Mamá slow

Elizabeth González

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Un libro de nutrición, un libro de amor

Estoy sentada frente a mi ordenador en el nuevo estudio. Es domingo por la tarde, los niños duermen la siesta y yo empiezo a escribir las primeras páginas de este libro frente a una brillante y desafiante pantalla en blanco. Mientras la miro, me pregunto: ¿cuándo se escribe un libro?, ¿cuándo te sientas y tecleas las letras? Porque si te soy sincera, siento que este libro llevaba mucho tiempo escribiéndose. Incluso puedo ver con claridad, a pesar del deslumbrante color blanco que tengo frente a mí, los tres momentos de mi vida en que sus páginas, aún sin saberlo, cogieron carrerilla: un trombo como desencadenante, mis dos hijos y un profundo amor por mi profesión. Pero eso te lo contaré luego porque esta es la introducción y lo propio es empezar por el principio.

Desde niña siempre quise ser tres cosas: mamá, nutricionista y escritora. A pesar de soñar con opciones tan distintas y, a primera vista, nada sencillas de combinar, sorprende ver cómo la vida se las ingenia para que suceda lo que parecía imposible. Estas eran las tres cosas que siempre había querido ser, así que tracé un plan, como hacemos todas, para ir hacia ellas. Al fin y al cabo, ¿qué podía salir mal? Tampoco quería ir a la luna ni ganar un rali. Solo tenía que estudiar mucho, cumplir mi deseo de ser madre y no dejar de escribir mis historias en todos los papeles que encontraba. Pero los planes no siempre salen como nos gustaría y este, de primeras, salió mal. Aunque, como te decía, vamos a empezar por el principio.

Mi gran pasión, la nutrición

La nutrición siempre ha estado presente en mi vida. Desde que era niña, el amor por la naturaleza de mi madre, la profesión de enfermero de mi padre y la inesperada a aparición de una diabetes tipo 1 me hicieron ver lo importante que es la alimentación y su fuerte poder.

Mi madre tenía nuestra cocina llena de especias y hierbas. Nos preparaba infusiones y remedios para todo. Recuerdo cómo sonaban las canciones de la tuna y sus infusiones de cola de caballo y té de las piedras en la nevera. Aún continúan en las estanterías del salón de nuestra casa familiar aquellos volúmenes increíbles sobre las propiedades de cada planta y los libros de fisiología y anatomía de la universidad de mi padre. Me pasaba las tardes hojeando cada una de sus páginas, mirando todos aquellos tratados en blanco y negro que me parecían fascinantes. Mi primera niñez siempre estuvo muy conectada con los alimentos de temporada de las huertas cercanas a donde vivíamos y con las hierbas medicinales. Nada me hacía más feliz que ir al pueblo de mi abuelo durante el verano para recoger moras y espliego con nuestra cesta, y utilizar nuestra colecta durante el resto del año. Aún recuerdo el olor del espliego mientras lo dejábamos secar dentro de las cajas. Me emociona pensar en cómo todo aquello forma parte de mi manera de ser y continúa presente en mi día a día.

Aprendí muy joven lo importante que es la alimentación. Cuando aún no sabía ni señalar dónde estaban la mayoría de los países y de los ríos, yo ya tenía muy claro qué eran los azúcares y cuáles eran los síntomas de una hipoglucemia. El debut de mi padre como diabético me había familiarizado desde muy pequeña con curvas de glucosa, insulina y analíticas, y yo siempre sentí una gran necesidad de ayudar y de saber más sobre cómo la alimentación podía mejorar todo aquello. Podría decir que desde entonces cada vez fue mayor mi interés por la bioquímica, la fisiología y el metabolismo.

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Cuando llegó el momento, tuve muy claro que quería estudiar Nutrición. Tenía tanta ilusión por aprender y por entender al fin tantas cosas, que se abrió ante mí un mundo de posibilidades y me entraron unas ganas locas de aplicar todo aquello. Empecé a pasar consulta como nutricionista desde muy joven. Han pasado ya más de quince años desde mis primeras carreras por los pasillos del hospital para visitar a los pacientes en sus habitaciones, desde las primeras nutriciones enterales y los grandes retos. A pesar de que durante aquel periodo se presentaban ante mí oportunidades maravillosas en el mundo de la investigación y la docencia, siempre me las ingenié para compaginar todo con lo que más me gustaba: ayudar a los pacientes en la consulta. Es curioso cómo a pesar de haber visto miles de casos, de haber conocido miles de historias y de haber diseñado miles y miles de planes y pautas de nutrición durante todo este tiempo, nunca he dejado de sentirme como aquella joven en su primer día de consulta ni de disfrutar de la profesión más apasionante del mundo, al menos para mí.

Pero ahora hablemos del «accidente» y de los nuevos planes.

El despertar y los nuevos planes

Recuerdo a la perfección el momento en que mis planes se torcieron. Era agosto y en Madrid hacía un calor abrasador. Yo estaba en casa mientras el resto de mis seres queridos y amigos disfrutaban de sus vacaciones de verano. Tenía por delante una prometedora carrera en el mundo de la investigación, después de haber estudiado Nutrición y de licenciarme en Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Estaba terminando de escribir mi tesina de doctorado sobre el «comportamiento de la ingesta de dosis suprafisiológicas de ácido fólico». Sí, la famosa vitamina del embarazo.

A pesar de llevar meses sin encontrarme bien, compatibilizaba mi trabajo a jornada más que completa como investigadora en la universidad con atender a mis pacientes en la consulta, que era, al fin al cabo, lo que más me gustaba del mundo.

Recuerdo que en muchas ocasiones estaba trabajando en el laboratorio y pensaba: «Elizabeth, esto no va bien. Te estás esforzando, pero no eres feliz». Y recuerdo cómo veía preocupada que mi brazo derecho y mi mano se ponían morados mientras pipeteaba durante horas y horas. Pero jamás me planteé parar o hacer ningún cambio. Recuerdo que por aquel entonces yo estaba todavía muy «dormida» y pensaba que solo había una vía para alcanzar mis sueños: a través del sufrimiento y del esfuerzo. Al fin y al cabo, siempre había oído decir: «Hay que esforzarse para conseguir las cosas», «quien algo quiere, algo le cuesta» o «las cosas nunca son fáciles».

Pero siempre hay un momento en el que el cuerpo, después de mucho avisar, te da un empujón. Y a mí me lo dio en ese momento: sufrí una trombosis profunda en la vena subclavia y a partir de ahí mi vida cambió. Y no lo digo como un tópico, es que fue realmente así.

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Después de un largo tiempo de recuperación física, de salas de espera y de aprender a vivir con miedo, comencé a «despertar». Muchísimas veces me he sentido, y me sigo sintiendo, muy agradecida. Este «accidente» fue la llave que me permitió encontrarme a mí misma. Me enseñó muchísimo sobre el amor, la conexión y la espiritualidad. Después de ver las orejas al lobo, también me enseñó a vivir.

Es curioso cómo, en ocasiones, necesitamos que ocurra un «accidente» para volver a entender todo lo que ya sabíamos antes, cuando éramos niños. Desde aquel momento, nunca volví a ser la misma o, mejor dicho, volví a ser yo. Sé que esto puede sonar r

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