El gran Mónico

Manuel Lozano Leyva

Fragmento

Índice

A mis alumnos y demás jóvenes de esta generación aciaga,

para que sepan que ningún destino es inevitable

y se atrevan a desarrollar

todo el potencial de sus mejores sueños

Prólogo

Tras impartir una charla en Ciudad Real durante la Semana de la Ciencia de 2009, deambulé por los expositores divulgativos que había distribuidos por unas salas amplias y luminosas. Jóvenes científicos explicaban los intríngulis de experimentos y demostraciones a chavales de secundaria que los atendían embelesados. Un aparato solitario de manufactura perfecta detuvo mi paseo. Lo identifiqué como un generador portátil de rayos X de las primeras décadas del siglo XX. ¿Sería de los que usaron los franceses y alemanes en los frentes de la Primera Guerra Mundial?

Alguien interrumpió mis ensoñaciones. Se presentó como ingeniero de telecomunicaciones, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y admirador de don Mónico Sánchez, ilustre hijo del vecino municipio de Piedrabuena. ¿Don Mónico? Sí señor, el fabricante de aquel aparato, inventor de otros muchos ingenios electromecánicos y accionista principal de las poderosas Electrical Sánchez Company de Nueva York y la Continental Wireless Telephone Company. No supe qué me causaba mayor pasmo, si el contagioso entusiasmo del ingeniero o lo que me estaba contando: ¿teléfonos móviles un siglo antes de su desarrollo? ¿Equipos portátiles de rayos X en 1900? ¿Un manchego tras ellos? Pletórico, el profesor me dijo: Aquí lo tiene. Una fotografía antigua de tonos pardos mostraba varios stands de una feria de muestras. El de la empresa de don Mónico, en el que aparece él, estaba flanqueado por el de General Electric Company y se anteponía, nada menos, que al de Westinghouse.

El ingeniero se llama Juan Pablo Rozas y le sugerí que escribiera sobre el personaje, a lo cual me respondió que ya lo había hecho y que estaba pensando en escribir una biografía suya.

Por aquella época yo escribía una columna semanal en la sección de ciencias del desaparecido diario Público. Le dediqué un artículo a Mónico Sánchez Moreno y al ingeniero Rozas que se tituló precisamente como este libro. Las reacciones en el blog de ciencias que nos mantenía el periódico fueron sorprendentes. En primer lugar, ninguno de los blogueros sabía nada de Mónico Sánchez y celebraban que yo lo hubiera dado a conocer. Pero, curiosamente, hubo uno que se mostró escéptico ante el mérito tecnológico del manchego. Ocurrió algo curioso que invito al lector a que lo consulte,1 porque se formó un revuelo en el blog que terminó siendo agradable: los nietos de don Mónico se lanzaron como tigres contra el escéptico y éste, con gran honestidad, pidió disculpas tan sinceras que los beligerantes familiares acabaron dándole ánimos.

Este libro no es una biografía, porque considero (seguro que injustamente) que todas son casi tan falsas como las autobiografías y uno ya no está para embustes. Bueno, quizá exagero con lo del casi, porque realmente las autobiografías son puras imposturas que mienten a partir del dato de la fecha de nacimiento. Quiero decir que lo que sigue, que trata de una persona que lleva muerta más de medio siglo, no es más que el relato de las circunstancias en que se desenvolvió para que el lector recree en sus mientes lo que quiera de ella. Pero esas circunstancias se basarán en datos fidedignos. Más o menos, aunque sostengo que mucho más que menos. Así pues, el carácter, sus intimidades y, en general, la vida y los milagros de Mónico Sánchez se los tendrá que imaginar el lector.

Lo de «vida y milagros» es un lugar común, pero en este caso es aplicable con rigor, porque Mónico vivió mucho y sus logros se pueden considerar, sin exageración, retórica ni aspavientos, como auté

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