Los setenta y cinco folios y otros manuscritos inéditos

Marcel Proust

Fragmento

cap-1

Una noche en el campo

 

[f.1] Habían metido los preciosos sillones de mimbre bajo la galería acristalada, pues empezaban a caer gotas de lluvia y mis padres, después de haber luchado un segundo en las sillas de hierro, habían regresado para sentarse a cubierto. Pero mi abuela, con el cabello entrecano al viento, seguía con su paseo rápido y solitario por los senderos del jardín, porque decía que se iba al campo para estar al aire libre y era una pena no aprovecharlo. Con la cabeza erguida, aspirando el viento que soplaba y le hacía decir que «por fin se podía respirar», aceleraba el paso y parecía no sentir la lluvia que empezaba a herirla ni las burlas de mi tío abuelo, que le gritaba desde la terraza: «Qué agradable la lluvia, Adèle, qué buena, ¿verdad? Le sienta bien a tu vestido nuevo (esto era para intentar ganarse cobardemente la complicidad de mi abuelo, que se limitó a menear la cabeza». Es curioso que nunca se comporte como el resto del mundo». Lo decía porque lo pensaba. Pero también lo decía porque, dado que ella nunca era como él, y quizá, en algún inconfesado fondo de su conciencia él no estaba del todo seguro de llevar siempre la razón, no le molestaba poner de su lado al «resto del mundo». El jardín no era muy grande y mi abuela no tardaba mucho en volver a pasar cerca de nosotros. En cuanto la veía asomar por un atajo me ponía a temblar, porque sabía que iban a llamarle la atención, a decirle cosas desagradables que me rompían el corazón, y hasta tenía miedo de que mi abuelo la obligara a volver; en esos momentos hubiera querido matar a todo el mundo para vengarla, y a veces, cuando ya no podía soportarlo, me abalanzaba sobre ella y la besaba apasionadamente para consolarla y probarle que al menos alguien la entendía, luego me escapaba al baño, mi único refugio en esa época, y daba rienda suelta a mis sollozos. Pero mi abuela [f.2] se limitaba a responder a las burlas con una bonita sonrisa afectuosa que parecía hacerla partícipe de esas mismas burlas contra ella, y nunca se enfadaba con nadie, nunca mostraba más sentimiento que el del amor, la abnegación absoluta hacia los demás. El único sentimiento hostil que había experimentado y experimentaba constantemente era la indignación, pero nunca se indignaba por cosas que tuvieran que ver con ella misma. Era como si al nacer hubiese sacrificado su persona y su vida, a tal punto estaba desprovista de amor propio, de amor de sí, de interés. Y habrían podido encarcelarla injustamente, o condenarla a muerte, sin avivar en ella esa indignación que la hacía temblar cuando mi padre, por debilidad, me dejaba comer un pastelillo de crema en el café o me permitía quedarme en la sala una hora más que de costumbre. Su paseo había terminado y también la lluvia, fue a sentarse con nosotros pero, naturalmente, fuera de la galería. Aunque solo hubiera dado unos pasos y los senderos no hubiesen tenido tiempo de empaparse, tenía la falda púrpura completamente embarrada, pues hay que señalar que las piernas de las personas dotadas de una imaginación ardiente, de un espíritu elevado y sin el contrapeso del amor propio, ni por un instante cesan de recoger, mientras se pasean barajando mil pensamientos, todo el barro de los caminos, e incluso, al parecer, de hacerlo subir a lo largo de la falda, frotándolo hasta untarlo debidamente por una extensión bastante amplia para acabar salpicando con él las partes del vestido o el pantalón demasiado alejadas para que el aluvión las alcance directamente. Mi abuela contemplaba el jardín sin decir nada y sin duda pensaba en otra cosa, pero mi tío, que [f.3] sabía que ella condenaba vivamente la manera en que su nuevo jardinero lo había transformado todo, criticaba hasta sus silencios, en los que creía leer desaprobación. «No te agrada el jardín, Adèle —exclamó—, naturalmente, todo lo que a nosotros nos parece bien está mal». Es cierto que desde que el nuevo jardinero había pelado los árboles de las ramas con las que ella se enzarzaba a diario pero entre las que creía recuperar la libertad de la naturaleza, donde, en medio de un césped «trazado a cordel», él había dibujado una cruz de honor de siemprevivas, y donde, en fin, con el pretexto de hacer agua de azahar, había convencido a mi tío para que le permitiera arrancar todas las flores de los pequeños naranjos de la entrada, mi tía sufría cruelmente. Puedo decir que nunca había sufrido tanto antes del día en que habían decidido no dejarnos salir con las piernas desnudas. Pronto, lamentablemente, la llegada de una nueva cocinera que hacía platos «caramelizados», y después de una profesora de piano para nosotros que tocaba haciendo grandes gestos y por convicción no tocaba con las manos juntas, iban a reservarle otras preocupaciones. Todos los años nos llevaba al mar y allí nos obligaba a vivir a su antojo. Prefería, si los precios eran demasiado elevados, alquilar únicamente buhardillas, pero debían dar a la playa. Habría rechazado un palacio en la ciudad sin haberse tomado siquiera el tiempo de ir a visitarlo, con tal de no perderse una hora de aire fresco. La gente que salía a pasear en coche por el campo, que se quedaba en casa o acudía al casino le inspiraba una pena profunda. Por la mañana íbamos a la orilla del mar, ella instalaba su silla plegable casi en las olas y subía y bajaba con el agua mientras nosotros jugábamos en la arena. Teníamos el tiempo justo de ir a almorzar y abandonábamos las sillas, que nos robaban con regularidad el mar o la gente que pasaba. El día del regreso le daba pena no aprovechar para mostrarnos por el camino algún sitio célebre, algún monumento cuya belleza sencilla y total rivalizara con la de la naturaleza. Entonces, en vez de coger el tren en el lugar donde estábamos, salíamos a las cinco de la mañana en diligencia y nos alejábamos veinte leguas, no llegábamos a ver la catedral ni a tomar el «enlace» [f.4] con el tren y quedábamos varados, sin poder avisar a nuestros alarmados padres. Al llegar, yo solía quedarme en la cama los siguientes quince días. Durante la estancia, ella misma enviaba noticias a nuestros padres, porque habría sido un crimen que nosotros perdiéramos una hora de aire escribiendo. Pero sus cartas eran ilegibles. «Ya vendrás a leerme tus cartas cuando regreses», le decía todos los años mi tío cuando ella salía de viaje. Y además, como era espiritual, letrada, y consideraba que por prudencia no se debían poner nombres propios en las cartas, hablaba de todo por medio de alusiones, figuras, enigmas, nadie entendía lo que quería decir, y si más tarde le pedían explicaciones, por mucho que lo intentara nunca recordaba lo que había querido contar o de quién hablaba. De todos modos, daba lo mismo, porque ella siempre olvidaba añadir la dirección y sus cartas terminaban siendo devueltas. Yo encontré algunas que su hija había guardado piadosamente después de su muerte, algunas que, a pesar de todo, habían llegado a su destino y que, por una dicha no menos rara, eran más o menos legibles y comprensibles. Aun así, todas estaban concebidas en un estilo convencional que dificulta bastante su lectura. He aquí una al azar:

 

Hija mía:

 

Ayer desenvainé Durandal con Holandés Errante con La molesto Señora.

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