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Emilio Salgari

Fragmento

cap

INTRODUCCIÓN

EL «CAPITÁN» SALGARI, O EL AVENTURERO SEDENTARIO

La vida de Emilio Salgari ejemplifica hasta extremos dramáticos la precaria existencia de un conjunto de escritores populares que sacrificaron su salud, física y mental, escribiendo sin descanso y con excesiva rapidez. Resulta trágico el contraste entre la medianía cotidiana de un autor que nunca viajó, porque el trabajo no se lo permitía, y las extraordinarias aventuras de sus personajes en los más exóticos países. Nada tiene que ver Salgari con los escritores-aventureros anglosajones (funcionarios del Imperio, como Rider Haggard, Rudyard Kipling y John Buchan; periodistas, como G. A. Henty; u oficiales de la Armada Real, como Frederick Marryat), ni con viajeros como Stevenson o Mayne Reid, cuya obra literaria es indisociable de sus travesías. En el caso de Emilio Salgari, los cambios de escena son puramente imaginarios; su universo narrativo está inventado de principio a fin a partir de manuales de divulgación geográfica y mapas del mundo. Lejos del terrible Sandokán o del cazador de serpientes Tremal-Naik, la de Salgari fue una vida triste, que solo merece ser contada en la medida en que explica, por contraste, la sed de aventuras del autor italiano, así como su trasfondo pesimista.

Emilio Salgari nació en Verona el 21 de agosto de 1862, hijo de un matrimonio de pequeños comerciantes, primero taberneros y más tarde vendedores de telas. No fue un alumno brillante. En 1874 suspendió el examen de ingreso en la Scuola Tecnica Regia, con lo que se vio obligado a cursar sus estudios en una institución de menor prestigio, el Istituto Tecnico Comunale. En 1878 se trasladó a Venecia e intentó formarse como oficial de marina en el Istituto Nautico Paolo Sarpi, donde, sin embargo, también embarrancó. Este nuevo fracaso no le impidió hacerse pasar toda la vida por marino, ni jactarse de haber sido capitán de altura en la marina mercante, título con el que firmaba sus obras. En realidad, su única experiencia marítima tuvo lugar dos años después en un barco que cubría la ruta entre Venecia y Brindisi, y en el que se embarcó como grumete… o turista. ¡Qué lejos estamos de cualquier paisaje exótico! Y ni siquiera existe la seguridad de que esta historia sea verídica.

Emilio Salgari no fue un viajero, ni mucho menos un aventurero. ¿Compensó la escritura este fracaso inicial? Pronto, en todo caso, se creó una confusión entre las hazañas fantásticas de sus personajes y la vida ideada a lo largo de los años por el escritor, perpetuo inventor, de cara a sus parientes y amistades: extraordinarios viajes a lo largo y ancho del planeta, una vida imaginada que le permitía presentar algunas de sus narraciones y artículos como historias reales. ¿Se dejaba engañar su familia, o se limitó a alimentar la leyenda? Lo cierto es que Mio padre, Emilio Salgari (1940), la biografía que le dedicó su hijo Omar, fue una de las principales fuentes de este mito del padre aventurero, cuyas fabulaciones se esforzó en sustentar con «hechos». Hay más. Felice Pozzo, especialista en el autor, descubrió las manipulaciones de Omar para falsificar los registros de la Scuola Nautica di Venezia y hacer creer que el escritor había cursado en ella sus estudios. El propio Salgari, en la correspondencia con sus editores, finge basarse en recuerdos personales. En 1885 llega al extremo de batirse en duelo con un periodista que ponía en duda su brillante pasado. Estas mentiras se apoyan en una laguna dentro de su biografía: entre 1880 y 1883 se pierde la pista de Salgari, que a su regreso a Verona afirma haber realizado fabulosos viajes por el mundo entero como capitán. También fue Omar quien avaló el segundo mito que envuelve al autor: el de un escritor que nunca leía, sino que prefería inspirar sus relatos en sus propios recuerdos. Hoy sabemos que la verdad se encuentra en las antípodas de la leyenda: Salgari subsanó su desconocimiento de los países visitados por sus personajes mediante la lectura bulímica de relatos de viajes y obras de divulgación científica para no dejar sin justificación ni una sola descripción de plantas, animales o paisajes.

Salgari, como Jules Verne, fue un explorador de salón. Igual que Karl May, su homólogo alemán (que también aseguraba haber vivido extraordinarias aventuras, y adornaba su casa con «trofeos» obtenidos, decía, en sus viajes), y que Gustave Aimard (de quien permanecen aún muchas mentiras y exageraciones biográficas por desenmascarar), Emilio Salgari trató de soñar una existencia a la altura de sus novelas, llegando hasta la mitomanía, y, como en el caso de estos dos escritores, sus fabulaciones lo llevaron al umbral de la locura. Resulta curioso apreciar tantas semejanzas entre estos tres autores de novelas de aventuras. La explicación más obvia recae en el hecho de que para vender mejor sus obras, cuyo punto de partida seguía siendo el prestigioso modelo del relato de viajes, era necesario otorgarles una validez objetiva. Frente a novelistas de ese género que fundamentaban en recuerdos auténticos la verosimilitud de sus historias, como Mayne Reid o Louis Jacolliot, un escritor que confesara su escaso conocimiento del mundo habría quedado en ridículo, sobre todo cuando en esa época el descubrimiento de la geografía resultaba un requisito cultural de primer orden. Al mismo tiempo, sin embargo, los deseos mitómanos de Salgari deben vincularse al desenfrenado imaginario de sus narraciones. Los viajes que pretendía haber llevado a cabo no se parecían a los de los aventureros auténticos, con su acumulación de contratiempos, sus largos trayectos y, sobre todo, un objetivo tras la sucesión de etapas. En Emilio Salgari, como en Karl May y en Gustave Aimard, el imaginario, más que imitar los relatos de exploradores reales, emula las extraordinarias peripecias de los héroes de las novelas de aventuras, empezando por las de sus propios personajes.

Si algún modelo existe para el «viajero» Salgari, ese es mastro Catrame, el protagonista de una de sus primeras obras (Los cuentos marineros de mastro Catrame, 1894). En esta colección de relatos, unificados por la voz de un solo y pintoresco narrador, descubrimos a una especie de barón de Münchhausen de los mares que presenta como auténticos toda suerte de acontecimientos insólitos y extravagantes, de los que además parece muy convencido de su veracidad. Aunque grotesco, Catrame resulta también profundamente entrañable y fascinante debido a su capacidad para seducir a su público. En los recuerdos de Salgari, tal como los recogió Omar o como se han podido reconstruir a partir de sus cartas y artículos, encontramos la misma ingenuidad novelesca y la misma fe en la aventura que tanto encanto confieren a su mastro Catrame.

De este modo, la escritura propone una vida ideal, y en buena parte imaginaria, que no ha podido experimentar el autor: la de marino, o, en términos más generales, la de aventurero. Esta conclusión, al menos, es la que podemos extraer del giro que sufre la vida de Salgari después del fracaso en el Istituto Nautico. A partir de su regreso a Verona, en 1883, encuentra un sustitutivo a sus anteriores proyectos: ya que no puede ser viajero, será escritor. Imaginará los viajes en lugar de vivirlos. Ese mismo año adopta la identidad de un capitán de la marina mercante para publicar su primer relato, «I selvaggi della Papuasia», en la revista La Valigia. Se trata de la historia de un naufragio en Papúa, que Salgari

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