Fake news

Daniel Gascón

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Toda sátira es profecía

La revista Lapham’s Quarterly del gran Lewis Lapham publicó hace años una lista de leyes epónimas. Entre las normas que aparecían están la ley de Parkinson, según la cual el trabajo se expande para ocupar el tiempo disponible para su ejecución; el principio de Peter, que postula que los empleados ascienden hasta llegar al nivel de su incompetencia; la navaja de Hanlon, que recomienda no atribuir a la maldad lo que puede explicar la estupidez, o la célebre ley de Upton Sinclair, que observa que es difícil hacer que un hombre entienda algo si su salario depende de no entenderlo. No recoge la útil navaja de Hitchens —lo que se afirma sin pruebas se puede rechazar sin pruebas— ni mis preferidas, las tres leyes de la política que formuló el historiador británico Robert Conquest:

1. Todo el mundo es conservador acerca de lo que conoce bien.

2. Toda organización que no es explícita o constitucionalmente de derechas tarde o temprano se vuelve de izquierdas.

3. El comportamiento de cualquier organización burocrática se entiende mejor si asumimos que está controlada por una camarilla de sus enemigos.

En el epitafio de Joaquín Costa pone «No legisló», lo que quizá debería convertirse también en una ley epónima. El profesor Ignacio Sánchez-Cuenca ha señalado que la llamativa asimetría que «se produce en los machos de la especie humana, cuyo testículo izquierdo cuelga más bajo que el derecho», confirma, de forma tan metafórica como inevitable, que las equivalencias entre extrema derecha y extrema izquierda son inexactas. Mientras esta formulación recorre el tortuoso camino para ser considerada la norma Sánchez-Cuenca, quiero proponer otra afirmación, que modestamente denominaría ley de Gascón: Toda sátira es profecía. Y, naturalmente, toda parodia es eufemismo.

Es posible que esto sea cierto en todas las épocas, pero yo me he dado cuenta observando la política española de los últimos años. Una de las características de la conversación pública actual es el ciclo informativo de veinticuatro horas y siete días a la semana, que no se para nunca y donde todos podemos ser emisores. En cierta manera, es algo que va muy deprisa y que a la vez no se dirige a ninguna parte. No solo se confunden lo urgente y lo importante. También se mezclan lo real y el simulacro. En los últimos cinco años España ha vivido un golpe de Estado posmoderno, cuyos protagonistas todavía no saben si iba en serio o no. Ha tenido una moción de censura contra un presidente del Gobierno que decidió emborracharse mientras lo echaban, y de la que salió un nuevo presidente gracias a los apoyos de los que habían protagonizado un pronunciamiento civil unos meses antes. Se ha producido el primer Gobierno de coalición, con el sostén de un partido que se oponía a la casta y que consiguió colocar a un matrimonio en el consejo de ministros. Hemos visto el ascenso y hundimiento de un partido de centro liberal y el surgimiento de una fuerza de ultraderecha. Se ha transformado el sistema de partidos —de un bipartidismo imperfecto al enfrentamiento de dos bloques fragmentados a su vez— y con la nueva generación de políticos ha aparecido también una nueva generación de analistas. Científicos sociales explicaron lo que es el sesgo y luego lo ejemplificaron con su comportamiento. La política ocupó la programación televisiva, pero la televisión convierte todo en televisión, del mismo modo que, al margen de ideologías, edades, métodos y credenciales, un columnista se parece sobre todo a otro columnista y un intelectual, a otro. (Los intelectuales son como la mafia, decía Woody Allen: solo matan a los suyos). Tampoco es que mi carrera sea mejor: los filólogos abundan en las canteras nacionalistas y Boris Johnson estudió clásicas antes de ser periodista, una profesión inquietante para cualquiera que vaya a tomar una decisión por ti.

A nivel institucional, cierto espíritu reformista más o menos contemporáneo del 15M parecía perder algo de fuelle: no por haber logrado sus objetivos, sino por una combinación de fatiga y cinismo. Discutíamos con frivolidad y enconamiento sobre grandes señuelos simbólicos, enfatizando diferencias mínimas en la gestión del PIB. Y de pronto ocurrieron cosas realmente graves: la pandemia que provocó decenas de miles de muertes en nuestro país, el colapso económico, la incertidumbre hacia el futuro, la improvisación legislativa con dos estados de alarma inconstitucionales. El combate con la enfermedad provocó un espectacular recorte de las libertades de los ciudadanos: durante seis semanas en España los niños no pudieron salir de casa. Hubo caos entre las administraciones: se atribuyeron decisiones a comités científicos que no existían y las apelaciones a la ciencia, la gobernanza o los órganos jurisdiccionales se convirtieron en una estratagema para esquivar el coste de tomar decisiones políticas. Cuando escribo estas líneas, la guerra de Ucrania muestra también que las amenazas que creíamos lejanas en el espacio o en el tiempo están más cerca de lo que pensamos y que nuestra prosperidad —cuando la hay— es más frágil de lo que parece.

Una columna de Bagehot, en The Economist, decía que los historiadores del futuro quizá llamen a nuestra época la «era de las paparruchas o de la farfolla»: «cosa de mucha apariencia y poca entidad». Entre los ejemplos que citaba estaban las empresas que presumen de defender los derechos de los homosexuales, de promover el multiculturalismo o de unir el mundo a base de canciones kumbayá, pero que solo buscan maximizar los beneficios; o los directivos que dicen ser «líderes de equipo» y se embolsan cantidades obscenas (especialmente, cuando se comparan con las que cobran sus subordinados). La denuncia de las fake news y la posverdad señalaba un peligro cierto: la dificultad de distinguir informaciones veraces de la intoxicación, donde el problema no es tanto que la mentira pase por verdad como una especie de cinismo epistemológico que admite que la realidad objetiva no existe, que todo es más o menos opinable y que por tanto nos quedamos con lo que dicen los nuestros. Pero a veces la acusación de emitir noticias falsas, que lanzan gobiernos y medios tradicionales, podría hacernos olvidar que históricamente la difusión de las noticias falsas ha sido cosa de gobiernos y medios. En parte, es una lucha por el monopolio del mercado de la intoxicación, y con mucha frecuencia un glorioso ejemplo de farfolla. El bullshit es general, pero a veces tiene encarnaciones particulares, adaptadas a la cultura política de cada país: la farfolla adquiere peculiaridades locales, como la flora y la fauna.

En este tiempo hemos hablado mucho de polarización, que es algo que criticamos, pero nos entretiene y produce buenos resultados electorales. Complica la rendición de cuentas —porque intensifica la tendencia natural a justificar a los nuestros y denunciar al adversario— y ofrece un refugio: no existe el pensamiento, existe el posicionamiento. (Todos queremos creer que escapamos a esa etiqueta, pero pocas veces lo conseguimos: ya hablaba Harold Gr

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