Somos agua (Sin censura)

Laura Madrueño

Fragmento

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Astronautas en el océano

«La tierra suspendida en el espacio da idea de su indefensión.

Debemos extremar nuestro ingenio y nuestra prudencia para evitar desguazarla».

La tierra herida, MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Siempre me ha llamado la atención que el ser humano haya investigado mucho más por encima de sus cabezas que en las profundidades de su propio planeta. Ha corrido más por salir al exterior, por volar, por llegar a la Luna, a Marte…, y sin embargo, apenas se ha llenado de sal para descubrir ese mundo extraterrestre y desconocido que tenemos justo ahí delante, en el horizonte, brillando bajo el sol. Seguramente, sin saber que en el océano también puedes sentirte como un astronauta flotando en el espacio exterior.

Es curiosa la desconfianza y el miedo que generan los océanos en la mayoría de las personas, y lo poco que conocemos nuestros mares a estas alturas. Hay cientos de especies que se siguen descubriendo cada día, otras tantas que desaparecerán sin que las hayamos hallado siquiera…, e incluso de muchas de las que tenemos catalogadas, os sorprendería lo poco que sabemos sobre sus migraciones, comportamiento y reproducción.

La inmensidad de los océanos siempre ha sido la barrera que nos ha impedido conquistarlos, y quizá el no poder ver qué hay más allá nos ha generado ese temor que se ha trasladado de generaciones en generaciones.

Una aprensión que a su vez ha provocado sentimientos de rechazo y en general de poco interés por lo que ocurría en los mares, que parecían infinitos y se lo tragaban todo.

Seguramente esa sea la raíz de todos sus problemas —y en consecuencia de los nuestros—, quizá ese desconocimiento haya sido el culpable de que no hayamos cuidado nada nuestros mares durante siglos.

Sin embargo, a mí el mar me ha dado la oportunidad de sentirme verdaderamente feliz, y hoy estoy aquí escribiendo este libro con la esperanza de quitar ese miedo a la gente y contagiarle mi pasión por las profundidades marinas.

El ser humano normalmente tiende a convertir su día a día en una rutina poco especial, y en general nuestros cumpleaños nos regalan prudencia, sensatez y poca improvisación. Lo cierto es que a medida que crecemos cada vez es más complicado que nos sorprendan cosas en la vida, por desgracia con los años perdemos esa inocencia y frescura tan maravillosas y nos olvidamos incluso de que hubo una primera vez para todo. A mí el mar me da la grandiosa oportunidad de vivir una primera vez casi a diario regalándome ese instante, el inicial, el nuevo, el que recordaré siempre.

El océano me hace sentir como una niña cada día que me sumerjo, algo que creo verdaderamente único en la vorágine que hemos convertido nuestra existencia.

UN VIAJE POR LAS PROFUNDIDADES

Los mejores momentos de mi vida me los ha regalado el océano.

De mis primeros recuerdos en el mar, cuando mi padre me llevaba a lo negro enganchada a su cuello con apenas tres o cuatro años en Altea, sigo conservando en la memoria aquella luz, los rayos de sol partiéndose en el agua, las verdes praderas de posidonia meciéndose delante de nuestros ojos… y las estrellas de mar de un rojo que no he visto en ningún otro lugar treinta años después.

Desde pequeña he estado metida en el agua hasta salir con los labios morados, sin importar si era invierno o verano. Mis padres han sido buceadores desde los años setenta y me han llevado en muchas de sus travesías desde que nací. He crecido muy vinculada al mar y no he dejado de bucear desde que tengo uso de razón. El buceo me ha permitido conocer muchos lugares del planeta, sus fondos y sus especies únicas. Cada una de las inmersiones que he hecho en mi vida me ha enriquecido.

Desde que empecé a bucear he ido escribiendo y dibujando religiosamente un diario de buceo que por primera vez va a ver la luz en este libro, en el que deseo compartir cada uno de esos momentos mágicos en los que el océano ha conseguido dejarme sin aliento.

Me gustaría que a través de estas páginas hicierais ese viaje conmigo, que os embarcarais en una aventura apasionante que espero que os acompañe para siempre. Ojalá sea este el principio de una bonita amistad con el océano y marque un antes y un después en vuestras vidas.

Me gustaría compartir con vosotros lo que se siente al volar en el azul profundo. Lo que se siente al explorar a pulmón un barco hundido que combatió en la Segunda Guerra Mundial. O lo que sentí cuando se cruzó delante de mí una ballena de catorce metros en medio del océano Atlántico.

Lo que he tenido la oportunidad de vivir en los rodajes para nuestros documentales, buceando de noche, en apnea, con tiburones de cuatro metros de longitud rodeándome. O lo que he sentido ante crías de ballena que te miran fijamente y te analizan cara a cara, porque probablemente nunca antes hayan visto a un ser humano.

Cuánto me he emocionado ante pequeños crustáceos de apenas milímetros, ante peces con patas, ante seres vivos totalmente marcianos. El océano me ha enseñado que a veces no eres capaz de ver especies, de reconocerlas, porque ni siquiera puedes imaginarte que existen.

También me gustaría contaros lo que se siente buceando en total oscuridad, como un astronauta suspendido en el espacio. Lo que se siente recorriendo cuevas de agua cristalina moldeadas durante cientos de millones de años… O la indescriptible sensación de salir de bucear en mitad del océano en la noche más estrellada que te puedas imaginar.

Pero quizá lo que de verdad me ha impulsado a estar hoy aquí escribiendo este libro es lo que he sentido al ver arrecifes completamente muertos. Lo que he sentido al ver cientos de pequeños plásticos flotando en el mar. O cómo se me ha partido el alma al ver a tortugas con el caparazón deformado por haber crecido atrapadas a un plástico, a peces y a otros seres vivos inmovilizados por redes kilométricas que se habían quedado pegadas al fondo, a tiburones aprisionados en horribles trampas de plástico. Lo que se siente al ver los fondos de nuestro mar Mediterráneo totalmente desolados y cubiertos de nuestros residuos, o llenos de peces asfixiados por los vertidos descontrolados. O lo que se siente al ver tantos plásticos flotando en la superficie del inmenso mar mientras navegas. Cuántas veces he llorado de rabia, de pena, de impotencia… en playas y en zonas costeras plagadas de plástico, imposible de recoger. Lo que he sentido en islas remotas que también estaban cubiertas de botellas de plástico. Lo que te destroza ver con tus propios ojos lo dañinos que somos como especie para este planeta.

Lo que se siente buceando ahora en nuestros mares, cada vez más solitarios, sucios y cálidos.

Los océanos son nuestros pulmones y se están deteriorando muy rápidamente. Están desapareciendo especies, las condiciones del agua están cambiando y los plásticos ya forman parte de nuestra dieta aunque no lo sepamos. Y hoy en día, aunque parezca mentira, nos falta mucha información sobre nuestros mares y las especies que los habitan. En los últimos años también he compaginado mi trabajo en televisión con la realización de documentales submarinos, charlas y ponencias, con el objetivo principal de divulgar y dar herramientas para que entre todos podamos frenar la crítica situación que viven nuestros océanos.

Como dijo el comandante Cousteau, conocer, amar y proteger va

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