El método Valérie

Cecilia Custodio

Fragmento

Veréis, hay mujeres que nacen con una habilidad innata para seducir a cuantos las rodean. Tienen esa especie de aura de credibilidad que conocemos como carisma, poseen unos rasgos físicos que coinciden con los cánones estéticos de su tiempo: su manera de moverse, de gesticular, de andar («eso es andar y lo demás, maltratar el pavimento...»), de cruzar las piernas (o descruzarlas) hace de ellas mujeres sobre las que recae el deseo de un sinfín de personas. Se convierten, casi sin quererlo, en las protagonistas de las ficciones (eróticas, sentimentales, vitales) de los que las observan, y esos observadores, con tal de llevar a la realidad sus fantasías, harían cualquier cosa por ellas. Hay mujeres, como os decía, que consiguen esto de manera intuitiva... pero no la mayoría de nosotras. Y ¿qué queréis que os diga? A mí siempre me ha parecido más atractiva la gente que se lo ha currado; esa que se ha abierto y luego recosido, y que pelea en ese esfuerzo de conocerse a sí misma (lo que requiere sabiduría, valor y acción), que la que sólo asume lo que trae de serie.

Capacidad de seducción tenemos todas. Absolutamente todas. Es algo que las mujeres solemos descubrir en nuestra adolescencia; la capacidad de manipular y conseguir nuestros propósitos mediante el hecho de hacerles creer a los demás (aunque haya que entregar algo a cambio) que «de verdad» somos las protagonistas de sus fantasías. Es un momento delicado de nuestras vidas pues todavía desconocemos aquello que expresó muy bien Kierkegaard: «Pienso que quien lleva a los otros al error terminará cayendo en el error». Así, cuando aprendemos a contonear unas incipientes caderas o a mostrar un descaro «impropio de nuestra edad» y vemos que funciona, no nos planteamos que esa capacidad es como una varita mágica que la realidad puede acabar metiéndonosla por donde más duele. Normalmente, al madurar, y aunque no siempre es así, aprendemos a gestionar nuestra capacidad de seducción y a enfocar los objetivos de esa seducción.

En las siguientes páginas encontraréis una serie de reflexiones, muchas de tipo práctico, que tienen como finalidad un objetivo primordial: el de que establezcáis la paz con vosotras mismas. Las técnicas para levantarse a un «primo» de la barra de un bar, para quitarse un sostén mientras bailas el «nueve semanas y media» o para hacer una mamada como todo el mundo (y que venden como si hubieran descubierto cómo se enfría el agua caliente), se las dejo a otros autores.

En esto de la seducción hay un único método: la autenticidad. Si sois vosotras mismas, no fallaréis nunca (y si falláis será una bendición porque no habréis errado el tiro sino la pieza). No se trata de que os creáis lo que no sois sino de que os creáis lo que sois.

¿Implica esto que todos los actos que atañen a la seducción deben ser sinceros y cristalinos? No. En ocasiones hay que interpretar, pero tenemos que saber perfectamente cuándo estamos actuando y cuándo no (eso es autenticidad). Para conseguirlo necesitamos conocimientos. Conocimientos, sobre todo, de una misma, pero también relativos a las diversas facetas del hecho sexual humano. Y aquí es donde nos centraremos, pues pone más una cabeza alta que un escote bajo, no lo dudéis.

Encontraréis algún truquito propio de la experiencia, o consejos, digamos, técnicos (hay órganos más difíciles de tocar que el de la catedral de Sevilla... y bueno es saber, al menos, dónde están las teclas), pero de lo que se trata con esto de las artes amatorias no es de que volváis locas a un amante sino de que os volváis locas a vosotras mismas. El resto viene solo, y serán pocos los que se os escapen y muchos los que se «vayan corriendo» nada más veros.

Decía un sabio japonés: «El ser humano perfecto no tiene método; bueno, tiene el método del no método». Esto es la espontaneidad, la naturalidad, con la que, contrariamente a lo que algunos creen, no se nace, sino que se aprende a conquistar. Se aprende a no impedir que surja en nosotras. Pensad que a cualquier ser humano se le ha enseñado, desde antes incluso a que supiera eructar, a contener su naturalidad: «Eso no se hace, no se dice, no se toca, no se piensa...». Si ese proceso de domesticación (y de humanización) se realiza en todos los ámbitos sociales, desde comer hasta manifestar una opinión, imaginaos cuál ha sido la presión en los temas sexuales y la que habéis sufrido, además de por ser personas, por el hecho de ser mujeres. Este proceso de humanización es necesario, pues, en caso contrario, no pasaríamos, en toda nuestra existencia, de comer bellotas y bramar cuando el apetito sexual aprieta, pero la naturalidad aparece cuando se trasciende esa educación. Os pondré un ejemplo: una sólo puede decir «lo que quiere decir» y no «lo que tiene que decir» cuando previamente ha aprendido las reglas funcionales del lenguaje y, además, sabe exactamente lo que quiere decir porque se conoce a sí misma. Si ni sabe hablar ni sabe pensar nunca será natural, será más bien un borrico o una borrica (y sólo seducirá a sus congéneres, los borricos y borricas).

Eso es lo que pretendo ofrecer con este libro: conocimiento en la letra y transgresión en el espíritu. De este modo, nos ocuparemos de cuestiones que van desde lo que es el clítoris hasta lo que significa la seducción, o de cómo no caer presa de la propia capacidad de seducción, pasando, naturalmente y con naturalidad, por lo que es una buena felación o un orgasmo y sus diversas manifestaciones según donde se estimule, sin olvidar, por ejemplo, la literatura erótica y sus funciones. También habrá sitio para eróticas extremas (los libros no tienen horario infantil) como el bukkake y otras refinadas como el kokigami. Y habrá humor, sencillamente porque, como suele decirse, «el humor es la distancia más corta entre dos personas», y yo quiero que notéis mi aliento y notar a mi vez, en ocasiones, cómo se eriza el vello de vuestros brazos.

Algunas quizá ya me conozcáis de otros escritos o de mis intervenciones en eso que llaman la «plaza pública». A todas vosotras espero no decepcionaros, y a las nuevas espero seduciros (¿de qué serviría un pequeño tratado sobre seducción si no os seduce?).

Una vez escribí un Antimanual de sexo en el que me ciscaba (decir que me cagaba no quedaría fino, así que no lo digo) en los manuales de sexo. Ah, ¿que este libro es un «manual de seducción»? Pues eso, leedlo y ya me diréis si puedo seguir luciendo mis bragas de La Perla sin el menor rubor.

VALÉRIE TASSO

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