Hispania incognita

Templespaña

Fragmento

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Introducción

 

 

 

 

Hispania incognita es una obra sorprendente y apasionante que propone un viaje más allá de la Historia: a la prehistoria y protohistoria, al mito y la leyenda, a la tradición, el heroísmo y el enigma histórico. Un recorrido en el tiempo y en el espacio, pues también se dan a conocer lugares mágicos de una geografía secularmente sagrada.

Hispania es el nombre que los romanos dieron a la Península Ibérica. Llamada Iberia por los griegos en alusión al río Iberus (Ebro actual), la Hispania del Imperio romano y del Reino visigodo pasó a llamarse Spania y, finalmente, España.

Pero no sólo romanos, griegos y visigodos han habitado el solar ibérico. Otros pueblos, a lo largo de los siglos, han dejado su impronta, sus vestigios y también su sangre derramada en incontables guerras.

Celtas, iberos, celtíberos, tartesios, suevos, vándalos, alanos, fenicios, cartagineses, hebreos, árabes y bereberes... El oscuro origen de alguno de estos pueblos que conformaron el crisol hispánico ha dado pie a multitud de mitos, arcanos, tradiciones y leyendas que, en algunos casos, se remontan a tiempos inmemoriales.

La mitología ibérica, cuyo embrión primordial nace de la arcaica tradición céltica, incorpora a su panteón de dioses y cultos todo el conjunto de mitos de la civilización occidental grecolatina, generando así un patrimonio cultural y etnográfico de singular riqueza, al que se van añadiendo nuevas creencias y costumbres en el devenir de los siglos, de invasiones y de reconquistas.

En unos tiempos, los modernos, en que la literatura y otros ámbitos están contribuyendo a la invención de nuevos mitos carentes de sustrato, no está de más recrear —en su doble sentido de producir de nuevo y de divertir o deleitar— aquellos mitos ancestrales que, nacidos del poso de la realidad histórica, han ido configurando la realidad de España como nación más antigua de Europa.

El reino visigodo fue el primer Estado político independiente y unificado de la Península Ibérica, y no está de más recordar que todos los monarcas cristianos de los reinos hispanos medievales sentían añoranza por la Hispania unificada de los reyes godos. Se sabían herederos del legado gótico y creían tener por misión sagrada liberar a Hispania del dominio musulmán y reunificar el antiguo reino: desde el pamplonés Sancho III el Mayor de Navarra (1004-1035), enterrado en Oña (Burgos) bajo el título de «Sancius, Gratia Dei, Hispaniarum Rex», hasta el rosellonés Jaime I el Conquistador de Aragón (1208-1276), que reinó también en los condados catalanes (antigua Marca Hispánica), y desde el gallego Alfonso VII el Emperador de Castilla (1105-1157), quien se refería a sí mismo como «ego Alfonsus, Dei gratia totius in Hispania imperator», hasta los Reyes Católicos, que culminaron la larga Reconquista (718-1492), todos los monarcas hispánicos tuvieron presente (aunque no siempre actuaron con la generosidad y altura de miras necesaria) que el objetivo último era la unidad.

Al hablar de la España más desconocida no podía eludirse la España islámica, a menudo olvidada o reescrita por los vencedores. Efectivamente, a partir del siglo XI empezó a redenominarse España (Hispania) a toda la Península, sin distinción entre cristianos y musulmanes. El gran poeta lusitano de la modernidad, Camões, se refería a esta denominación común y escribió: «Castellanos y portugueses, porque españoles lo somos todos».

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