Historia de la bandera mexicana 1325 - 2019

Fragmento

Historia de la bandera mexicana, 1325-2019

Introducción

Entre los símbolos que representan la nacionalidad, la identidad y la unidad política de los diversos grupos que componen el mosaico mexicano destaca la bandera. Se trata de un estandarte forjado por los procesos históricos que tejieron la identidad nacional. Este libro presenta un recorrido por el largo proceso de choque y fusión de símbolos de identidad que dio pie a la actual bandera mexicana. En este análisis podremos notar que desde los primeros siglos de la historia mexicana los símbolos visuales fueron los transmisores más eficaces de mensajes políticos y culturales para la sociedad. Esta constatación debería animar a los estudiosos de la historia de México a explorar con otros ojos la riquísima información iconográfica atesorada en el territorio y en los monumentos, además de la que se encuentra en los archivos y bibliotecas.

Por otra parte, esta lectura de los símbolos de identidad contradice la tesis de los historiadores y antropólogos que afirmaron que la conquista española hizo tabla rasa de las antiguas culturas mesoamericanas.1 La revalorización que aquí se hace del emblema del águila y la serpiente muestra que los símbolos de las culturas mesoamericanas resistieron con éxito la invasión de los símbolos europeos y a la postre se impusieron a ellos.

Algunos antropólogos, el estudiar los procesos de la dominación española en Mesoamérica, afirmaron que los actores europeos desempeñaron el papel protagónico, mientras que los grupos indígenas se mantuvieron pasivos, o se aislaron en sus comunidades, sin participar en los acontecimientos que modelaron la sociedad colonial. Apoyados en esas ideas, la mayoría de los estudios modernos y contemporáneos que se refieren a los orígenes de la nación mexicana, o a los temas de nación y nacionalismo, comienza con la Conquista o con la Independencia, sin referirse al pasado indígena.2 Este ensayo, por el contrario, parte de la raíz indígena y muestra que desde el siglo XVI hasta el fin del periodo colonial los grupos indígenas y mestizos no cesaron de participar en los procesos sociales y culturales que definieron la historia de la Nueva España y de la nación independiente.

Contra la idea de una cultura indígena inerte, este ensayo muestra que en la época colonial y en las primeras décadas del siglo XIX los grupos indígenas y mestizos defendieron tenazmente sus símbolos de identidad y mantuvieron un comercio activo con los legados procedentes de Europa. No sólo resistieron la cultura invasora, sino que imaginaron los artificios más sutiles para instalar sus propias tradiciones como símbolos representativos de grandes sectores de la población. Es cierto que en el triunfo de esos símbolos fue decisiva la participación de los criollos y mestizos, quienes los asumieron como símbolos de identidad propios. Pero esa revalorización no hubiera sido posible sin la motivación de la población indígena para promoverlos como representaciones intransferibles de su identidad y sin la decidida voluntad de defenderlos como emblemas de la nación aborigen.

Estos argumentos y otros semejantes vienen a sumarse al animado debate que se ha desatado sobre las identidades nacionales y los símbolos que las representan. Pero al menos este ensayo sugiere que el enfoque histórico continúa siendo un instrumento de comprensión incisivo y abarcador, pues muestra cómo los distintos actores colectivos, al hacer valer sus propias reivindicaciones, mudaron y renovaron los antiguos emblemas de identidad. Al chocar estos conceptos unos con otros y al enfrentar a los que llegaron de fuera, produjeron símbolos ingeniosos que intentaron recoger lo viejo en lo nuevo, bajo distintos ropajes conceptuales y recurriendo a variados medios simbólicos. En otras palabras, el análisis histórico muestra que las identidades colectivas no son entes inmutables, cristalizados en el tiempo para siempre. Por el contrario, como se verá aquí, son concepciones constantemente recreadas y cambiantes. Por otra parte, el análisis histórico, al mantener el oído atento a los murmullos del pasado y a los asedios del presente, no puede olvidar la amonestación del poeta, quien nos recuerda la hondura que tiene entre nosotros la herencia indígena, y nuestra responsabilidad para hacerla parte de la cultura mestiza que juntos hemos forjado. Dice Alfonso Reyes:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro –ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común–, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como teatros sin luz. El poeta ve, al reverberar de la luna en la nieve de los volcanes, recortarse sobre el cielo el espectro de [los innumerables mitos y ensoñaciones colectivas formados por los antiguos grupos indígenas que poblaron el territorio]: no le neguemos la evocación, no desperdiciemos la leyenda. Si esa tradición nos fuere ajena, está como quiera en nuestras manos y sólo nosotros disponemos de ella.3

1 Por ejemplo, el historiador francés Robert Ricard aseveró, en su conocido e influyente libro La conquista espiritual de México (México, Jus Polis, 1947), que los indígenas del centro y sur de México habían sido completamente cristianizados, adoptando con entusiasmo la nueva fe y sus valores. Una crítica a esta interpretación puede verse en Jorge Klor de Alva, “Spiritual Conflict and Accomodation in New Spain: Toward a Typology of Aztec Responses to Christianity”, George A. Collier, Renato I. Rosaldo y John D. Wirth (comps.), The Inca and Aztec States 1400-1800: Anthropology and History, Nueva York, Academic Press, 1982, pp. 356-366; y James Lockhart, The Nahuas after the Conquest, Stanford, Stanford University Press, 1992, pp. 2-5.

2 El primero en proponer esta interpretación fue el gran historiador conservador Lucas Alamán en su obra Historia de Méjico, desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente, publicada en cinco tomos entre los años 1849-1852. En tiempos más recientes han seguido este parteaguas temporal los siguientes autores, entre muchos otros: José Vasconcelos, Breve historia de México, México, Botas, 1937; Silvio Za

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