El ruido y la furia

William Faulkner

Fragmento

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Siete de abril de 1928

 

 

 

 

A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes. Venían hacia donde estaba la bandera y yo los seguía desde la cerca. Luster estaba buscando entre la hierba junto al árbol de las flores. Sacaban la bandera y daban golpes. Luego volvieron a meter la bandera y se fueron al bancal y uno dio un golpe y otro dio un golpe. Después siguieron y yo fui por la cerca y se pararon y nosotros nos paramos y yo miré a través de la cerca mientras Luster buscaba entre la hierba.

«Eh, caddie.» Dio un golpe. Atravesaron el prado. Yo me agarré a la cerca y los vi marcharse.

«Fíjese.» dijo Luster. «Con treinta y tres años que tiene y mire cómo se pone. Después de haberme ido hasta el pueblo a comprarle la tarta. Deje de jimplar. Es que no me va a ayudar a buscar los veinticinco centavos para poder ir yo a la función de esta noche.»

Daban pocos golpes al otro lado del prado. Yo volví por la cerca hasta donde estaba la bandera. Ondeaba sobre la hierba resplandeciente y sobre los árboles.

«Vamos.» dijo Luster. «Ya hemos mirado por ahí. Ya no van a volver. Vamos al arroyo a buscar los veinticinco centavos antes de que los encuentren los negros.»

Era roja, ondeaba sobre el prado. Entonces se puso encima un pájaro y se balanceó. Luster tiró. La bandera ondeaba sobre la hierba resplandeciente y sobre los árboles. Me agarré a la cerca.

«Deje de jimplar.» dijo Luster. «No puedo obligarlos a venir si no quieren, no. Como no se calle, mi abuela no le va a hacer una fiesta de cumpleaños. Si no se calla, ya verá lo que voy a hacer. Me voy a comer la tarta. Y también me voy a comer las velas. Las treinta velas enteras. Vamos, bajaremos al arroyo. Tengo que buscar los veinticinco centavos. A lo mejor nos encontramos una pelota. Mire, ahí están. Allí abajo. Ve.» Se acercó a la cerca y extendió el brazo. «Los ve. No van a volver por aquí. Vámonos.»

Fuimos por la cerca y llegamos a la verja del jardín, donde estaban nuestras sombras. Sobre la verja mi sombra era más alta que la de Luster. Llegamos a la grieta y pasamos por allí.

«Espere un momento.» dijo Luster. «Ya ha vuelto a engancharse en el clavo. Es que no sabe pasar a gatas sin engancharse en el clavo ese.»

Caddy me desenganchó y pasamos a gatas. El Tío Maury dijo que no nos viera nadie, así que mejor nos agachamos, dijo Caddy. Agáchate, Benjy. Así, ves. Nos agachamos y atravesamos el jardín por donde las flores nos arañaban al rozarlas. El suelo estaba duro. Nos subimos a la cerca, donde gruñían y resoplaban los cerdos. Creo que están tristes porque hoy han matado a uno, dijo Caddy. El suelo estaba duro, revuelto y enredado.

No te saques las manos de los bolsillos o se te congelarán, dijo Caddy. No querrás tener las manos congeladas en Navidad, verdad.

«Hace demasiado frío.» dijo Versh. «No irá usted a salir.»

«Qué sucede ahora.» dijo Madre.

«Que quiere salir.» dijo Versh.

«Que salga.» dijo el Tío Maury.

«Hace demasiado frío.» dijo Madre. «Es mejor que se quede dentro. Benjamin. Vamos. Cállate.»

«No le sentará mal.» dijo el Tío Maury.

«Oye, Benjamin.» dijo Madre. «Como no te portes bien, te vas a tener que ir a la cocina.»

«Mi mamá dice que hoy no vaya a la cocina.» dijo Versh. «Dice que tiene mucho que hacer.»

«Déjale salir, Caroline.» dijo el Tío Maury. «Te vas a matar con tantas preocupaciones.»

«Ya lo sé.» dijo Madre. «Es un castigo. A veces me pregunto si no será que...»

«Ya lo sé, ya lo sé.» dijo el Tío Maury. «Pero estás muy débil. Te voy a preparar un ponche.»

«Me preocuparé todavía más.» dijo Madre. «Es que no lo sabes.»

«Te encontrarás mejor.» dijo el Tío Maury. «Abrígalo bien, chico, y sácalo un rato.»

El Tío Maury se fue. Versh se fue.

«Cállate, por favor.» dijo Madre. «Estamos intentando que te saquen lo antes posible. No quiero que te pongas enfermo.»

Versh me puso los chanclos y el abrigo y cogimos mi gorra y salimos. El Tío Maury estaba guardando la botella en el aparador del comedor.

«Tenlo ahí afuera una media hora, chico.» dijo el Tío Maury. «Sin pasar de la cerca.»

«Sí, señor.» dijo Versh. «Nunca le dejamos salir de allí.»

Salimos. El sol era frío y brillante.

«Dónde va.» dijo Versh. «No creerá que va a ir al pueblo, eh.» Pasamos sobre las hojas que crujían. La portilla estaba fría. «Será mejor que se meta las manos en los bolsillos», dijo Versh, «porque se le van a quedar heladas en la portilla y entonces qué. Por qué no los espera dentro de la casa». Me metió las manos en los bolsillos. Yo oía cómo hacía crujir las hojas. Olía el frío. La portilla estaba fría.

«Tenga unas nueces. Eso es. Súbase al árbol ese. Mire qué ardilla, Benjy.»

Yo no sentía la portilla, pero olía el frío resplandeciente.

«Será mejor que se meta las manos en los bolsillos.»

Caddy iba andando. Luego iba corriendo con la cartera de los libros que oscilaba y se balanceaba sobre su espalda.

«Hola, Benjy.» dijo Caddy. Abrió la portilla y entró y se agachó. Caddy olía como las hojas. «Has venido a esperarme.» dijo. «Has venido a esperar a Caddy. Por qué has dejado que se le queden las manos tan frías, Versh.»

«Le dije que se las metiera en los bolsillos.» dijo Versh. «Es por agarrarse a la portilla.»

«Has venido a esperar a Caddy.» dijo, frotándome las manos. «Qué te pasa. Qué quieres decir a Caddy.» Caddy olía como los árboles y como cuando ella dice que estamos dormidos.

Por qué jimpla, dijo Luster. Podrá volver a verlos en cuanto lleguemos al arroyo. Tenga. Una rama de estramonio. Me dio la flor. Cruzamos la cerca, entramos al solar.

«Qué te pasa.» dijo Caddy. «Qué es lo que quieres decir a Caddy. Es que le han obligado a salir, Versh.»

«No podía hacerle quedarse dentro.» dijo Versh. «No paró hasta que lo dejaron salir y vino aquí directamente, a mirar por la portilla.»

«Qué te pasa.» dijo Caddy. «Es que creías que iba a ser Navidad cuando yo volviese de la

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