Mi amiga Anne Frank

Hannah Pick-Goslar

Fragmento

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Prólogo

Jerusalén, primavera de 2022

Gracias a Dios todavía veo el sendero que hay delante de mi puerta, enmarcado por buganvillas fucsias, palmeras y macetas de barro con alegrías de la casa rosas y blancas. Me da cierta paz saber si alguien se acerca a mi puerta o si está paseando sin más. Desde este sillón del salón de mi casa que da al jardín, donde últimamente me paso casi todo el día, veo por un gran ventanal a familiares y amigos recorrer dicho sendero.

Doy gracias sobre todo cuando veo que llega Tali, que viene todas las tardes a las cuatro y cuarto en punto. Es mi nieta más pequeña y ha sido madre joven. Vive a cinco minutos andando de mi casa. Cuando se casó, insistió en quedarse en el barrio. Dice que quiere vivir cerca de mí. Yo le digo que no hace falta, aunque ni yo misma me lo creo. Por suerte, Tali lo sabe mejor que yo.

Entre nosotras usamos una especie de lenguaje no verbal. Me cuesta explicar el porqué, pero siento que nos entendemos. Su padre murió en un accidente de coche una tarde lluviosa cuando ella era casi un bebé. Desde entonces yo ejercí como una especie de segundo progenitor para ayudar a mi hija Ruthie, su madre, que ese fatídico día se convirtió en viuda y madre soltera de ocho hijos.

«¡Espera!», le dice Tali a su hija mayor, Neta, que tiene el pelo de su madre, de color miel oscuro. Es una niña guapísima y llena de vida, camino de cumplir cuatro años. Ya va corriendo por el sendero con Tali a la zaga, que aferra con firmeza la silla de paseo. Dentro está su hijo Shaked, el más pequeño, que nació en plena pandemia de covid. Tali siguió viniendo a diario incluso durante el confinamiento, pero hablábamos a distancia: yo en el balcón y ella abajo, en el jardín, rodeando a Neta con un brazo y con Shaked en el portabebés.

Suena el timbre. Neta entra volando, en pleno esplendor preescolar, y se presenta ante mí y el mundo entero. «Savta!», grita con alegría; es el término hebreo para «abuela». Al margen de lo que pase ese día, ya sean malas noticias en el mundo o cualquier otro malestar, cuando la veo me invade una sensación de calidez y esbozo una sonrisa. Me enseña un dibujo con muchos corazones, globos y alguna que otra pegatina de Mickey Mouse. Entonces le digo que ambos nacimos en 1928 y tenemos la misma edad, noventa y tres años, y ella abre mucho los ojos. Luego se sienta a mis pies y, mientras esparce las cartas de su juego de parejas, yo retrocedo mentalmente casi noventa años.

Cuando llegué a Ámsterdam con mis padres yo era algo mayor que Neta. Salimos huyendo de Berlín nada más subir Hitler al poder, después de que despidieran a mi padre, que fue miembro del Gobierno prusiano durante la República de Weimar. Nos establecimos en un piso de dos habitaciones en una zona residencial, con vistas a zonas ajardinadas y plazas despejadas.

Al poco de nuestra llegada, fui un día a un colmado del barrio con mi madre, que me llevaba de la mano. Allí se fijó en una mujer que hablaba en alemán con su hija, que tenía los ojos oscuros y era más o menos de mi edad. Ambas madres estuvieron charlando un ratito entre sonrisas, pues era un alivio confraternizar en tierra ajena. Yo era tímida y me aferraba a la pierna de mi madre; no estaba acostumbrada a frecuentar a otros niños, pero esa chica que me miraba me generaba curiosidad.

Acabó convirtiéndose en mi primera amiga. En mi compañera de juegos y de escuela, y en mi vecina. Nuestras familias hicieron buenas migas a medida que afrontaban la vida como refugiados en esa nueva ciudad; ambas temían el avance inexorable de la guerra, la ocupación y sus consecuencias para nosotros. Aquella niña tan llena de vida acabaría siendo la víctima más famosa del Holocausto. Un símbolo, en más de un sentido, de las muchas esperanzas y promesas que se desvanecieron por culpa del odio y las masacres. Hablar de su historia, de nuestra historia, acabó siendo una forma de seguir unida a ella y mantener viva nuestra amistad incluso años después de su partida. Pero desde que nos conocimos hasta que desapareció de repente de mi vida, poco antes de que yo cumpliera catorce años, pasando por su reaparición fugaz en circunstancias de lo más extrañas y trágicas, ella fue simple y llanamente mi amiga Anne Frank.

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Berlín

En uno de mis primeros recuerdos estoy sentada en el parqué mientras unos hombres protegen nuestro sofá de terciopelo azul con mantas antes de cubrirlo con papel de estraza. Después lo atan con una cuerda; envuelto de aquella manera parece un regalo de cumpleaños enorme. Para mi asombro, después lo levantan, no sin cierta dificultad, y lo sacan por la puerta principal del piso; justo donde siempre ha estado el mueble queda un vacío grande lleno de polvo. Me pregunto dónde vamos a sentarnos a partir de ahora.

En otra habitación están embalando la mesa y las sillas de comedor mientras en otra quitan los cuadros de las paredes, sumando así nuevos vacíos aún más evidentes donde antes estaban nuestras cosas. Hasta el busto de bronce de Otto Braun acabó en una caja de madera; era el primer ministro prusiano, líder del Partido Socialdemócrata, y si lo había entendido bien, un hombre importante, así como amigo y jefe de mi padre.

Mi madre, la más pragmática de mis progenitores, se afanaba en organizar nuestros bienes más preciados. Mi padre, por su parte, miraba sin pestañear sus queridos libros, colocados en las baldas que cubrían la pared revestida de madera del salón. Ya había guardado con esmero unos cuantos en cajas, pero quedaban muchísimos tanto en las baldas como apilados a sus pies.

«Ya sabes que no puedes llevártelos todos», le dijo mi madre en voz baja, con ternura.

Nos estábamos preparando para abandonar nuestra casa de Berlín, ubicada en el 21A de Den Zelten, delante del enorme Tiergarten, un parque cuya verja de entrada estaba rodeada de rosas amarillas bien hermosas; allí me llevaban mis padres a jugar y, a veces, a ver a los elefantes del zoo. También nosotros debíamos irnos de nuestro país, pero yo tenía solo cuatro años y aquello escapaba a mi entendimiento. Creo que era consciente del desfile de botas, el revuelo y las banderas rojas y negras que ya eran habituales en Berlín. Y supongo que me di cuenta de que mi padre, que normalmente estaba muy ocupado y se iba a la oficina muy temprano por las mañanas, ahora se pasaba todo el día en casa. Pero solo conservo recuerdos sueltos de nuestro hogar berlinés: el rechinar de mis zapatos al recorrer los senderos de guijarros del Tiergarten; la vibración que se propagaba por el piso cuando repicaban las campanas de la iglesia que había en la calle de enfrente, construida en memoria del káiser Guillermo; y el sonido suave del piano de cola cuando mi madre se sentaba a tocar.

Ese piso estaba en una calle arbolada y fue mi primera casa, pero ya no existe. Lo bombardearon los aliados unos años después. No obstante, recuerdo que era amplio y elegante, con techos altos, tupidas alfombras persas y mesas y sillas de madera

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