Nosotros somos los culpables

Diego Enrique Osorno

Fragmento

Título

El doloroso coro mexicano

Prólogo a la nueva edición

Pareciera que nos hemos vuelto impermeables. Aunque hablamos tanto del horror es como si eso de lo que tanto hablamos no terminara por conmovernos. Hay tragedias de sobra que deberían haber marcado hace mucho un límite: el secuestro como industria, la decapitación como moneda de cambio entre criminales; pero tal vez nada se compare al horror bíblico que sucedió hace 10 años en Hermosillo y que también hemos visto pasar de largo. ¿Qué necesitamos para darnos cuenta de que estamos tocando fondo, qué más terrible que la muerte por fuego de 49 niños, seguida de la impunidad de quienes permitieron que eso sucediera?

Diego Enrique Osorno, uno de los periodistas que todavía reportean sobre el terreno los temas más incómodos y peligrosos (el Oaxaca de Ulises Ruiz, la barbarie gubernamental en Atenco, el cártel de Sinaloa) ha publicado un libro crucial para entender la bancarrota moral de nuestro tiempo; crucial por dos razones: una, saca la tragedia del mero ámbito de la estadística o la explicación sociológica en la que se diluyen los dramas personales; y dos, porque en la forma que Osorno ha elegido para narrar este episodio encuentra no sólo una estrategia eficaz, sino que asume una posición ética sobre cómo decir el horror, sobre todo cuando le ha sucedido a otros.

Nosotros somos los culpables cuenta cómo la muerte de 49 niños en la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, comenzó mucho antes de que iniciara el fuego: en la cadena de irregularidades en torno a la privatización parcial de las guarderías del IMSS, en la negligente vigilancia de las autoridades a las condiciones de seguridad de esa guardería, en el desdén con que los dueños respondieron a las advertencias de que ésa era una bomba de tiempo.

El libro incluye una cronología de la tragedia, un listado de funcionarios señalados por la Corte, nombres de los padres y madres del Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, y fotografías de los niños en vida. Es un documento valiosísimo por la información que aporta y por la forma en que organiza los testimonios: relato coral que, a la manera de La noche de Tlatelolco, permite que sean las voces de los protagonistas las que expresen, primero, el dolor por la muerte de los niños, luego su incredulidad ante la protección oficial a los dueños de la guardería, y por último, la organización de los padres para exigir justicia. Es, decía, no sólo una forma eficaz de narrar, sino una que apuesta por un principio: la Historia es un ejercicio de escritura polifónica, porque su construcción es una responsabilidad colectiva.

Este libro es literatura del modo en que la Historia es literatura: ordena los hechos para que tengan sentido. Pero la literatura además trata de entender cómo nos sucede la vida, en los órganos, en el alma, y Nosotros somos los culpables ya es parte de la literatura del crimen en México porque no sólo da cuenta de la muerte de esos niños, sino que exhibe sus efectos. Señala responsables, sí, pero también muestra cómo fue posible —como es posible para todos nosotros —reaccionar y tratar de cambiar las cosas.

En la tercera parte del libro, “El movimiento”, uno de los padres dice que solía criticar a los luchadores sociales: “«Por qué no ocupan su tiempo en trabajar?» Es algo increíble, ahora me arrepiento de haberlo dicho, de haber pensado alguna vez eso. A los que cierran calles, es porque no les queda de otra para que el gobierno los atienda, porque el gobierno, la única forma de que atienda al pueblo, es bajo presión. Eso es histórico y bien conocido” (153). En esa frase está la salida que ofrece el relato: frente a la apatía, el absurdo burocrático, la voracidad empresarial, la corrupción y la impunidad, está la lucidez de quienes, aun en su hora más difícil, son capaces de entender el dolor de los otros.

YURI HERRERA

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