Historia del mundo

J.M. Roberts

Fragmento

Prefacio

Prefacio

La primera edición de este libro apareció en 1976. Desde entonces ha habido diversas traducciones, cuyos textos en ocasiones tuvieron que distanciarse ligeramente de los originales en inglés a petición de sus editores. Me parece improbable que tenga tiempo de ofrecerle al público ninguna edición más. No obstante, dado que esta edición contiene una revisión considerable del texto, puede que sea útil ofrecer en un nuevo prefacio alguna explicación de lo que he intentado hacer, y de por qué me ha parecido necesario hacerlo. Por lo menos, siento la obligación de explicar si los sucesos de más de veinticinco años me han llevado a cambiar los objetivos y las perspectivas de las que partí al sentar las bases de este libro, a finales de los años sesenta.

Últimamente he oído decir, en referencia a la historia del mundo, que «todo cambió» —o algo, si no ya todo— el 11 de septiembre de 2001. Por motivos que explicaré brevemente más adelante, y debido a ciertas ideas que me han guiado desde el principio, creo que es una idea equívoca, falsa en casi todos los sentidos. Sin embargo, el primer motivo por el que parecía deseable elaborar una nueva edición es que la historia del mundo en más de una década ha atravesado y sigue atravesando el ejemplo más reciente de un fenómeno recurrente: un período de sucesos turbulentos y de cambios caleidoscópicos. Los inicios de este confuso y emocionante período ya figuraban en anteriores ediciones de este libro, pero los sucesos de finales de la década de 1990, por sí solos, hicieron necesario un replanteamiento, por si hubiera nuevos hechos y perspectivas que tomar en consideración.

Yo me temía que ello provocara un gran aumento de volumen en el texto, pero eso no ocurrió. Fue necesario cambiar muchos detalles, pero solo en la última parte del texto hubo que hacer grandes reajustes y recomposiciones. Por supuesto, también hubo que cambiar ciertos enfoques. En la última edición se habla algo más sobre los cambios más recientes en cuanto al papel de la mujer, de la preocupación por el medio ambiente, de nuevas instituciones y nuevos planteamientos, o de otros viejos cuestionados, y sobre los cambios en la base formal e informal del orden internacional (estos aspectos son más patentes en la historia reciente, y doy una interpretación más a fondo al respecto en mi obra Penguin History of the Twentieth Century, publicada en 1999). Pero ninguno de ellos supuso un cambio fundamental en mi punto de vista o mi visión general, y los trato básicamente en los mismos términos que he aplicado al resto desde el inicio.

Quizá mi preocupación principal haya sido, desde el principio, la de poder explicar y recordar al lector no especializado el peso del pasado histórico y la importancia que tiene aún hoy la inercia histórica en un mundo en el que, con demasiada frecuencia, se nos anima a pensar que podemos controlar y dirigir los acontecimientos. Las fuerzas históricas que han modelado el pensamiento y la conducta de los americanos, rusos, chinos, indios y árabes de hoy en día se establecieron siglos antes de que se inventaran ideas como el capitalismo o el comunismo. La historia lejana sigue presente en todos los aspectos de nuestras vidas, e incluso parte de lo que ocurrió en la prehistoria sigue ejerciendo quizá su influjo. Sin embargo, siempre ha existido tensión entre esas fuerzas y la capacidad intrínsecamente humana de provocar cambios. Hasta hace poco —a lo sumo unos siglos—, comparado con los cerca de seis mil años de civilización que componen la mayor parte del contenido de este libro, no se ha registrado una creciente concienciación del poder del ser humano como creador de cambios. Es más, el entusiasmo ante los adelantos técnicos parece ser universal. Aunque muy recientemente algunos hayan intentado templar ese entusiasmo con ciertas reservas, la idea de que la mayoría de los problemas pueden resolverse y se resolverán con la intervención humana sigue estando muy extendida.

Dado que, estando así las cosas, los fenómenos de inercia e innovación siguen operando en todos los frentes de la evolución histórica, sigo pensando —tal como expresé en la primera edición de este libro— que los acontecimientos siempre nos parecerán a la vez más y menos sorprendentes de lo esperado. No deberíamos olvidarlo a la hora de emitir valoraciones sobre el significado de los acontecimientos recientes o contemporáneos. Yo me inclino a pensar que estas valoraciones siempre se verán moduladas por el temperamento, y que nuestro optimismo o pesimismo innatos influirán en cualquier intento de predicción. Si pudiéramos analizar todas las aseveraciones realizadas en cuanto a futuros probables, veríamos que solo las más generales pueden basarse solamente en los hechos que aporta la historia. Soy consciente de que, desde la última edición de este libro, mi propia opinión ha variado; ahora tengo la impresión de que mis hijos probablemente no vivirán en un mundo tan agradable como el que yo he conocido, porque quizá sea necesario que el ser humano realice ajustes mucho mayores de lo que pensaba. Pero no aspiro a saberlo. Los historiadores nunca deberían dedicarse a profetizar.

La mayor parte de lo anterior ya lo he desarrollado en otras ocasiones, y no es necesario que me extienda más. No obstante, quizá resulte útil a los nuevos lectores de este libro que repita algunos de los motivos que me han llevado a optar por el enfoque general reflejado en la estructura y el contenido de la obra. Desde el principio intenté determinar, dentro de lo posible, los elementos de influencia general que hubieran tenido el impacto más amplio y más profundo, y no solo compilar relatos de temas tradicionalmente importantes. Deseaba evitar los detalles y señalar, en cambio, los principales procesos históricos que han afectado a grandes poblaciones, dejando legados sustanciales para el futuro, y mostrar su dimensión relativa y su relación con otros procesos. No busqué escribir historias continuadas de todos los países importantes, ni de todos los campos de la actividad humana, ya que considero que el lugar ideal para los relatos exhaustivos de hechos del pasado es una enciclopedia.

He intentado poner de manifiesto el significado de estas grandes influencias, y eso supone una irregularidad cronológica y geográfica. Aunque, de todos modos, dedicaremos tiempo y esfuerzos a analizar y estudiar los fascinantes yacimientos de Yucatán, a reflexionar sobre las ruinas de Zimbabue o a hacer elucubraciones sobre las misteriosas estatuas de la isla de Pascua, por mucho interés intrínseco que pueda tener el conocimiento de las sociedades que crearon estas cosas, no dejan de ocupar un lugar marginal en la historia del mundo. La historia antigua de zonas enormes como el África negra o la América precolombina solo se toca de refilón en estas páginas, porque nada de lo que sucedió en esos lugares entre la Antigüedad y la llegada de los europeos influyó tanto en el mundo como las tradiciones culturales que mantuvieron vivo durante siglos el legado de Buda, los profetas judíos y la cristiandad, Platón o Confucio, por ejemplo, que extendieron su influencia

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