Antonio Gades. Arte y revolución

Julio Ferrer
Julio Ferrer

Fragmento

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Introducción

Antonio Gades en mi vida

La figura de Antonio Gades siempre apareció como un relámpago en mi vida. Nací en noviembre de 1976 en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina, y mis padres, «Bocha» Ferrer y Stella Malnati, son unos apasionados de todas las artes que llenan el alma, como la música, la literatura, el cine, la pintura y —no podía faltar— la danza en todas sus expresiones.

En mi casa, a menudo junto a mi hermana mayor Fedra, se podía disfrutar de la música, desde los sonidos más profundos de Latinoamérica —como Atahualpa Yupanqui, Carlos Gardel, Alfredo Zitarrosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, el Cuarteto Zupay, César Isella, Horacio Guarany, Litto Nebbia, Charly García, el Flaco Spinetta, Moris, Sandro, Víctor Jara, Violeta Parra, Vinícius de Moraes, Tom Jobim, Caetano Veloso, Chico Buarque, Gal Costa— a clásicos internacionales —como Frank Sinatra, Elvis, Mahalia Jackson, Ella Fitzgerald, Aretha Franklin, Billie Holiday, los Beatles, Tom Jones, Janis Joplin, The Doors, Led Zeppelin, Queen, Creedence, The Platters, Édith Piaf, Charles Aznavour, Pavarotti, Verdi, Beethoven, Ennio Morricone o Mikis Theodorakis, entre muchos más.

En la biblioteca convivían todos los géneros y autores, como Julio Cortázar, Rodolfo Walsh, Osvaldo Bayer, Roberto Arlt, Gregorio Selser, Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, José Hernández, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Emilio Salgari, Mark Twain, Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway, Truman Capote, Máximo Gorki, Dostoievski, Tolstoi, Kafka, Shakespeare, Cervantes y otros que te invitaban a descubrir nuevos mundos.

En el séptimo arte estaban presentes directores y actores como Hugo del Carril, Leopoldo Torres Nilsson, Héctor Olivera, Leonardo Favio, Pino Solanas, Raymundo Gleyzer, Lautaro Murúa, Santiago Álvarez, Serguéi Eisenstein, John Huston, John Ford, Orson Welles, Marlon Brando, Humphrey Bogart, James Cagney, Kirk Douglas, Gary Cooper, Cary Grant, Yul Brynner, Anthony Quinn, Ava Gardner, Marilyn Monroe, Rita Hayworth, Alfred Hitchcock, Charles Chaplin, Peter O’ Toole, Grace Kelly, Katharine Hepburn, Vittorio De Sica, Roberto Rossellini, Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini, Ettore Scola, Bernardo Bertolucci, Vittorio Gassman, Nino Manfredi, Ugo Tognazzi, Alberto Sordi, Marcello Mastroianni, Gian María Volonté, Sophia Loren, Anna Magnani, Luis Buñuel, Ingmar Bergman, Francois Truffaut, Jean-Luc Godard, Yves Montand, Akira Kurosawa... La lista sería interminable.

Comparto este mosaico (incompleto) de nombres en homenaje a mis padres, quienes me regalaron toda esta savia cultural tan importante en mi vida y que sigue siendo determinante para poder descubrir la pasión y la belleza de las distintas disciplinas artísticas.

En cuanto a Antonio Gades, mi primer recuerdo se remonta a mis catorce años, cuando vi la película Bodas de sangre del binomio Gades-Saura en una vieja cinta VHS. Y en esa etapa de mi adolescencia, de despertar de amores femeninos y apasionados, quise alcanzar —aunque fuera mínimamente— la elegancia y seducción de ese hombre que danzaba de una manera arrolladora. Quería ser Antonio Gades para poder conquistar y enamorarme de quien sintiera que fuera la elegida en ese entonces.

Pasaron los años, y Gades siguió deslumbrando a la familia y siempre lo llevaba en mi interior, hasta que volvió a aparecer como otro relámpago en mi vida. Esta vez por medio de mi hija Micaela, cuando contaba con solo nueve años.

Corría el año 2011 y mi madre había comprado en formato DVD la trilogía de Antonio Gades y Carlos Saura (Bodas de Sangre, Carmen y El amor brujo), y un día, mientras veíamos las películas, mi hija descubrió al bailarín, junto con Cristina Hoyos, Juan Antonio Jiménez, Pepa Flores y los demás integrantes de aquella saga inolvidable. Quedó deslumbrada a tal punto que, con un celular, filmaba las escenas que más le gustaban. Fue algo increíble. Una vez más, la esencia de Gades incidía como un rayo de sol, pero, en aquella ocasión, en el sentir de mi pequeña hija Micaela. De esta manera, comenzó a interesarse por el flamenco y tuvo la fortuna de que una de sus profesoras fuera una leyenda viviente del baile flamenco, la bailaora Isabel Gómez, «Rayuela», la argentina que triunfó en España y fue amiga de Gades (vivió en la casa de sus padres), de Hoyos, de Juanito Jiménez, de Paco de Lucía, de Camarón de la Isla, entre muchos más, que ya pertenecen a la cultura universal de la danza gitana.

La otra maestra de mi hija fue María Carolina Marschoff, querida amiga y alumna de Rayuela, egresada de la Escuela de Teatro de La Plata y docente de la cátedra Libre de Danza y Teoría de las Prácticas Corporales de la Universidad de La Plata.

Durante cuatros años, acompañaba a mi hija hasta la casa de Isabel, un ambiente bien andaluz donde tenía un tablao en el que ensayaban. Fueron tardes memorables, porque después de los ensayos me quedaba conversando con Rayuela, que me contaba su mundo, sus vivencias, su intensa vida.

Con respecto a mi hija, Isabel siempre sostuvo que reunía condiciones para dedicarse al flamenco, pero lamentablemente no siguió por cuestiones de la vida, aunque hoy Micaela está estudiando profesorado de Educación Física y es una apasionada de la música y el baile.

La tercera vez que Gades irrumpió en mi vida con fuerza huracanada fue por una cuestión política. Cuando supe que Antonio, además de un sublime bailaor, era un hombre de ideas de izquierda y revolucionario, me dije a mí mismo: «¡Más completo no puede ser este hombre!». Y ya me fascinó en su totalidad. Quienes venimos de familias que sufrimos la tragedia del terrorismo de Estado que asoló la Argentina durante 1976 y 1983 (mis tíos Héctor Hugo Malnati y Mirta Noelia Coutoune, embarazada, fueron militantes políticos detenidos y desaparecidos) damos un valor adicional a posturas como la de Gades, y seguimos luchando por la memoria, la verdad y la justicia; la voz del bailarín siempre estuvo con los humillados y olvidados de cualquier rincón del planeta. Fue un artista comprometido con su tiempo, un hombre ético e insobornable. Un hombre imprescindible.

Luego, por mi profesión, tuve el honor de que el Comandante Fidel Castro nos regalara un prólogo al libro Stella Calloni Intima. Una cronista de la historia, que escribí con mi amigo y colega Héctor Bernardo, y nos dio la oportunidad de conocer y visitar en distintas oportunidades Cuba, la isla rebelde. Y allí pude encontrarme con la historia de amor entre Gades y la Revolución cubana, su amistad con Fidel y Raúl, con otros personajes centrales de la historia cubana como la prestigiosa bailarina Alicia Alonso, Alfredo Guevara, Redento Morejón Morejón, Miguel Cabrera, así como de su relación con el Ballet Nacional de Cuba, las puestas en escena de sus obras y coreografías junto a su compañía, o sus osadas travesías en su barco Luar 040 cruzando el Atlántico desde su España natal hasta el puerto de La Habana. También supe de su último deseo —cuando la injusta muerte se aproximaba a sus sesenta y siete años— de que sus cenizas reposaran

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