Vita

Xabi Uribe-Etxebarria

Fragmento

cap

PRÓLOGO

¿Qué es la vida? ¿Y qué ocurre cuando morimos? Como tantas otras personas, desde muy pequeño me he hecho estas preguntas, y nunca han dejado de acompañarme.

No me asaltan solo como una curiosidad intelectual, sino como una herida antigua. Aunque hoy se manifiestan como una inquietud silenciosa, de niño eran un miedo abierto que me visitaba, en aquella casa de Algorta justo antes de dormir. La muerte era un abismo que se abría en mitad de la noche, cuando todo quedaba en silencio y ya no había distracciones que lo ocultaran.

No era insomnio. Era miedo. Y mi madre lo sufría conmigo, intentando calmarme sin conseguirlo. Miedo a que un día ella no estuviera. A que mi padre o mis hermanas desaparecieran. A que yo mismo dejara de existir. Miedo a ese apagón absoluto de la mente.

Y durante mucho tiempo, la única manera de soportarlo fue no pensar en ello. Distraerme. Llenar el silencio con ruido. Pero esa estrategia tiene un precio: no enfrentarse a la pregunta no la hace desaparecer. Solo la aplaza. Con los años, la pregunta no se ha hecho más pequeña; se ha ido haciendo más amplia. Más incómoda. ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué es realmente este universo en el que vivimos o creemos vivir? ¿Qué es eso que llamamos realidad?

Y aquellas preguntas, y ese miedo que nunca ha dejado de atormentarme, han sido el motor invisible de muchas de mis decisiones. Sin que yo lo advirtiera, me han empujado a buscar respuestas a lo largo de mi vida, en cada paso, en cada decisión, tanto en mi trayectoria profesional como en mi búsqueda personal.

En lo profesional, sin proponérmelo, mi carrera se fue abriendo camino hacia la inteligencia artificial. Movido por la curiosidad de intentar comprender cómo funciona esa máquina de cómputo biológica que llamamos cerebro —el sistema más complejo y enigmático que conocemos en el universo— y de explorar la posibilidad de replicar esos mismos procesos en una máquina. De alguna manera, esa búsqueda me ha llevado a cruzar fronteras entre la neurociencia, la física y la computación. Pero también me ha llevado a explorar hacia fuera: a intentar entender el escenario mismo en el que todo ocurre. Aquello que llamamos realidad.

Por tanto, este libro es, en cierto modo, lo contrario de esa huida. Es poner sobre la mesa aquello que preferiríamos no mirar. Lo que incomoda. Lo que desestabiliza. Lo que, aunque intentemos ignorarlo, sigue estando ahí.

Como habrás intuido, quien escribe estas palabras es alguien con un miedo profundo a la muerte. Un hipocondríaco existencial que ha tenido la fortuna y el privilegio de explorar esas inquietudes dialogando con algunos de los científicos y pensadores más brillantes de nuestro tiempo. Y este ensayo es el reflejo de ese viaje vital: un recorrido hecho de preguntas, hipótesis, conversaciones e intuiciones.

Todavía estás a tiempo, puedes vivir como si no hubiera nada más que preguntar. Si prefieres eso, quizá no debas seguir leyendo. Porque tal vez encuentres aquí algunas ideas que te tranquilicen, pero lo más probable es que encuentres muchas más que te incomoden.

Si decides continuar, conviene que sepas desde dónde está escrito este libro.

Porque, en el fondo, todo ha sido fruto de un mismo impulso: comprender la vida movido por el deseo de trascender sus límites. De no aceptar que todo termine. De desear, aunque sea ingenuamente, que quizá podamos encontrar la forma de que esto no se acabe.

1
INTRODUCCIÓN

Izan zirelako gara. Garelako izango dira.[1]

ANÓNIMO

Todos creemos saber lo que es la vida. Es algo que reconocemos instintivamente desde niños: un perro está vivo, una piedra no. Y, sin embargo, cuando intentamos poner en palabras qué significa exactamente estar vivo, el terreno se vuelve resbaladizo. ¿Qué distingue a un ser vivo de algo inerte? ¿Es la capacidad de reproducirse, de crecer, de evolucionar, de tener un metabolismo? A medida que profundizamos, surgen más preguntas que respuestas. ¿Se trata de un fenómeno único de nuestro planeta? ¿Podría el universo estar poblado de otras formas de vida que aún desconocemos? ¿Y qué ocurre con la inteligencia artificial? ¿Es o podría llegar a ser una nueva forma de vida?

En este ensayo he abordado esas y otras grandes preguntas filosóficas desde una mirada científica y recurriendo a las herramientas disponibles: el estado del arte de la ciencia, las teorías más relevantes del pensamiento contemporáneo y los últimos descubrimientos de la biología, la física, la astrobiología y la inteligencia artificial, que es el sector al que he tenido la suerte de haber dedicado la mayor parte de mi vida y por eso, quizá, el que abordo con mayor detalle. Aunque las cuestiones que exploro rozan a menudo la metafísica, mi intención ha sido ceñirme al conocimiento empírico, a las teorías que pueden contrastarse y evolucionar. Eso no significa que cierre la puerta a la filosofía o a la teología, sino que dejo espacio y preguntas abiertas para estas dos disciplinas.

Además, estas preguntas no llegan en un contexto cualquiera. Vivimos un momento histórico excepcional, marcado por la convergencia de dos grandes transformaciones. Por un lado, la irrupción de la inteligencia artificial, con sistemas cada vez más capaces de transformar nuestra forma de pensar, crear y tomar decisiones, que ya no solo amplían nuestras habilidades, sino que nos obligan a plantearnos una cuestión tan incómoda como profunda: ¿podrían llegar a ser algo más que simples herramientas? Por otro, entramos en la era de los grandes descubrimientos sobre la vida fuera de la Tierra, impulsada por telescopios espaciales y nuevas tecnologías de observación que, por primera vez, nos permiten detectar posibles huellas biológicas —e incluso tecnológicas— más allá de nuestro planeta. En los próximos años asistiremos a avances decisivos en ambos ámbitos. Cambios que no solo ampliarán nuestro conocimiento del universo, sino que nos forzarán a redefinir de manera radical qué entendemos por inteligencia y, en última instancia, qué significa estar vivo.

El libro está escrito en forma de ensayo, pero con un enfoque narrativo. Los capítulos son breves y han sido concebidos para funcionar de manera autónoma, pensados para leerse de forma ágil y no necesariamente lineal, aunque sí recomiendo seguir la secuencia propuesta. Cada capítulo es una unidad de reflexión que, en conjunto, construyen un mapa de ideas en torno a una misma pregunta. Este formato responde intencionadamente a la manera en que leemos hoy: fragmentaria, intermitente, atravesada por la saturación de estímulos y la escasez de atención. Son, en cierto modo, «píldoras» de pensamiento diseñadas para encajar en el ritmo contemporáneo, sin renunciar por ello a la profundidad ni a la continuidad conceptual del conjunto.

A lo largo del texto verás que he empleado diferentes recursos literarios, como metáforas —muchas de ellas propias—, como herramientas para comprender mejor ideas complejas, y que me han ayudado a pensar con mayor claridad. Ojalá también te sirvan. Además, he incorporado algunos experimentos mentales; situaciones imaginarias que nos permiten explorar cuestiones profundas únicamente a través del pensamiento. Junto a ellos, encontrarás también datos y referencias, porque considero que el rigor es un punto de partida esencial cuando abordamos preguntas de esta magnitud.

En ocasiones, intercalo anécdotas personales para aterrizar conceptos abstractos en experiencias compartidas y situaciones cotidianas, así como conversaciones con grandes científicos, investigadores y pensadores que han reflexionado profundamente sobre el origen y la naturaleza de la vida; también con amigos de la infancia o familiares. Asimismo, he incluido citas como homenaje a quienes me han ayudado a pensar sobre cada tema a través de sus escritos. En el fondo, estas personas forman parte de un mismo diálogo continuo en torno a las preguntas que me acompañan desde siempre. A todos ellos, mi gratitud.

Estas páginas están atravesadas, además, por reflexiones, ideas originales y opiniones personales. Algunas pueden resultar incómodas o controvertidas, pero forman parte de una exploración honesta y abierta de aquellos interrogantes que, por su propia naturaleza, no admiten respuestas cómodas ni definitivas.

En cuanto a la estructura, he intentado organizar los capítulos siguiendo un orden progresivo: desde las formas más simples de vida hasta las más complejas. También admito que podría haber otras formas de ordenar estos temas. Al fin y al cabo, la vida no sigue un camino lineal. Sin embargo, y siguiendo esa lógica, he dividido el libro en ocho partes. La primera de ellas explora por qué es tan difícil definir la vida. Aunque todos creemos reconocerla cuando la vemos, encontrar una definición que abarque todas sus formas posibles resulta sorprendentemente complejo. Este inicio del viaje también sondea sus componentes esenciales y los umbrales que separan lo vivo de lo inerte.

A partir de ahí, el viaje avanza hacia un nuevo horizonte: en la segunda y tercera parte dejamos atrás la exploración de los límites y componentes de la vida para adentrarnos en los sustratos posibles que pueden sostenerla. Y lo hacemos comenzando por la visión clásica: la vida orgánica, la basada en el carbono, con metabolismo, reproducción y evolución darwiniana. En otras palabras, la vida tal y como la conocemos en la Tierra y como solemos imaginarla más allá de nuestro planeta. Este apartado también abre las puertas a la vida tecnológica, que surge cuando la vida inteligente transforma su entorno a gran escala: civilizaciones avanzadas más allá de la Tierra, capaces de modificar planetas, dejar huellas en el cosmos o emitir señales detectables. Aquí la vida no solo sobrevive, también construye.

La cuarta parte aborda una nueva dimensión: la vida mental, concebida como una forma de autonomía cognitiva, esto es: la vida consciente. ¿Es imprescindible un sustrato orgánico para que exista una mente o podrían estas capacidades emerger en otros soportes? Aquí lo vivo ya no se define por su química, sino por su comportamiento: la capacidad de percibir, razonar, imaginar y, tal vez, ser autoconsciente. Esta reflexión marca una transición hacia lo artificial y las nuevas formas de existencia que podría propiciar.

La quinta parte se adentra precisamente en ese territorio: el de una posible forma de vida inorgánica, representada por la inteligencia artificial. Sistemas digitales capaces de aprender, tomar decisiones e incluso desarrollar una forma de consciencia. ¿Pueden estos entes sin cuerpo y sin células ser considerados vivos? En este contexto cobra relevancia el concepto de vida robótica: dotar a la inteligencia artificial de un cuerpo inorgánico, cerrando así el círculo entre lo físico y lo mental.

Este no es, sin embargo, un ensayo convencional en su desenlace. La tesis no espera al final del recorrido, sino que irrumpe en su centro —en la sexta parte—, más como un giro que como una conclusión. En vez de ser un cierre, la tesis funciona como punto de inflexión: el momento en que el marco conceptual queda fijado y, a partir de ahí, el libro puede continuar para explorar sus consecuencias, su evolución y el territorio necesariamente especulativo que se abre al aceptarlo. Es entonces cuando llega la séptima parte, que explora precisamente la evolución futura y las formas de vida híbridas: combinaciones inéditas entre lo biológico y lo artificial. En este punto se perfilan nuevas entidades que desafían las categorías conocidas, y también escenarios de convivencia y vínculos interespecie que desdibujan aún más las fronteras tradicionales de lo vivo.

La octava y última parte examina el escenario en el que todo esto sucede: el universo. Sus leyes físicas, el tiempo, el azar… El marco que no solo condiciona lo que la vida es, sino también lo que podría llegar a ser. Y así, desde esa perspectiva más amplia, surgen las preguntas finales y el ensayo se cierra, en el epílogo, del mismo modo en que comenzó: regresando a lo personal.

Por último, es importante señalar que este ensayo no pretende ofrecer verdades absolutas, sino esbozar un recorrido de posibilidades. No está escrito con la autoridad del experto, sino desde la mirada del curioso, de quien observa y se pregunta. Por ello, es, ante todo, una invitación a pensar juntos, una herramienta de reflexión sobre qué significa estar vivos y qué papel jugamos —o podríamos jugar— en este tablero que llamamos universo.

PRIMERA PARTE
¿Qué es la vida?

2
UNA DEFINICIÓN PARA LA VIDA

—¿Cómo definiría usted la vida? —pregunté a Jack Szostak, premio Nobel de Medicina, cuyo trabajo se ha centrado en la investigación sobre el origen de la vida.

Me miró en silencio y, tras unos segundos, no supo —o no quiso— darme una respuesta. Me dijo, de hecho, que esa cuestión no le parecía relevante para su estudio, y mencionó uno de sus artículos, titulado «Attempts to Define Life Do Not Help to Understand the Origin of Life» —«Los intentos de definir la vida no ayudan a comprender el origen de la vida»—.

Quizá tenga razón y no haga falta una definición de la vida para avanzar en este campo, pero lo que sí me resulta, cuando menos, sorprendente es que casi todos los humanos seamos capaces de reconocer como formas de vida a seres tan distintos como un mamífero, un ave, un árbol, una bacteria o una seta. Sin embargo, cuando se trata de definir con precisión qué es un ser vivo, empiezan las dudas. Ni siquiera quienes más saben sobre este campo son capaces de ofrecer una definición clara y universal que abarque todas las manifestaciones de lo vivo.

Daniel Koshland contó una anécdota[2] que ilustra de forma brillante lo escurridizo que puede ser el concepto de vida. Durante su presidencia en la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia —la misma que publica la prestigiosa revista Science—, participó en una reunión con algunos de los científicos más destacados del momento. El objetivo era precisamente definir qué es la vida, y la discusión se alargó durante horas. ¿Está viva una enzima? ¿Y un virus? ¿Y qué hay de las células? Una tras otra, se lanzaban definiciones breves, ingeniosas, con apariencia de certeza… y una tras otra, se desmontaban con la misma rapidez. En un momento dado, uno de los asistentes, una figura respetada del mundo científico, propuso lo que parecía ser la clave: «La capacidad de reproducirse, esa es la característica esencial de la vida».

Todos asintieron, aliviados. La respuesta parecía haber llegado, al fin. Pero entonces otra voz pequeña —quizá tímida, pero certera— rompió el consenso: «Entonces, un conejo está muerto. Dos conejos —un macho y una hembra— están vivos, pero cada uno por separado está muerto». Las risas fueron inevitables, pero el mensaje era claro. En ese instante, todos comprendieron lo evidente: aunque creemos saber lo que es estar vivo, no existe una definición simple, clara y definitiva de la vida.

Desde una perspectiva similar, Gerald Joyce —bioquímico y descubridor de las primeras moléculas de ARN con capacidad de replicarse, una pieza clave para entender cómo pudo comenzar la biología en la Tierra— sintetizó el trabajo de un comité convocado por la NASA en 1994 para explorar la posibilidad de vida en el cosmos. Siguiendo una sugerencia del gran divulgador y astrofísico Carl Sagan, el grupo propuso una definición funcional: «La vida es un sistema químico autosuficiente, capaz de evolución darwiniana». Una definición útil en el contexto de la astrobiología, pero que, una vez más, deja fuera muchos matices. Y esa incomodidad ante las definiciones rígidas o incompletas fue lo que me empujó a seguir cuestionándolo todo.

En esta búsqueda personal por comprender un poco mejor nuestros orígenes, una semana después de preguntarle a Jack Szostak por su definición de la vida, me reuní en Bilbao con Steen Rasmussen, uno de los grandes referentes en la investigación y creación de sistemas vivos en el laboratorio. Había venido a visitarme junto a su pareja, Manuela Battaglini, una mujer brillante dedicada desde hace años al ámbito de la inteligencia artificial y la ética, que llevaba tiempo insistiendo en que debía conocer a Steen.

Conversamos durante horas, primero de manera informal y luego con una intensidad creciente, mientras comíamos en Azurmendi, el restaurante de Eneko Atxa, uno de los grandes chefs de nuestro tiempo y una de las personas a las que más aprecio en lo personal. Tras su plato estrella —huevo de caserío, guiso de trigo y jugo de pimientos a la brasa, acompañado de pan de maíz de Mungia— aproveché el momento para plantearle a Steen la misma pregunta que había hecho días antes a Szostak: «¿Qué es para ti la vida?».

Al igual que Szostak, Steen se mostró inicialmente reticente a ofrecer una definición. Sin embargo, su opinión resultaba especialmente relevante para mí, porque Rasmussen es una de las personas que más cerca están de lograr algo que nadie ha conseguido todavía: crear vida en un laboratorio a partir de materia inerte, lo que conocemos como vida sintética.

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Tras aquella comida, les invité a algo que apreciaron de manera especial: Ura Bere Bidean, un evento singular, a medio camino entre festival y celebración colectiva, donde artistas internacionales, acompañados por músicos locales y una orquesta sinfónica, reinterpretan canciones tradicionales en euskera ante un público multitudinario —unas quince mil personas reunidas en un mismo espacio—.[3] Aquella noche, la música y la emoción colectiva tomaron el relevo de la reflexión científica, pero la pregunta permaneció latente hasta que, días después de aquel encuentro, Steen me envió un correo electrónico con la siguiente descripción:

La vida es un proceso físico caracterizado por la capacidad de utilizar energía libre[4] proporcionada externamente para convertir recursos en bloques de construcción, de modo que el sistema pueda crecer y, finalmente, dividirse. Este proceso de crecimiento y división está controlado en parte por información heredable, la cual puede cambiar durante la división, lo que permite la selección de procesos más eficientes de crecimiento y división, y, por tanto, la evolución.

Aunque a primera vista pueda parecer compleja, tanto esta como la definición anterior —y otras similares— se pueden rebatir con bastante facilidad. Ambas enfatizan la capacidad de replicarse, dividirse o evolucionar, pero pensemos, por ejemplo, en un animal estéril, como una mula, o incluso en una persona o pareja de animales que por alguna razón no puede reproducirse. ¿Acaso no están vivos? Según mi comprensión de lo que significa «estar vivo», sin duda lo están.

Por lo tanto, ¿qué características comunes comparten los seres vivos? ¿Dónde está el límite, si lo hay? ¿O quizá la vida es gradual? ¿Puede haber algo con un poco de vida y algo con más vida? En esta primera parte del viaje exploraremos los umbrales y las fronteras difusas de lo vivo.

3
EL ESPECTRO DE LO VIVO

La imagen tradicional de la vida nos presenta una frontera clara: algo está vivo o no lo está. Un perro está vivo; una piedra, no. Sin embargo, a la luz de los descubrimientos actuales, esa división categórica empieza a tambalearse. ¿Y si la vida no fuera una cuestión de blanco o negro, sino más bien un espectro de grises? ¿Acaso puede entenderse como un fenómeno gradual? ¿Existe un «espectro de lo vivo»? ¿Y si estar vivo no fuera una cuestión binaria, sino de grado?

Hoy sabemos que ese umbral entre lo vivo y lo inerte es cada vez más difuso. Existen formas de existencia que parecen habitar justo en ese límite, desafiando las categorías con las que intentamos definir la vida. Los virus, por ejemplo, no se consideran seres vivos: no pueden reproducirse por sí mismos y necesitan invadir células ajenas para multiplicarse. Los priones, por su parte, son aún más desconcertantes. Aunque no están técnicamente vivos según la definición biológica clásica —son simples proteínas sin material genético, ni ADN ni ARN—, exhiben comportamientos que imitan rasgos fundamentales de lo vivo, como la capacidad de autorreplicarse y de evolucionar.

También están los xenobots, diminutos organismos creados en laboratorio a partir de células de rana, capaces de moverse, autorrepararse y formar nuevas versiones de sí mismos. Y no debemos olvidar las protocélulas sintéticas, que reproducen algunas de las funciones básicas de los seres vivos —como la compartimentación o ciertos procesos metabólicos— pero carecen de otras que muchos consideran esenciales, como una herencia genética estable o una evolución abierta en el tiempo.

Más recientemente, en 2025, se dio a conocer a Candidatus Sukunaarchaeum mirabile, un microorganismo identificado en una comunidad microbiana asociada a un protista[5] marino en Japón, y que parece situarse en la frontera entre lo vivo y lo no vivo: demasiado dependiente de su huésped para sobrevivir por sí mismo, pero al mismo tiempo dotado de una maquinaria genética demasiado compleja para considerarlo inerte.

Otro de los ejemplos más ilustrativos —y quizá más bellos— que invitan a dejar de pensar en la vida como una frontera nítida es el de una semilla de palma datilera hallada en las ruinas de Masada, en Israel. Esta semilla, que permaneció en estado latente durante unos 2.000 años, logró germinar cuando fue plantada por científicos en 2005. Durante milenios, no mostró ningún signo evidente de vida: no crecía, no se reproducía, no interactuaba con su entorno. Y, sin embargo, conservaba en su interior el potencial para hacerlo. ¿Estaba muerta durante todo ese tiempo? ¿O solo «dormida»?

Como se ve, estos casos no encajan fácilmente en la definición clásica de ser vivo, y eso ha llevado a muchos investigadores a proponer una idea distinta: que la vida no es un estado binario, sino un continuo, un espectro. Según este enfoque, distintas entidades exhiben grados variables de lo vivo, en función de los rasgos que presentan: metabolismo, reproducción, evolución, autorreparación, entre otros.

Cuando le planteé esta cuestión a Jack Szostak, me confesó que él mismo no sabría decir con claridad dónde termina la química y comienza la biología. La respuesta más honesta que podemos dar hoy es esta: estamos en una zona borrosa, un terreno intermedio donde las certezas se disuelven y la vida comienza a esbozarse sin límites nítidos. Por tanto, en lugar de preguntar si algo está vivo o no, quizá deberíamos preguntarnos cuánto lo está. Y si la vida es un continuo, quizá su manifestación se parezca más a la formación de una duna que al cruce de una frontera bien definida. ¿En qué momento exacto un montón de arena se convierte en una duna? No existe un grano concreto que marque el umbral.

4
LOS COMPONENTES PARA LA VIDA

Otra forma de aproximarse a una definición de la vida es empezar por identificar cuáles son los elementos indispensables para que algo sea considerado un ser vivo; como las piezas de un mecanismo que solo cobra sentido cuando todas ellas funcionan en conjunto. Con esa idea en mente, intenté comprender cuáles son, de acuerdo con los expertos, los componentes comunes a todos los seres vivos del planeta. Sin embargo, pronto descubrí que ni siquiera en eso existe un consenso claro.

El profesor Sijbren Otto, de la Universidad de Groningen, destaca tres funciones esenciales y estrechamente relacionadas: la replicación (o autorreplicación), la compartimentación y el metabolismo. En sus investigaciones sobre la creación de vida sintética, Otto ha demostrado que es posible reproducir estas funciones utilizando moléculas completamente distintas a las que componen la vida tal como la conocemos. Sin embargo, el doctor Steen Rasmussen identifica un conjunto algo distinto de elementos esenciales para que un sistema pueda considerarse vivo. Según su enfoque, la vida requiere al menos los siguientes componentes: un metabolismo, la información, el contenedor y el entorno.

El metabolismo es el sistema que convierte los recursos —energía y materia del entorno— en los bloques de construcción necesarios (como los aminoácidos), permitiendo que el sistema crezca y eventualmente se divida. Además, se encarga de la replicación y de mantener bajos niveles de entropía interna, que es la tendencia natural al desorden. Es decir, necesita conservar su organización y evitar que todo se descomponga, y para eso debe usar energía constantemente. Una forma de imaginar el metabolismo es pensar en el motor de combustión de un coche: necesita combustible y oxígeno, es decir, energía que le suministramos desde fuera para que funcione y se mueva. Pero en los sistemas vivos esa energía no se usa solo para desplazarse, también se emplea para autorrepararse sin necesidad de ir al mecánico, para reponer piezas dañadas, eliminar residuos, detectar fallos, mantener estable la temperatura interna, e incluso para copiarse a sí mismos cuando llega el momento de reproducirse.

El segundo componente es la información.[6] En nuestro caso representada por el ADN, que controla en parte los procesos metabólicos de crecimiento y que, a su vez, debe poder replicarse. Siguiendo con la metáfora del automóvil, sería como el manual de ensamblaje completo, con las especificaciones de cada pieza y las instrucciones precisas para fabricar una copia entera del vehículo, tornillo por tornillo, circuito por circuito.

El tercer componente, según Steen, sería el contenedor (compartimentación) que mantiene la identidad del conjunto al asegurar que tanto el metabolismo como el sistema de información permanezcan acoplados. Este contenedor, como una envoltura o estructura delimitante, también puede dividirse una vez alcanzado cierto tamaño. En una célula, sería la membrana la que marcaría el límite del organismo. En un automóvil, el contenedor sería la carrocería y el chasis: no solo da forma y protección al conjunto, limitando dónde empieza y dónde acaba, sino que mantiene unidos todos los sistemas internos —el motor, el depósito de combustible, la centralita electrónica—, asegurando que funcionen de forma coordinada. Sin esta estructura, el vehículo dejaría de ser un sistema coherente y operativo. Lo mismo ocurre con los seres vivos: sin un contenedor que delimite y organice, no habría individualidad, ni posibilidad de replicación ordenada.

Además de los tres anteriores, Rasmussen introduce un elemento clave que a menudo se pasa por alto: el entorno, que proporciona la energía libre, los recursos materiales y las condiciones adecuadas para que ocurran las reacciones necesarias para la vida. El bioquímico ruso Aleksandr I. Oparin ya subrayaba esa misma idea en su célebre obra The Origin of Life on the Earth (1924), al definir la vida como «una forma especial de movimiento de la materia, caracterizada por un metabolismo determinado, por la capacidad de crecer, reproducirse y evolucionar en un medio que le proporciona las condiciones necesarias». Aunque su definición comparte las mismas limitaciones que muchas otras —al exigir propiedades como la capacidad de reproducirse o evolucionar—, introduce un matiz fundamental: el papel del entorno como componente activo, no solo como escenario pasivo, en el surgimiento y mantenimiento de la vida.

Un sistema vivo no puede entenderse sin su entorno, ya que depende de él para obtener la energía que lo sostiene. En este sentido, un sistema vivo es, en realidad, un sistema cerrado que incluye su entorno como parte integral. Esto es clave, porque la fuente de energía condiciona profundamente el tipo de vida que puede existir. Un automóvil, por ejemplo, no podría funcionar sin combustible, oxígeno y otros elementos que no están contenidos en él (no se consideran parte de su sistema) pero resultan imprescindibles para su funcionamiento. Del mismo modo, los seres humanos necesitamos oxígeno, agua, alimentos orgánicos y otros recursos para sobrevivir; las plantas, además, dependen del dióxido de carbono y de la luz solar. Pero, en última instancia, nosotros también dependemos de esas mismas fuentes, ya que nos alimentamos de otros seres vivos que, directa o indirectamente, las utilizan. Nuestra vida no sería posible sin esa red energética que arranca, en gran medida, del Sol. De hecho, prácticamente todo aquello de lo que nos alimentamos ha estado vivo en algún momento, o procede de algo que lo estuvo, como ocurre con alimentos como la leche o la miel.

Los primeros seres vivos, sin embargo, prosperaron en condiciones muy distintas. Algunas de las formas más primitivas de vida, como ciertas arqueas —un tipo de microorganismo unicelular que externamente se parece a las bacterias—, obtenían su energía del azufre, en una atmósfera carente de oxígeno, como la que predominaba en la Tierra primitiva.[7] Así, la importancia del entorno se hace evidente al constatar que ni siquiera los seres vivos que conocemos en la Tierra pueden habitar todos sus rincones. Un pez no puede sobrevivir en el desierto, así como un cactus no puede crecer en el fondo del océano. Los pingüinos no resisten el calor de los trópicos, y muchos insectos de selva morirían en las regiones polares. Cada organismo está adaptado a un hábitat específico, lo que muestra cuán diversa y limitada puede ser la vida incluso dentro de nuestro propio planeta.

Además, incluso entre los animales terrestres, basta con pensar en la fauna y la flora de la última glaciación: mamuts y rinocerontes lanudos, tigres dientes de sable, bisontes gigantes… Todas ellas son especies muy distintas a las actuales, casi como si vivieran en otro mundo, e intuitivamente podríamos imaginar que aquello implicaba un clima radicalmente distinto, cuando en realidad lo curioso es que la diferencia de temperatura fue de entre solo 4 y 5 °C (aproximadamente) en la media global. Esa pequeña variación bastó para transformar ecosistemas enteros y redibujar el mapa de la vida, lo que nos recuerda lo profundamente ligados que estamos a nuestro entorno y lo dependientes y sensibles que resultamos ante él: un cambio mínimo en la inclinación del eje terrestre o en la cantidad de radiación solar que recibimos podría desencadenar transformaciones en el clima y, con ellas, en las formas de vida terrestre.

Además, tendemos a pensar que habitamos la Tierra, pero en realidad habitamos una fracción ínfima de ella. La Tierra es, en esencia, una gran esfera rocosa con una delgada película de agua en su superficie. Y aunque nos parezca abundante, el agua superficial —condición indispensable para la vida tal como la conocemos— solo representa aproximadamente el 0,02 % de la masa del planeta. Si la Tierra fuera una manzana, la parte verdaderamente habitable sería comparable a la piel: una capa extremadamente fina, casi insignificante frente al volumen total. Así pues, vivimos, literalmente, sobre una película frágil adherida a una roca inmensa. Y, sin embargo, esa fragilidad no es una anomalía, sino una condición. Más que ocupar un planeta, la vida ocupa un equilibrio, es decir, no se expande por toda la materia disponible, sino que prospera allí donde el entorno ofrece una fuente de energía aprovechable y un rango físico compatible con su estructura. Si existe vida en otros rincones del universo, lo más probable es que haya seguido ese mismo patrón: adaptarse a las fuentes de energía disponibles en su entorno, aunque estas sean radicalmente distintas a las nuestras.

Por tanto, aunque no existe consenso a la hora de definir qué es un ser viviente ni acerca de cuáles son los elementos que lo componen, la mayoría coincide en señalar los cuatro que propone Steen: el contenedor, el metabolismo, la información y el entorno junto con todas sus posibilidades. Asumamos, pues, que son esos cuatro. Si dejamos de lado el entorno —variable y diverso, incapaz por sí solo de definir la vida, pues esta puede encontrar sustento en fuentes de energía muy distintas—, podríamos centrarnos en los elementos internos e investigar si existe algún acuerdo sobre sus límites: la información, representada por el ADN en la vida que conocemos; el metabolismo, que mantiene todo en funcionamiento; y el contenedor, que, en principio, delimita al ser vivo del exterior.

Si lográramos definir o trazar un umbral nítido para cada una de estas tres partes, tal vez podríamos acercarnos a una comprensión más precisa de lo que significa estar vivo.

5
MÁS ALLÁ DE LA MEMBRANA

En este ensayo he querido evitar deliberadamente cualquier enfoque religioso o basado en creencias. He intentado centrarme solo en aquello que puede abordarse desde lo empírico: la ciencia, la observación y la evidencia. No porque el terreno de las creencias carezca de interés, sino porque adentrarse en él implicaría hacerlo en un ámbito necesariamente especulativo y no verificable y, además, obligaría a considerar no solo las grandes religiones del mundo, sino también las innumerables creencias menores que han acompañado a la humanidad a lo largo de la historia. Ese sería, en sí mismo, otro libro.

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