Cuentos extraordinarios (edición conmemorativa)

Edgar Allan Poe

Fragmento

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La presente es una obra maestra en el sentido más literal de la expresión. Tras conseguir con ella un premio literario, situó a su autor en la senda de la fama imperecedera.

Los editores del Baltimore Saturday Visiter, Charles F. Cloud y William L. Pouder, habían anunciado el 15 de junio de 1833 un certamen literario que galardonaba al mejor relato y al mejor poema presentados con cincuenta y veinticinco dólares, respectivamente. El jurado otorgó por unanimidad el galardón de narrativa a Poe el 12 de octubre de ese mismo año, y la historia se publicó a la semana siguiente.

La publicidad obtenida por el autor gracias a este temprano éxito le permitió contactar y trabar amistad con John P. Kennedy. Este presentaría el joven talento a Thomas W. White, director del Southern Literary Messenger, con el cual Poe colaboraría y del cual se convertiría en redactor con tan solo veintiséis años.

El cuento combina y entrelaza varios temas. El primero de ellos es la idea, defendida a ultranza por el capitán John Cleves Symmes, de que la tierra es hueca, abierta por sendos polos y habitable en su interior. El segundo abraza la leyenda del Holandés errante, el buque condenado a vagar por los siete mares hasta el fin de los tiempos, sin descanso ni puerto que lo acoja. Poe habría utilizado para sus propósitos la lectura de «A Picture of the Sea», de William Gilmore Simms, publicado en la Southern Literary Gazette de diciembre de 1828.

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Qui n’a plus qu’un moment à vivre, n’a plus rien à disimuler.[1]

QUINAULT, Atys

Nada tengo que decir de mi patria ni de mi familia. A ambas me hicieron extraño malos procedimientos y la acumulación de los años. Tuve el beneficio de una educación poco corriente, gracias a mi patrimonio, y la inclinación contemplativa de mi espíritu me hizo apto para clasificar, según un método, todo ese instructivo material reunido y amasado por un estudio precoz. Las obras de los filósofos alemanes me proporcionaron, sobre todo, infinitos goces, no por admiración a su locura elocuente, sino por el deleite que, gracias a mis costumbres de análisis rigurosos, experimentaba sorprendiendo sus equivocaciones. Muchas veces se me ha reprochado el genio agrio y la carencia de imaginación. Me hizo célebre el pirronismo de mis opiniones.

En realidad, me temo que una gran inclinación por la filosofía física haya llenado mi espíritu de uno de los defectos más frecuentes de este siglo, o sea la costumbre de relacionar con los principios de esta ciencia las circunstancias menos susceptibles de semejante relación. Por tanto, nadie menos expuesto que yo a dejarse arrastrar fuera de la jurisdicción severísima de la verdad por los ignes fatui de la superstición. Ante el temor de que la increíble narración que voy a efectuar se considere como el frenesí de una imaginación cruda, y no como la experiencia positiva de un espíritu para el que no existieron nunca imaginativas ensoñaciones, considero oportuno este preámbulo.

Transcurridos muchos años desaprovechados en un largo y lejano viaje, me embarqué en 18..., en Batavia, en la rica y populosa isla de Java, para pasear por el archipiélago de la Sonda. Me embarqué como simple pasajero, ya que no me impulsaba otro móvil distinto de mi nerviosa inestabilidad, siempre tentadora como un mal espíritu.

Aproximadamente, nuestro barco desplazaba las cuatrocientas toneladas. Había sido construido en Bombay y llevaba un cargamento de algodón, lana y aceite de las Laquedivas. También llevábamos algún otro cargamento distinto de este: azúcar de palma, cocos y unas cajas de opio. El navío había sido groseramente estibado, y, en consecuencia, navegaba mal lastrado.

Durante algunos días navegamos a lo largo de la costa oriental de Java, sin más incidentes que el encuentro de algunos islotes, para engañar la monotonía de nuestra ruta.

Una tarde, apoyado en la borda de la toldilla, observé una nube singularísima aislada hacia el noroeste. Se distinguía tanto por su color como por ser la primera que tuvimos ocasión de ver desde nuestra partida de Batavia. Hasta la puesta del sol la examiné atentamente. Entonces se extendió de este a oeste, dibujando en el horizonte una línea precisa de vapor que asemejaba a una especie de costa muy baja. El aspecto rojo oscuro de la luna y el extraño carácter del mar no tardaron en distraer mi atención. El mar había experimentado un cambio rápido, pareciendo el agua más transparente que de costumbre. Se distinguía el fondo con toda claridad, y, sin embargo, al arrojar la sonda, comprobamos que nos hallábamos a una altura de quince brazas. El aire se hizo intolerablemente cálido y se cargó de exhalaciones espirales parecidas a las que despide un hierro al rojo.

Cedió toda la brisa con la noche y nos envolvió una calma absoluta. Sin el menor movimiento sensible, ardía hacia atrás la llama de una vela, y un cabello sostenido entre el pulgar y el índice caía recto, sin efectuar oscilación alguna. No obstante, como dijera el capitán que no advertía síntoma alguno peligroso, y como derivábamos hacia tierra, nos tranquilizamos. Se cargaron las velas y anclamos. No se puso vigía de cuarto, y la tripulación, compuesta en su mayoría de malayos, se acostó sobre el puente. No del todo tranquilo, descendí a mi camarote. Tenía el presentimiento de que iba a ocurrir una desgracia. Todos aquellos síntomas hacían temer un simún. Pero cuando se lo dije al capitán, se encogió de hombros y me volvió la espalda sin contestarme. Comoquiera que no pudiese conciliar el sueño, subí a medianoche a cubierta.

Al pisar el último escalón me aterró un rumor profundo, semejante al que produce la rápida evolución de una rueda de molino, y antes de que pudiera averiguar su causa, observé que el navío temblaba, sacudido con violencia. Un golpe de mar lo tumbó de costado, y la ola, al pasar sobre nosotros, barrió la cubierta. El mismo ímpetu del viento contribuyó a salvar el buque, aun cuando se hundió casi completamente en el agua. Comoquiera que quedasen libres sus mástiles, se levantó lentamente, vaciló un momento bajo la violenta presión de la tempestad y, por último, se quedó como había estado.

Me libré de la muerte de milagro. Aturdido por el fuerte choque del agua, al volver en mí me encontré entre el timón y el codaste. Penosamente conseguí ponerme en pie, y, al mirar a mi alrededor, supuse que nos hallábamos en una rompiente, en cuyo abismo nos encontrábamos metidos, puesto que el torbellino del mar aquel era espantoso. Oí unos momentos más tarde la voz de un viejo sueco que había embarcado unos minutos antes que el barco abandonara el puerto. A gritos le llamé y, tambaleándose, acudió a mí. No tardamos en descubrir que éramos los únicos supervivientes del siniestro. Todo lo que se hallaba sobre cubierta, a excepción de nosotros dos, había sido arrojado al mar por la borda. El capitán y los marineros perecieron durante su sueño, porque el agua inundó sus cabinas.

Nada podíamos hacer nosotros solos para salvar a la nave, ni tampoco nos dejaba

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