Milenarismo vasco

Juan Aranzadi

Fragmento

PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN REVISADA (2000)

PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN REVISADA (2000)

Dada la lata que han dado los medios de comunicación con el año 2000, y aunque reconocerlo no sea la mejor propaganda para el libro, quizá no esté de más que empiece por aclarar que ni yo soy discípulo o émulo de Nostradamus ni Milenarismo vasco es un libro acerca de lo que nos espera en este supuesto final o principio de milenio.

Lo que los movimientos milenaristas judeocristianos entienden por Milenio o Quiliasmo es el periodo de mil años durante el cual los elegidos reinarán junto al Mesías después de la llegada de éste, acontecimiento cuya fecha varía extraordinariamente para las distintas sectas quiliásticas y que sólo unas pocas y más bien espurias esperaban que ocurriera con la llegada del año 2000.

Por tanto, aunque me malicio que ya van siendo legión los que, como Haro Tecglen, no quieren oír hablar más de Euskadi[1] y los que, como Sabina, se toman más bien a cachondeo el problema vasco, “qués mú delicao”[2], supongo que sería la renovación del interés por ese problema, suscitada por la tregua de ETA y por el Pacto de Lizarra, lo que impulsó en su día, hace ya más de un año, a la Editorial Taurus a proponerme la reedición de un texto que está cerca de cumplir su vigésimo cumpleaños, que lleva indeleblemente impresos en sus páginas los estigmas teórico-políticos del periodo en que lo escribí y al que yo mismo considero hoy un ambicioso proyecto parcialmente fallido, aunque no exento de logros y aciertos que sigo suscribiendo.

El artículo que dio origen a Milenarismo vasco y que en el libro figura como introducción, “Milenarismo vasco y antisemitismo democrático”, fue escrito y publicado a comienzos de 1979. El resto del libro se elaboró durante los dos años siguientes, el último de los cuales estuvo marcado por el intento golpista del “23 F”: desde que oí por la radio la entrada de Tejero en el Congreso hasta que se hizo evidente que ese golpe había fracasado, el “manuscrito” de Milenarismo vasco, prácticamente terminado, permaneció enterrado en un punto equidistante entre dos chopos del jardín de mi casa de Huerta (Segovia). Hoy suena ridículo: entonces fue, sin duda, prudente.

Quizá no esté de más recordarle sucintamente al hipotético lector actual —y a muchos periodistas y políticos que parecen convencidos de que en Euzkadi las cosas están “peor que nunca”— algunos rasgos de aquella época tan engañosamente cercana: el Estatuto de Autonomía del País Vasco —“el último vagón del último tren”, en acertada expresión de Bandrés— se aprobó en referéndum en octubre de 1979 (el primer Parlamento vasco se eligió en marzo de 1980); la sustitución efectiva de las FOP “españolas” por una Policía “vasca” que combatiera el terrorismo de ETA todavía no se vislumbraba en el horizonte; Tejero, Milans, Armada y unos cuantos más cuyos nombres nunca sabremos dieron un golpe de Estado en febrero de 1981, cuyas consecuencias sobre la incipiente democracia española aún estamos muy lejos de calibrar adecuadamente; y ETA estaba en el punto álgido de su “capacidad operativa” (232 atentados y 80 muertos en 1979; 219 atentados y 100 muertos en 1980; 219 atentados y 33 muertos en 1981; 254 atentados y 39 muertos en 1982) y gozaba aún de un considerable apoyo popular y de un grado de “comprensión” y de disculpa aún más desoladoramente notable.

Con objeto de relativizar, aunque sólo sea un poco, la inquebrantable solidez de algunas convicciones actuales quizá exageradamente enfatizadas tampoco conviene olvidar que muy poco tiempo antes el PSOE aún coqueteaba con el derecho de autodeterminación para Euzkadi, mientras que el PNV lo repudiaba como un “señuelo marxista” y prefería los “derechos históricos”; en cuanto al PP, simplemente no existía como tal: su progenitor, la AP de un Fraga que poco antes se proclamaba dueño de la calle y juraba que en España nunca ondearía legalmente la ikurriña, ni en el mejor de sus sueños hubiera imaginado entonces que la nueva derecha española que accedería al poder en 1996 iba a ser un vástago de su insospechada cópula promiscua con una camada de ambiciosos yuparras entre los que no faltaría gente con pedigrí antifranquista. Por lo demás, un tal José María Aznar se iniciaba en política y empezaba a romper el cascarón falangista de su juventud escribiendo artículos contra la Constitución.

Una vez contextualizado histórica y políticamente el texto que el lector tiene en sus manos, la pregunta surge inevitable: más allá del posible oportunismo derivado del hecho de que desgraciadamente —con tregua o sin tregua, por hache o por be— el llamado “problema vasco” no deje nunca de ser noticia, ¿hay algún motivo defendible que justifique someter nuevamente a la consideración del público la miscelánea de heteróclitas reflexiones desplegada en Milenarismo vasco?

Si he de atender a formulaciones recientes de juicios ajenos, nada más sintomático que la drástica oposición entre la encomiástica opinión de Carlos Martínez Gorriarán o Javier Corcuera y la displicente descalificación de Joseba Zulaika o Andrés Ortiz-Osés.

Para Gorriarán, “[Milenarismo vasco es] la primera historia crítica de la antropología y el etnicismo vasco... el primer ataque a la línea de flotación de las falacias etnicistas y prehistorizantes en la estela de Barandiarán, que generará sintomáticas respuestas defensivas de los nuevos antropólogos... la interpretación de la historia de la antropología vasca, especialmente de su relación dependiente y orgánica con la ideología de cada periodo, sigue siendo magistral e indispensable. La obra de Aranzadi aparece hoy, además, como un hito histórico: es el primer mensaje claro y contundente sobre el agotamiento de las fórmulas etnicistas y su insustancialidad intelectual”[3].

Para Corcuera, “Milenarismo vasco, de Juan Aranzadi, fue el primer y más lúcido libro que definió en un nuevo terreno de análisis unos estudios que, hasta entonces, no acababan de romper con los planteamientos objetivistas en lo tocante a etnias y naciones”[4].

En el polo opuesto se sitúa la opinión de Joseba Zulaika. Empieza con una de cal (“siempre he apreciado el contenido intrínseco de este libro”), pero enseguida añade varias de arena: “Lo que se hace de entrada más llamativo sobre el libro de Aranzadi es la edificación de un texto de más de quinientas páginas sobre la categoría, más que dudosa por su notoria reificación, de ‘milenarismo’... En el contexto real de la antropología cultural de principios de los och

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