Sobre la violación

Germaine Greer

Fragmento

El término «violación», tal como se emplea en este ensayo, se aplicará únicamente a la penetración de la vagina de una persona del sexo femenino que no desea ser penetrada por medio del pene de una persona del sexo masculino. No servirá como un cajón de sastre en el que meter toda clase de agresiones sexuales, incluidas las atrocidades infligidas con instrumentos diversos en distintas partes del cuerpo. En pos de la claridad, se ha desbrozado aquí la categoría de violación, el instrumento utilizado se ha acotado al pene y la vía de penetración a la vagina.

Pese a que a algunas personas nos guste sacralizar la vagina, y consideremos una profanación que se haga un uso banal de ella, esta nunca ha sido objeto de veneración. La palabra «vagina» es en sí misma un insulto. El término en latín significa «vaina», esto es, la funda de la espada. Que el mundo «civilizado» acepte esta grosería como denominación correcta para el canal de parto resulta desconcertante. Los apelativos coloquiales de la vagina se cuentan entre las palabras más desagradables que alguien pueda decir. Antes, en cada pueblo inglés había una Gropecunt Lane, o vía de los Sobacoños; ahora no encontrarás una en ninguna parte.

En la actualidad, el acceso a la vagina es cosa rutinaria, y no solo mediante el pene, sino con toda una diversidad de instrumentos: para llevar a cabo citologías cervicales, frotis o tomas de muestras encaminadas al diagnóstico de un sinfín de infecciones; procedimientos abortivos; exámenes pélvicos bimanuales, y también determinados tipos de ecografía. Las mujeres de hoy en día pueden tener por seguro que van a pasar más tiempo con los pies en los estribos y un espéculo introducido en la vagina que las de cualquier otra época de la historia. Hasta no hace mucho, la vagina infundía temor en cuanto que entrada al útero salvaje, pero eso ha quedado ya en el olvido. Los esteroides la han neutralizado. Pero, aun así, la vagina no es un orificio cualquiera.

«Violación» es una palabra incómoda que lleva todo un bagaje histórico a cuestas, pero sustituirla por la expresión «agresión sexual», como se ha hecho en el código penal de Nueva Gales del Sur, por ejemplo, no mejora las cosas. Lo único que consigue es enfatizar el grado de violencia empleado, cuando la violación en sí misma no precisa en realidad de violencia alguna. Se puede violar a una mujer dormida sin llegar a despertarla.

La violación no es un suceso insólito y catastrófico, ni tampoco un acto extraordinario perpetrado por un monstruo; desde la más banal a la más brutal, la violación está en la urdimbre de la vida cotidiana. La Red Nacional contra la Violación, el Abuso y el Incesto de Estados Unidos yerra cuando dice que la violación es consecuencia de «la decisión consciente de cometer un delito violento que toma un pequeño porcentaje de la población».[1] No es verdad, sencillamente, eso de que: «Todos los violadores son unos cobardes, unos criminales y unos perdedores que merecen estar en la cárcel», como nos dice en la web de Suicide.org, su fundador, Kevin Caruso. Y tampoco acierta el profesor John E. B. Myers de la McGeorge School of Law de la Universidad del Pacífico cuando afirma que «el sexo no consentido sin uso de fuerza no es violación».[2]

Como dijo Margaret Sanger en 1920: «La mujer estaba y está condenada a un sistema en el que por cada violación ilegal se producen un millón de violaciones legales».[3] Y Bertrand Russell apuntaba en la misma línea al señalar que «el matrimonio es para las mujeres la forma más común de ganarse el sustento, y la cantidad total de sexo no deseado que soportan estas dentro del matrimonio es seguramente mayor que en la prostitución».[4]

La violación es una abrupta formación rocosa en el vasto y monótono paisaje del sexo insatisfactorio; solo podremos comprender su incidencia y nuestra incapacidad para lidiar con ella si la encuadramos correctamente en el marco de la psicopatología de la vida cotidiana. Hace muchos años, invitada a una fiesta en una casa de campo, me desperté de madrugada con los gritos que la mujer del cuarto de al lado le lanzaba a su marido: «¡Rupert! Déjame tranquila. Para. Quita de encima». Las protestas continuaron. En un momento dado, alguien cayó al suelo. Los gritos se aquietaron y fueron reemplazados por el chirrido rítmico de los muelles de la cama. No hace mucho, le pregunté a la mujer si recordaba aquel episodio. Resultó que era algo que ocurría bastante a menudo. Su marido tenía mal dormir, así que se pasaba la mitad de la noche leyendo mientras ella descansaba a su lado, y luego la despertaba para tener relaciones aunque ella no quisiera. Por miedo a despertar a toda la casa, al final dejaba de forcejear y protestar y terminaba cediendo.

«¿Eso fue una violación?», me preguntó.

Le respondí que me temía que probablemente sí, y añadí: «Pero tú no quieres que lo encierren siete años, ¿verdad?».

Ella rio con ironía. Con cinco hijos en común y una relación tormentosa si bien llena de amor, desde luego que no era eso lo que quería. Otra clase de feminista tal vez se hubiese propuesto convencerla de que debía albergar resentimiento por semejante trato y emprender alguna clase de acción para poner freno al uso tan desconsiderado que hacía su marido de su cuerpo, pero yo no veía ninguna ventaja en persuadirla de que vivía una situación opresiva o de que la rebelión —o la separación— era una salida mejor. La mujer ha sobrevivido, ellos siguen juntos y tienen un montón de nietos.

Si buscamos en Google «demasiado cansada para tener relaciones», por ejemplo, podemos encontrar muchos relatos de sexo no consentido, algunos de ellos desgarradores. Duele leer el testimonio de una mujer con dolor crónico que siente que es su deber fingir que disfruta del sexo con su marido, o las amargas palabras de un hombre cuya esposa da un respingo si él la toca. ¿Cómo hemos llegado hasta estos extremos? El sexo no consentido es algo banal y absolutamente común, pero eso no quiere decir que no sea nocivo, con consecuencias perjudiciales para ambas partes. Un hombre que se acuesta con una mujer que no desea tener relaciones se distancia de la intimidad compartida. La mujer que soporta el sexo sin placer padece un desgaste continuo de la autoestima. La violación cotidiana asfixia el amor e impone soledad y distanciamiento. Y lo más amargamente irónico es que es a la mujer desafecta a quien se culpará de destruir lo que en su día fue amor mutuo.

En los setenta, cuando todavía creíamos en la liberación sexual, las reformistas feministas se interesaron muchísimo por el orgasmo femenino.[5] Hoy en día, nos hemos resignado a la práctica certidumbre de que una proporción considerable de la población femenina lo finge de manera habitual. Una encuesta telefónica realizada en 2004 a una muestra aleatoria de 1.501 estadounidenses mo

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