Rávena

Judith Herrin

Fragmento

Introducción

Introducción

Cuando las tropas aliadas se disponían a invadir y ocupar Italia en 1943, la División de Inteligencia Naval británica elaboró cuatro manuales «para uso exclusivo de personas al servicio de Su Majestad», que incluían descripciones exhaustivas del país en todos sus aspectos. El primer volumen, de seiscientas páginas, se publicó en febrero de 1944, cinco meses después del primer desembarco; repleto de diagramas y mapas desplegables, describe la topografía costera y regional de Italia. Los volúmenes segundo y tercero abarcan todos los elementos de la historia del país, sus poblaciones, carreteras, ferrocarriles, agricultura e industria. El último volumen, de setecientas cincuenta páginas, publicado en diciembre de 1945, describe con prosa breve y meticulosa las principales ciudades del país, las setenta del interior y las cuarenta y ocho del litoral. La reseña de Rávena, una pequeña ciudad de la costa adriática del norte de Italia, comienza con una frase breve y rotunda: «Como centro del arte paleocristiano, Rávena no tiene parangón».

Sin embargo, cuando se publicó este volumen, la ciudad se encontraba en buena parte en ruinas y varios de sus monumentos paleocristianos sin parangón habían sido destruidos en alguno de los cincuenta y dos bombardeos aliados. En agosto de 1944, la basílica de San Juan Evangelista fue pulverizada por las bombas destinadas a la estación de tren y a sus apartaderos. Esta iglesia de mediados del siglo V estaba decorada con mosaicos. Los del suelo ya se habían perdido al renovarse la iglesia en el siglo XVII. En 1944 el edificio entero quedó destrozado.[1]

Si nunca ha visitado la ciudad de Rávena, se ha perdido una experiencia asombrosa, un deleite inigualable, que este libro pretende recrear. Empiezo mi relato sobre el papel y la importancia extraordinarios de la ciudad con una referencia a los daños que sufrió en época reciente porque de ahí arranca el hilo que me llevó a escribir esta obra.

Los italianos figuran entre los mejores restauradores de arte del mundo. Inmediatamente después de la guerra se pusieron a reparar el patrimonio artístico excepcional de Rávena. Para recaudar fondos con esa finalidad y recuperar el turismo, organizaron una exposición que reproducía algunas de sus imágenes de mosaico más gloriosas, que recorrió París, Londres y Nueva York en los años cincuenta. A su paso por Inglaterra, mi madre, que entonces era médica de familia, fue a verla.

Al cabo de unos años, decidió visitar Italia para su propia satisfacción y también para que yo, que entonces era una adolescente, la conociera. Así, en 1959 llegamos a Rávena procedentes del norte para ver los mosaicos que habían fascinado a mi madre desde que los había visto en la exposición. Recuerdo perfectamente que divisamos la abadía de Pomposa, cuyo campanario de ladrillo rojo brillaba al sol poniente. En el interior de la ciudad, el mausoleo de Gala Placidia me impresionó por su mosaico del cielo estrellado, que brillaba suspendido sobre las palomas y los ciervos que bebían en las fuentes, y por los fascinantes dibujos geométricos que cubrían todos los arcos que sostenían la cúpula. Era un verano caluroso y me pareció que comer higos con jamón en un restaurante fresco era más interesante que los mosaicos. Pero la semilla de la curiosidad ya estaba plantada en mi fuero interno, y una postal con el retrato de la emperatriz Teodora de la iglesia de San Vital me acompañó a la universidad.

Además, me han dicho que mencionaba la visita muy a menudo. Cuarenta años después, cuando estábamos de vacaciones en la Toscana, como regalo sorpresa, mi pareja reservó una excursión de un día entero para que pudiera volver a ver lo que me había impresionado. Reanimada y emocionada por la intensa e intensiva visita a los principales monumentos de Rávena, compré varias guías locales con las que entretenerme durante el viaje de vuelta. Mientras estábamos atrapados en un interminable atasco en los alrededores de Bolonia, me sentí cada vez más irritada por el hecho de que los libros no explicaran adecuadamente, en primer lugar, por qué se había dado allí una concentración tan asombrosa de arte paleocristiano y, en segundo lugar, cómo se había conservado.

Así pues, la idea de este libro cobró vida en el embotellamiento en forma de una doble pregunta: cómo explicar la existencia de los incomparables mosaicos de Rávena y su pervivencia. La idea se basaba en mi convicción, fruto de un exceso de confianza, de que podría responder a estos interrogantes sin gran dificultad. Dicen que una solo se plantea en serio un problema cuando ya está en condiciones de resolverlo, y yo tenía la sensación —o quizá la presunción— de que ese era mi caso. Mi primer libro, The Formation of Christendom, había estudiado el mundo mediterráneo, por lo que conocía el papel fundamental de los godos, que construyeron una de las basílicas más importantes de Rávena. Mi segundo libro, Mujeres en púrpura, contaba cómo tres emperatrices habían acabado con la iconoclasia, y me disponía a recopilar mis ensayos sobre el papel de las mujeres en Bizancio en Unrivalled Influence. Me consideraba perfectamente capaz de valorar la importancia de la emperatriz Gala Placidia y de apreciar la imponente presencia de Teodora, esposa del emperador Justiniano I. Además, en su apogeo, Rávena era claramente una ciudad bizantina. El libro que estaba a punto de publicar, Bizancio: El imperio que hizo posible la Europa moderna, consolidaba mi argumento de que Bizancio, lejos de ser un centro de intrigas y manipulaciones obsesionado con la jerarquía —como sugiere el empleo del calificativo «bizantino» como término más o menos insultante—, sobrevivió entre los años 330 y 1453 gracias a su extraordinaria resistencia y confianza en sí mismo. Su fuerza se basaba en una triple combinación de derecho romano, estrategia, educación y cultura griegas y fe y moral cristianas. Prueba de ello fue la vitalidad de sus ciudades periféricas, que, tan pronto como la capital fue saqueada por los cruzados en 1204, se convirtieron en pequeñas Constantinoplas. Era un tema que yo había investigado durante años en una serie de artículos que recopilé en Margins and Metropolis, y era evidente su relevancia en el caso de Rávena como puesto avanzado de Constantinopla.

El precio de mi exceso de confianza fueron nueve años de investigación. Me vi obligada a trabajar con archivos de papiros en latín que apenas conocía y a familiarizarme con el italiano académico, no solo con el coloquial. Me enfrenté a una historiografía que se centra demasiado en ofrecer síntesis de la decadencia del Imperio romano de Occidente, en vez de reconocer el auge y la importancia de Rávena. Tuve que identificar un elenco de personajes completamente nuevo y distinguir, por ejemplo, entre el médico Agnelo y el obispo Agnelo o el historiador Agnelo. Me encontré en la hermosa biblioteca municipal de Rávena, donde se conservan las reliquias de Dante en una sala climatizada para que sirvan de inspiración a los lectores (el poeta se exilió allí procedente de Florencia). Recorrí la antigua calzada romana, la Vía Flaminia, para ver cómo atravi

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