El río de la luz

Javier Reverte

Fragmento

1. Siguiendo mitos, buscando la aventura

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Siguiendo mitos, buscando la aventura

Si cierro los ojos, todavía alcanzo a ver, como si lo tuviera delante, el paisaje de aquella isla sobre el río Yukon, en el noroeste de Canadá, muy cerca de la frontera con Alaska. La imagen es tan poderosa que, incluso, me parece percibir sus olores. Arriba, en los altos del cielo, una tibia luz azul acariciaba nubes que transitaban perezosas por las anchuras del espacio. Debajo, una ceñuda cordillera de faldas color cobalto cerraba el horizonte corriente arriba. Más cerca, en las caderas de una colina de lomas azuladas, se dibujaba una apretada formación de esbeltas coníferas, teñidas de hosco verdor, con las copas recortadas al ras como un bigote a manos de un avezado barbero. La isla en donde me encontraba ese día del luminoso verano austral de 2006 tenía una forma alargada y medía unos cuatrocientos metros de longitud por unos doscientos en su punto más ancho. En mi mapa, aparecía sin nombre y era un feo médano sin otra vegetación que algunos livianos arbustos de ramas ralas mecidos por el viento. Decenas de troncos de árboles, arrancados y pelados por las crecidas del río, se amontonaban pálidos en sus orillas cenagosas. Había numerosas huellas de animales en el arenal. Las más rotundas eran de un alce grande y las más recientes pertenecían a un lobo ártico de buen tamaño.

A nuestro alrededor, el Yukon formaba numerosos canales en aquel paraje tachonado de islotes y de riberas en donde crecían bosques de abetos, de arces y de álamos, un escenario en el que el río parecía un curso de agua sereno y tímido, manso e inofensivo. Y sin embargo, mis compañeros y yo sabíamos que se trataba de uno de los ríos más vigorosos y salvajes de América del Norte. Incluso habíamos sufrido su violencia unos días antes, al cruzar los rápidos de Five Fingers.

En la orilla de la derecha, cerca de la desembocadura del río Stewart y junto a un pequeño afluente llamado Henderson Creek, se tendía una isla mucho mayor que la nuestra, cubierta de profusa vegetación. Habíamos decidido no acampar allí, pues las plantas atraen a los mosquitos que, en el verano del Yukon, surgen en miríadas de los lagos y pantanos y pican con extremo furor. Yo sabía que era la isla en donde Jack London pasó el invierno de 1897-1898, atrapado por los hielos y la nieve, ciento cincuenta kilómetros antes de alcanzar Dawson City, la ciudad que atrajo en aquellos años de finales del XIX a decenas de miles de personas en busca del oro del río Klondike, uno de los tributarios del gran Yukon.

Me emocionaba sentirme muy cerca de uno de los mitos literarios de mi infancia, de aquel escritor que relató en hermosas y vehementes narraciones la epopeya del Gold Rush, la carrera del oro. Y casi podía percibir su presencia al contemplar el mismo hermoso paisaje que él había contemplado y descrito algo más de un siglo antes. También esa tarde, la anterior a nuestra llegada a Dawson City, sentía el orgullo de haber recorrido setecientos cincuenta kilómetros del río en canoa, junto con mis cinco compañeros de viaje, soportado frecuentes tormentas y salvado duros tramos de rápidos y corrientes.

Al mismo tiempo, trataba de averiguar qué podía decirme el Yukon. Unos años antes, viajando por el Amazonas, había escrito:

Un río es algo más que un gran caudal de agua. Yo creo en el alma singular de los grandes ríos. En cierto modo, nos hablan, y no siempre lo que nos dicen posee un significado benigno. Lo he sentido en todo momento cuando los he navegado. Los ríos han estado en un par de ocasiones a punto de matarme y luego, con cierto desdén, me han perdonado la vida. Pero también me han enseñado mucho sobre los hombres y sobre mí mismo.

En aquella ocasión llamé al Amazonas el río de la desolación. Ahora, en las orillas salvajes del Yukon, tras doce días navegando a remo sobre sus aguas, pensé que lo más apropiado era llamarle el río de la luz.

A cada tramo que recorría, el Yukon me decía: ¡vive!

¿Y cuáles eran los olores? Por encima de todos, permanece en mi memoria olfativa el de las hogueras que encendíamos cada noche junto al río. El viento jugaba con sus humaredas, traía sus vaharadas hasta cegar mis ojos, y después lo llevaba lejos y lo elevaba hacia la altura. A veces, un súbito chaparrón apagaba el fuego y debíamos buscar el lugar más tupido del bosque para encenderlo de nuevo y tratar de prepararnos una cena caliente con la que templar el estómago.

Cuando volví a España después de casi tres meses vagando por Alaska y Canadá, mis ropas despedían aún el perfume de la humedad y de las fogatas. Hice mal en tirar algunas de ellas y lavar las otras. Al menos debería haber conservado, tal y como quedaron, las camisetas que usé durante el viaje, para husmearlas a solas en mi habitación antes de irme a la cama, y recobrar así el preciso aroma de las noches de lluvia al arrimo de la hoguera. Y con suerte, recuperar en sueños la viva intensidad de los días felices del Yukon.

Eso fue durante el mes de julio de 2006. Cuatro años antes, en 2002, había navegado otro río, el Amazonas, y había estado a punto de morir a causa de la malaria. Y otros cuatro años más atrás, en 1998, mientras surcaba las aguas del río Congo, un grupo de soldados borrachos y drogados me amenazaron de muerte y casi me ejecutan ante mi negativa de decirles en dónde escondía el dinero que trataban de robarme.

Parecía, pues, que los genios maléficos de los ríos estuvieran en mi contra. Y algún amigo, bromeando antes de emprender viaje al Yukon, me advirtió sobre ello usando de ese viejo refrán que dice que, a la tercera, va la vencida. No fue así, sino todo lo contrario.

Porque el Yukon me insufló torbellinos de luz en el alma, despertó en mi ánimo un nuevo anhelo de gozar de la existencia y me devolvió el optimismo que la malaria contraída en el Amazonas me había arrebatado y que a duras penas había logrado recuperar en una pequeña parte. Salté a la canoa del Yukon con la languidez y el decaimiento con que las secuelas del paludismo atenazaban mi espíritu. Y desembarqué trece días después pletórico de vida. Un río me había convertido en un pusilánime deprimido, y otro río, cuatro años más tarde, me devolvía la alegría de vivir.

Los seis compañeros del Yukon navegábamos nueve o diez horas al día en tres canoas, remando sin pausa salvo los cincuenta o sesenta minutos que nos concedíamos descanso para el almuerzo del mediodía. Llovía a menudo por las tardes, pero seguíamos remando bajo la tormenta, humillados y encogidos dentro de nuestros empapados chubasqueros. Atracábamos para dormir en islas vacías de vegetación o en orillas boscosas. Atravesamos un peligroso lago, el Laberge, en donde se desatan súbitos temporales en los que el agua hierve y hay que buscar refugio en tierra a toda prisa para no naufragar. Cruzamos algunos rápidos y, en los que se conocen como los Five Fingers, mi compañero Pere Vilanova y yo volcamos y nos fuimos al agua. Por las noches, agotados tras

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