Contar la verdad

Bieito Rubido

Fragmento

1

Mi primer día tras dejar ABC

El 14 de septiembre de 2020 es el primer día, tras diez años, que no soy director de ABC. Me levanté temprano, como de costumbre, escuchando la radio, y con un buen número de ocupaciones para la jornada. Tenía que ser una jornada más. Después de todo, nada especial había ocurrido. Dejar de ser director de un gran diario podía ser muy importante para mí, pero no dejaba de ser una gota de agua en el océano de las vanidades, otro mono que se caía del árbol en medio de la frondosa selva. La vida, al fin y al cabo, no comienza el primer día que diriges ABC ni termina cuando tu nombre desaparece de la mancheta. La vida es mucho más. Aparece, surge, florece en muchos lugares alejados de los puestos teóricamente luminosos de la actividad social y profesional. En este sentido, tenía ya cierta experiencia, distinta en algunos términos, pero muy semejante en cuanto a lo que uno siente en el momento en que abandona una responsabilidad periodística, como ya me ocurriera con La Voz de Galicia.

El día anterior había sido mi última jornada de trabajo en la redacción. Apenas había gente en la sala. Fue una despedida extraña. A lo largo del tiempo me había imaginado diciendo adiós al diario en un acto de relevo bien organizado, con todos los periodistas presentes, tal y como se había hecho en su día, cuando Ángel Expósito me entregó el testigo de la dirección. En aquella ocasión estábamos todos: los redactores de ABC, el equipo directivo de Vocento, el consejero delegado, José Manuel Vargas, Catalina Luca de Tena..., y tanto Expósito como yo pudimos dirigirnos a los allí convocados y escenificar un civilizado y educado rito de cambio de guardia. Esa ceremonia que se ha perdido, pero que otorgaba un estilo a las casas, a las empresas, a las instituciones... y a las personas. Entonces se hizo con el tono de caballerosidad que solía caracterizar a la casa de ABC en situaciones semejantes. Mi salida no fue así. Me marché sin despedirme. Lo hice después, por teléfono, de algunas de las personas más significativas de la redacción.

Como decía, cuando pensaba en cómo sería la última jornada, me veía bajando la escalinata del edificio de ABC de la calle Juan Ignacio Luca de Tena. Tampoco fue así. Abandoné la redacción sobre las nueve de la noche del domingo 13 de septiembre por las escaleras de servicio, pues no hay otras en la nueva sede de Vocento de la calle Josefa Valcárcel, acompañado por Jesús Calero, redactor jefe de Cultura, que iba en busca de su coche para regresar a casa tras una tarde más de trabajo. La pandemia de la COVID tuvo, sin duda, gran parte de la culpa. Desde mediados de marzo la redacción de ABC teletrabajaba en su totalidad, salvo un pequeño grupo que acudíamos a la sede del diario. Además, era domingo. No había apenas nadie de la organización. Fue, por tanto, y solo en ese sentido formal, un poco triste y desangelado, impropio de una institución como ABC. Quienes se encargaban de la gestión estimaron que era mejor así. Nadie llamó, nadie se despidió, salvo mi sucesor, Julián Quirós, que pasó un momento por mi despacho para comentar conmigo algunos detalles finales del relevo y darme un abrazo.

Atrás quedaban diez años de periodismo. ¡Menuda década! Mientras bajaba las escaleras y caminaba hacia el taxi iba rememorando todos los acontecimientos que se habían producido en esa etapa y que nos habíamos encargado de contar a los lectores. Tiendo a creer que nuestro tiempo no es mejor ni más interesante que otros, pero no cabe duda de que en esa década vivimos hechos verdaderamente notables. Fueron años trepidantes en el puente de mando de un diario tan influyente como ABC, años intensos, convulsos en algunos momentos.

Arrancamos con el final del zapaterismo —semilla ideológica que explica muchos desastres posteriores— y con una crisis económica jamás contada hasta entonces. Ya vimos lo que ocurrió a partir de entonces. Nadie se podía imaginar aquel cataclismo financiero y económico viniendo de donde veníamos: de un crecimiento esplendoroso desde el inicio de la década hasta el año 2007. Aquel derrumbamiento de todos los indicadores sirvió como caldo de cultivo para el auge de los populismos y para el aprovechamiento perverso, desleal y osado de los independentistas catalanes en octubre de 2017, cuando perpetraron un golpe de Estado en Cataluña, según la teoría de Curzio Malaparte en su Técnica del golpe de Estado, aunque la verdad jurídica terminase siendo otra.

Durante ese periodo, en muchas ocasiones me pregunté si en 2010 nos hubiésemos creído, si nos lo hubiesen adelantado, todo lo que iba a acontecer esos años. Por eso me pregunto también qué nos depara el destino para los siguientes. Tuvimos que informar, por ejemplo, de la renuncia de un papa, Benedicto XVI, algo que solo había ocurrido una vez en la historia del papado. Y, por supuesto, nos empleamos a fondo en la abdicación del rey Juan Carlos y en la entronización de Felipe VI. Eran dos señas de identidad de ABC.

Durante esa misma época, España tuvo tres presidentes de Gobierno. El PP se hizo con el Ejecutivo, con Mariano Rajoy al frente, entre dos gobiernos socialistas, el último salido de la única moción de censura que ha triunfado en la democracia española, con la aceptación increíble, por parte de un partido socialdemócrata como el PSOE, de los apoyos de filoterroristas e independentistas golpistas. Mucho se ha escrito sobre esta cuestión. Todavía hoy sobrevuelan rumores de una supuesta influencia de Garzón y Lola Delgado sobre Ricardo de Prada para incluir un párrafo extemporáneo y ajeno al propio asunto que se juzgaba en la sentencia de la Gürtel, como los hay en torno a la decisión de Rajoy de no dimitir y favorecer la llegada de aquel «Gobierno de mayoría Frankenstein», en palabras de Rubalcaba. Rajoy insistió siempre en que dimitir implicaba admitir que él era un corrupto y en que por ahí no iba a pasar. Además —y esto es lo verdaderamente trascendente—, los votos para conseguir el apoyo para un posible candidato popular, no necesariamente Sáenz de Santamaría o Cospedal, no eran suficientes; el esperpento fue todavía mayor toda vez que el PNV, por exigencia de Urkullu, decidió retirar su sostén a Rajoy y a su partido.

El tiempo demostró, con la sentencia del Tribunal Supremo, que aquello fue fruto de una perversa utilización de un párrafo extemporáneo y probablemente concebido en algún contubernio que el periodismo todavía no ha logrado desentrañar. Toda la justificación de la moción de censura contra Rajoy estaba construida sobre una enorme manipulación. Las mociones de censura son legítimas y, si cuentan con los votos necesarios, nadie las puede cuestionar. Otra cosa es que estos sean de dudosa fe democrática.

Mariano Rajoy se enfrentó no solo a la peor herencia económica del país, fruto del zapaterismo, sino también al legado de la corrupción de su partido durante los años de Aznar. La verdad es que a pocos presidentes les tocó

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