Entrena tu lado espiritual

Benjamin Shalva

Fragmento

Título

INTRODUCCIÓN


Toda mi vida he estado buscando. Mi búsqueda empieza en el salón de meditación, pasa por la sinagoga y viaja de nuevo al tapete de yoga. A lo largo del camino, busqué en las montañas del Tíbet y en las callejuelas de Jerusalén, en las teclas del piano y en el escenario del teatro. Visité a terapeutas, tomé psicotrópicos y antidepresivos, estudié la Biblia, sollocé, me carcajeé y oré. Me enamoré, me casé y me convertí en padre de dos niños. Trabajé como rabino en congregaciones, universidades, campamentos de verano y prisiones. Nunca he dejado de buscar, y después de más de mil horas de esta búsqueda espiritual, aprendí que no produce nada tangible.

Imagínate estar buscando el viento: caminas a las afueras, esperas y escuchas algo a la distancia y de pronto lo sientes, la suave caricia del viento en tu mejilla. “¡Lo encontré!”, exclamas. Tus amigos y familiares llegan corriendo, han esperado pacientemente, se amontonan a tu alrededor, primero emocionados y después confundidos. “¿Qué encontraste?”, te preguntan, pero tus manos permanecen vacías, no tienes nada más que historias.

Los que buscamos… ¿realmente qué tenemos para ofrecer? Con las manos vacías, contamos nuestras historias.

Cuando empecé a contar mis historias a mi familia, amigos, colegas y feligreses –historias que atravesaban tantos sitios espirituales, historias que, muy a menudo, terminaban en una desconcertante mezcla de revelación y arrepentimiento– ,siempre esperaba una suerte de regaño, me imaginaba a los otros reprendiéndome y censurándome por haber buscado en otros lugares. “¿Y para qué tenías que buscar?”, esperaba oírles decir, “¿No te podías contentar con una religión, con un camino espiritual?”

Pero en lugar de reprimendas, recibía apoyo y una y otra vez la petición de contarles lo que había aprendido. Mientras yo me ocupaba en castigarme por mi falta de filiación religiosa, otros me agradecían por abrir mi caja de herramientas con su diversidad de técnicas. Una de las feligreses, cuyo esposo la había abandonado por otra mujer, me agradeció por ayudarle a atravesar esas aguas turbulentas con la ayuda de la meditación. Una empresa me invitó a las alturas de sus elevadas oficinas de vidrio para enseñarle a sus ejecutivos técnicas de estiramiento, y un campamento de verano me dio la bienvenida a su comarca de madera para enseñarles a los campistas y miembros del equipo a cantar con el cuerpo.

Presionado por el propio lienzo de mi vida, vi un desorden amorfo de pinceladas caóticas. Cuando me tranquilicé, una pintura totalmente distinta apareció. Una nueva historia empezaba a desenvolverse: no había estado haciendo intentos, había estado haciendo cross-training.

Sin quererlo, había estado saltando de un lugar a otro entre tres escenarios espirituales: el silencio, el estiramiento y el canto. Estos tres caminos distintos me habían ayudado a subir la montaña. Juntos, el silencio, el estiramiento y el canto, me lanzaron a nuevas alturas espirituales.

Pero, ¿por qué el silencio, el estiramiento y el canto? ¿Cómo llegué a estos tres modos de adoración? Mientras cada camino representaba un grupo único de retos, ejercitaba diferentes grupos musculares espirituales, y una vena común los recorría: cuerpo y respiración. Cuando estudié los textos sagrados, aunque los encontré enriquecedores, la sabiduría usualmente permanecía en mi cabeza. El silencio, el estiramiento y el canto me invitaron a volver real mi búsqueda de Dios, llevándola de la aspiración teórica a la acción corpórea.

Rumi, el poeta del siglo XIII, escribió: “No abras la puerta al estudio y empieza a leer. Suelta un instrumento musical. Deja que la belleza que amamos sea lo que hacemos. Hay cientos de maneras de arrodillarse y besar la tierra”. ¿Cómo vuelvo real la adoración? Al soltar un instrumento, el tapete de yoga, el cojín para meditar, al llenar cada célula de mi cuerpo con adoración.

Mi intención no era hacer cross-training, comencé este viaje con la intención de volverme experto en una modalidad espiritual. Por muchos años, me enfoqué exclusivamente en una sola práctica, haciéndola mía y tomándola como mi tradición elegida. Crecí acostumbrado a ese sentimiento familiar del cojín de meditación bajo mi cuerpo, un tapete bajo mis pies o un libro de oración en mis manos. Al darme palmaditas, me decía “Yo medito” o “Canto, bailo y rezo”. Sin quererlo, convertí cada camino elegido en un hobby agradable, gratificante y seguro; la práctica contemplativa me daba seguridad y comodidad, caldo de pollo para mi devastada y solitaria alma.

Pero el Dios que yo estaba buscando no era el Dios con derechos reservados y distribuido por una religión, filosofía o credo, sino el Dios revelador del resonante asombro intuitivo e instintivo, el Dios de corazón suave y ojos abiertos, el Dios de la vulnerabilidad, la honestidad, la presencia y el arrojo.

Para entrenar a esas alturas, la práctica espiritual debe doler un poco, lo suficiente para sacudirse la autoindulgencia, y para sentirse como un niño otra vez, un principiante, inquisitivo, hasta sospechoso. Es mejor la inseguridad de la duda que estar decidido, empeñado y torpe.

Mi maestro de yoga, Tony Sanchez, quien hizo un retiro de una década para practicar yoga todo el día; pausaba diariamente su retiro para decirnos que haríamos muy bien en complementar nuestras clases de yoga con clases de cocina. En otras palabras, queridos yoguis, podemos relajarnos un poco y disfrutar la vida. Pero, ¿cómo podemos disfrutar si somos tan tercamente ambiciosos, si radicamos en un sólo camino?

El amor suaviza el corazón por medio de su irracionalidad. Nos enamoramos, enloquecemos y así es como crecemos. Para crecer cerca de Dios, para enamorarme de mi alma por dentro y del mundo por fuera, necesitaba aligerar mi agenda y permitir que cada camino espiritual girara hacia lo absurdo. Necesitaba acercarme a la orilla del peñasco, mirar el precipicio y murmurar: “Esto es una locura”. En ese momento, mi práctica espiritual cambiaría de un tranquilo hobby a una peregrinación transformadora de vida. Desde ese lugar privilegiado podría mirar hacia atrás, al terreno que había ya pasado para finalmente comprender: nosotros no meditamos, Dios nos respira; no practicamos yoga, Dios nos estira; no cantamos, Dios nos eleva en un canto.

Entonces, tomé tres caminos para subir la montaña: me sumergí en el silencio, en el estiramiento y el canto. Evité a toda costa un ascenso específico, dejé descansar una de las prácticas mientras me enfocaba en las otras dos; dejé de meditar mientras me enfocaba en el canto y el estiramiento. Luego, cuando sentí que era el tiempo correcto, comencé a meditar de nuevo. ¡Qué importa! Dejé de cantar y una sinagoga me ofreció un trabajo para cantar los domingos por la mañana con sus alumnos judíos, tomé el trabajo y sólo pensaba en el tiempo que pasaría sin practicar yoga. Sin embargo, el trabajo abrió mi corazón y esos cantos de domingo por la mañana volvieron mi prác

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