El rostro de la guerra

Martha Gellhorn

Fragmento

cap-2

En el verano de 1936 me encontraba en la Weltkriegsbibliothek de Stuttgart comprobando ciertos datos para una novela. Los periódicos nazis comenzaron a hablar de un conflicto en España; no hablaban de guerra. Daba la impresión de que se trataba de una muchedumbre sedienta de sangre que atacaba a las fuerzas del orden y la decencia. Siempre se referían a esa muchedumbre, la legalmente constituida República española, como «los cerdos rojos». Los periódicos nazis contaban con un valor intrínseco: uno podía estar a favor de todo aquello que ellos denostaran.

Poco tiempo después de cumplir los veintiún años fui a trabajar a Francia, y allí me integré en un grupo de jóvenes pacifistas franceses. Compartíamos la pobreza y el entusiasmo, y nuestra razón de ser era echar a patadas al viejo demonio que nos estaba llevando sin contemplaciones hacia otra guerra. Creíamos que no podríamos tener una Europa en paz sin el rapprochement franco-alemán. Estábamos en lo cierto, pero entonces llegaron los nazis.

En 1934 nos encontramos en Berlín con los jóvenes nazis. Al llegar a la frontera, la policía alemana recorrió el tren, se detuvo en nuestro vagón de tercera clase y nos confiscó los periódicos. Aunque no pertenecíamos a ningún grupo, leíamos y discrepábamos de todas las opiniones, desde las monárquicas hasta las socialistas, pasando por las reformistas liberales (como la mía). Por una vez estuvimos todos de acuerdo en considerar esa incautación un ultraje. Cuando bajamos del tren, manteniendo nuestro habitual corrillo de discusión, fuimos recibidos por los jóvenes nazis en una impoluta y rubia formación vestida de color caqui. Resultó que entre todos ellos no tenían más que un cerebro de loro, así que no nos preocupamos. Tratamos seriamente de disculparlos; intentamos comprender que eran socialistas —como ellos no dejaban de aseguramos—, no nacionalsocialistas. Sentirse mal por los alemanes derrotados después de la guerra mundial era una sensación que compartía mucha gente. En aquella época yo también la viví. Además, era pacifista, lo que me impedía aplicar mis principios con sensatez. En 1936 los muchos principios a los que aferrarme no me sirvieron de nada. Vi cómo eran esos patanes y amenazadores nazis y hasta dónde serían capaces de llegar.

Allí estaba yo, trabajando con una desesperante resolución en una novela sobre los jóvenes pacifistas franceses. Permanecí algunos meses en Alemania discutiendo con cualquiera al que todavía le quedara valor para hacerlo sobre la libertad de pensamiento, los derechos individuales y los cerdos rojos españoles. Luego regresé a América, terminé mi novela, la guardé para siempre en un cajón y me dispuse a viajar a España. Había dejado de ser pacifista para convertirme en una antifascista.

En el invierno de 1937 las democracias occidentales lanzaron la consigna de la no intervención, lo que sencillamente significaba que ni las personas ni los suministros podrían penetrar con libertad en el territorio republicano español. Me dirigí a las autoridades francesas en París con el fin de conseguir todos los sellos y documentos necesarios para salir del país. El funcionario francés, como sabe todo el que haya tenido que tratar con alguno, es un auténtico bruto parapetado tras una ventanilla enrejada que no escucha a nadie y se rasca por todas partes con su afilada pluma gubernamental de tinta pálida. Creo que no saqué nada en claro con aquel tipo, porque solo recuerdo que estudié un mapa, cogí un tren, me bajé en la estación más cercana a la frontera hispano-andorrana, recorrí la escasa distancia que mediaba entre los dos países y subí a otro tren de viejos vagones fríos y pequeños llenos de soldados de la República española que volvían a Barcelona después de un permiso.

Casi nadie habría dicho que eran soldados, vestidos como iban de cualquier manera, y no había duda de que se trataba de un ejército en el que había que buscarse el sustento, ya que el Gobierno no podía ocuparse de ello. Me encontraba en un vagón de madera con seis chicos que comían embutido hecho con ajo y pan de harina molida sobre piedra. Me ofrecían su comida, reían, cantaban. Cuando el tren se detuvo, otro joven, tal vez el oficial, se asomó al vagón y se dirigió a ellos. Deduje que estaba invitándolos a ser corteses; y lo fueron, aunque no pude entender lo que decían porque yo no hablaba español.

Barcelona brillaba bajo el sol y la alegría de las banderas rojas, y el taxista no me quiso cobrar; parecía que todo era gratis y que todos éramos hermanos. A los muchos que no han experimentado esta sensación, siquiera un instante, puedo decirles que es lo más maravilloso que puede suceder. Me llevaron de un lado a otro como un paquete, con alegría y amabilidad. Viajé en camiones y en coches atestados. Y por último, vía Valencia, llegué a Madrid de noche. La ciudad, fría y enorme, estaba sumida en una total oscuridad; en sus calles silenciosas se adivinaba el peligro en los agujeros de los obuses. Era el 27 de marzo de 1937, una fecha que he encontrado entre mis notas. Hasta entonces no había tenido la impresión de estar en guerra, pero en aquel momento eso cambió. Era una sensación indescriptible; una ciudad entera convertida en campo de batalla, expectante en la oscuridad. Había miedo en aquella sensación y también valor; te hacía avanzar con cuidado, prestar suma atención a todos los ruidos, y te encogía el corazón.

Un hombre amable y resuelto, entonces editor de la revista Collier’s de Nueva York, me había dado una carta. La misiva, dirigida a quien pudiera concernir, decía que la poseedora, Martha Gellhorn, era la enviada especial a España de la revista Collier’s. El documento podría ayudarme a la hora de aclarar a las autoridades el motivo de mi estancia en España o la razón que me había llevado hasta allí, pero no servía para nada más. No tenía relación con periódico o revista alguna, y pensaba que todo lo que se podía hacer con respecto a la guerra era ir a ella en señal de solidaridad, y morir o sobrevivir si había suerte hasta que la guerra terminara. Eso fue lo que ocurrió en las trincheras de Francia, según había leído; todos murieron o sufrieron tales heridas que los retiraron de allí. No sabía que se pudiera llegar a ser aquello en lo que me convertí, una turista que salió ilesa de las guerras. Una mochila y unos cincuenta dólares eran todo el equipaje que llevé a España. Cualquier otra cosa parecía innecesaria.

Me pegué a los corresponsales de guerra, hombres con experiencia y una misión seria entre manos. Como las autoridades les facilitaron el transporte y pases militares (era mucho más difícil conseguir transporte que un permiso para verlo todo; esta era una guerra abierta e íntima), fui con ellos a los frentes abiertos en Madrid y sus alrededores. De todos modos, hice poco más que aprender algo de español y algo sobre la guerra, y visité a los heridos con la intención de divertirlos o distraerlos, esfuerzo un tanto inútil; hasta que un día, unas semanas después de haber llegado a la capital, un amigo periodista me sugirió que escribiera, que ese era el único modo en que yo podría servir a la Causa, palabra solemne para los españoles, cariñosa para todos nosotros, con que se designaba la guerra de la República española. Al fin y al cabo, yo era escritora, ¿no? Pero ¿cómo podría escribir sobre la guerra, qué sabía yo de ella y para quién iba

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