SIGLAS Y ABREVIATURAS
AJCU Archivo Jaime Carvajal y Urquijo
AJLS Archivo José Luis Sanchís
AJTS Archivo Jorge Trías Sagnier
ANA Análisis y Alternativas
AP Alianza Popular
BOE Boletín Oficial del Estado
CCOO Comisiones Obreras
CD Coalición Democrática
CDR-AR Carmen Díez de Rivera-Ana Romero
CDS Centro Democrático y Social
CEC Centro de Estudios Constitucionales
CEPC Centro de Estudios Políticos y Constitucionales
CESID Centro Superior de Información de la Defensa
CIS Centro de Investigaciones Sociológicas
CiU Convergència i Unió
CP Coalición Popular
DS Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados
ENA Eduardo Navarro Álvarez
FRAP Frente Revolucionario Antifascista y Patriota
G-II Gabinete II
GRAPO Grupo de Resistencia Antifascista Primero
de Octubre
INI Instituto Nacional de Industria
IU Izquierda Unida
JEME Jefe del Estado Mayor del Ejército
LOE Ley Orgánica del Estado
LRP Ley para la Reforma Política
PCE Partido Comunista de España
PDP Partido Demócrata Popular
PNV Partido Nacionalista Vasco
PSOE Partido Socialista Obrero Español
PSP Partido Socialista Popular
SECED Servicio Central de Documentación
SEU Sindicato Español Universitario
TOP Tribunal de Orden Público
UCD Unión de Centro Democrático
UCM Universidad Complutense de Madrid
PRÓLOGO
Esta biografía de Adolfo Suárez es una versión revisada, abreviada y actualizada de la que publiqué en 2011. Me pareció que el cincuentenario de su nombramiento como presidente del Gobierno, anunciado, ante el asombro general, la tarde del sábado 3 de julio de 1976, era un buen momento para reeditarla, aligerando aquella primera versión, que superaba las seiscientas páginas, e incorporando nueva información. Había poderosas razones para poner al día aquel libro, escrito aún en vida del expresidente y reinando Juan Carlos I, aunque la biografía política de Suárez se podía dar por concluida desde 1991, cuando renunció a su acta de diputado y dimitió de todos sus cargos en el CDS. Por otro lado, en los quince años transcurridos desde que se publicó he tenido acceso a documentos y testimonios que arrojan nueva luz sobre la vida de Suárez y la Transición. Entre las aportaciones documentales incorporadas a esta versión actualizada, quiero destacar la transcripción manuscrita que el profesor Juan Linz hizo de la intervención de Adolfo Suárez en el seminario sobre la Transición que la Fundación Ortega y Gasset organizó en Toledo en 1984. Doy cuenta de este importante documento y de cómo llegó a mi poder, después de publicar aquella primera edición del libro, en el apartado de fuentes primarias utilizadas en esta biografía. El lector encontrará, también al final, una bibliografía muy sumaria, que en realidad es solo una parte de las referencias que figuran en las notas que acompañan al texto. En ellas se remite a otros materiales que han servido para documentarlo, desde prensa nacional e internacional hasta los testimonios de una treintena de personas, en su mayor parte políticos de la época, que en su día me brindaron generosamente su colaboración. Hay una relación de sus nombres también en el bloque de fuentes y bibliografía.
Aunque la entidad historiográfica de la biografía, puesta en duda en el pasado, no requiere ya ninguna justificación, su pertinencia resulta especialmente relevante para entender un proceso tan complejo como la Transición democrática española, que obliga a desentrañar episodios en los que la condición humana y la psicología de los personajes desempeñan, como en toda crisis histórica, un papel fundamental. Por ello, sin negar la importancia de los factores colectivos, como el ansia de cambio de la sociedad española tras la muerte de Franco y la fuerza creciente de la oposición democrática, el estudio de la Transición exige un buen conocimiento de la biografía y la personalidad de sus grandes artífices. Entre ellos destacan el rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez, a quien correspondió tomar las principales decisiones en unos años de constante aceleración histórica, que obligaba a improvisar una y otra vez a partir de un guion básico y del propósito irrenunciable de que aquello acabara bien. Este libro, que tiene, como toda biografía, mucho de retrato psicológico de su protagonista, pretende iluminar el lado menos conocido y más enigmático de su personalidad y episodios nunca del todo aclarados de su trayectoria política, como su dimisión en vísperas del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
¿Qué secretos de la Transición se llevó Suárez a la tumba? El Estado moderno es menos dado al secretismo de lo que a veces se piensa. Solo las dictaduras más siniestras y burocratizadas, como la Unión Soviética, pusieron sus arcanos por escrito y los enterraron en archivos inaccesibles, una actitud extraña, que suponía, por un lado, guardar para la posteridad el registro detallado de sus crímenes y, por otro, impedir su conocimiento. Por el contrario, los Estados democráticos tienden más al exhibicionismo que al oscurantismo, a mostrarlo todo, lo importante y lo trivial, en vez de ocultarlo. Sobre esta cuestión dejó Leopoldo Calvo-Sotelo un pasaje antológico de su Memoria viva de la transición, en el que cuenta que lo único que encontró en la caja fuerte de la Moncloa cuando tomó posesión de su despacho como presidente del Gobierno fue un papelito, cuidadosamente doblado dentro de un sobre, que tenía escrita… la combinación de la caja fuerte. Calvo-Sotelo lo ponía como ejemplo de la ausencia de grandes secretos a la espera de que un investigador sagaz los descubra en su escondrijo y los ponga en conocimiento de la ciudadanía. Contrariamente a lo que podría parecer, esta circunstancia hace más difícil la labor del historiador del mundo contemporáneo, porque recomponer el pasado reciente exige juntar muchas piezas dispersas de un gran puzle y poner cada una en su sitio.
No hay secretos, pues, o no se guardan bajo siete llaves, y desde luego no existe esa Piedra Rosetta que nos permita descifrar los enigmas pendientes de la Transición española y hacerlo en el sentido que desearían sus detractores: demostrando que aquello fue un gran engaño. Por eso se produce siempre una ola de infinita decepción cuando un Gobierno anuncia a bombo y platillo la desclasificación de documentos que han permanecido ocultos durante décadas y se descubre que no contienen nada que no sepamos. Así ha ocurrido recientemente cuando el presidente Donald Trump ordenó desclasificar documentación relativa al asesinato de Kennedy o cuando el Gobierno español presidido por Pedro Sánchez decidió sacar a la luz, como tituló entonces un periódico con notoria exageración, «los secretos del franquismo y la Transición» (El País, 21-7-2025). El proceso es siempre el mismo: de la expectación inicial al estupor y la incredulidad ante la irrelevancia de los documentos desclasificados. De igual manera, unas improbables memorias de Adolfo Suárez nunca hubieran satisfecho a los más suspicaces, porque, pase lo que pase, siempre pensarán que la Transición tuvo un lado oscuro que se nos sigue ocultando. Los más imaginativos recurren incluso a una ingenua tautología que hubiera hecho las delicias de Borges: la prueba de que hay un gran secreto escondido en algún sitio es que no sabemos cuál es.
Memorias improbables, pero no del todo imposibles, porque hubo un momento, a mediados de los años noventa, en que Suárez se planteó seriamente publicarlas e instó a Eduardo Navarro, su principal colaborador de entonces, a reunir la documentación necesaria para abordar la tarea. Navarro puso manos a la obra y elaboró, con ayuda de Mariam, la hija mayor de Suárez, un esquema que probablemente debía servir de índice al futuro libro. Lo tituló «Plan de Memorias» e iba acompañado de un desglose temático-cronológico que, en realidad, se parece muy poco a lo que hubiera debido ser la vida política de Suárez contada por sí mismo. Más bien se asemeja al anodino sumario de un libro de texto. Mayor interés tiene otro documento titulado «Hitos en la biografía de Adolfo Suárez», conservado también entre los papeles de Eduardo Navarro. A pesar de su título, nada prometedor, y de estar escrito en tercera persona, los siete puntos y numerosos epígrafes que contiene cada uno de ellos responden, mucho más que el «Plan de Memorias», a lo que cabría esperar de un libro de esta naturaleza.
Lo cierto es que el expresidente dudó tanto sobre la conveniencia de publicar sus memorias —«no tengo gran prisa en hacerlas, ni mucho menos, y todavía tengo dudas respecto a si conviene o no conviene hacerlas», le dijo a la periodista Julia Otero en mayo de 1995— que al final se le pasaron las ganas de ajustar cuentas con el pasado. Que llegara a tener más de ochocientas páginas escritas, tal como aseguró The New York Times en noviembre de 1995, resulta francamente inverosímil, aunque el dato se lo filtrara al periódico el propio Suárez o alguien de su entorno. Por dar algún viso de realidad a esa información, se trataría tal vez de la extensión del material en bruto recogido por sus colaboradores para la posible redacción de sus memorias.
He incorporado al título de esta biografía una expresión inspirada en una frase de su protagonista que recojo al principio de estas páginas: «La vida siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil. Cuando dudes, elige siempre la difícil». De ahí el subtítulo del libro, La opción más difícil, aplicable a la manera en que Suárez entendió la política, como un ejercicio de audacia permanente que le llevó a afrontar con inteligencia e imaginación los grandes retos de aquel momento crucial. La opción más difícil fue también la que tomó Juan Carlos I en julio de 1976 al nombrarle presidente del Gobierno en medio del asombro —cuando no del rechazo— general, una decisión de alto riesgo que pudo haberle costado la corona. Así se lo dijeron entonces al rey personas de su máxima confianza. Me gustaba además una expresión que guarda cierta similitud con el título de uno de los tomos de las memorias de Churchill: Su hora más hermosa (Their Finest Hour), en alusión a la batalla de Inglaterra (1940-1941) y a la epopeya de un pueblo luchando en solitario contra el nazismo. La frase de Suárez, como la hora más hermosa de Churchill, nos recuerda que en política, como en el ajedrez, la belleza surge de la dificultad.
Para escribir este libro he contado con la ayuda inestimable de numerosas personas que me han prestado su testimonio o me han facilitado documentos o referencias de gran valor. Algunas de ellas, como Juan J. Linz, Jorge Trías Sagnier y José Luis Sanchís, han fallecido en estos últimos años. A ellos, mi eterna gratitud. Como hice al publicar la primera versión, quiero expresar mi agradecimiento a Gregorio Marañón Bertrán de Lis, que me puso en contacto con algunos de los principales protagonistas de la Transición y me prestó su ayuda y su consejo en mil detalles del libro; a Jaime Carvajal y Urquijo, que me dio acceso a su valioso diario personal, y a Rafael Borràs, que me regaló su sabiduría y su experiencia como editor de la primera versión de esta biografía. Ana Romero, biógrafa de Carmen Díez de Rivera, me facilitó la transcripción mecanográfica de las doce cintas que contienen las grabaciones de sus conversaciones con Carmen, con información inédita del máximo interés que no conocía, salvo de forma muy parcial, al escribir la primera versión del libro. Por último, pero no menos importante, agradezco a Miguel Aguilar, director literario de Debate, Taurus y Random House, su confianza en esta versión actualizada de mi biografía de Adolfo Suárez, su apoyo constante y las siempre atinadas indicaciones y sugerencias que me ha hecho para llevarla a término.
Madrid, octubre de 2025
1.
UN JOVEN DELGADO CON UNA MALETA MARRÓN
EN EL PRINCIPIO FUE LA REPÚBLICA
«Lucía el sol como un gallardete festivo en la misma vecindad del mediodía. Bajo la arcada y su sombra, vi cruzar el patio a un joven delgado con una maleta marrón en la mano derecha».[1] La escena tiene lugar en la Ciudad Universitaria de Madrid, a comienzos del curso 1958-1959, en el recién inaugurado Colegio Mayor «Francisco Franco», y figura en las memorias escritas medio siglo después por José Miguel Ortí Bordás. Estudiante falangista, natural de Tous (Valencia), futuro diputado en las Cortes elegidas en 1977, senador en varias legislaturas y vicepresidente del Senado en una de ellas, Ortí Bordás narra el momento en el que vio por primera vez a Adolfo Suárez González, joven licenciado en Derecho, natural de Cebreros (Ávila) y futuro presidente del Gobierno.
El rector del Colegio Mayor se llamaba Eduardo Navarro Álvarez. Aún no había cumplido los treinta años, era huérfano de la Guerra Civil, miembro de la Centuria XX de Falange, buen jurista y brillante intelectual. Más joseantoniano que franquista, con una fama de heterodoxo y conflictivo que truncó su carrera política en el régimen, Navarro desempeñó cargos relevantes en la Transición, aunque no llegó a ministro. En la noche del 15 al 16 de junio de 1977, como subsecretario del Ministerio de Gobernación, fue el encargado de aparecer en televisión para anunciar a los españoles la marcha del escrutinio de las primeras elecciones democráticas. Eduardo Navarro acabó siendo amigo íntimo, hombre de confianza y fiel subordinado de aquel muchacho delgado con una maleta marrón, tres años más joven que él, que en noviembre de 1958 apareció en el Colegio Mayor del que era rector. Escribió muchos de los textos, discursos y conferencias de los años setenta, ochenta y noventa que llevan la firma de quien fuera presidente del Gobierno durante la Transición. «Yo escribo con un pseudónimo que se llama Adolfo Suárez», le gustaba decir en la intimidad.[2]
Ortí Bordás quiso saber quién era el recién llegado y el rector le contestó que se trataba de un recomendado de Fernando Herrero Tejedor, delegado nacional de Provincias en la Secretaría General del Movimiento, tras haber sido durante algo más de un año gobernador civil de Ávila, donde conoció al tal Adolfo Suárez. Habían perdido el contacto en su breve etapa de gobernador civil de Logroño, pero, al poco de ser destinado a Madrid, Fernando Herrero lo incorporó a su equipo de colaboradores como secretario personal, un cargo modesto, hecho a medida de aquel joven sin oficio ni beneficio, al que nada retenía en Ávila tras la marcha de su protector. En la Secretaría General del Movimiento, en la calle Alcalá, 44, Adolfo prestaba pequeños servicios a su valedor. Recibía a las visitas, las llevaba a la sala de espera y, si la demora se alargaba en exceso, les daba conversación, con esa simpatía y ese don de gentes que le caracterizaban. Atendía las llamadas de teléfono y se ocupaba de la correspondencia. Él y su jefe sabían que aquello era una forma de ir tirando, mientras resolvía su futuro. Y su futuro pasaba por aprobar unas oposiciones. De momento, había que encontrarle alojamiento, porque Adolfo había llegado a Madrid con lo puesto y la esperanza, pronto desvanecida, de hacer carrera con su padre, procurador en los tribunales.
Tras tomarle bajo su protección, Fernando Herrero le buscó acomodo en el Colegio Mayor «Francisco Franco», donde su hermano José Luis tenía una habitación amplia y confortable en la tercera planta. Fernando habló con su hermano y este a su vez con el rector. Le puso en antecedentes y le preguntó si habría inconveniente en colocar otra cama en su habitación para que pudiera dormir allí el protegido de Fernando. «Es un chico estupendo —le dijo—, y el hombre no tiene dónde meterse».[3] Navarro accedió a ello, como no podía ser de otra forma, viniendo de un alto cargo del régimen, y porque el favor en realidad lo hacía José Luis Herrero al prestarse a compartir su habitación. No era extraño que jóvenes licenciados universitarios, como Adolfo, recalaran en el Colegio «Francisco Franco» para preparar oposiciones, especialmente si tenían cargos en el SEU o venían recomendados.
Él pertenecía a la segunda categoría. «Desde luego —recordaba muchos años después el rector del Colegio—, no estaba “ideologizado” al modo falangista».[4] Era un joven con buena planta, de una simpatía desbordante, seguro de sí mismo. Al menos en apariencia, porque, junto a su natural sociable y cordial, llamaba la atención a veces su aire reservado y su expresión melancólica, en la que podía adivinarse una vida más difícil de lo que transmitía a simple vista aquel muchacho encantador, con ganas de agradar a todo el mundo. Así ocurría también con el aspecto atildado, de «niño bien», que le atribuían quienes le conocieron entonces y que en realidad ocultaba una situación económica muy precaria. No solo compartía habitación con José Luis Herrero Tejedor, sino que de vez en cuando se veía en la necesidad de tomar prestada su ropa. Esto le valió una humillante escena, parece que delante de otros colegiales, cuando su compañero de habitación le pidió en cierta ocasión que le devolviera unos calcetines suyos que llevaba puestos. Aquel debió de ser un duro trance para un chico orgulloso procedente de una clase media de provincias venida a menos. Estaba aprendiendo, dirá Ortí Bordás, «la difícil asignatura de Madrid», que fue para él materia troncal de la lucha por la vida. Adolfo la tuvo que estudiar por libre, como hiciera ya con la carrera de Derecho que cursó en Salamanca sin moverse de Ávila, donde tenía a su familia y a sus amigos. Puede que de aquel duro aprendizaje le viniera su aversión a eso que, estando ya en la cima del poder, llamó «la cloaca madrileña».
Había nacido el 25 de septiembre de 1932 en Cebreros, villa abulense y cabeza de partido judicial situada en la sierra de Gredos, a poco menos de cincuenta kilómetros de Ávila y a casi cien de Madrid. Según el Diccionario enciclopédico abreviado Espasa-Calpe publicado en 1933, contaba entonces 4.268 habitantes. Al poco de casarse, sus padres, Hipólito Suárez Guerra y Herminia González Prados, se habían trasladado a la capital de la provincia, pero doña Herminia prefirió dar a luz en el pueblo en el que tenía sus raíces familiares. En una casa de dos pisos, propiedad de los González, que servía de vivienda y almacén, vino al mundo el primogénito de los Suárez, bautizado pocos días después con el nombre de Adolfo.
Aquel primer domingo del otoño de 1932 coleaban todavía las secuelas del fallido pronunciamiento del general Sanjurjo contra el Gobierno de la II República, presidido por Manuel Azaña. Una parte de la prensa conservadora, como el ABC, seguía suspendida por su presunta complicidad con los sublevados y las Cortes republicanas, aprovechando el rebufo del fracaso de la sanjurjada, acababan de aprobar dos de las leyes más importantes y problemáticas del régimen instaurado el 14 de abril de 1931: la Reforma Agraria y el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Los periódicos informaban de los preparativos de la llegada de don Manuel Azaña y parte de su Gobierno a Barcelona, donde haría solemne entrega del texto del Estatuto al presidente de la Generalitat, Francesc Macià. La visita se inició en Barcelona aquel domingo 25 de septiembre en que nació Adolfo Suárez y terminó dos días después en Lérida, de donde Azaña regresó a Madrid, también en tren, vía Reus. Fue un rotundo éxito político y marcó la apoteosis del prestigio personal del presidente, pronto empañada por los graves problemas, sobre todo de orden público, que padeció la II República, sin que sus gobernantes supieran muy bien cómo imponer su autoridad ante una situación que poco a poco se les iba de las manos.
El padre de Adolfo vería probablemente con inquietud el vertiginoso declive político de Manuel Azaña a partir de los sucesos de Casas Viejas de enero de 1933, que se saldaron con una veintena de muertos. Hipólito Suárez Guerra, más conocido como Polo, era un hombre de ideas republicanas, como lo había sido su padre. Se le atribuía una relación personal con su ilustre paisano Claudio Sánchez Albornoz, eminente historiador, embajador de la República y diputado del partido de Azaña, primero Acción Republicana y luego Izquierda Republicana. Ese era el ambiente político en el que se movía Hipólito Suárez. El grado de amistad que tuviera con don Claudio es difícil de saber, porque no se ve muy bien qué podía tener en común un buscavidas como Polo con el futuro autor de España, un enigma histórico, verdadero monumento de erudición sobre la España medieval publicado en 1957 durante el largo exilio en Buenos Aires. Sánchez Albornoz regresó temporalmente a España en abril de 1976, durante el primer Gobierno de la Monarquía, del que Adolfo Suárez formaba parte como ministro secretario general del Movimiento. No parece que Adolfo hiciera valer una antigua amistad entre el historiador y su padre, ni siquiera el vínculo del paisanaje, para compartir el éxito político de aquel fugaz viaje de don Claudio Sánchez Albornoz a España en los albores de la Transición. Polo, en cambio, no perdió la ocasión de fotografiarse en Ávila con su viejo amigo o conocido junto a otras tres personas.
Como ocurría en tantos otros matrimonios de la época, Hipólito era republicano y Herminia, aunque de familia del mismo signo, católica a carta cabal. Había otras diferencias importantes entre ellos. Él, natural de La Coruña, simpático, fantasioso, derrochador, experto jugador de cartas, probó fortuna en Cuba y en vista de que no la encontraba decidió volverse a Cebreros, donde su padre trabajaba de secretario del juzgado. Siguiendo su ejemplo, Hipólito vio en los tribunales un posible medio de vida y empezó a ejercer de procurador. Herminia, discreta y profundamente religiosa, pertenecía a una familia pudiente de la clase media provincial, con un próspero negocio de alcoholes y un respetable patrimonio en el pueblo. El matrimonio Suárez González reunía, pues, las distintas modalidades de eso que primero Machado y luego Dionisio Ridruejo llamaron «el macizo de la raza», una forma poética de describir un mundo muy prosaico, formado por una clase media tradicional que podía bascular entre el liberalismo y el catolicismo, entre el funcionariado y el negocio familiar, entre el apego a la vida provinciana y la atracción por la capital. Tanto le atraía a Hipólito Suárez la vida de la gran ciudad que un buen día dejó plantada a su familia y se fue a vivir a Madrid sin dar razón de su paradero.
Pero esto fue después de la Guerra Civil. Cebreros destacaba en los años treinta por ser un enclave republicano en una provincia marcadamente conservadora. Pudo verse de nuevo nada más producirse el golpe militar del 18 de julio de 1936. Mientras en Ávila triunfó sin apenas resistencia, en algunos pueblos del sur de la provincia las autoridades locales permanecieron al lado del Gobierno con el apoyo de una parte de la población. En vista de ello, el 21 de julio el gobernador civil impuesto por los sublevados destituyó a la corporación municipal de Cebreros, una decisión que no pudo llevarse a efecto de momento, porque al sentir mayoritariamente republicano del pueblo se había sumado una columna miliciana llegada de Madrid el 19 de julio. Tanto en Cebreros como en el vecino pueblo de El Tiemblo, hubo algunas refriegas entre milicianos y guardias civiles procedentes de la capital, que intentaron, sin éxito, someter la zona al poder instaurado por las nuevas autoridades. El 22 de julio, una segunda columna, mucho más numerosa, al mando del teniente coronel Mangada, reforzó las posiciones republicanas en la zona de Cebreros y la Paramera, en una línea transversal al sur de la provincia de Ávila, que a finales de aquel mes quedó consolidada como frente. No por mucho tiempo, porque a partir de septiembre el avance de Varela desde el norte y de Yagüe desde Extremadura provocó la caída, uno tras otro, de los pueblos de la comarca que habían quedado al otro lado de las líneas enemigas. La de Cebreros tuvo lugar el 11 de octubre con la entrada de una columna de requetés dirigida por el coronel Ricardo Rada. Una semana antes, las fuerzas milicianas que controlaban todavía el pueblo llevaron a cabo una saca de presos en la cárcel local que les costó la vida a ochenta personas encarceladas por su significación conservadora, entre ellas el presidente de Acción Católica.
A los Suárez, el levantamiento militar les sorprendió en el pueblo, donde estaban pasando las vacaciones, y ante el cariz de los acontecimientos decidieron volverse a la capital de la provincia. «Cuando los rojos tomaron Cebreros —recordará la madre de Adolfo al cabo de muchos años—, nos fuimos a Ávila».[5] Era una decisión arriesgada, como la que mucha gente debió tomar aquellos días sin tiempo que perder, intentando quedar en el lugar más favorable si las cosas se ponían feas. La razón de su marcha a la capital no fue otra probablemente que el tener allí su casa, en el número 1 de la calle Enrique Larreta, a dos manzanas del ayuntamiento. Cuando llegaron, la Guardia Civil, única fuerza armada de la ciudad, se había hecho ya con el control de la situación y como consecuencia de ello el poder pasó a manos de los sublevados, que iniciaron la persecución a las personas afectas al Frente Popular. No cabe pensar que entre los sueños de Polo se encontraran la revolución social y la redención de los parias de la tierra, pero su simpatía por la República resultaba demasiado notoria como para no causarle trastornos en un momento como aquel. Tuvo miedo, se escondió algún tiempo, fue descubierto o salió de su escondite, sufrió represalias y terminada la guerra acabó en la cárcel. Hipólito pensó que entre sus numerosas amistades tenía que haber alguien que diera la cara por él en aquel difícil trance. Y así fue, porque no tardó en conseguir un aval de la familia Martínez Anido, a la que había tratado en La Coruña.[6] El general Severiano Martínez Anido, paisano de Franco, aunque mucho mayor que él, había muerto durante la guerra, pero su solo nombre era una garantía de solvencia en un régimen que reconocía en los expeditivos métodos del antiguo gobernador civil de Barcelona un glorioso antecedente de la España del 18 de Julio. No tuvieron tanta suerte otros miembros de la familia. El padre de Herminia fue perseguido por su pasado republicano y su hermano Ricardo murió en una cárcel en plena posguerra.[7] De todas formas, según Adolfo, la suya fue una familia partida en dos, entre los simpatizantes de la llamada España nacional y los partidarios de la República vencida en 1939.[8]
Polo nunca renegó de sus ideas republicanas, que de una manera algo vaga e ingenua transmitió a su hijo mayor. De ahí vendrían seguramente los primeros testimonios de la vocación política de su primogénito, manifestada a una edad muy temprana: «Recuerdo que mi hijo desde pequeño me decía: “Papá, yo llegaré a ser jefe del Gobierno alguna vez”».[9] Otras veces, el cargo apetecido era ni más ni menos que el de presidente de la República, un destino sobre el que solía fanfarronear en su juventud y que, retirado ya de la política, reconoció, medio en serio medio en broma, como la ambición secreta de sus años mozos.[10] Es difícil que fijara su atención en objetivos políticos hasta tal punto inalcanzables cuando no existía la República ni tan siquiera el cargo de jefe del Gobierno, que no apareció en el organigrama del régimen de Franco hasta 1973. Se entiende mejor el cumplido que Adolfo dedicó al hijo de su protector, Fernando Herrero Tejedor, cuando vino al mundo en 1955: «¡Qué guapo es…! Tiene cara de ministro de la Presidencia».[11] No se le ocurría mayor piropo.
Jefe del Gobierno, presidente de la República, ministro de la Presidencia… La cuestión es que desde su más tierna infancia se sintió atraído por la política, o lo que él entendía por tal. Era una extraña vocación en un niño de la posguerra, en la que se mezclaban seguramente la fascinación un poco tenebrosa por lo mágico y lo prohibido —la República—, un noble afán justiciero por reparar los padecimientos de su familia y de tantos conocidos suyos y una ambición personal, primaria, pero intensa, que le llevaba a sentir la política como algo propio, en una época en que no existía más política que la del poder. Los cargos públicos eran la medida de todas las cosas, ya fuera su propio futuro o la cara de un recién nacido.
No lo tendría fácil, dados los antecedentes de su familia y las limitaciones de la educación que recibió. Estudió en el Colegio San Juan de la Cruz y en el Instituto de Enseñanza Media de Ávila, en ambos casos con un rendimiento más bien mediocre. Estudiar le aburría mortalmente y él se limitaba a cumplir el trámite de ir aprobando los cursos, a menudo en septiembre. Llegó a repetir un curso y a recuperarlo al año siguiente, en el que consiguió aprobar dos cursos a la vez. Todo era ponerse, porque condiciones no le faltaban. Sus padres empezaron a preocuparse por sus malas notas y le buscaron un profesor particular, don Celestino Minguella, que muchos años después le recordaría como «un niño normal, que suspendía asignaturas». Mostraba aptitudes muy valiosas —fuerza de voluntad e inteligencia, sobre todo—, pero mal aprovechadas, por su evidente falta de interés. Lo cierto es que don Celestino, pese a su empeño en enseñarle a estudiar, fue incapaz de convertirle en un buen estudiante.[12] Los libros nunca serían lo suyo. Era bravucón, como su padre, y profundamente piadoso, como su madre. Su profesor le reprochaba a veces que dedicara tanto tiempo a sus rezos y tan poco a sus estudios. Resultaba sorprendente, en todo caso, que un chico como él, pendenciero, aficionado al deporte, que lo mismo quería ser torero que presidente de la República, viviera su fe religiosa con una pasión tan honda y sincera, un punto mística incluso, que le llevó a las puertas del seminario. «Mamá, me voy a meter cura», le dijo un día a su madre.[13] Y le faltó poco para serlo, porque el rector del seminario de Ávila, don Baldomero Jiménez Duque, llegó a ejercer una fuerte influencia en la mente de aquel joven.
Tenía, pues, vocaciones contradictorias, difíciles de compaginar. Le atraían la vida contemplativa y la salvación de su alma, pero mostraba maneras también de hombre de acción. Jugaba muy bien al fútbol, conocía y practicaba los rudimentos del boxeo y hacía sus pinitos como actor en una compañía de teatro de aficionados. Llegó a estar a prueba en los juveniles del Deportivo de La Coruña, ciudad donde veraneaba con su familia. No paraba. De momento, la vida le iba marcando el camino sin que él tuviera mucho que decir. Concluido el bachillerato sin pena ni gloria, se matriculó como alumno libre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca. En los tres primeros cursos solo aprobó tres asignaturas en junio: Religión, Gimnasia y Política. En septiembre de 1954, superaba los últimos exámenes de la carrera, que terminó con la misma falta de interés y de aplicación con que la había empezado. Sabía, sin embargo, que su futuro dependía de tener en el bolsillo el título de licenciado en Derecho. Lo que hiciera después estaba por ver. Los veinte aprobados que aparecen en su expediente académico, con tan solo cinco notables y un sobresaliente, obtenido en Derecho Romano, son un saldo elocuente de los cinco años que duró su vida universitaria, cumplidos como un pesado e ineludible trámite, que apenas dejó huella ni en su formación ni en su personalidad. Cuando se examinó de Derecho Internacional, el catedrático de la asignatura, tras oírle perorar durante una hora, se lo dijo a las claras: «Usted es una persona muy inteligente, pero de Internacional no tiene ni idea».[14] En todo caso, él no se apeaba de sus grandes planes para el futuro, a tenor de la dedicatoria que le puso en un libro a un compañero de estudios, de nombre José Ferrer: «De tu futuro ministro de Justicia».
Pese a su reconocida ambición, siempre fue consciente de sus limitaciones, y más de una vez quiso poner remedio a su falta de preparación académica, como cuando, ya en los años sesenta, trasladó su expediente universitario a Madrid para iniciar el doctorado, que nunca completó, pese a que en su currículum oficial llegó a figurar el título de doctor. Otras veces, siendo ya presidente del Gobierno, se puso a estudiar francés; luego, economía. Nada que hacer. Aquello no iba con él, y la verdad es que nunca dejó de lamentar unas carencias que llamaban más la atención por contraste con la clase política con la que tuvo que codearse, formada por todo tipo de lumbreras. Su carrera universitaria le dejó tan solo algunos aforismos latinos y la relación, decisiva en muchos sentidos, que estableció con Mariano Gómez de Liaño, un magistrado de la Audiencia Provincial de Ávila que daba clases particulares a estudiantes de Derecho. Entre ellos estaba Adolfo Suárez, siempre necesitado de ayuda en los estudios y de alguien que velara por él y le orientara en la vida mejor que su padre. «Para mí fue un auténtico maestro», dirá muchos años después al rememorar su época de estudiante.[15] Buscando precisamente orientación, parece que ya entonces el futuro presidente se convirtió en asiduo lector de Camino, obra cumbre del padre Escrivá de Balaguer.[16] Su temprana afición a este libro no tendría nada de particular habida cuenta el interés que el obispo de la diócesis, don Santos Moro Briz, mostraba por la formación espiritual de aquel joven y la estrecha relación que monseñor Moro mantenía desde hacía años con el fundador del Opus Dei.
Aunque, de momento, su idea del seminario había quedado atrás, su fervor religioso le había llevado a ingresar en Acción Católica y a destacar tanto por su devoción, bien patente cuando participaba en procesiones y otros actos públicos, como por su espíritu emprendedor, que le llevó a fundar y presidir la asociación De Jóvenes a Jóvenes. Estas raras cualidades en un joven de poco más de veinte años llamaban hasta tal punto la atención, que el obispo decidió ponerle al frente del Consejo Diocesano de Jóvenes de Acción Católica. El hijo de Polo ya podía decir que era presidente de algo. Aquello le interesaba sin duda mucho más que los estudios, y de ahí su incansable dedicación a una tarea que se adecuaba perfectamente a su temperamento. En la vida cultural abulense de mediados de los cincuenta quedó un largo rastro de los cursillos, charlas y conferencias promovidos por la asociación presidida por Adolfo Suárez. En algunos casos, él mismo ejerció de conferenciante, como en el acto convocado a última hora de la mañana del 1 de julio de 1957 en el Teatro Principal de Ávila, en el que Adolfo tomó la palabra como primer orador. El numeroso público allí congregado pudo oír de sus labios una vibrante llamada en nombre de Acción Católica para demostrar «a Cristo que aún no se ha extinguido la raza bravía que en otros tiempos conquistó mundos para Dios». Fue probablemente su primer baño de multitudes. Según el periódico local, estuvo «viril, enérgico, vehemente», y el acto en su conjunto supuso «un hecho extraordinario, una descarga violenta que sacudió a la juventud abulense de su habitual letargo».
Aquella experiencia representó su iniciación en muchas cosas que luego dieron sentido a su vida. Cuando, cuarenta años después, evocó su trayectoria en una larga entrevista televisiva, se detuvo especialmente en su paso por Acción Católica y en la obra realizada por De Jóvenes a Jóvenes, una asociación que calificaba de «un poco crítica con el sistema que entonces imperaba».[17] Mientras tanto, tras cumplir el servicio militar en Melilla como alférez de complemento, había empezado a trabajar. No lo tenía fácil, pese a su título universitario, por su falta de vocación y de preparación para ejercer la abogacía. La salida natural hubieran sido unas oposiciones, pero eso requería unas aptitudes para el estudio de las que carecía por completo. Además, no tenía tiempo para prepararlas, porque en su casa las cosas andaban muy mal. Polo se había marchado a Madrid debido a un turbio asunto económico que le obligó a poner tierra por medio y el mayor de sus cinco hijos se las tenía que ingeniar para echar una mano, porque su padre los había dejado con lo puesto y el negocio bodeguero de los González iba de mal en peor. Adolfo recurrió a todo: trabajó de mozo de estación, se sacó cuarenta duros al mes dando clases particulares —¡él!—, actuó como extra en el rodaje de una película —Orgullo y pasión, de Stanley Kramer— y se hizo con una vacante en la sección de Beneficencia del Ayuntamiento. La familia, en particular su abuela y su tío Paco, y los amigos, sobre todo los Alcón, también ayudaron en lo que podían.
El primogénito de doña Herminia necesitaba completar sus ingresos con un trabajo que, a ser posible, tuviera algún futuro. La ocasión se presentó al poco de llegar a la ciudad un nuevo gobernador civil, Fernando Herrero Tejedor, miembro de la carrera fiscal, natural de Castellón de la Plana y supernumerario del Opus Dei. Estaba a punto de cumplir treinta y cinco años cuando en julio de 1955 fue nombrado gobernador de Ávila y jefe provincial del Movimiento. Corren varias versiones sobre la forma en que Adolfo entró en contacto con Herrero Tejedor y sobre la persona que hizo posible un encuentro que, a la postre, resultaría decisivo en su carrera política. Lo cierto es que la recomendación llegó en el momento oportuno, porque el gobernador se había quedado sin secretario y necesitaba para el puesto a alguien de toda confianza. Adolfo no tardó en ganarse el aprecio de Fernando Herrero y de su mujer, doña Joaquina, que le recordaría mucho tiempo después como «un chico fenomenal», «muy educado», que «siempre dijo que quería ser presidente».[18] Sigue extrañando que ya entonces Adolfo Suárez pensara en tan altas metas, cuando ni siquiera existía el cargo de presidente del Gobierno, que permaneció anexo a la Jefatura del Estado hasta la aprobación de la LOE en 1966 y que no fue cubierto hasta siete años después con el nombramiento del almirante Carrero Blanco.
Fernando Herrero no solo llenó en parte el vacío que había dejado su padre al abandonar a su familia, sino que le permitió asomarse al aparato de poder del régimen y descubrir un camino mucho más practicable para la realización de sus aspiraciones personales. Pero aquello duró poco, escasamente un año, porque en agosto de 1956 Herrero Tejedor fue enviado como gobernador civil a Logroño. Aunque le había cogido afecto a aquel chico tan educado y bien dispuesto, no se le pasó por la cabeza la posibilidad de llevárselo con él. Allí se quedó, pues, a punto de cumplir veinticuatro años, con su modesto empleo en la oficina de Beneficencia, sus charlas «De Jóvenes a Jóvenes», sus inclinaciones místicas, sus problemas familiares y su obstinación en llegar a ser algo grande. Si no presidente de la República o del Gobierno, «por lo menos ministro», como decía a veces, como haciendo una gran concesión a los imponderables de la vida. Lo del Gobierno Civil se acabó en cuanto llegó a la ciudad el nuevo titular, José Poveda Murcia, y en los meses siguientes sintió de nuevo la llamada del seminario, como si en su vida no hubiera lugar para un razonable término medio. Frustrada al parecer su ambición de una brillante carrera política, la posibilidad de realizar su vo
