Mistral. Una vida

Elizabeth Horan
Elizabeth Horan

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Este libro, el primero de tres volúmenes de una amplia biografía de Gabriela Mistral, aborda hasta sus treinta y tres años, esto es, la mitad de su vida. Va desde su nacimiento en 1889 y su infancia en el rural Valle de Elqui, pasando por su educación truncada por las autoridades locales, hasta sus primeros trabajos en escuelas humildes. Lucila Godoy Alcayaga (su nombre de nacimiento) voló como un meteoro para dirigir, sucesivamente, tres liceos. Después de su éxito al reorganizar el primero de ellos en Punta Arenas —la ciudad más austral del mundo en ese momento—, antes calificado de «malo», se trasladó a Temuco, para finalmente arribar a Santiago, donde algunos miembros del establishment educacional, antes silentes, se quejaron de que ella no estaba calificada: le faltaban las credenciales necesarias.

Desde sus primeras publicaciones, Mistral demuestra su rechazo a las opciones que se ofrecían para las mujeres. Es una romántica fría: entiende que los sueños románticos nacen para morir. Un leitmotiv de sus cartas: la gente que la lee antes de conocerla en persona se sorprende por su calma, lo opuesto de sus versos fervorosos. Su fama temprana y duradera refleja la floreciente cultura literaria y la rápida expansión de las escuelas chilenas, argentinas y mexicanas a principios del siglo XX. Y la poesía de su primer libro, Desolación (1922), evidencia su gran capacidad imaginativa y su fluidez verbal al torcer los términos del género en versos dizque para niños y de amor.

Al compilar y secuenciar las cartas que envió a múltiples destinatarios, surge con claridad el contorno de su plan, intrincado y estratégico. Su asombrosa ambición y su determinación quedan patentes en la sumatoria de las cartas: no en uno o dos epistolarios, sino al agregarlos todos. Si por una parte les comenta a Manuel Magallanes Moure, Alone y Eduardo Barrios que está pensando en cómo dejar la enseñanza, por otra busca convertirse en «amiga oficial» de México cultivando correspondencia con cinco escritores-diplomáticos de ese país, comenzando por el poeta Amado Nervo en 1916 y siguiendo por Enrique González Martínez en 1918. Esta amistad la puso en contacto con los diplomáticos Genaro Estrada y Antonio Castro Leal, así como con el filósofo Antonio Caso, a quien Mistral conoció cuando visitó Chile.

Este cuerpo de diplomáticos mexicanos la sometió a una serie pruebas sobre su disposición para promover la imagen de México en los últimos años de la Revolución. Mistral las pasó todas. Aunque recibió otras invitaciones (para ir a trabajar en Argentina, por ejemplo), el horizonte de México provocaba más su imaginación. Su tenaz búsqueda de ofertas para salir de Chile derrumba el cuento de hadas según el cual José Vasconcelos, jefe de la Secretaría de Educación Pública mexicana, la invita como si fuera él un príncipe azul y ella, la bella durmiente o la cenicienta. Cuando Mistral partió a México en 1922, lo hizo acompañada de Laura Rodig, con quien tenía una relación compleja que es revisada detalladamente en esta biografía.

Las secretarias

A la par de las cartas y las publicaciones de la poeta, este libro se nutre de las memorias inéditas de Laura Rodig, quien relata su papel en la vida de Mistral hasta el quiebre «definitivo» en 1925, quiebre que la poeta mantendría a pesar de los varios intentos reconciliadores de Rodig.

Cuando el vasto archivo privado de Mistral aún estaba cerrado, era fácil imaginar que el acceso a lo que contenía ayudaría a resolver preguntas biográficas recurrentes sobre la poeta. Pero hay que pensar y teorizar antes el trabajo de la secretaria, que implicaba llevar y guardar el archivo de la poeta, es decir, sus secretos... y mil cosas más. Hemos de preguntar: ¿cómo es que Laura Rodig, una artista nata, o Palma Guillén, un cerebro, tal vez un genio, se convirtieron en secretarias, en recaderas de la poeta? Sin descartar que estuvieran motivadas por el amor, los contemporáneos de estas dos mujeres tan capaces observaron la gran ambición que las impulsó. Esta ambición se manifestaba como energía y devoción al oficio, lo que es especialmente significativo en el contexto de las escasas oportunidades disponibles para las mujeres de la época. Cabe reparar en los beneficios que adquieren estando alrededor de una celebrada escritora, conocida por su fuerte presencia hipnótica. Tanto Rodig como Guillén (y especialmente esta última) disfrutaron de un acceso temprano a noticias y a las personas importantes que rodearon a Mistral o a las que ella buscaba.

El trabajo principal de las llamadas secretarias fue, literalmente, el de guardar los secretos de la poeta. Nacida en 1896, Laura Rodig tenía solo veinte años al comienzo de su trabajo con Gabriela Mistral. Cuando las dos rompieron en 1925, la sucesora ya estaba instalada: la brillante educadora mexicana y futura diplomática Palma Guillén, nacida en 1893.1 Para realizar su sueño de representar a su país en Europa, Guillén enganchó su carro a la estrella de Mistral, quien a su vez dependería del cerebro, de los consejos y de las formidables calidades de observación de la mexicana. Guillén siempre buscó no el poder mismo, sino la cercanía al poder. No parece haber pretendido vivir en «un mundo de mujeres intelectuales y viajeras queer», sino en uno de poderosos hombres y, ocasionalmente, mujeres.2 En este sentido, Palma Guillén se diferenciaba de Doris Dana, la joven y atractiva neoyorquina que con el tiempo lograría suplirla. Un resultado que Palma Guillén no parece haber anticipado cuando ella y Dana se unieron y lograron eliminar, una por una, a sus rivales entre el grupo de mujeres que rodeaba y ayudaba a la chilena.

Doris Dana es la última de las mujeres que fueron mucho más que secretarias de la poeta. Vivieron juntas en Nueva York desde 1953 en adelante. Dos meses antes de su muerte, la poeta firmó un testamento que nombró a Dana como su albacea y heredera principal. Con la muerte de la poeta en enero de 1957, la neoyorquina asumió el papel de toda una vida: la viuda literaria a quien la poeta había dejado a cargo de un vasto aunque algo fantasmagórico legado.

Mal de archivo

Este libro lleva algunos años preparándose. Al principio, o sea durante veinticinco años, era de hecho imposible acceder a los archivos relevantes de Mistral. Con los años, Doris Dana recibió varias becas para organizarlos y microfilmarlos. Según ella misma me explicó en 1983 cuando le pregunté sobre el índice de dicho catálogo, trabajó con el afán de disuadir a los que consideraba aprovechadores que esperaban utilizar los contenidos para sus propias finalidades, esto es, según su mirada, para publicar a su antojo libros basados en los archivos de la poeta, libros que Dana misma intentó pero no logró editar. Dicho de otro modo, Doris Dana quiso publicar los manuscritos que Mistral le había dejado, pero el trabajo superó sus capacidades, aunque al mismo tiempo desconfió siempre de las motivaciones de los que se le acercaro

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