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Marsé en el paraíso

María Fasce nos cuenta el detrás de escena de «Notas para unas memorias que nunca escribiré», un relato luminoso sobre la edición del libro que refleja al Juan Marsé más íntimo y divertido.
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Crédito: Getty Images.

Por MARÍA FASCE

En junio de 2017 la gran Silvia Querini anunció que se retiraba —como si tal cosa fuera posible— y Pilar Reyes me propuso hacerme cargo de la dirección literaria de Lumen: el querido sello de las portadas blancas fundado por Esther Tusquets, el sello de Borges y de Eco, de Mafalda, y de mi escritor español, entonces vivo, preferido: Juan Marsé

«La Querini» me llevó una tarde al piso de la calle Bailén para presentármelo. En el taxi, de camino, me advirtió: «Está muy débil y desanimado». Joaquina, su encantadora mujer, nos abrió la puerta y nos condujo a ese despacho que yo ya conocía por fotos. Y allí estaba él, con una elegante bata que quizá ahora mi imaginación vuelve de terciopelo rojo, igual a la de Waldo Lydecker en Laura, una de sus películas favoritas. (De hecho, Marsé se parece mucho a ese adorable y cínico crítico de cine creado por Otto Preminger). «Maestro, le traigo a alguien», dijo Querini. 

No solo no estaba débil, sino que, animadísimo, nos contó sus anécdotas en Cuba —los quesos redondos para exportar que le había hecho probar Fidel Castro, el baile con Idea Vilariño que puso celoso a Onetti— y la historia de su fugaz paso por la cárcel (el embrión del «cuento del papel carbón», que para Silvia era una novela en ciernes). Hubiera querido apretar el botón de grabar para simplemente tener luego que transcribirlo: como Borges, Marsé hablaba escribiendo, con una precisión asombrosa. Suelo hablar demasiado, pero esa vez hablé poco, estaba abrumada y ya soñaba con publicar un nuevo libro de Marsé, pues a todas luces le sobraban energía e historias. «¡Silvia, tiene que escribir esas memorias! ¡Y el cuento!» La Querini bajaba las escaleras negando con la cabeza: «No te ilusiones, estaba animado porque eres la chica nueva y es un seductor; las memorias no las escribirá nunca, ya lo ha dicho».

«Marsé hablaba escribiendo, con una precisión asombrosa.»

A ese primer encuentro sucedieron muchos, lo visitaba cada vez que iba a Barcelona. Marsé perdía peso y ganaba algo de melancolía y cansancio, pero su humor y su lenguaje estaban intactos. Hablábamos de libros —sobre todo de los libros que no nos gustaban— y de películas, a veces él comentaba indignado alguna noticia política. «Ese cuento que Silvia quiere que convierta en novela, no voy a escribirlo: no es una novela, ni siquiera es un cuento», me dijo un día. Otra tarde lo visité con sus agentes, Gloria Gutiérrez y Carina Pons. «No», dijo, «eso es una mierda»; se refería a algunos artículos suyos sobre cine. Sin embargo, sí quería publicar Viaje al sur, aquel diario que había llevado por Andalucía en los sesenta por encargo de Ruedo ibérico, y cuyo rescate y publicación en Lumen, poco después de su muerte, supuso una aventura y un acontecimiento. He conocido pocos escritores con una visión tan severa y acertada sobre su propia obra.  

Me pedía libros delgados, que pudiera sostener fácilmente en el hospital mientras le hacían diálisis, y como le gustaba más releer que leer, una mañana del verano de 2019 le llevé nuestras ediciones de Ficciones y El libro de arena. Vestía una guayabera garciamarqueña, que es el otro atuendo con el que lo recuerdo. «Se vuelve más pequeño, pero conserva la elegancia», pensé; lo mismo que había pensado de mi padre en mi última visita a Buenos Aires. Tenían la misma edad, el mismo humor esquinado y la misma enfermedad, que avanzó más rápido en el cuerpo de mi padre. A papá le llevé Últimas tardes con Teresa: «Tienes que leer a este gran escritor catalán… español», y me hizo gracia mi autocorrección.   

«No estoy bien. No lo digo yo, lo dicen los médicos», dijo Marsé como quien comenta una noticia del periódico, y luego cambió de tema: «Creo que tengo algo que le puede interesar». «¿Algo que ha escrito?» «Sí» —se puso de pie y empezó a pasearse por su biblioteca mirando los estantes—: «Un diario.» «¡Un diario! ¿Cómo los de Piglia?» «Algo así, sí», sonrió enigmático. «Era un cuaderno de cuero negro, que estaba por aquí…» Lo acompañé en la búsqueda del cuaderno de piel negro, que tras una hora de divertida examinación resultó ser una carpeta con anillas centrales y fotos de chicas en biquini en la portada. La agenda correspondía al año 2004 y en ella Marsé, con una sorprendente intuición de la importancia que aquel año tendría (el año de los atentados de Atocha, del Premio Planeta cuyo jurado presidió), se había impuesto la disciplina de escribir cada día. Me senté nuevamente en el sillón junto a la ventana y las manos me temblaban un poco al leer la accidentada caligrafía de Marsé —parecida a la de mi padre, médico—. Abría al azar y a veces caían papelitos con un informe del polémico premio o una imitación de Modigliani (era un gran dibujante), embriones de relatos, ácidas críticas a políticos, periodistas y escritores y, sobre todo, entradas como esta del jueves 13 de mayo: 

«He ido a nadar. Se agrava la alergia en la piel.

       Me gustaría alcanzar una prosa desprovista totalmente de estilo y capaz de ocultar tras ella a los personajes y a mí mismo.»

«He ido a nadar. Se agrava la alergia en la piel. 

Me gustaría alcanzar una prosa desprovista totalmente de estilo y capaz de ocultar tras ella a los personajes y a mí mismo.» 

Levanté la mirada emocionada: «Se parece a los Diarios de Kafka». Sonrió complacido. «Lléveselo y léalo tranquila, a ver qué le parece y si querría publicarlo.» Quería publicarlo, por supuesto. Pero era un libro quizá peligroso, por lo que la cuestión era si él mismo quería publicarlo. Quería: el 18 de octubre de 2019 firmamos el contrato y apenas cerrada la edición de Viaje al sur empezamos a trabajar juntos en estas Notas para unas memorias que nunca escribiré. Le propuse titularlo Otro día luminoso —era la frase de entrada a algunos días, una bocanada de aire fresco en medio de su sarcasmo o su preocupación—. Pero Marsé quiso conservar su título, al igual que las críticas y fragmentos corrosivos o demasiado íntimos que me permití señalarle. 

«Su libro también me recuerda, por la gracia y cierta maldad, al Borges de Bioy», le dije. No conocía el libro y le presté mi ejemplar. Me llamó poco después: «En efecto, tiene un aire con mi libro, me estoy divirtiendo mucho leyéndolo».  

Marsé corrigió, confirmó y anotó de puño y letra el manuscrito impreso que contenía la desgrabación no solo de su diario de 2004, sino también de libretas de años posteriores, que me fue entregando en otras visitas: 

«Estoy envejeciendo. Los sueños son cada vez más oscuros, retorcidos, extraños.» (8 de diciembre de 2007) 

«A Juan Goytisolo, sobre su última novela: querido Juan, no me cuentes la nefasta situación actual del mundo. ¿Quieres contarme, por favor, el viaje de la cocina al baño un día cualquiera en tu propia casa?» (30 de agosto de 2008) 

A fines de junio de 2020, poco antes de ingresar al hospital del que ya no volvería, me llamó: «María, el libro está listo para ser publicado, puede pasar a buscarlo. Ahora lo dejo en manos de su inteligencia y buen hacer». Se lo agradecí y le dije que ya nos veríamos en mi siguiente viaje a Barcelona. No sucedió. Marsé murió el 18 de julio de 2020.  

Aunque él estaba dispuesto a publicar este libro en vida, yo prefiero que haya sido después de su muerte, y tras el maravilloso trabajo de Ignacio Echevarría, elegido por el propio Marsé para cuidarlo, prologarlo y anotarlo. Es un libro que retrata a Marsé en todas sus facetas, con una fuerza casi documental: hay aquí sueños, aforismos, versos, recuerdos y frases brillantes mezclados con el registro de la vida cotidiana como padre, abuelo, esposo y escritor; y también las fobias y las sentencias filosas. «A veces, por ser ingenioso, uno es injusto», dijo Borges, que, como Marsé, hacía de la crítica despiadada un ejercicio de estilo. En todo caso, Marsé nunca evadió la polémica, nunca ocultó sus opiniones. Un Marsé íntimo, mordaz, duro y entrañable es el que encontramos en estas Notas a unas memorias que nunca escribiré, escritas con la libertad de quien al hacerlo no piensa en su publicación, aunque luego decida hacerlo. Yo lo he marcado, leído y releído, como editora y como lectora devota. Me ha hecho sonreír, emocionarme, reflexionar y recordarlo. Ojalá muchos repitan mi experiencia. Es el paraíso de los escritores en el que creemos los ateos. 

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