El cocodrilo

Fiódor M. Dostoievski

Fragmento

cap

Extraordinario acontecimiento o el paso del Pasaje. Una historia verídica que versa sobre cómo un caballero de cierta edad y buena presencia fue engullido vivo y en su totalidad por un cocodrilo, y de lo que de ello resultó.

Ohè, Lambert! Où est Lambert?

As-tu vu Lambert?[1]

I

El trece de enero de 1865, a las doce y media del mediodía, Elena Ivánovna, esposa de Iván Matvéievich, un instruido amigo mío, compañero, y en parte pariente lejano, deseó ver al cocodrilo que se mostraba en el Pasaje por un precio asequible. Como ya disponía de su billete para partir al extranjero (no tanto por motivos de salud como por curiosidad), considerado a todos los efectos como viaje en comisión de servicio, y tenía completamente libre aquella mañana, Iván Matvéievich no sólo no se opuso al irresistible deseo de su mujer, sino que él mismo ardía de curiosidad.

—¡Excelente idea! —dijo en tono satisfecho—. ¡Vamos a ver al cocodrilo! En vísperas de emprender un viaje a Europa, no está de más conocer desde aquí a sus pobladores aborígenes —y, con esas palabras, cogió del brazo a su esposa y se dirigió junto a ella directamente al Pasaje. Yo, como de costumbre, los acompañé como amigo de la familia. ¡Nunca había visto a Iván Matvéievich de tan buen humor como aquella inolvidable mañana! ¡Y realmente no sabemos lo que nos depara el destino! Al entrar en el Pasaje, comenzó al instante a extasiarse con la magnificencia del edificio y, al llegar al establecimiento en el que se exhibía el monstruo, él mismo quiso pagar al dueño del cocodrilo los veinticinco cópecs de mi entrada, detalle que nunca había tenidoantes.

Al entrar en un saloncito de tamaño mediano, observamos que, además del cocodrilo, había allí unos exóticos loros al estilo de las cacatúas y un grupo de monos en una jaula que había al fondo. Junto a la pared, a la izquierda de la entrada, había una caja de hojalata con forma de bañera, cubierta con una fuerte red metálica, con un poco de agua. Y en ese minúsculo charco moraba un enorme cocodrilo, tumbado como un tronco y completamente inmóvil, privado, al parecer, de todas sus facultades, a causa de nuestro clima inhóspito y húmedo para los foráneos. Al principio, aquel monstruo no despertó en ninguno de nosotros una curiosidad especial.

—¡Conque éste es el cocodrilo! ¡Y yo que me lo figuraba de otro modo! —dijo Elena Ivánovna con voz cantarina ligeramente desengañada.

Probablemente pensó que estaría cubierto de brillantes. Un alemán, que salió a nuestro encuentro, y que era el propietario del cocodrilo, nos miraba con un aire excesivamente orgulloso.

—Tiene razón —me susurró Iván Matvéievich—, pues sabe que, en todo el territorio ruso, sólo él está exhibiendo ahora un cocodrilo.

Aquel absurdo comentario también lo atribuyo al extraordinario buen humor que se había apoderado de Iván Matvéievich, que en otras ocasiones era algo envidioso.

—Me parece que su cocodrilo no está vivo —dijo nuevamente Elena Ivánovna, molesta por la rigidez del dueño, y dirigiéndose a él con un estilo muy femenino y una graciosa sonrisa capaz de placar al má grosero.

—¡Oh! ¡No, señora!— respondió aquél, pronunciando con dificultad el ruso a la vez que levantaba la red hasta la mitad de la caja y daba con un palo en la cabeza del cocodrilo.

Para dar señales de vida, el astuto monstruo movió ligeramente las patas y la cola y, cuando levantó el morro, lanzó algo similar a un intenso resuello.

—¡No te enojes, Karijen! —dijo cariñosamente el alemán, todo satisfecho.

—¡Qué desagradable es este cocodrilo! Incluso me ha asustado —murmuró coquetamente Elena Ivánovna—. Ahora tendré pesadillas.

—Si está dormido no la morderá, señora —observó con galantería el alemán, riendo la agudeza de sus palabras, sin que ninguno de nosotros le respondiera.

—¡Vamos, Semión Semiónovich! —continuó Elena Ivánovna, dirigiéndose exclusivamente a mí—, será mejor que vayamos a ver a los monos. Me gustan muchísimo los monos. ¡Son tan simpáticos... mientras que el cocodrilo es horrible!

—No temas, amiga mía —gritó a nuestro paso Iván Matvéievich, pavoneándose simpático ante su esposa—. Este soñoliento habitante del reino de los faraones no nos puede hacer nada —dijo, y continuó junto a la caja. Por si fuera poco, comenzó a hacerle con su guante cosquillas en la nariz al cocodrilo, pretendiendo, tal y como lo confesó más tarde, hacerle resoplar de nuevo. El dueño, como corresponde a un caballero ante una dama, siguió a Elena Ivánovna hasta la jaula donde estaban los monos.

Todo transcurría a las mil maravillas y no se preveía ningún contratiempo. Elena Ivánovna se distrajo con los monos hasta más no poder, observándolos completamente absorta. Gritaba de alborozo, dirigiéndose continuamente a mí, como si no quisiera prestarle su atención al dueño. Se reía del parecido entre los monos y alguno de sus conocidos y amigos. Yo también lo estaba pasando bien, pues el parecido era increíble. El propietario alemán, sin saber si debía reír o no, terminó finalmente por enfurruñarse.

En aquel instante, un grito horrible, que parecía irreal, estremeció a los que nos encontrábamos en aquel salón. Sin saber qué pensar, al principio me quedé clavado en el sitio; al ver que en ese momento también gritaba Elena Ivánovna, me di rápidamente la vuelta y ¡Dios mío lo que vi! El pobre Iván Matvéievich estaba entre las horribles mandíbulas del cocodrilo. Lo tenía levantado horizontalmente, agarrado por la mitad del cuerpo y moviendo desesperadamente las piernas en el aire. Después, Iván Matvéievich desapareció por un instante.

Lo describiré detalladamente pues, durante el tiempo que permanecí inmóvil, observé lo que sucedía con tanta atención y curiosidad como hacía tiempo no recordaba. Si, en lugar de a Iván Matvéievich, aquello me hubiera ocurrido a mí, ¿cómo habría sentido yo un trago tan desagradable?, se me pasó por la cabeza en aquellos fatídicos momentos. Pero vayamos a los hechos.

El cocodrilo, tras darle la vuelta al desdichado Iván Matvéievich entre sus horribles mandíbulas, con las piernas hacia dentro, empezó por engullírselas. Después, soltando en un leve eructo a Iván Matvéievich, que luchaba por escapar del cocodrilo agarrándose con las manos a la caja, lo engulló nuevamente, esta vez hasta más arriba de la cintura. Después, soltando otro eructo, continuó engulléndolo, una y otra vez. Y así ha sido cómo ha ido desapareciendo Iván Matvéievich ante nuestros ojos. Finalmente, en un último esfuerzo, el cocodrilo se tragó a mi instruido amigo, sin dejar rastro. Por la superficie del cocodrilo se veía cómo iba deslizándose Iván Matvéievich en su interior. Ya estaba dispuesto yo a lanzar de nuevo un grito, cuando una vez más el destino quiso gastarnos una broma. El cocodrilo, en un esfuerzo, seguramente a causa del tamaño del objeto tragado, abrió nuevamente sus fauces, de las que en forma de último eructo, y por un segundo, asomó la cabeza de Iván Matvéievich con cara de desesperación, resbalándosele al instante las gafas, que cayeron al fondo de la caja.

Parecía que aquell

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