Codex Templi

Templespaña

Fragmento

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Prólogo

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo o del Templo de Salomón es, sin lugar a dudas, la orden monástico-militar que más interés, admiración y pasiones ha despertado a lo largo del tiempo, desde que se fundó hasta nuestros días. Esta relevancia histórica podría parecer un fenómeno positivo y engrandecedor, pero, en realidad y por desgracia, está muy lejos de ser así. En el transcurso de los siglos, el Temple y lo que representa ha ido despertando todo tipo de envidias y sospechas, provocando traiciones, soportando difamaciones e infundios y, finalmente, beneficiando a oportunistas. Todo ello ha desvirtuado a menudo la realidad histórica y doctrinal de la Milicia de Cristo y, lo que es mucho peor, ha representado una ofensa a la memoria de unos caballeros que se guiaron por los más nobles y elevados ideales.

No han faltado los que, con gran desconocimiento de la materia, sin documentación alguna, repitiendo una y otra vez los mismos errores, consultando fuentes escasamente fiables (aunque, eso sí, haciendo gala de mucha imaginación), se han dedicado y se dedican a tergiversar los hechos y a buscar sensacionalismos sorprendentes que rompen con la más elemental metodología historiográfica y con los esquemas tradicionales de la investigación. El único fin parece ser el éxito comercial.

Poco o nada ha importado a los divulgadores las consecuencias de sus invenciones, elucubraciones y aseveraciones sin base histórica o tradicional. Tampoco han calculado la confusión que pudieran inducir en el lector, en el buscador de conocimiento o en el prestigio de la propia labor divulgativa.

Codex Templi es un libro escrito con auténtica devoción, minuciosidad y rigor por un elenco de historiadores, divulgadores e investigadores diversos, verdaderos especialistas en la materia. Esta obra se hace necesaria como obra de consulta y referencia fiable, se hace necesaria para desmitificar falsas teorías que desvirtúan la realidad histórica y empañan el buen nombre de la Orden del Temple, se hace necesaria para «desbastar las impurezas que ocultan la verdad», se hace necesaria, en definitiva, para desvelar los misterios templarios a la luz de la Historia y la Tradición Primordial.

Los hechos esenciales son bien conocidos: el nacimiento de la Orden del Temple, en Tierra Santa, poco después de la primera cruzada, allá por el año 1118; el gran número de caballeros y nobles que abandonaron familia y bienes para dedicar su vida a servir a Dios como monjes-soldados; su condición de custodios de primordiales saberes y sagradas reliquias; su rápida expansión por todo el orbe conocido; sus habilidades como banqueros, estrategas, guerreros, navegantes y consejeros; y, cómo no, su injusto proceso inquisitorial, bajo la acusación de herejía, que llevó a la muerte en la hoguera al último maestre, Jacques de Molay, en el año 1314, y la supresión definitiva de la Orden casi inmediatamente después.

Sin embargo, hay aspectos poco conocidos en el desarrollo de la congregación templaria: sus aportaciones a la sociedad europea de su tiempo; la integración, como servidores o «donados» de la Orden, de campesinos y constructores, armígeros y cartógrafos, religiosos y seglares; sus mediaciones en litigios entre señores feudales y monarcas; su aportación económica, cultural, científica y espiritual; su legado arquitectónico y artístico… Todo ello ha convertido a la Orden del Temple, más que en un mito, en un modelo vanguardista y en un arquetipo universal investido de diversas connotaciones, tanto metafísicas como metapolíticas.

Aunque se ha especulado mucho al respecto (con no pocas dosis de fantasía), sigue envuelta en un halo de misterio la sugerencia de una cosmogonía muy particular elaborada por los templarios, basada en profundos conocimientos teológicos, filosóficos e iniciáticos. Poco conocida es también la aportación de la Orden a la emblemática cristiana y al simbolismo esotérico, gran parte del cual podemos aún ver grabado en sillares de piedra y expresado en la iconografía de construcciones erigidas sobre emplazamientos clave en el desarrollo cívico de su época. La ubicación de muchas de estas edificaciones, especialmente las de carácter religioso, se elegía conforme a criterios basados en la cosmovisión del sabio medieval y la tradición ancestral (céltica fundamentalmente); los templarios situaban sus templos y lugares sacros sobre centros de energía telúrica o en consonancia con ciertas alineaciones cósmicas. Sus conocimientos sobre el arte de la guerra, la naturaleza, la navegación, la construcción, la medicina, la astrología, la cábala o la alquimia fueron notables, aunque hasta la publicación de Codex Templi no se les haya concedido la importancia que merecen.

Pero, sobre todo, se desconocen en gran medida algunos aspectos de la dimensión real de la fraternidad templaria: los rasgos privados de la vida conventual y todo lo relacionado con la espiritualidad de los freires, organización, régimen interior, ritos de iniciación, signos de reconocimiento, etcétera. En realidad, estas características han suscitado elucubraciones y divagaciones múltiples, hasta generar toda una cultura basada en una subliteratura sensacionalista, un «esoterismo de bazar» y un oportunismo inescrupuloso. Se ha dejado de lado la parte más importante del Temple: el origen histórico e intelectual de estos monjes-soldados y la razón que los hizo grandes y que, al mismo tiempo, los llevó a su desaparición: la dimensión religiosa.

No deja de resultar curioso que una orden monacal y guerrera a la vez, compuesta por caballeros de un inusitado valor y fe inquebrantable en Cristo y en la Virgen María (a la que denominaban «Nuestra Señora»), «adornados» de un gran aparato militar y a la vez revestidos y regenerados en el desapego material, se siga tratando meramente como un conjunto de hombres esotéricos y heterodoxos, omitiendo casi siempre su aspecto religioso y tradicional preeminente, incuestionablemente católico.

La disciplina y la entrega espiritual que les confería su condición de monjes, reunidas bajo la divisa «Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tuo da gloriam» («No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria»), ponen de manifiesto qué dimensión fue la más importante en la vida de estos caballeros.

Que la mayoría de los autores que escriben sobre el Temple no tengan en cuenta bajo qué signo y designio desarrollaban los caballeros templarios todas sus campañas y todas sus labores, se debe en buena medida al promotor de la caída de la Orden, el rey Felipe IV de Francia, que, con sus continuas presiones sobre el papa Clemente V y sus intrigas políticas, intentó borrar de la Historia a los templarios en pro de sus intereses mundanos.

Logrado el objetivo secular y derrocada la Orden del Temple, sus bienes fueron repartidos entre las distintas órdenes militares, casas reales y la propia Iglesia, pero se recomendó especialmente hacer desaparecer de la

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