El águila y la rosa

Rosemary Altea

Fragmento

Peter

Peter

Me encontraba en Whitby, una población costera del norte de Inglaterra. Era una cálida noche de verano y aunque ya era bastante tarde, la pequeña ciudad turística seguía animada. Desde principios del verano habían ido llegando pandillas de jóvenes que buscaban trabajo y que al no encontrarlo se habían convertido en un problema para los habitantes de la zona.

Mientras contemplaba una de aquellas pandillas, un grupo ruidoso pero pacífico, me di cuenta de que había dos coches de policía estratégicamente situados a lo largo de la calle principal. Estaban allí preparados por si surgía algún problema. Aunque no había demasiado tráfico, cuando pasaba algún automóvil los chicos se empujaban unos a otros hacia la calzada.

Uno de ellos, el más temerario del grupo, se ponía de un brinco delante de los coches que se acercaban y luego los esquivaba. Lanzaba gritos a los pobres conductores y se burlaba de ellos. Adoptaba una actitud desafiante y había faltado muy poco para que lo atropellaran en alguna ocasión.

Era fácil darse cuenta de que a aquel chico le atraía la muerte o quizá creía que sólo se muere uno al llegar a viejo.

La policía, deseosa de no provocar más problemas que los estrictamente necesarios, los miraba y esperaba, confiando en que tarde o temprano acabaría cansándose del juego y yéndose a casa.

Peter se dirigía hacia el centro de Whitby. Le acababan de contratar para trabajar en una compañía marítima y estaba entusiasmado. Para celebrarlo había ido a cenar con su hermana y dos amigos. La velada había sido todo un éxito, aunque Peter y sus amigos se despidieron pronto de la joven. Los tres chicos se metieron en el pequeño coche de Peter y se encaminaron hacia el centro de la ciudad.

En la calle principal, aquella pandilla de alegres jóvenes seguía jugando con la muerte. Cuantas más veces la evitaban, más alborotados se mostraban y con más imprudencia se comportaban.

El coche de Peter se iba acercando. Los faros, brillantes, iluminaban la calle. El joven temerario esperó hasta el último momento y, de un salto, se colocó en la calzada. Mi intuición me dijo que estaba a punto de lograr su deseo de morir.

Peter se dio cuenta de lo que sucedía demasiado tarde y trató de evitar a aquella figura que había surgido de repente ante él. No lo consiguió. El automóvil chocó contra el chico, quien cayó al suelo y se golpeó la cabeza. Fue el golpe contra el duro pavimento, y no el choque contra el vehículo, lo que le provocó la muerte.

Con el horror del accidente claramente reflejado en su pálido rostro, Peter se dejó llevar por el pánico. Pisó con fuerza el acelerador para salir del centro a toda velocidad y se dirigió hacia la carretera que conducía al acantilado.

Un coche de la policía comenzó a perseguirle. Yo seguía la imagen del vehículo de Peter y oía, con bastante claridad, que sus dos amigos le suplicaban a gritos que se detuviera.

Se paró al cabo de un momento. La policía se detuvo a su lado y entonces el joven salió con rapidez del automóvil y echó a correr por el sendero que subía al acantilado.

Sus amigos, desesperados, le gritaban:

—¡Peter, vuelve! ¡Por favor, vuelve!

Miré a aquel joven alto y guapo, cuyo pelo rubio se destacaba en la noche y que corría en lo alto del acantilado mientras un policía le pisaba los talones. Sus dos amigos no paraban de sollozar; se agarraban el uno al otro, indefensos, asustados y aturdidos por los acontecimientos. Volví, sin embargo, a fijarme en las dos figuras que corrían en lo alto del acantilado y entonces oí que el policía, cansado y sin aliento, gritaba:

—Espera, chico, por favor. Espera un momento.

Pero Peter siguió corriendo. Al llegar cerca de unos arbustos decidió esconderse detrás de la vegetación. Estaba demasiado fatigado para continuar huyendo.

El joven oficial, al ver que Peter se ocultaba, aflojó el paso. Se fue acercando con cuidado hasta los matorrales. Luego, en voz baja, con dulzura, trató de convencer al chico para que se entregara. Por un momento creí que lo iba a conseguir: Peter se levantó y se encaminó hacia el policía. Pero entonces el agente avanzó un paso y el chico volvió a meterse rápidamente entre los arbustos.

Se oyó un grito muy fuerte y vi que el atractivo joven de cabello rubio perdía el equilibrio y caía por el precipicio.

Su delgado cuerpo pareció quedar suspendido en el aire durante un segundo antes de estrellarse contra las rocas. Los arbustos tras los que se había escondido Peter ocultaban a su vez el borde del precipicio.

Aquella imagen que yo había contemplado con horror se fue haciendo borrosa hasta desaparecer. Volvía a encontrarme en mi estudio de Epworth, la pequeña ciudad del norte de Inglaterra donde vivía. Le había contado lo que veía a la señora que estaba sentada frente a mí y ella se había puesto a llorar. La atmósfera de la habitación se había vuelto tensa y llena de tristeza. Empezaba a preguntarme qué podía hacer para ayudar a mi cliente a sobrellevar aquella carga tan terrible cuando volví a oír la voz del chico. Esta vez el sonido era claro y fuerte y se dirigía a mí. Me volví hacia el lugar de donde suponía que había venido la voz y entonces oí las risas del joven.

—No, ahí no, tonta —dijo—. Estoy aquí, al lado de la abuela. ¿Es que no me ves?

Miré hacia donde estaba sentada mi cliente, una señora agradable y corpulenta que debía de tener cerca de setenta años, pero no le vi.

Me eché a reír.

—Vamos Peter, ya basta de juegos. Esta tarde no tengo tiempo para eso.

Enseguida vi a un joven delgado, guapo y muy rubio, y con una sonrisa encantadora, puesto de pie al lado de mi cliente.

Peter apoyó la mano sobre el hombro de la mujer y dijo con orgullo:

—Es mi abuelita. ¿No le parece maravillosa?

Cuando le repetí este comentario a su «abuelita», la mujer se deshizo de nuevo en lágrimas y exclamó entre sollozos:

—¡Oh, Peter! ¡Peter! ¿Por qué tuviste que dejarme?

Peter, sin inmutarse ante las palabras de su abuela, señaló:

—Siempre dice lo mismo y se pasa los días llorando. ¿Crees que podrías convencerla de que estoy bien? Dile que me lo paso estupendamente donde estoy y que el abuelo está conmigo.

Transmití el mensaje de Peter y, al mencionar al abuelo, distinguí a un caballero alto y fuerte que dijo llamarse Paul y que confirmó ser, efectivamente, el abuelo de Peter.

—Fallecí justo un año después que Peter —explicó—. Había tenido algunos problemas de corazón, ya sabe, y el accidente de Peter fue la puntilla.

Evidentemente yo no sabía a qué se refería, así que tuve que preguntarle a mi cliente si ella entendía lo que había dicho Paul. Entonces me contó que Paul era su m

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