemia» designa una enfermedad contagiosa que afecta a mucha gente, cuando es a toda una civilización entonces se habla de «pandemia».

Se trata de una definición médica, por supuesto: Hipócrates, el primer autor que analiza las causas ambientales de las enfermedades infecciosas en lugar de atribuirlas a un origen divino, empleó por primera vez, en el siglo V a. C., el término «epidemia» en una obra con ese mismo nombre para definir una enfermedad que afecta a un país o a una región: el ejemplo analizado fue un brote de paperas en la isla de Tasos, donde pudo observar que las mujeres se contagiaban mucho menos que los hombres. Así, el «contagio» es una noción clave en epidemiología; indica la obligada necesidad de crear una estrategia clínica para vencer una enfermedad infecciosa.

La firmeza del saber médico frente a la ilusión de una naturaleza bondadosa. Esta evidencia no necesita demostración, pero me trae a la memoria la excelente recreación de la vida de Alexandre Yersin de Patrick Deville. Como ocurre tantas veces con la gloria, la de este insigne médico francosuizo se debió a una convicción interior: recordemos que a los veintidós años, en 1885, se instaló en París cerca de Louis Pasteur, para trabajar en su instituto, en busca de soluciones para las enfermedades contagiosas; luego puso rumbo al Extremo Oriente y, una vez desembarcó en el puerto de Nha Trang, hoy en Vietnam, construyó una clínica frente al mar para investigar sobre el cólera, la peste blanca, por entonces en pleno auge. Pero, además de eso, se dispuso a aislar el patógeno de la más terrible epidemia, la peste, que se transmite por contacto y, allí donde se produce, provoca estragos en la población. Para oponerse a los fanáticos que en su tiempo veían en la peste un fléau de Dieu, Yersin investigó hasta dar con la identidad del bacilo Gram negativo que la provocaba. Por eso, en su honor, hoy se llama Yersinia pestis.

La vida de este médico tiene un trasfondo melancólico: en medio de la miseria, donde las enfermedades infecciosas son abundantes, Yersin comprobó que el único valor evidente en la vida es el servicio a la humanidad que él mismo podía sentir en los instantes de duda: una vacuna es el triunfo de la constancia del saber médico sobre el gélido dominio de la naturaleza. Lo que en un principio es una recia investigación microbiológica se convierte imperceptiblemente en una titánica lucha contra un organismo que amenaza la vida de los seres humanos.

Algo parecido está sucediendo hoy en el esfuerzo por encontrar una vacuna contra el coronavirus. Lo cual supone una forma especial de entender la existencia libre de la banalidad del discurso político, la que sostiene la investigación científica con su ritmo lento, constante, siempre bajo presión, pues la gente muere mientras no se encuentra un remedio; y con una idea en la mente: el porvenir de la humanidad reside en vencer a los elementos nocivos presentes en la naturaleza.

¿Se puede avanzar hacia un futuro prometedor sin mirar hacia atrás? Esta es precisamente la cuestión a la que responde este libro.

Los seres humanos necesitan re

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