Querer(te)

Natalia Jiménez

Fragmento

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Tres fotografías,

tres veces yo

1. Año 2014. Antes de la fama

Yo era una niña normal. Extrovertida y muy segura de mí misma. Hablaba con todo el mundo y decía lo que pensaba, aunque siempre de forma que nadie se molestara. No era reservada, pero tampoco muy sentimental. Apenas lloraba; prefería solucionar los problemas que me provocaban esa tristeza. Era feliz, muy feliz.

2. Año 2016. En medio de mi proceso

No era una mala persona, pero me convertí en una niña supercerrada. Mentía. Mentía mucho, sobre todo a mí misma, pues nunca quise hacer ningún mal a nadie. No era feliz, pero intentaba taparlo con falsas sonrisas o, simplemente, quedándome callada. No considero que esta parte de mi vida fuera de verdad «vida».

3. Año 2019. Hoy en día, mientras escribo este libro

Tengo claro que no existe la felicidad absoluta. También tengo claro que no debemos mentirnos a nosotros mismos. Tenemos que sernos totalmente sinceros, ser conscientes de nuestras virtudes y de nuestras imperfecciones.

No soy plenamente feliz, no creo que nadie lo sea, pero tengo la conciencia tranquila, y eso hace que pueda vivir bien conmigo misma. Eso es lo que más me ha costado conseguir.

Estos son tres momentos de mi vida, tres pasos de mi evolución, de mi pequeña historia personal y mi enorme aprendizaje. Una historia que quiero compartir con vosotros de manera profunda y sincera. Mi mayor deseo es poder ayudar a todas aquellas personas que han pasado por un proceso como el mío o por una situación en la que se han sentido perdidos y solos; ayudar a los que sientan que no encajan en ninguna parte o que su mundo se les viene abajo, que sepan que no están solos, que no estamos solos.

No cuento todo esto para dar pena a nadie ni quiero que sea el típico libro que se escribe por escribir... Me ha costado mucho reunir el valor y la seguridad para atreverme a redactar estas páginas y, si lo he hecho, es porque quiero que sirva para algo, para alguien.

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No sé por dónde empezar

Me resulta muy difícil empezar a escribir esta historia porque no sé muy bien cómo ni cuándo empezó todo este proceso. Siempre me ha costado mucho identificarlo, localizar ese preciso momento en el que mi vida pasó de ser maravillosa a ser un infierno. Supongo que a todos nos pasa lo mismo: nuestro cerebro, como arma de defensa, borra todo lo que no queremos recordar del pasado pero, al final, esa frase que llevamos oyendo toda la vida: «de los errores se aprende», es una de las frases más ciertas que he escuchado, y aunque no sepa dónde comienza, lo que sé de esta historia es que no quiero volver a repetirla...

Supongo que lo mejor es empezar por explicaros quién era yo antes de que todo esto ocurriera. He cambiado mucho, aunque la verdad es que hasta que he empezado a escribir este libro, no me había dado cuenta.

Yo era una niña feliz, tan feliz y despreocupada como tantas otras niñas de mi edad. Tenía doce años y vivía con mis padres en un pequeño pueblo de la sierra de Madrid. Me encantaría decir que esa niña soy yo, pero tristemente, esa niña era yo. Mi vida estaba a punto de cambiar de un modo terrible... Pero me estoy adelantando y, dentro de lo posible, me gustaría contaros mi historia manteniendo cierto orden.

En aquellos años, mi vida se podría describir como feliz y normal. Era una niña alegre, habladora y bastante sociable; la verdad es que mi vida anterior no estaba nada mal. Acababa de terminar sexto de primaria, me encantaba mi colegio, tenía unas amigas geniales, una familia que me quería con locura, sacaba muy buenas notas, me llevaba muy bien con todos los profesores y era muy competitiva y solía ganar bastantes concursos y competiciones.

Era la típica niña que no paraba quieta, que iba a mil extraescolares. La típica niña que hablaba con cualquiera y a cualquier hora, que siempre estaba alegre y pocas veces veía el lado negativo de las cosas, en fin, mi vida era todo lo feliz que puede llegar a ser la vida de una niña de doce años

Y también es importante contaros que, en aquel entonces, yo era muy cabezota y muy segura de mí misma. Si se me metía una idea en la cabeza para mí no había duda: lo iba a conseguir... ¿por qué no? Si otros podían, ¿por qué yo no? No sé si era cabezonería, seguridad en mí misma o, simplemente, que tenía doce años y a esa edad nada parece imposible de conseguir. Gracias a eso he llegado a la conclusión de:

Todo está en nuestra cabeza. En el momento en el que estamos seguros de algo, seguros de nosotros mismos, somos capaces de hacer CUALQUIER COSA.

Nos autoconvencemos de que existen los imposibles, porque es más fácil lamentarse que luchar por lo que uno quiere. En el fondo todos somos unos COBARDES.

Y la idea que entonces se me metió en la cabeza fue: ¡quiero concursar en MasterChef! Recuerdo que durante dos años le di la lata a mi madre cada día... «Quiero ir, quiero ir, quiero ir...» Y os aseguro que puedo ser muy, pero que muy insistente. Mi madre siempre me decía lo mismo: que yo era muy pequeña y que con lo que yo cocinaba era imposible que me cogieran, que no tenía el nivel de los niños que concursaban en el programa. Y no le faltaba razón, la verdad, al menos cuando empecé a pedírselo con diez años. Me costó dos años y cocinar muchísimo que al final mis padres accedieran a dejarme intentarlo. Pero como os he dicho, era muy cabezota.

Siempre me preguntan cómo empecé a cocinar. Pues la verdad es que todo empezó con un huevo revuelto. La primera vez que cociné fue un día que les quise preparar el desayuno a mis padres e intenté hacer un huevo revuelto... no me salió nada bien, fue un completo desastre. Ellos pusieron buena cara y se lo comieron, claro, pero vaya, que se veía que aquello era de todo menos un buen desayuno, es más, ni siquiera era muy comestible que digamos. Pero a mí a cabezota no me gana nadie y me empeñé en hacer el desayuno todos (o casi todos) los días hasta que me saliera bien. Y, a partir de ahí, le fui cogiendo el gusto a eso de cocinar. Me pasaba horas y horas viendo el Canal Cocina en casa de mi abuelo (en la mía no lo teníamos) y me fui liando a preparar platos cada vez más complicados. Me dejaban bastante libertad para experimentar y, aunque cada vez lo hacía mejor, mi madre seguía diciéndome que de ir a MasterChef, ni hablar...

Hasta que cumplí doce años, que es la edad límite para participar en el programa. En ese momento me planté y le dije a mi madre: «Me da igual lo que me digas, este año me presento sí o sí porque si no ya no voy a poder ir...». Y, por fin, mi madre dijo que sí, aunque bueno, sinceramente, aunque hubiera dicho que no yo ya había enviado el formulario... Supongo que ella pensaba que no me iban a escoger porque lo veía tremendamente complicado y era una manera de que

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