Juicio a los 70. La historia que yo viví (Edición revisada)

Julio Bárbaro

Fragmento

Prólogo

Juicio a los 70. La historia que yo viví salió publicado en 2009 y desde entonces se ha acentuado el proceso de decadencia que allí describí. Por eso hoy decido revisar, corregir y ampliar ese libro, porque me duele demasiado el relato triunfante, esa deformación del pasado que nos impide crecer; peor aún, que nos impide detener nuestra carrera hacia el abismo.

Cuando yo era muchacho, en mi barrio había un linyera, el Negro Oscar. Pero era uno en cincuenta cuadras. No había pobres, no había caídos del sistema, no había miseria. No había necesidades de ese nivel, todo eso empezó en 1974, después de la muerte de Juan Domingo Perón, con la gestión como ministro de Economía de don Celestino Rodrigo, con Martínez de Hoz, con la continuidad del neoliberalismo quince años después. Los Menem, los Cavallo y los Dromi forzaron la privatización de todo lo que el Estado había construido, como si hubiera habido alguna inversión en regalar, o algún logro en generar semejante nivel de dependencia. Menem fue en lo económico más dañino que las dictaduras; ningún pueblo se animó a destruir el ferrocarril, a privatizar el fruto del esfuerzo de generaciones con el cuento de que los privados administran mejor.

Así la Argentina no es viable. Las empresas privatizadas y las extranjerizadas se llevan más divisas que las que generan el agro y algún otro espacio productivo, y no tienen límite en el intento de pagar los más bajos salarios posibles. Los subsidios y las jubilaciones no requieren dólares, esos van a los paraísos fiscales. Por eso se esmeran en mezclar la historia. Es cierto que inflación hay hace décadas, pero la deuda externa se gestó en la dictadura y con Menem, desde el saqueo de las empresas del Estado. Por eso reescribo, porque siento la obligación de reiterar mi mensaje, acompañado por nada más que un puñado de militantes.

Solo se puede superar aquello que se comprende, lo que se asume como una parte o etapa de nuestra realidad. El peronismo fue la etapa superior de la conciencia nacional, pero su historia y pensamiento carecen de herederos. Me irrita el hecho de que el peronismo siga siendo el movimiento más elegido para gobernar, que siga siendo el dueño de los votos y los votados desvirtúen ese sufragio y lo conviertan en un forzado apoyo a un pasado ajeno y a un presente absurdo y demasiado incomprensible. En nombre de Perón se hicieron ricos decenas de miles de funcionarios y operadores, personajes oscuros incapaces de repetir una sola de las ideas que dicen profesar. Y en su nombre pasaron a formar parte de la clase que prometían combatir.

La patria fue conservadora, con sus conflictos; luego radical y finalmente peronista. La antipatria fue siempre liberal, golpista, en sus dos versiones, la da de izquierda y la de derecha. En los 70, los dos demonios eran los gorilas y los militares que defendían a los ricos; y la guerrilla portavoz del marxismo. Unos y otros odiaron al peronismo, la izquierda con mayor saña, ya que lo culpa de frustrar su protagonismo, de haberle quitado su lugar en la historia. El peronismo impidió que la izquierda existiera; hoy quedan tan solo esos grupos absurdos que no sirven para hacer la revolución ni para ganar elecciones, solo para molestar a los transeúntes cortando calles.

El hecho de que el PRO defienda las instituciones es importante, pero la verdad solo les sirve a los ricos, poco y nada a los trabajadores y necesitados. La derecha es hoy democrática porque las financieras ocupan el lugar que ayer era de las Fuerzas Armadas. Los bancos son las catedrales de la religión de los ricos que buscan acumular y acumular para alcanzar números que les sirvan para competir y glorificarse entre ellos. En el mundo capitalista real, eficiente, ese hecho es el resultado de un éxito productivo o financiero; aquí, los nuestros solo son capaces de esquilmar al Estado y a los trabajadores, para más no les da la cabeza.

Reescribo porque no coincido con la mayoría. Los desaparecidos son diez mil y no treinta mil, y solo habrá paz cuando todos los caídos puedan compartir la misma lápida, cuando sea reconocido José Ignacio Rucci, cuando los exguerrilleros asuman el error que cometieron al haberlo asesinado. Y los años de deterioro son cuarenta y cinco, y no setenta, número que expresan quienes intentan hacer responsable a la misma democracia de todos nuestros males. Esos que alguna vez llegaron a proponer el “voto calificado”.

Escribo porque interpretar el pasado es imprescindible, heredamos la visión económica del golpe de Estado y la mirada política de la guerrilla disfrazada de “derechos humanos”. En realidad, la guerrilla soñaba e incitaba el golpe y las Fuerzas Armadas eran mediocres, tan brutas como toda nuestra clase dirigente, en especial los empresarios. No entender que el mundo no podía permitir la Guerra de Malvinas es no entender al mundo. Algo tan irracional como imaginar que el libre mercado mejora el nivel de vida aportando los mismos resultados tanto en el imperio como en la colonia. Descerebrados: así pasamos de un cuatro por ciento de pobres a un actual cuarenta y cinco.

Todos somos responsables, y es necesaria la autocrítica y la elección de un proyecto común que nos devuelva la tranquilidad de un futuro digno, la esperanza de superación que todo ser humano necesita para transitar su vida. Debe nacer una opción nacional, patriótica, independiente de las modas y los negocios, una nueva mirada sobre nuestra identidad cultural, nuestro pueblo y nuestra tierra. Algo tan simple como el patriotismo, ese amor por lo propio que se convierte en defensa de la cultura y sus habitantes, ese sueño hoy postrado de ser nación.

“La patria es un dolor que aún no tuvo bautismo”, supo expresar el maestro Leopoldo Marechal. El desafío está a la vista: volver a ser patria.

I. UNA CRÍTICA DE LAS ARMAS

Autocrítica o ansiolíticos

Una tarde de primavera de 1986 caminaba por la avenida Córdoba y al doblar por Talcahuano me detuvo una mujer. Tenía unos cuarenta años y era hermosa; llevaba un traje y un bolso

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