El hámster maligno (Antihéroes S.L. 1)

Dashiell Fernández Pena

Fragmento

cap-2

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Leo León hacía honor a su nombre. Y no solo porque tenía una pelambrera como la de ese animal, sino porque lo que más le gustaba era leer. Pero no os creáis que leía cualquier cosa. Leo se pasaba el día leyendo cómics de superhéroes. Los leía en casa, los leía en la calle, los leía mientras jugaba al fútbol... Si pudiera, ¡los leería hasta debajo del agua!

El cómic que Leo leía en aquel rollazo de clase de mates no era uno cualquiera.

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Por si no lo habéis adivinado, Superjul era el superhéroe favorito de Leo.

—Pero ¿qué tiene Superjul de especial? —le preguntaron Nico y Violeta, sus dos mejores amigos.

Por primera vez en toda la clase, Leo levantó la cabeza.

—¿Es que no sabéis la cantidad de cosas chulas que puede hacer?

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Nico y Violeta lo sabían perfectamente. Leo se lo había contado miles de veces. Y, por lo visto, estaba a punto de hacerlo una vez más.

—Para empezar, Superjul es capaz de volar. Y de correr a velocidades supersónicas. Y es ultramegafuerte. ¿Y qué me decís de la supervisión? Si quiere, ¡puede ver cosas microscópicas! Y luego está la invisibilidad y...

—Espera, espera... —lo interrumpió Nico—. ¿Superjul se ha vuelto invisible en alguna de sus historias?

—A ver, hasta ahora... no. Pero eso no significa que no pueda hacerlo. ¡Es solo que nunca le ha hecho falta!

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Nico se encogió de hombros. Leo siempre encontraba la forma de defender a Superjul.

Leo continuó hablando emocionado.

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—¡Bah! ¡En realidad no puede hacer nada de eso! —dijo Violeta.

—¿Cómo que no? —contestó Leo, algo ofendido.

—Pues no, porque... ¡no es real!

Leo iba a abrir la boca, pero el profesor de mates les lanzó una miradita a los tres. No solo no le hacían ni caso, sino que, encima, estaban hablando de superhéroes. A grito pelado. Y en mitad de la clase.

De todas formas, Leo tenía que admitir que Violeta tenía razón. «Ya sé que Superjul no es real... —se dijo a sí mismo, mientras volvía a sus cómics y a imaginar montones de aventuras superheroicas—, pero molaría que lo fuera».

Cuando Leo llegó a casa después del cole, su padre le esperaba con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Qué estaría tramando?

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¿Conocéis alguno de esos padres superserios que solo saben hablar de cosas aburridas? ¡Pues el padre de Leo era justo lo contrario! ¡Con él podía pasar cualquier cosa! Y, además, resulta que era un fan total de los cómics. Como él.

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Es posible que Leo no tuviese la velocidad supersónica de Superjul, pero no tardó ni cinco segundos en llegar corriendo a su cuarto. Si conocía a su padre tan bien como creía que lo conocía, aquellas palabras tan misteriosas solo podían significar una cosa: el final de la búsqueda. El final de años y años recorriendo todas las tiendas de cómics y las librerías de segunda mano de la ciudad.

Recorrió el cuarto con la mirada y entonces... lo vio. Estaba encima de su cama. ¡Era lo más bonito que Leo había visto en su vida! Al pobre ni siquiera le salían las palabras. Era… era… era…

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Leo no podía creérselo.

¡Tenía entre sus manos el cómic más importante de la historia!

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Se pasó toda la tarde leyendo el cómic. O sea, no es que le llevase toda la tarde leerlo... ¡es que lo leyó y lo releyó sin parar! Y hubo algo que llamó mucho su atención: un papelito pegado en la última página que decía:

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«¡Qué publicidad más rara! —pensó Leo—. Pero no pierdo nada por enviarlo, ¿no?».

Así que, más por curiosidad que otra cosa, Leo echó aquel trozo de papel al correo. No sabía que su vida estaba a punto de cambiar... ¡para siempre!

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Hay muchos sonidos con los que es agradable despertarse. El pío pío de los pájaros, el murmullo del agua de un arroyo, tu canción favorita... Pero...

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... no estarían entre ellos.

Leo estaba soñando que Superjul y él combatían el crimen por toda la ciudad, cuando aquel escándalo lo sacó de la cama de golpe.

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Y lo que vio al abrir los ojos no fue mucho mejor: ¡había un tipo raro vestido con un pijama viejo destrozando su cuarto! Bueno, en realidad no lo estaba destrozando: era tan patoso que no paraba de tropezarse con todo lo que encontraba, pero el resultado vendría a ser el mismo.

El caso es que el tipo raro que no paraba de cargarse todo lo que tocaba le resultaba muy familiar a Leo. ¿Dónde lo había visto antes? Entonces cayó en la cuenta:

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