Mira lo que te pierdes

Will Gompertz

Fragmento

libro-2

INTRODUCCIÓN

Mira lo que te pierdes nació de un correo electrónico no deseado. Su autor era un hombre llamado Tom Harvey. Me pedía que interviniera en un evento para gente creativa que iba a celebrarse en el Soho de Londres. Por aquel entonces, yo trabajaba para la BBC como periodista y presentador especializado en arte, lo que posibilitaba que los espectadores y oyentes me invitaran a menudo a participar como jurado en concursos artísticos o a dar alguna charla. Y yo aceptaba todas las invitaciones, aunque no hacía mucho que me había comprometido con mi editor a no asumir más trabajos extra, no hasta que hubiera empezado, al menos, a escribir mi libro sobre la percepción que llevaba tanto tiempo anunciando. En realidad, el compromiso de centrarme en ese texto solo sirvió para bloquearme del todo. No tenía una idea clara de qué escribir sobre la «visión», aunque era consciente de que se trataba de un tema fecundo, tan fascinante como instructivo. Solo tenía que dar con la forma adecuada de abordarlo y superar el temido «bloqueo del escritor».

Le respondí a Tom rechazando su amable propuesta. Lamentándolo mucho —le escribí— no me quedaba más remedio que decirle que no, porque cada minuto libre de mi día a día lo dedicaba a concentrarme en un libro que aún no había escrito, pero sí concebido, sobre el arte y la observación.

«Es comprensible», me respondió él, cortésmente.

Al otro día me envió un nuevo correo electrónico en el que incluía esta imagen:

El escultor Mark Harvey con su hijo Tom.

En el texto que la acompañaba, me decía:

Me encontré con esta foto de mi padre y yo en la playa hace no mucho. Se tomó a principios de los años setenta. Te la mando porque, para mí, es un estupendo recordatorio de un rasgo que comparten algunos artistas: la capacidad para mirar el mundo de un modo diferente. Papá era escultor. También era ambidextro y podía escribir «en espejo» con cualquiera de sus manos. Su postura en la foto es la típica que adoptaba en la playa. Al contrario que yo, él siempre encontraba las mejores conchas, los mejores guijarros y fragmentos de todo tipo de cosas interesantes que el mar arrastraba hasta la arena. Tanto me fascinaba su capacidad para ver cosas donde otros no veían nada que insistía en caminar por la playa un metro por delante de él para tener la oportunidad de hacer los mejores descubrimientos. Aún recuerdo la frustración que me provocaba oírle exclamar: «¡Oh, mira esto!», cuando encontraba una concha magnífica junto a la que yo había pasado unos segundos antes.

Una nota encantadora. E inspiradora. La historia de Tom me abrió los ojos a lo que deseaba explorar y comprender sobre el arte, la percepción y nosotros. En concreto, a lo mucho que hay que aprender de los artistas sobre la contemplación de los instantes cotidianos cargados de belleza y asombro que nos rodean, pero que suelen pasarnos desapercibidos. Con la ayuda de algunos grandes pintores y escultores, nosotros también podríamos ser más sensibles y más conscientes. Eliminar esas anteojeras invisibles y cargadas de prejuicios que reducen nuestra perspectiva a una visión de túnel. En resumen, podríamos recurrir a los artistas para que nos ayudasen a ver lo que nos estamos perdiendo.

El padre de Tom no es un caso aislado; todos los artistas son observadores expertos. Se dedican a interrogar visualmente al mundo y a lo que este contiene: personas, lugares, cosas. Los artistas son el «viejo pez sabio» del relato alegórico que el escritor estadounidense David Foster Wallace incluyó en su discurso pronunciado con motivo de la ceremonia de graduación en el Kenyon College, en el condado de Knox (Ohio), un caluroso día de verano de 2005.

Tras invitar a los estudiantes a que sudaran tanto como él se disponía a hacerlo (era famoso por lo mal que lo pasaba cuando tenía que hablar en público), el escritor contó la historia de dos jóvenes peces que nadaban en un río y se cruzaron con un pez mayor que iba en dirección contraria y que les dijo: «Buenos días, chicos, ¿qué tal está el agua?».

Los dos peces jóvenes continuaron su camino, pero, al poco rato, uno le preguntó al otro: «¿Qué demonios es el agua?».

La irónica anécdota pretendía que aquellos estudiantes de humanidades, educados a base de una dieta de pensamiento crítico, aplicaran su capacidad de análisis a las cosas en apariencia aburridas, pero esenciales e importantes, de nuestra existencia cotidiana: las realidades presuntamente insignificantes del día a día que se habían vuelto invisibles para ellos a causa de sus mentes refinadas por su exquisita educación. La cuestión es que ellos, nosotros, nos pasamos la mayor parte del tiempo vagando de aquí para allá, sometidos a la rutina, en un estado de semiconsciencia, con nuestros sentidos anulados, como zombis en un mundo de muertos vivientes. Pasamos por alto los hermosos guijarros de la playa porque, como esos jóvenes peces embobados, no solemos ser conscientes de lo que nos rodea. Pero esto no tiene por qué ser así; nuestra realidad no tiene por qué ser parcial. Podemos convertirnos en maestros del mirar y experimentar la realidad con la consumada atención de un artista: sentir el placer de contemplar el mundo con ojos no miopes.

Ya existen cientos de libros sobre cómo mirar cuadros, por supuesto, desde el célebre Modos de ver, de John Berger, hasta la espléndida y sincera autobiografía de Peggy Guggenheim, Confesiones de una adicta al arte. También hay otros muchos sobre el arte y la percepción en general; por ejemplo, Arte e ilusión. Estudio sobre la psicología de la percepción pictórica, de Ernst Gombrich, uno de los mejores que he leído. Pero no abundan, probablemente, los libros que combinen elementos de ambos enfoques, es decir, concebidos no solo para indagar en cómo la educación de la mirada puede contribuir a nuestra apreciación de los artistas, sino también para explorar cómo miran ellos, los propios artistas, y ayudarnos así a apreciar la vida con más intensidad y amplitud.

No es desdén, sino una forma de ceguera, lo que la familiaridad trae consigo. Siegfried Kracauer, el crítico de cine alemán del siglo XX, lo sabía. En su libro, Teoría del cine, publicado en 1960, escribió: «Los rostros de nuestros seres queridos, las calles que recorremos a diario, la casa en la que vivimos: todas estas cosas forman parte de nosotros igual que nuestra piel, y, como nos las sabemos de memoria, nuestros ojos las desconocen».

Un árbol, un edificio, el color de una carretera se vuelven invisibles, no dejan huella en nuestra conciencia. Nos perdemos muchas cosas. Los artistas, sin embargo, no. Ellos son capaces de ver con «ojos inocentes», como dijo John Ruskin, el crítico de arte victoriano. Aprenden a desaprender: a ver como si fuera la primera vez y no la enésima. Eso es lo que hacía el padre de Tom. Prestaba atención, se concentraba y vivía el momento. Enseñaba a su hijo a ver lo que se estaba perdiendo. Y esto es algo que otros muchos artistas nos regalan: la posibilidad de mirar nuestro mundo desde una perspectiva diferente y que, al hacerlo —y a su debido tiempo—, encontremos nuestra propia postura que adoptar en la playa.

Antes de empezar, sin embargo, una breve

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