Las raíces del romanticismo

Isaiah Berlin

Fragmento

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adorno

«HIJOS DE AMBOS MUNDOS»

PRÓLOGO DE JOHN GRAY

 

 

 

El hecho de que las ideas raramente tengan el efecto buscado por quienes las conciben —o de que, en el mejor de los casos, tengan el buscado y alguno más— es un tema recurrente en la obra de Isaiah Berlin. No se trata ya de que las ideas se vean muy a menudo comprometidas cuando se ponen en práctica, asunto bastante tratado. Yendo más allá, las divergencias entre cómo se entiende una idea y la maraña de intereses y motivaciones humanas hacen imposible aplicar una idea sin adulteraciones o distorsiones. Berlin hacía a menudo la siguiente cita de Immanuel Kant: «Con el fuste torcido de la humanidad jamás se construyó nada recto»[1]. Sea correcta o no la interpretación de Berlin, el mensaje es claro: la distancia entre las ideas y su aplicación es una de las medidas de la imperfección humana.

La obra de Berlin arroja luz sobre un hecho aún más interesante. Una vez vertidas al mundo, las ideas cambian y reaparecen con formas fundamentalmente opuestas a las de su esencia original. Por ejemplo, la afirmación de David Hume según la cual nuestra fe en la causa y efecto es producto del hábito más que de la inferencia racional forma parte de su filosofía de la duda escéptica. Pero el pensador ilustrado escocés no previó que su afirmación terminaría prestando servicio a la religión. Obviamente, hubiera quedado horrorizado. Sin embargo, así ocurrió exactamente cuando el fideísta cristiano J. G. Hamann echó mano del argumento de Hume para defender la realidad de los milagros. Mientras que Hume recurría al escepticismo sobre la causa y el efecto para argumentar que nunca podremos saber si un milagro es un milagro, Hamann hizo lo inverso: usar ese mismo escepticismo para argumentar que los milagros sí ocurren. Para Hume, la duda escéptica era el punto final de la investigación filosófica; para Hamann, un trampolín para el salto de fe.

Como deja claro Berlin, Hamann fue una figura clave en el desarrollo del romanticismo: «Hay un hombre que, en mi opinión, le asestó el golpe más violento a la Ilustración y comenzó todo este proceso romántico […]. [Hamann] empezó con Hume y dijo que, en efecto, este estaba en lo cierto; que si nos preguntamos cómo es que conocemos el universo, la respuesta es que no lo es por la razón sino por la fe»[2]. Hay algo paradójico en el hecho de que uno de los principales pensadores de la Ilustración enriqueciese el arsenal intelectual de sus detractores. La paradoja se ve acentuada cuando recordamos la opinión de Berlin, según la cual Hamann reaccionaba contra ideas compartidas por todos los pensadores ilustrados.

Últimamente se ha reflexionado bastante sobre si la familia de movimientos que, siendo discrepantes entre sí, se agrupan habitualmente en lo que llamamos «Ilustración» poseyeron un compromiso intelectual común. Pero Berlin no entra en eso. Definitivamente, la Ilustración no fue en absoluto un fenómeno uniforme. Aun así, «lo que es común a todos esos pensadores es la noción de que la virtud reside, en definitiva, en el conocimiento; de que si sabemos lo que somos y lo que necesitamos, y sabemos dónde obtenerlo, y lo hacemos por los mejores medios a nuestra disposición, podemos llevar una vida feliz, virtuosa, justa, libre y satisfactoria»[p. 56]. Cualesquiera que fuesen las diferencias entre ellos —en algunos casos, importantes—, los pensadores de la Ilustración aceptaron tres principios básicos: todas las preguntas auténticas pueden en principio hallar respuesta; tal respuesta puede conocerse por métodos que pueden aprenderse y enseñarse a los demás; y todas las respuestas deben ser compatibles entre sí. Dichos principios —«las presuposiciones generales de la tradición racionalista de Occidente, ya sea cristiana o pagana, ya sea teísta o atea» [p. 52]— no quedaban confinados a los pensadores ilustrados, ni siquiera a Occidente, sino que expresaban una filosofía eterna, articulada en muchas épocas y culturas. Los principios que enumera Berlin formaban la columna vertebral de la principal tradición occidental. «Es lo que de hecho ha quebrado el Romanticismo», escribe Berlin [p. 52]. El romanticismo, pues, no es solo una reacción contra la Ilustración, sino «el cambio puntual de más envergadura ocurrido en la conciencia de Occidente en el curso de los siglos XIX y XX» [p. 28].

Es esta una afirmación de calado, posiblemente exagerada. Pero no es necesario aceptar la postulación del papel central del romanticismo en el pensamiento moderno por parte de Berlin para encontrar instructiva su interpretación de los románticos. Como él mismo demuestra, fueron estos quienes introdujeron la idea de originalidad en el arte. La idea del artista como creador, según apunta Berlin, es herencia romántica. No fue hasta el florecimiento del romanticismo a principios del siglo XIX cuando la novedad empezó a considerarse por sí misma una valiosa virtud artística; solo entonces llegamos al convencimiento de que el cometido del artista era traer algo nuevo al mundo. Junto con la noción de la originalidad emergió, entre algunos románticos, la idea del artista como figura casi divina, capaz de remodelar el mundo a voluntad. Se hacía cada vez más hincapié en la autenticidad, en la idea de que el ser humano debe seguir valores creados por él mismo o que de alguna manera haya hecho suyos. La autenticidad se convierte así pues en un valor más importante quizá que cualquier otro. Con el tiempo, ese concepto evolucionó para transformarse en otra idea, la de que las culturas son, o deberían ser, un todo unitario, puro e intocado por influencias extrañas. Desde ese momento, el romanticismo trasciende las artes y comienza a influir en ética y política.

Berlin describió ese amplio impacto en su introducción a las conferencias que impartió en 1965 en Washington DC, de las que Las raíces del romanticismo es una transcripción editada. Como señala el editor, Henry Hardy, Berlin subrayaba en sus notas «mi interés por el romanticismo no es meramente histórico. Muchos fenómenos que vivimos hoy en día —el nacionalismo, el existencialismo, la admiración por los grandes hombres, la admiración por instituciones impersonales, la democracia, el totalitarismo— se ven profundamente afectados por el romanticismo, que los penetra a todos. De ahí que este sea un tema no enteramente irrelevante a nuestro tiempo» [p. 20].

Lo sorprendente de este fragmento es lo contradictoria que para Berlin fue la influencia del romanticismo. Desde un punto de vista ortodoxamente liberal, el impacto del romanticismo en la política fue negativo en casi todos los aspectos. Para muchos pensadores liberales del siglo XX —Friedrich Hayek, Karl Popper y Jacob Talmon, entre

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