Ulises

James Joyce

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

La mejor manera de leer Ulises sería zambullirse directamente en sus páginas, dejándose llevar por el poderío musical y ambiental de su palabra, y encomendando confiadamente sus oscuridades a la esperanza de una gradual familiarización con la obra. Sólo para la relectura –esencial, como en toda gran cima de la literatura universal– sería ya plenamente lícito utilizar informaciones y referencias externas. De hecho, lo relatado en Ulises es sencillísimo, y aun vulgar: la dificultad del libro radica en que su autor, como gran poeta que es, aunque en prosa, tiene una viva memoria verbal –incluso auditiva–, y no sólo incorpora las innumerables asociaciones lingüísticas que hay en su mente –citas literarias, trozos de óperas, canciones, vocablos extranjeros, chistes y juegos de palabras, términos teológicos y científicos, etc.–, sino que supone que su lector ha de tener el mismo don de buena memoria –aparte de que, lo que ya es demasiado pedir, ha de poseer su mismo archivo de recuerdos sonoros. Y ese requerimiento de buena memoria verbal es hoy día aún más aventurado que cuando se escribió Ulises: la educación y la técnica contemporáneas están debilitando y desprestigiando la memoria –sobre todo en cuanto memoria verbal. Ya los niños no aprenden versos de memoria en la escuela, y se considera elegante, y aun típico de un intelectual, presumir de mala memoria (nadie presume de mala inteligencia, en cambio).

A cada momento, en efecto, hay en Ulises frases y expresiones cuyo sentido radica en que son repeticiones o parodias de alguna frase que apareció antes –a lo mejor, quinientas páginas antes. Por supuesto, esto resulta más grave en el lenguaje en sordina de una traducción, aun suponiendo que el traductor, por su parte, tenga suficiente memoria verbal como para haber reconocido la repetición en el original. Y no le era dado al traductor –ni para este problema, ni para ningún otro de los muchos que hay en Ulises– recurrir a las notas a pie de página: una traducción de Ulises no puede llevar notas porque, en caso de darlas con un mínimo de homogeneidad informativa, alcanzarían mayor extensión que el texto mismo (sólo para las alusiones literarias existe un índice de más de quinientas páginas: Weldon Thornton, Allusions in «Ulysses», Nueva York, 1973). El lector ha de suponer que en cualquier momento Joyce puede estar citando o caricaturizando un texto previo –que ni siquiera reconoce la inmensa mayoría de los lectores de lengua inglesa. En otro sentido, tampoco hubiera valido la pena poner la nota de «En español en el original» en los casos en que van aquí en cursiva palabras por lo demás normales –especialmente claro es el caso cuando se reproducen en forma gramaticalmente incorrecta. Tampoco había verdadera necesidad de poner nota en el caso de los innumerables juegos de palabras: a veces, se ha logrado reproducir el juego en español, o sustituirlo por otro parecido; otras veces, ha habido que dejarlo perder; en algunos casos, había que mantener a toda costa el juego de palabras como tal, porque luego reaparecería como leitmotiv, pero, a la vez, no se encontraba un chiste equivalente: entonces se ha dejado el juego en inglés, acompañándolo de su versión literal y sin gracia, para que el lector sepa a qué atenerse (al fin y al cabo, Cortázar y Carlos Fuentes nos han acostumbrado a los juegos de palabras en inglés en boca de hispanohablantes). Al final del libro, en el Apéndice, para quien quiera entretenerse en semejantes crucigramas, se incluye el esquema de interpretación simbólica que trazó el propio Joyce para uso de amigos, pero prohibiéndoles que lo publicaran: hubo siempre un conflicto entre el Joyce creador –narrador poético y musical de la sencilla realidad humana en su Dublín familiar– y el Joyce aficionado a los juegos de palabras, los paralelismos y los simbolismos historicoculturales, que serían pedantescos si no fueran humorísticos. Djuna Barnes cuenta que, en vísperas de la publicación de Ulises, James Joyce le confió, en el café Les Deux Magots: «Lo malo es que el público pedirá y encontrará una moraleja en mi libro, o peor, que lo tomará de algún modo serio, y, por mi honor de caballero, no hay en él una sola línea en serio».

Aquí, en estas páginas de información previa, procuraremos atenernos a lo directamente dado en Ulises y a la circunstancia histórica en que surge y que retrata, reduciendo a su mínimo inevitable las referencias homéricas (en rigor, sólo presentes en el título de la obra: los títulos de alusión a la Odisea que presidían los capítulos publicados en revistas fueron suprimidos en el libro). Sabemos que Joyce recomendaba a sus amigos que releyeran despacio la Odisea antes de abordar Ulises, pero no hay ninguna razón para que las referencias externas aconsejadas por un autor sean realmente convenientes para la lectura. Más bien parece obvio que al lector de Ulises le conviene conocer una buena parte de la obra anterior de James Joyce, es decir, Dublineses, como estampas de ambiente y presentación de algunas de las figuras de Ulises, y, sobre todo, A Portrait of the Artist as a Young Man, que en la memorable traducción de Alfonso Donado (Dámaso Alonso) se tituló El artista adolescente, pero cuyo título quizá convenga entender poniéndolo dentro de la terminología de la historia del arte, algo así como Retrato del artista joven o Autorretrato juvenil. Casi cabe considerar el Autorretrato como el primer volumen de Ulises; su protagonista, Stephen Dedalus, contrafigura del autor (en su juventud), será protagonista de los tres primeros capítulos y del noveno de Ulises y deuteragonista de algunos de los restantes, en contrapunto con Leopold Bloom, «autorretrato» de un posible y malogrado «artista ya no joven» y ya no artista –autocaricatura, en realidad, del Joyce maduro.

Pero con esto estamos preludiando ya la apoyatura informativa que, en todo caso, no le viene mal tener al lector de Ulises, bien sea para usar antes de la lectura, o, mejor, después, en recapitulación preparatoria a la relectura, o aún mejor, nunca, simplemente sabiendo que está ahí y la podría consultar si quisiera. Tras la información sucinta sobre la circunstancia histórica, vida del autor, y génesis de Ulises, damos una síntesis de los capítulos de la obra, a modo de plano o guía: por cierto que, al aludir a los capítulos, lo haremos siempre mediante su número de orden, puesto entre corchetes, ya que el autor no los numeró, y en el libro apenas indicó su separación, sino que sólo los agrupó en tres secuencias: 1, que comprende los capítulos [1] a [3]; 2, del [4] al [15]; y 3, del [16] al [18]. Es de notar cómo van creciendo en extensión los capítulos: así, los tres primeros, sumados (o sea, toda la secuencia 1) no equivalen ni a la mitad de la extensión del capítulo [15]. Los críticos acostumbran a designar las tres secuencias y los dieciocho capítulos de Ulises por sus respectiva

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