Primero, los niños

Kurt Newman

Fragmento

Primero_los_ni_os

Introducción

Hace cuarenta años estaba en mi tercer año en la Escuela de Medicina de la Universidad de Duke, donde trabajaba con un futuro ganador del Premio Nobel y hacía una investigación sobre moléculas receptoras en su laboratorio de cardiología. Acababa de tomar una muestra de sangre de un hombre mayor en el hospital y la había llevado al laboratorio. Sentía que estaba tras algo importante —el uso de hormonas para mejorar la velocidad de absorción de medicamentos en los tejidos del cuerpo— y el doctor Robert Lefkowitz, mi jefe, estaba satisfecho con mis ideas y con los resultados.

Estaba inclinado sobre el microscopio, moviéndome para analizar la muestra, cuando me incorporé y de pronto rocé algo justo debajo de mi manzana de Adán y descubrí una protuberancia en mi cuello. Me toqué otra vez. Sentí una masa abultada, y aunque las probabilidades debían estar a mi favor, en el fondo sabía que tenía cáncer.

Enfermarte de cáncer en tu propia Escuela de Medicina es una experiencia difícil. Después de una serie de análisis, el doctor William Peete, un distinguido cirujano cuyo trabajo había seguido durante el segundo año de la carrera, me dijo que necesitaba cirugía. Él estaba muy seguro de que saldría bien, pero de forma repentina mi mundo se puso de cabeza.

La noche de la cirugía ingresé en el hospital y sentí tanta claustrofobia y ansiedad que apenas podía moverme. Logré convencer al médico residente, un excompañero de clase, que me dejara ir a escondidas a jugar basquetbol y regresar a la medianoche. Puse mis tenis y mi short en una mochila y me apuré a llegar al gimnasio, no calenté y me senté en el lugar acostumbrado en la banca justo cuando el juego acababa de empezar. Jugué alrededor de dos minutos hacia el final de la primera mitad, pero estaba tan nervioso que me marcaron una carga en contra la única vez que tomé el balón. Al final perdimos, y regresé desilusionado y aún más ansioso que antes.

Esa noche apenas dormí, a la mañana siguiente estaba sentado cuando entraron los camilleros para llevarme a la sala de operaciones, al pasar vi a varios de mis compañeros de clase, quienes trataban de darme ánimo con una palmada. Uno bromeó sobre el juego de la noche anterior. En el quirófano, para mi asombro, descubrí que la enfermera quirúrgica que se inclinaba sobre mí era la novia de un compañero de clase. Ahí estaba, desnudo, con la novia de Byron mirándome a los ojos, ése fue mi último pensamiento antes de que la anestesia me noqueara.

Durante esas horas y a lo largo de los siguientes días, decidí volverme cirujano. La experiencia de que las manos de otra persona te alivien y te curen me llevó de inmediato a querer aliviar y curar con mis propias manos. Aún recuerdo el gesto del doctor Peete en mi examen preoperatorio. Cuando estaba parado frente a mí, se bajó el cuello y me mostró una cicatriz. ¡De joven también había tenido cáncer de tiroides!

Al haber tenido una cirugía mientras trabajaba en un laboratorio de investigación de vanguardia, me di cuenta de que mi trabajo ideal sería combinar la intervención quirúrgica con la investigación científica. La cirugía y la ciencia: el presente y el futuro, las manos y el cerebro. En ese momento no tenía idea de que el recorrido implicaría trabajar con niños, pero la primera experiencia que me impulsó por ese camino ocurrió cuando vi cómo salía una niña de la anestesia en la sala de recuperación.

La observaba mientras entraba y salía de mi estado inconsciente, con los sonidos de las máquinas, los médicos y las enfermeras que iban y venían en el pasillo que había entre nosotros. De pelo negro, con un corte tipo hongo, debe de haber tenido más o menos ocho años de edad. Mientras me recuperaba poco a poco de la anestesia, empecé a darme cuenta de lo fuera de lugar que se sentía la niña, miraba nerviosa las máquinas y a toda la gente grande en camillas a su alrededor. No había otro niño a la vista. Un par de compañeros de clase se aparecieron y comenzaron a limpiar mi boca con un paño húmedo. La sentía tan seca que creí que tenía la lengua pegada a los dientes. Quería decirles que le hicieran lo mismo a la niña, pero me dolía tanto la garganta que no podía pronunciar palabra alguna.

Por fin uno de mis amigos pasó por ahí y le tocó el hombro. Me sentí tan aliviado, yo ahí, con dos colegas que me levantaban el ánimo, mientras ella estaba sola y asustada. En ese momento, mucho antes de que pudiera tener algún papel en impulsar un cambio en las políticas para permitir que los padres estuvieran en las salas de recuperación, me di cuenta de cuán equivocado es que un niño se recupere en solitario. No era culpa de Duke —es probable que en aquella época no hubiera una sala de recuperación exclusiva para niños en ningún hospital general en Estados Unidos—, pero la imagen de esa pequeña sola y la idea de sus padres solos en otro sitio se quedaron en mí hasta que estuve en condiciones de hacer algo al respecto.

En mis primeros años en Children’s National, era común la presencia de payasos en el hospital, aunque un cirujano inflexible se quejó de que los payasos habían asustado a uno de sus pacientes y la administración decidió sacarlos de la sala de recuperación. Una de mis primeras acciones cuando me volví director de cirugía en 2004 fue restablecer el programa de visitas. A lo largo de esos años, traté a miles de niños, operé a cientos, y a menudo me sorprendía su resiliencia psicológica y la biología de su recuperación. Los niños están programados genéticamente para recuperarse de accidentes devastadores y condiciones extenuantes. Su impulso biológico es desarrollarse, incluso ante las enfermedades más apabullantes.

Durante mis veinticinco años como cirujano pediátrico, poco a poco entendí los riesgos cotidianos que los niños, y sus padres, afrontan. Ni siquiera un traumatólogo puede predecir o imaginar qué dificultades tendrá un niño. He extraído un soldado de juguete de la tráquea, un hueso de pescado de dos centímetros y medio del esófago y un pedazo de una vieja banca de gimnasio del trasero de un niño. He ayudado a atender terribles quemaduras por derrames de fideos ramen y daños en tejidos por mordeduras de serpientes.

Los niños están hechos para sanar, pero necesitan un entorno médico dedicado a crear las condiciones en que puedan hacerlo. Necesitan, y merecen, algo más que payasos y salas de recuperación exclusivas para niños. Necesitan centros especializados con médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, auxiliares, administradores y personal de mantenimiento dedicado a fomentar un entorno adecuado a su psicología, su biología y sus condiciones médicas particulares. No obstante, los hospitales infantiles han luchado bastante por hacerse un espacio en el lucrativo mundo de la medicina norteamericana. Las enfermedades de adultos reciben más inversión; los médicos de adultos son mejor pagados; la medicina de adultos domina las noticias. Como sociedad, le damos prioridad al fin de la vida y a los cuidados paliativos, mientras que la medicina infantil lamentablemente se subestima y no recibe suficiente financiamiento. En Estado

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