Contra la España vacía

Sergio del Molino

Fragmento

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Introducción

Los libros nacen en lo profundo del ayer, como reacciones casi póstumas a escenas infantiles que no entendimos. Cuando emergen a la conciencia, los temas, las primeras frases, el título y las páginas finales llevan mucho tiempo escritos. Se empieza a teclear con la sensación de haber pasado media vida con esos párrafos dentro, sin saber cuándo arraigaron y echaron a crecer. No es el caso de este ensayo, cuyos orígenes puedo fechar con precisión. Empecé a escribir de forma inconsciente este libro el 19 de noviembre de 2018, entre las siete y las ocho y media de la tarde.

Aquel día se presentaba en la librería Alberti de Madrid Lugares fuera de sitio, la obra con la que gané el Premio Espasa de Ensayo de ese año. Me hacía el honor de presentármela Joaquín Estefanía, que había vuelto del retiro para ayudar a Sol Gallego-Díaz a dirigir El País. Joaquín representaba un arquetipo periodístico e intelectual que yo homenajeaba en el libro: la generación de la transición, capitaneada por Manu Leguineche e integrada, sobre todo, por los cuadernícolas, aquellos jovencísimos reporteros que empezaron sus carreras en Cuadernos para el Diálogo.

Dos estrellas de aquella revista, Eduardo Barrenechea y Luis Carandell (que, por problemas legales con la censura, firmaba con el seudónimo de Antonio Pintado), hicieron un viaje por la frontera hispanoportuguesa en 1972 por encargo de Cuadernos, que editó la aventura en forma de libro, titulado La Raya de Portugal. La crónica, llena de humor y sabiduría, bautizaba la franja fronteriza casi despoblada como la Costa del Luto, parodiando la manía desarrollista de poner nombre a las costas ibéricas. Glosando esta y otras lecturas pretendía subrayar en mi ensayo que la generación de Joaquín hizo el último gran esfuerzo intelectual por narrar la España que quedaba más allá del Congreso de los Diputados. Tras ellos se abrió un vacío desdeñoso que los gurús del marketing aprovecharon para construir la marca España. La bonanza económica y la integración en Europa fundieron las señas de identidad españolas en un estado líquido de cocineros de vanguardia, deportistas de élite y cineastas manchegos. El vicio de cansar las suelas por las carreteras secundarias del país quedó restringido a cuatro locos.

La presencia de Estefanía en aquel acto tenía una carga simbólica muy poderosa, pues me siento parte de una tradición intelectual y literaria de la que él es un eslabón crucial. Entiendo mis libros como parte de un esfuerzo centenario por explicar el país en el que vivo, son interjecciones de una conversación que dura siglos y sólo acabará cuando deje de existir España.

Con aquel acto en Madrid pretendía escenificar algo que ya estaba explícito en las páginas: mi deuda con aquellos cuadernícolas. A mí me bastaba con esa foto testimonial, lo demás era faena de aliño. Creo que el público de una presentación sólo quiere pasar un rato entretenido en compañía de un escritor. Son saraos coquetos y banales, pero Joaquín, pese a su simpatía y su calidez inmensas, no los entendía así y venía dispuesto a hablar en serio. Se había estudiado muy a fondo el libro y había concluido que todo él se levantaba sobre un concepto muy problemático: el patriotismo. Así que de patriotismo hablamos.

La conversación se convirtió pronto en una especie de examen de oposición a magistrado. Al principio, intenté rebajar la seriedad de las preguntas con algún chiste, pero Estefanía se había propuesto coger el toro del patriotismo por los cuernos, y me iba a forzar, como buen entrevistador sabueso, a exponer mis ideas con calma y largura.

No estaba preparado para el examen, no había estudiado nada, ni siquiera había releído el libro desde que fue a imprenta. Sudé, me trastabillé y me sorprendí a mí mismo improvisando tesis con más agujeros que un queso emmental. El adjetivo clave era constitucional, y la autoridad filosófica, Jürgen Habermas. No había nada audaz en proclamarme afín a esa idea que Habermas formuló para dar consistencia ética a la República Federal Alemana tras el trauma del nazismo. Lo difícil era trasladarla al contexto español.

El patriotismo constitucional es una virtud cívica que no funciona en el vacío, sino ligada a una patria concreta. Se trata de orientar los impulsos instintivos de amor y aprecio al propio país hacia el cultivo de una actitud constructiva, conviviente y democrática. Se exige conocer la patria, pero sin exaltarla, tan sólo reconociéndola como una comunidad política con unos límites y una historia, dentro de los cuales los individuos pueden vivir libres e iguales. Si la comunidad política se desliga (es decir, si se resquebraja el patriotismo), la libertad y la igualdad quedan comprometidas.

En ese sentido, un patriota constitucional es lo opuesto a un nacionalista. En tanto que comunidad política abierta y compleja, la patria es flexible y no exige más peaje a sus miembros que la aceptación de unas normas elementales de convivencia democrática. Yo defendía que España responde muy bien a los requisitos de comunidad política que define el patriotismo constitucional: es un país ya hecho, que no hay que inventar ni construir, lo cual supone siempre una ventaja enorme; sus instituciones democráticas son sólidas y funcionales, y su esfera pública, diversa y rica, capaz de absorber cualquier debate. Sin embargo, casi nunca se defiende en esos términos, porque el patriotismo en España fue secuestrado por el nacionalismo español franquista. Para evitar ser confundidos con nacionalistas de derechas, los demócratas progresistas desarrollaron una aversión radical a toda la imaginería patriótica de España, al tiempo que se identificaban con las señas nacionalistas (que no patrióticas) de Cataluña, Euskadi y el resto de naciones represaliadas por la dictadura de Franco, incluso aunque esos nacionalismos sostengan tesis etnicistas y reaccionarias. Esto suponía un problema enorme para los defensores del virtuosismo cívico de Habermas, sensibles al insulto más perezoso del vocabulario político español: fachas, fascistas.

Eppur si muove. Pese al intento de reducir el país a una ficción impuesta (no en el sentido de la comunidad imaginada tan querido a los estudiosos de las naciones, sino como la invención de unas élites opresoras), España se manifiesta tangible cada mañana ante todos sus ciudadanos, especialmente para los que, como yo, nacimos después de 1975 y nos encontramos la democracia ya hecha, legada generosamente por figuras como Joaquín Estefanía. Mediante homenajes explícitos al esfuerzo intelectual y político que hicieron en uno de los periodos más difíciles de la historia, reconocía mi deuda cívica e intelectual y me desmarcaba de una tendencia popular entre la gente de mi quinta que pedía una refundación del país con otra constitución.

Aquella tarde de noviembre de 2018 en Madrid debería haber desarrollado estas tesis, que aparecían muy claras en La España vacía y en Lugares fuera de sitio. No recuerdo qué dije, pero me temo que fue un embrollo gramatical difícil de seguir. Me quedó una sensación desagradable de no haber estado a la altura de mi presentador. Las siguientes noches las pasé medio insomne, reprochándome que había sido poco claro en mis libros. Parte de las lecturas incómodas y de los malentendidos en los que veía enredado mi nombre una y otra vez se

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