Hagakure. El camino del samurái

Yamamoto Tsunetomo

Fragmento

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Capítulo 1
Si bien sería razonable…

Si bien sería razonable pensar que un samurái debería observar la Senda que lleva su mismo nombre, parece que todos hacemos caso omiso de la misma. Por consiguiente, si alguien preguntara: «¿Cuál es el auténtico significado de la Senda del samurái?», rara sería la persona que podría aportar una respuesta expedita. Esto se debe a que no se ha establecido en la mente de uno de antemano. De ahí se entiende la negligencia con respecto a la Senda.

La negligencia es algo extremo.

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La Senda del samurái se halla en la muerte. Cuando le llega a uno o a otro, solo queda la fugaz elección de la muerte. No es particularmente complicada. Hay que estar resuelto de antemano. Decir que se muere sin haber alcanzado nuestro objetivo es morir como un perro, es una frivolidad digna de los más sofisticados. Cuando llega la acuciante elección entre la vida y la muerte, ya no es necesario alcanzar nuestro objetivo.

Todos queremos vivir. Y, en gran medida, adaptamos nuestra lógica a nuestros deseos. No obstante, seguir viviendo a pesar de no haber alcanzado nuestro objetivo es cobardía. Se trata de una línea tan delgada como peligrosa. Morir sin haber alcanzado nuestro objetivo es como la muerte de un perro y como el fanatismo. Pero ello no ha de implicar vergüenza. Esa es la esencia de la Senda del samurái. Si disponemos nuestro corazón cada noche y cada mañana para vivir como si nuestro cuerpo ya estuviese muerto, hallaremos la libertad en la Senda. Toda nuestra vida será intachable y triunfaremos en el momento de la llamada.

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Un hombre es un buen siervo[1] en la medida en que se entrega a su señor. Esta es la mayor de las dignidades. Si uno nace en una prominente familia que se remonta generaciones atrás, bastará con meditar profundamente cada asunto buscando la satisfacción de los antepasados, con renunciar a nuestra mente y cuerpo, y estimar con ahínco a nuestro señor. Más nos sonreirá la fortuna si, además, poseemos sabiduría y talento y sabemos usarlas adecuadamente. Pero hasta un torpe inútil será un buen siervo a poco que atesore la determinación de pensar en el bien de su señor. La sabiduría y el talento, por sí solos, conforman el escalón más bajo de la utilidad.

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Dependiendo de su naturaleza, hay personas sagaces y otras que han de retirarse para pensar las cosas. Si observamos esta dicotomía atentamente, si uno es egoísta y se adhiere a los cuatro juramentos del samurái Nabeshima, surge una sorprendente sabiduría independiente de los aspectos más bajos o elevados de la propia naturaleza.

La gente cree que puede despejar profundas incógnitas si piensa en ellas con ahínco, pero es este un perverso y estéril ejercicio de reflexión porque este se halla presidido por el interés propio.

Es muy difícil que un necio cambie el egoísmo de sus hábitos. Sin embargo, si abordamos el problema dejándolo al margen en un principio, fijando los cuatro votos en nuestro corazón y excluyendo el egoísmo, con esfuerzo llegaremos mucho más lejos.

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Porque cuando ponemos el énfasis de nuestros actos en nuestra propia sagacidad, nos volvemos egoístas, damos la espalda a la razón y el desenlace no será positivo. Otras personas lo ven como algo sórdido, débil, estrecho e ineficaz. Cuando uno no es capaz de alcanzar la verdadera inteligencia, será bueno que consulte con alguien con sentido común. Un consejero puede cumplir con la Senda al tomar una decisión desinteresada e inteligente, dado que no se halla implicado personalmente. Esta forma de hacer las cosas será vista, sin duda, como algo fuertemente arraigado. Es, por ejemplo, como un gran árbol con muchas raíces. La inteligencia de un hombre es como un árbol que ha sido plantado en el suelo.

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Aprendemos los dichos y las gestas de hombres de tiempos antiguos para impregnarnos de su sabiduría y evitar el egoísmo. Al despojarnos de nuestros propios prejuicios, al seguir los dichos de los antepasados y al imbuir con ellos a nuestros semejantes, las cosas deberían desenvolverse satisfactoriamente y sin contratiempos. El señor Katsushige adoptó la sabiduría del señor Naoshige. Tal cosa se menciona en el Ohanashi Kikigaki. Debemos estar agradecidos por su inquietud.

Es más, hubo un hombre que tomó a varios de sus hermanos menores como siervos, y cada vez que visitaba Edo, en la provincia de Kamigata, se hacía acompañar por ellos. Siempre que consultó con ellos, tanto en asuntos públicos como privados, se dice que nunca sufrió contratiempos.

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Sagara Kyuma servía a su señor con absoluta abnegación, como si su cuerpo ya estuviese muerto. Era único entre todos los hombres.

Una vez se celebró una importante reunión en la villa del señor Sakyo Mizugae, y se ordenó a Kyuma que cometiera seppuku[2]. Por aquel entonces, en Osaki había una casa de té en la tercera planta de la residencia periférica del maestro Taku Nui. Kyuma la alquiló. Reunió a todos los inútiles de Saga y organizó un espectáculo de marionetas, manejando a una de ellas personalmente, disfrutando y bebiendo todo el día y toda la noche. Así, a la vista de la villa del maestro Sakyo, siguió en su empeño y causó grandes quebraderos. Como causante del desastre, tuvo la gallardía de pensar en su señor y decidió suicidarse.

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La servidumbre no es otra cosa que apoyar a nuestro señor, confiarle lo bueno y lo malo y renunciar al propio interés. Basta con uno o dos hombres así para que el feudo esté a salvo.

Si miramos el mundo cuando las cosas van bien, son muchos los que se empeñan en parecer útiles merced a su sabiduría, discernimiento y astucia. No obstante, si el señor se retirara o se sometiera a un encierro, son muchos los que le darían la espalda y buscarían el favor del notable de turno. Tal cosa siempre es desagradable. Todos los hombres, de alta o baja alcurnia, sabios y astutos, siempre creen que sus actos son justos, pero cuando se trata de renunciar a la propia vida por el señor, todos sienten el temblor en las rodillas y caen postrados. Esto es sumamente deshonroso. El que, en tiempos así, una persona inútil s

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