El miedo en Occidente

Jean Delumeau

Fragmento

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PRÓLOGO

HISTORIA DEL MIEDO

Amelia Valcárcel

 

 

 

 

Jean Delumeau, tras medio siglo de un trabajo sostenido de investigación y lecciones, es uno de los sabios actuales de Europa. Maestro sobre todo en historia religiosa, es miembro de la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, profesor emérito, catedrático en el Collège de France en Historia de las mentalidades religiosas en el Occidente moderno, y además un intelectual al que se piden compromisos políticos que no desdeña prestar, como ha hecho con el presidente Macron en las últimas elecciones. Especialista en la Modernidad, pero en la parte aparentemente menos moderna de ella —el comportamiento, mapa simbólico y modulaciones de la expresión religiosa desde el siglo XV—, ha publicado casi sesenta obras, como autor, editor o colaborador. Esta, El miedo en Occidente, se ha traducido a veinte idiomas.

Delumeau quiso escribir una nueva historia de nuestro mundo en la que las claves pudieran buscarse fuera de los registros corrientes. No en la economía o en la geopolítica, sino en los sentimientos. Y eligió uno especialmente notable, el miedo. Este tema, «La Peur», cuando se hace Historia desde Francia remite al menos a un bloque reseñable, el conocido como «la Grande Peur» de 1789, previo a la Revolución. Es un enorme acontecimiento bastante estudiado, con lo que el enfrentamiento no es de hoy. Más lejano en el tiempo se agita todavía el gran miedo del Año Mil, que se supone agitó los últimos estertores de la Edad Oscura. Delumeau, más que estudiar estos miedos concretos, ha decidido aprender de ellos. En su opinión, las emociones se han borrado del registro de claves de las acciones colectivas con demasiada rapidez. Y de entre esas emociones fuertes escoge esta, el miedo, porque es tan desconocido como presente.

El mundo que nos ha precedido contaba con buenos motivos para tener miedo, por eso lo conocía bien y también clasificaba bien sus tipos: estaba el simple miedo, pero con él coexisten el pánico, el espanto, el temor, el terror, el pavor, el horror. Cada uno posee su campo semántico propio por razones de peso. El miedo que angustia no es el que hace verter lágrimas, ni tampoco el que deja petrificado es el que hace temblar. El mundo que emerge de la baja Edad Media es un mundo lleno de fuentes de fundado temor. La vida no estaba asegurada, la muerte era un fenómeno visible y constante, la enfermedad raramente se curaba, los desastres de fortuna acechaban en forma de incendios, robos, asaltos, inundaciones, tormentas… y, por si esto fuera poco, la guerra era siempre de esperar. La guerra era sin duda lo peor porque todo lo juntaba. Sus aliados, la pérdida de cosechas, la carestía, el hambre y la peste, campaban. Era el infierno en la Tierra. Y abría sus puertas cada poco tiempo de tal modo que prácticamente ninguna generación se libraba de conocerla de primera mano.

En realidad el mundo ha dejado de ser apocalíptico hace bien poco, si es que ha dejado de serlo y esta nuestra larga paz no consiste en una suspensión temporal. En consecuencia, las gentes que nos precedieron en la Edad Moderna vivían manejando prudentemente el miedo. Se educaban en él y lo conocían bien. Y la misma política era, y quizá tampoco lo ha dejado de ser, un diestro manejo de él. Padecían el miedo propio y se burlaban del ajeno. Se parapetaron en murallas que adornaban con los trozos de cadáveres de cuya ejecución pública habían disfrutado. El miedo es lo que brilla tanto en las torres como en los garfios.

El miedo presidía también las relaciones religiosas y los movimientos populares, sobre todo cuando, inopinadamente, se salía de su cauce. Existieron épocas de «gran miedo». Delumeau piensa que para intentar comprenderlas es mejor ver dónde y cómo se instalaba ese sentimiento que andar buscando explicaciones ajenas a él. Montaigne nos avisó de que el miedo trastorna el juicio, vuelve insensata a la persona más prudente y llega incluso a provocar alucinaciones. Momentos ha habido en que se ha apoderado de las gentes sin que ni los más bajos ni sus señores pudieran evitarlo ni aun ponerle coto. Cuando se ha vuelto la emoción prevalente, como en las grandes pestes, las Guerras de Religión, las hambrunas y los desastres, ha buscado además chivos expiatorios. La dinámica es conocida: se instala el rumor, adviene el miedo, se pierde el camino y comienza la búsqueda del responsable que ha de pagar por todo, la persecución de las víctimas que han de sufrir la hecatombe. Hay víctimas con muchos más boletos que otras: aquellas que se suponen siempre en la parte exterior del propio grupo, o que pueden ser colocadas allí. Quienes son señalados como parte de la quinta columna de Satanás. Delumeau nos enseña que el Occidente preilustrado cayó bajo el dominio del diablo y su corte en más de una ocasión, pero que los tiempos posteriores a Las Luces tampoco le han sido inmunes. En realidad, nos dice, sabemos que existe el miedo de dos maneras: por su expresión visible y masiva, y porque comparece el señalamiento de víctimas. Si podemos delimitar un grupo al que se culpa de desastres odiosos, debemos saber que es el miedo quien está ocupando la escena. A veces el miedo es inoculado adrede y con crueldad para desviar la atención. A veces campa por su propia fuerza. En todos los casos es poderoso y en sí mismo temible. Nada más sensato que tener miedo del miedo. El poder ha buscado su manejo y, normalmente, se le ha ido de las manos. Quienes señalan víctimas lo están utilizando. Por eso el momento de señalar víctimas nos indica que se ha hecho dueño del ambiente.

Gustave le Bon sabía bastante de esto. Las masas son ante todo sugestionables y harán aquello que los individuos que las componen ni osarían ni aprobarían. Cuando aparece, la emoción se contagia rápidamente. Al miedo nada le asombra y todo le desconcierta. En los «siglos de hierro» el miedo instintivo e irracional ha tenido campo abundante para extenderse. La noche con sus lobos y fantasmas, la peste, los muertos, el mar y sus ahogados, todos han sido miedos que quienes nos precedieron han conocido bien. La pintura El triunfo de la muerte de Brueghel que guarda el Museo del Prado es un auténtico paisaje mental del pasado y sigue siendo motivo de una extraña atracción para sus admirados visitantes, que pasan un tiempo mucho mayor ante ella que ante otras obras de la misma sala. Del mismo modo que hoy el miedo se nos sirve a través de los relatos del cine, Delumeau nos avisa de que nos será difícil ponernos en el cuerpo de quienes vivían, por ejemplo, en medio de una de las grandes pestes. En ese cuadro los ejércitos de esqueletos avanzan sobre gentes que no saben ni cómo oponerse a ellos ni adónde escapar. Bocaccio plantea su Decamerón en la feliz y aliviada reunión de afortunados que han logrado escapar de ella en un entorno paradisiaco: un fresco y vivo jardín. En este cuadro se nos muestran hombres que caen derrumbados en el tiempo que tardan en echar los dados sobre la mesa. Se han pue

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