Los demonios

Fiódor M. Dostoievski

Fragmento

1

Antes de referir los acontecimientos tan extraños que ocurrieron recientemente en nuestra ciudad, lugar donde hasta la fecha nunca había sucedido nada señalable, me veo obligado a remontarme tiempo atrás y anticipar algunos detalles biográficos acerca de Stepán Trofímovich Verjovenski, hombre muy respetable y de gran talento. Detalles que servirán de introducción a la crónica que me propongo escribir.

Lo diré francamente: Stepán Trofímovich siempre ha tenido entre nosotros un papel muy singular y, en todo momento, cívico. Amaba su papel de forma apasionada, hasta tal extremo que no hubiera podido vivir sin él. No piensen que lo comparo con un actor en escena, ¡Dios me libre!, tanto más cuando personalmente lo tengo en gran estima. En su caso, el hecho es efecto de la costumbre o, mejor dicho, de gusto, de un noble gusto que le ha llevado, desde la infancia, hacia una actitud cívica. Por ejemplo, encontraba gran placer en su situación de «perseguido» y «exiliado». Estos dos términos, aureolados de un prestigio clásico, le habían seducido de una vez por todas. Le engrandecían progresivamente a sus propios ojos, acabando por situarlo en una especie de pedestal muy agradable para su vanidad.

Una novela satírica inglesa del siglo pasado nos cuenta que un tal Gulliver,[1] al regresar del país de los liliputienses —que no medían más que dos pulgadas de alto—, se había acostumbrado de tal modo a considerarse un gigante que, al atravesar las calles de Londres, gritaba involuntariamente a los transeúntes y a los cocheros que tuviesen cuidado para no verse aplastados por él. Aún se imaginaba como un gigante entre enanos. Así, todos le injuriaban y se reían de él. Y los cocheros, gente grosera, azotaban al gigante con sus látigos. ¿Acaso era esto justo? ¿Y la costumbre no era todopoderosa? La costumbre había conducido a Stepán Trofímovich a una situación muy análoga que, en su caso, revestía formas más pueriles, más inofensivas. Puede expresarse así: en el fondo, era hombre excelente.

Estoy seguro de que al final de su vida todo el mundo le había olvidado por completo, pero sería una injusticia decir que su nombre no era conocido. Sin contradicción posible, había formado parte de una pléyade de grandes ingenios. Durante cierto tiempo, acaso un minuto a lo sumo, su nombre fue pronunciado por numerosas personas casi con la misma resonancia que los de Chaadáiev, Belinski, Granovski y Herzen,[2] que entonces debutaba en el extranjero. Desgraciadamente, la carrera de Stepán Trofímovich se vio interrumpida apenas empezaba por «un torbellino de circunstancias», según explicaba. Más tarde se encontró que no hubo tal «torbellino» ni semejante «circunstancia», al menos en su caso. Y es ahora, precisamente, en estos últimos días, cuando con gran sorpresa me entero de que Stepán Trofímovich no solo no se hallaba exiliado en nuestra provincia, como todo el mundo creía, sino que jamás lo habían sometido a vigilancia.

¡Cuánto puede la imaginación!

Había pasado toda su vida sinceramente convencido de que despertaba miedo en las altas esferas, que se seguían y controlaban todos sus pasos, y que cada uno de los tres gobernadores que administraron nuestra provincia a lo largo de los últimos veinte años venía prevenido contra él y provisto de instrucciones especiales respecto a su caso. Si se hubiese demostrado al excelente Stepán Trofímovich que sus temores eran infundados, seguramente se habría considerado vejado. Y, sin embargo, era un hombre inteligente y muy dotado, un hombre de ciencia, por así decirlo; claro que nada más que de ciencia. Y, puestos a decirlo todo, no había hecho gran cosa, incluso con toda su ciencia. Pero entre nosotros, en Rusia, eso es frecuente entre los hombres de ciencia.

A su regreso del extranjero, ocupó brillantemente una cátedra en la universidad, hacia 1850. Pero no llegó a explicar más que algunas lecciones sobre los árabes, si no me equivoco. También sostuvo, de manera brillante, una tesis sobre la importancia política y económica que empezaba a adquirir la pequeña ciudad de Hanau entre 1413 y 1428, y sobre las circunstancias particulares, aún no del todo claras, que le impidieron lograrla plenamente. Esta hábil disertación hirió vivamente a los eslavófilos y de inmediato acarreó a su autor numerosos y encarnizados enemigos.

Posteriormente, algún tiempo después de haber perdido la cátedra, Stepán Trofímovich (para vengarse de algún modo y demostrar el talento que habían perdido) publicó en una revista progresista, donde se traducía a Dickens y se encomiaba a George Sand,[3] el principio de un estudio muy enrevesado acerca de las razones de la nobleza moral de no sé qué caballeros de cierta época, o algo por el estilo. Sea lo que fuese, el autor, en esta ocasión, barajó pensamientos muy elevados. Después se dijo que la continuación de ese estudio había sido prohibida por la censura, e incluso que la revista sufrió muchas molestias por haber publicado la primera parte. Es muy posible. ¿Qué no era posible en aquellos días? Pero, conociendo al autor, es más probable que no hubiera tal y que el mismo autor, por pereza, renunciase a concluir su obra.

Respecto a su curso sobre los árabes, tuvo que suspenderlo debido a que alguien (uno de sus enemigos reaccionarios) interceptó una carta de Stepán Trofímovich dirigida a no sé quién en la que relataba determinados incidentes. Se le exigieron explicaciones inmediatas. También se afirmaba, pero no sé si la historia es cierta, que por la misma época se había descubierto en Petersburgo una asociación de una treintena de personas dirigidas contra la moral y el Estado, que habrían trastornado todo el régimen social. También se decía que en tal asociación estaban traduciendo a Fourier.[4] Y, como hecho adrede, al mismo tiempo se recogía en Moscú un poema que Stepán Trofímovich había escrito en Berlín, seis años antes, durante su primera juventud, y cuyas copias obraban en poder de dos amantes de la poesía y un estudiante.

Este poema está ahora sobre mi mesa. Stepán Trofímovich me regaló un ejemplar autógrafo el año pasado: está ornado con una dedicatoria y encuadernado magníficamente en marroquí rojo. La obra, aunque extraña, no está desprovista de interés poético y demuestra talento. En esa época (entre 1830 y 1840, para ser exactos), se cultivaba mucho el género. Pero me resulta bastante difícil referir el tema, ya que no he comprendido nada.

Se trata de una especie de alegoría cuya forma liricodramática recuerda la segunda parte de Fausto. Empieza con un coro de mujeres al que sigue un coro de hombres; después aparece un coro de no sé qué poderes y la escena termina con un himno de las almas que no han vivido pero que tienen grandes deseos de vivir. Todos los c

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