La historia de Romana y Uliana (Amadoca 1)

Sofía Andrujóvich

Fragmento

se es su marido, su hombre

Ése es su marido, su hombre. Ésas son las marcas oscuras que los dedos de él le han dejado en el antebrazo. Ésos, los hematomas en sus nalgas y caderas. Ésas son sus propias rodillas, con raspaduras y abrasiones recientes. Ése es el dolor en su columna vertebral, después de que él le apretara la espalda y la aplastara boca abajo contra la alfombra raída, buscando inmovilizarla. Ahora, un hombro levemente dislocado limita sus movimientos y le da a su placer un matiz particular.

Las manos de ese hombre sujetan sus brazos y piernas firmemente y la colocan en posiciones más cómodas. La intensa presión sobre su cuerpo da paso a cuidadosas caricias; los lugares donde antes la ha golpeado se cubren de besos.

Ese marido suyo hace cosas tan extraordinarias con su cuerpo que, cuando ella suelta una exhalación, de su garganta brota un gemido extraño. Todo ha cambiado: su voz, sus sensaciones, incluso los colores de la habitación y el balanceo de las ramas del abeto tras la ventana. Asombrada, contempla el mundo a su alrededor, aferra con dedos ávidos la espalda de su hombre y va palpando los huecos de sus cicatrices.

—No cierres los ojos —le dice él con severidad—. No apartes la vista: mírame.

La camiseta vieja y desbocada deja a la vista su cuello fuerte.

Ella camina detrás de él, pisa las huellas que él va dejando, se hunde en la arena blanca que se le cuela en los zapatos, bajo las plantas de los pies. Los pies le arden, tiene los músculos agarrotados, el cansancio y la pesadez se adueñan de su cuerpo.

Él se vuelve sin aminorar el paso e intenta decirle algo mientras señala con el brazo extendido la orilla opuesta del lago. Pero ella no consigue entender hacia dónde apunta: sólo distingue borrosos jirones de nubes, los diminutos pliegues que el viento produce en la superficie del agua, el roce de las cañas contra la estructura oxidada de una vieja depuradora de agua, el intenso olor a cieno y a huevos de rana, el vuelo circular de un pájaro. Pero le interesa más la piel de su hombre, arrugada y áspera en los codos; sus músculos trabajados y tensos; los vellos de su mano, alineados hacia el dedo gordo. Recuerda esa parte del cuerpo de él apretada contra su rostro, presionada con fuerza contra su boca, su nariz, sus dientes, su lengua.

Cruzan el pantano avanzando sobre fragmentos de ladrillo y trozos de madera. En un descuido, ella resbala, pisa la negrura fangosa del agua y lo salpica, dejándole unas manchas negras en la pantorrilla. Pero él sólo tiene ojos para el paisaje: lo atrae el carpedal de la otra orilla del lago y los senderos para bicicletas; le interesa el camino que conduce a Nová Greblia. Ella le cuenta que a menudo recorrían ese camino en bici, bordeando campos de girasoles, plantaciones de patatas y remolachas bajo un sol abrasador, pero él no recuerda nada.

Le dice que les gustaba ir más allá de Poróskoten, por una zona forestal con senderos estupendos. Y que, de este lado, más cerca de casa, estaba esa parte antigua del bosque, con pinos altísimos y matorrales de avellano, donde se pasaban largos ratos tendidos sobre una manta, a merced de los mosquitos, entre hormigueros y mullidas bolas de musgo semejantes a cabezas seccionadas, y que el verano anterior talaron justo esa zona. Él, sin embargo, no es capaz de acordarse de nada.

Se acercan al borde del lago. En ese punto, las cañas se separan formando una pequeña playa. La hierba da paso a la arena, la arena se disuelve en el agua. Al principio hay poco fondo y aquello está lleno de alevines traslúcidos, fáciles de confundir con el centelleo de la luz solar: pequeños rayos de sol refractados.

Ella se sienta a la orilla y se pone sobre el regazo la toalla doblada con esmero. Él se quita la camiseta de un tirón, se libra de los pantalones y, tras meterse en el agua hasta los tobillos, se queda inmóvil por un instante.

Ella lo observa dar brazadas al mismo ritmo con que, por la mañana, sus cuerpos han hecho vibrar el armario, crujir las tablas bajo la alfombra raída y balancearse las estanterías, que podrían haberlos aplastado, pero no lo han hecho.

El chapoteo del agua contra la empalizada de cañas le recuerda el choque de la piel contra la piel, de las caderas tensas contra las nalgas. Cuando él desaparece detrás de la línea de cañas, ella se tumba de espaldas y percibe, a través de la ropa y del cabello, la humedad densa y compacta de la arena. Lo oye nadar hacia la orilla, siente sus pisadas retumbar en el fondo y se imagina el vello húmedo adherido a su piel.

Él le quita la toalla del regazo. Se seca bufando y la salpica en la frente, las mejillas y el cuello; luego se echa a su lado. Durante un rato se quedan los dos en silencio, con los ojos cerrados. Después, ella vuelve la cabeza y lo mira de cerca: las briznas de hierba y los granos de arena adheridos a la piel, un par de agujas rojizas de pino atrapadas bajo la oreja mutilada. Su cuerpo grande y su rostro están desfigurados, atravesados por costurones de tonos diversos: rosáceos, rojos, pardos, morados. Parece una ternera descuartizada cuyas partes se hubieran vuelto a unir milagrosamente. Su rostro tiene poco de humano: los rasgos aparecen desordenados y dispares; las fosas nasales están vueltas del revés, la quijada y los huesos del cráneo sobresalen bajo la piel de forma antinatural; manchas oscuras y hundidas cubren sus mejillas y su frente.

Al contemplarlo, se estremece: ése es su marido, su hombre, su monstruo particular.

1

El hombre

Al principio estaba seguro de que el único habitante de ese acuario de cien litros era un neón minúsculo y anodino, un cuerpecito plateado con una raya negra de la cabeza a la cola que revoloteaba ligerísimo entre los delgados tallos de la Crassula helmsii, describiendo círculos o nadando en zigzag, dando vueltas y vueltas alrededor de las raíces negras y enredadas, explorando las grietas y cavernas de las conchas, tan infatigable y tenaz como si estuviera buscando a alguien.

El acuario estaba mal mantenido. El agua tenía un tono verdoso. La Crassula helmsii había crecido sin control y ocupaba casi la mitad del espacio. De la gravilla y las conchas del fondo se alzaban unas guedejas negras y sedosas que ondeaban apenas, agitadas por el flujo del dióxido de carbono. Por encima del borde del agua, el cristal se había recubierto de una costra blanquecina. El agua parecía espesa y el neón se movía en ella con lentitud, como si tuviera que vencer una considerable resistencia.

La sala era uno de esos espacios pensados para que la gente pueda estar ahí tranquilamente, observando, meditando o simplemente recogida y en silencio durante un rato. Se hallaba al final de un largo pasillo, en la séptima planta de un ala aislada y semidesierta del hospital, quizá aún sin reabrir tras la reforma, o desalojada en su día con vistas a unas obras que nunca llegaron a completarse.

El hombre subía hasta allí desde la tercera planta, donde se ubicaba la Unidad de Cirugía de la Columna, en un ascensor que avanzaba tan despacio que parecía seguir siempre al mismo nivel y sólo crujía y temblaba ligeramente por la tensión de los cables. Arriba, unos ventanales grandes, salpicados de cal, daban a un parque abandonado con viejos frutales, bancos, papeleras y bordillos encalados. Más allá se veían oxidados tejados de garajes, almacenes industriales y muros de hormigón bajo los cuales vagaban pesadamente unos cuantos perros medio cojos y con lesiones leves en la columna: justo el tipo de lesiones que se trataban, en el caso de los humanos, en la unidad en la que estaba ingresado.

La primera vez que emprendió ese viaje agotador fue después de que la enfermera supervisora (cuyo cuerpo parecía es­tar lleno de un caldo caliente que oscilaba y burbujeaba bajo su piel) le hablara del acuario. Antes de eso, sólo se había atrevido con distancias cortas: se había aventurado hasta los baños de su planta (hacia la izquierda, pasadas tres habitaciones), hasta las salas de fisioterapia o radiodiagnóstico, o hasta el salón de recreo en que los pacientes veían fútbol o dibujos animados de pingüinos en la tele.

Pero la enfermera supervisora le había asegurado que, gracias a los implantes, podía ampliar su radio de acción: que podía ir a ver a los peces exóticos allá arriba. Le dolería, por supuesto, y mucho, pero ya era hora de empezar la rehabilitación, trabajar la rigidez y colaborar con el personal sanitario que tanto había hecho por él. Ellos no eran omnipotentes, no eran dioses olímpicos ni nada parecido, y esperaban de él más disposición, mayor compromiso y más conciencia. El acuario con peces exóticos estaba en la séptima planta del ala más alejada y la excursión sin duda le haría bien.

Así que allá se fue. En el primer intento, sin embargo, se rindió tras superar apenas un tercio del recorrido. Un sol alto brillaba implacable tras los ventanales e inundaba el pasillo con una luz inhóspita. Se sintió tan mal que tuvo que sentarse en un radiador y descansar allí casi media hora, sudando a chorros. Estaba convencido de que todas las suturas se le habían abierto, de que las vértebras y los huesos en general habían cedido al esfuerzo. Incluso creyó notar un hilillo de sangre que corría desde su vientre hasta la entrepierna. Pero no era más que sudor.

Lo intentó de nuevo pasadas dos semanas, en un día lluvioso y mustio. No fue ni una pizca más fácil, pero se detenía a descansar cada cierto tiempo y luego reemprendía la marcha.

Finalmente llegó a la sala del acuario. El suelo de hormigón estaba cubierto por una alfombra larga y estrecha, bastante desgastada, con motivos geométricos en los bordes. Había una mesa de centro de madera barnizada y, alrededor, unos sillones tapizados de felpa marrón. En las esquinas se alzaban palmeras de plástico, y unas enredaderas artificiales disimulaban los tubos de la calefacción. La bomba de aire del acuario zumbaba suavemente, lo que no hacía sino acentuar el silencio.

Los «peces exóticos» resultaron ser un único neón, completamente solo, en cien litros de agua densa y viciada. Al percibir un movimiento inexplicable y un juego de sombras en las paredes de vidrio del acuario, empezó a dar vueltas entre los tallos de Crassula como una brújula que de pronto hubiera enloquecido.

El hombre se sentó en el sillón más cercano y esperó a que el pez se tranquilizara. Y, en efecto, poco después éste reanudó sus acompasadas rondas por el perímetro de su universo: para él, el movimiento inexplicable y el juego de sombras habían dejado de existir; no existían ya ni siquiera como recuerdo: él vi­­vía en el puro presente.

Se quedó ahí, quieto, durante varias horas, apenas moviendo los ojos para observarlo ir y venir, mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración, y los finos vellos de su nariz rota se estremecían al entrar y salir el aire. De vez en cuando, sus músculos y ligamentos se tensaban por un dolor súbito, o sus órganos internos se contraían en un espasmo.

Entre hilos verdes y viscosos, veía el reflejo borroso de la sala: las palmeras de plástico; las estanterías inútiles, adornadas con girasoles de papel; el calendario del año de la pera en la pared, abierto por enero; el pasillo que se perdía en el infinito; el pelo incipiente que asomaba bajo el vendaje que cubría su cráneo hinchado y deformado; las extrañas prominencias donde antes había tenido los pómulos; las manchas y hendiduras oscuras de la frente y las mejillas; las cicatrices rugosas; el perfil oscuro y quebrado de su nariz contrahecha.

Le tomó un tiempo distinguir entre las hebras enredadas de una raíz un pez gato punteado medio enterrado en la gravilla. No se movía, pero era evidente que no estaba muerto. Seguro que, tiempo atrás, el acuario había albergado muchos neones, pero no es sensato meter un pez gato entre peces de esa especie.

Desde ese día, cada vez que emprendía su peregrinaje a la séptima planta, se preguntaba si aún encontraría con vida al último neón del acuario. Y durante las largas horas que pasaba en la cama o junto a la ventana de la habitación, oyendo de fondo el parloteo de sus vecinos sedados, se imaginaba al diminuto pez plateado dando vueltas y revueltas con el presentimiento de que la muerte, invisible, lo seguía con la mirada.

Sin embargo, acudió a contemplar el acuario una segunda vez, una tercera, una cuarta... y los dos peces seguían allí. Alguien debía de echarles pienso. El neón trazaba figuras casi imperceptibles en el agua verdosa, mientras que el pez gato prefería esconderse, pegando su cuerpo plano al costado de una caracola o fingiendo ser parte de una raíz, con las aletas disimuladas entre las hebras negras y enmarañadas.

En una ocasión, después de horas escudriñando el cristal, no pudo evitar dar una cabezada. El pez gato atacó de pronto, lanzándose contra el neón con estudiada precisión mientras éste escapaba hacia el fondo y se ocultaba entre una mata de algas.

Él se puso en pie de un salto, se desembarazó de las muletas como pudo, se acercó al acuario, metió la mano en el agua viscosa y atravesó la sedosa maraña de algas para sacar al pececillo plateado y negro, que quedó sobre su palma abierta, ligero como una pluma. El pez gato punteado descendió hasta el fondo como si fuese una piedra y se quedó quieto, sin mover ni siquiera sus barbillones.

En el suelo, bajo la mesa, había un vaso acanalado de plástico blanco. Lo llenó de agua y puso allí al pez.

Cuando necesitas muletas para caminar, es casi imposible llevar un vaso en la mano sin derramar el agua. A cada paso, la parte baja de la espalda le dolía más, sentía los hombros y las nalgas entumecidos, la cabeza a punto de reventarle. Una vez más, tenía la sensación de que algo se le había roto por dentro. Entretanto, el neón —ese pececillo diminuto y ágil— se agitaba como un loco en el interior del pequeño recipiente.

Delante de la uci, en unas sillas arrimadas a la pared, vio a una mujer que tenía en el regazo a un chiquillo con cara de haber llorado. Ya no le salían lágrimas, pero aún tenía la cara humedecida y su garganta se estremecía en un espasmo nervioso.

Él le tendió el vaso.

—Es un pez neón —le dijo—. Necesita amigos: otros neones, guppys, xiphos, peces pequeños e inofensivos. No lo pongas en el mismo acuario con peces que puedan comérselo.

Le gustaba que esa mujer de cara redonda y mejillas cubiertas de vello traslúcido lo despertara rozando sus voluminosas tetas contra su mejilla mientras se estiraba para agarrar una ampolla en la mesilla de noche. Le agradaba sentir el tacto de sus manos suaves y el pinchazo de la aguja en la nalga o en una vena; el ardor del desinfectante en las heridas y el picor bajo las vendas; incluso la tensión en la piel y el desgarro cuando aquella mujer-melocotón le arrancaba las vendas tiesas y resecas que se le habían adherido a la piel.

Cuando, con la llegada del buen tiempo, el sol empezó a calentar el aire por la mañana, esa adorable mujer con bata de color lila abría la ventana y el vello de sus antebrazos pecosos se empapaba de claror, como cuando, al sumergir una parte del cuerpo en el agua, todos los pelillos quedan perlados con diminutas burbujas de oxígeno.

Le gustaba emerger con calma de las profundidades del sueño con el ruido del pasillo: el murmullo de voces femeninas, el tintinear de los tubos con muestras de sangre, el chirriar de las ruedas del carrito de medicamentos. Le agradaba saber que podía seguir dormitando otro rato más después de la recogida de la primera orina del día y la sangre para la analítica, de la toma de la temperatura y la tensión.

Y también le gustaba despertarse de noche y oír voces de alarma, ajetreo y carreras por los pasillos: se llevaban a alguien con urgencia a algún lugar, quizá demasiado tarde; ocurría algo inexorable y terminal, pero más allá, detrás de la pared, tras la puerta cerrada. Él podía volver a sumirse en sueños sabiendo que nada de eso le incumbía.

Tras la ventana se mecían unas ramas pegajosas y brillantes, barnizadas de savia primaveral. De su negra corteza se desprendía un olor acre apenas perceptible.

Cada mañana, una auxiliar fregaba el suelo de la habitación, y él observaba con atención, casi con ansia, aquel ritual: cómo hundía la fregona en el cubo rectangular y, tras exprimirla con cuidado, la dejaba caer sobre el suelo en un rincón del cuarto y empezaba a trazar líneas regulares dando brillo a la superficie mate y engalanándola por unos instantes. El animoso y húmedo rechinar de la fregona contra el linóleo oscuro, las pasadas generosas que cubrían cada vez más espacio, las distintas capas que se superponían a veces, dejando franjas secas que le generaban inquietud, la angustiosa sensación de lo inacabado y luego, la humedad que se evaporaba, la superficie que palidecía y se decoloraba hasta que no quedaba ni rastro de esa reciente transformación.

Cuando por fin pudo ponerse de pie y desplazarse por la habitación ayudándose de las muletas, fueron las tareas del jardinero las que le llamaron la atención: observaba a aquel hombre blanquear pausadamente los troncos de los árboles, que iban cambiando de tono poco a poco con los rítmicos movimientos de la brocha gorda; lo veía barrer la basura, las hojas muertas y las ramas acumuladas durante el invierno y liberadas de la capa de nieve por el calor primaveral, apilarlas en distintos montones y luego cargarlas en una carretilla. No se paraba a pensar si el jardinero le caía bien, ni si le caían bien las enfermeras y auxiliares: no pensaba en ello en absoluto. Era tan sólo que sus ges­tos, sus quehaceres, la regularidad de sus rutinas, las arrugas de sus caras le infundían tranquilidad.

Conocía la silueta del jardinero, sabía que se encorvaba, que hundía la cabeza entre los hombros, que sus grandes orejas asomaban entre unas greñas grises e hirsutas. A veces podía distinguir con claridad los poros negros y profundos de su nariz carnosa, los capilares rojos de las aletas, pero acto seguido su vista se emborronaba, como el cristal empañado de vapor en un cuarto de baño, y un dolor punzante le atravesaba las sienes (una punzada, otra más, un espasmo, el retumbar de los vasos sanguíneos, la sensación de opresión en el cráneo) y luego tardaba mucho en poder ver algo con claridad, incluso a poca distancia. Tenía que tumbarse en la cama para no caerse, tenía que quedarse inmóvil.

Se sentía todo el tiempo adormilado, como si no hubiese descansado bien, aunque tenía la clara sensación de que acababa de despertarse, de emerger a la superficie desde el fondo del barro más denso, un lugar al que no llegaba el menor rayo de luz, donde los sonidos quedaban completamente anulados bajo la pesada manta de la nada.

Y ese sueño sin nombre había durado mucho tiempo: varios meses, quizá varias estaciones. Hasta que, gradualmente, el olor a savia de las ramas jóvenes, y el viento húmedo, y los tenues y pálidos rayos de sol, y el chirriar de las ruedas de la carretilla sobrecargada del jardinero habían empezado a penetrar en la oscuridad, a vibrar, a hacer olas, a empujarlo, a mecerlo y elevarlo, a llevarlo a la superficie, donde el agua turbia no era tan turbia, y la membrana que lo separaba del mundo se había hecho más delgada.

Aunque no había desaparecido del todo: seguía dándole protección. Los dolores, el trasiego, el contacto de manos enguantadas con látex, el frío y afilado instrumental médico, la linterna apuntada a los ojos, auscultaciones, las sondas, los ultrasonidos y electrocardiogramas: todo eso lo afectaba mucho, se le hacía insoportable. Las caras inclinadas sobre él, los ojos atentos, las voces que se le clavaban tan dolorosamente como los dedos y los bisturís... Entonces, él volvía a hundirse, se refugiaba en la oscuridad.

Con el tiempo, sin embargo, algunos de los procedimientos empezaron a tranquilizarlo, de modo que no sólo dejó de huir de ellos y de desconectarse, sino que comenzó a anticipar lo que sucedería y a atender a sus sensaciones. Porque resultaba que las sensaciones existían. Permanecía atento a las respuestas más elementales de su cuerpo, a aquello que podía ser su cuerpo, aunque no lo relacionaba con la palabra «cuerpo», porque las palabras tardaron mucho en abrirse paso hasta él. Las oía, pero carecían de significado. Le provocaban la misma reacción nula que el chirriar del marco de la ventana.

Aunque, en realidad, sí reaccionaba a ese chirriar: aquel ruido era áspero, respondía a las corrientes del aire, y él se fijaba en esos sonidos, los escuchaba con atención, igual que su propio pulso o los latidos de su corazón. Las palabras, en cambio, le resultaban ajenas: no significaban nada ni tenían relación alguna con las respuestas de su cuerpo, ni con la fregona, ni con las orejas y la nariz del jardinero.

Lo giraban en la cama, deshacían los vendajes, lo toqueteaban, lo embadurnaban con pomadas y mejunjes. La enfermera rolliza se empeñaba en pintarle arabescos sobre la piel con una solución rojiza, para lo cual empapaba un algodón en el contenido de un frasco de cristal oscuro. Un cirujano con grandes ojeras le sacó de la piel unos puntos de sutura que se habían convertido en alambres negros. Su instrumental producía pequeños tintineos. Otros puntos se degradaban solos y su cuerpo los absorbía.

Poco a poco, empezó a relacionar las palabras con hechos y objetos, aunque aquello le parecía tan poco natural como coser las palabras a la realidad con hilo de sutura, porque no veía relación entre unas y otros. Si se avenía a hacerlo era tan sólo porque las auxiliares, enfermeras y médicos se lo exigían y, a cambio, le hacían cosas que le agradaban y le devolvían a su cuerpo la condición de cuerpo.

Y él se ponía en sus manos como quien confía a otro un objeto querido: con la lacónica gratitud de la que era capaz, y observaba desde cierta distancia cómo lo trataban.

De tanto en tanto, la enfermera de carnes generosas lo acompañaba por los pasillos hasta la consulta de la psiquiatra Slónova. Era una caminata larga y agotadora. Lo extenuaba con su sinsentido, duraba años... Daba un paso con el pie derecho y este paso se alargaba una eternidad y precisaba un esfuerzo ímprobo; requería tensar todos y cada uno de los músculos, los tendones del cuello, incluso la mandíbula. Un solo paso lo agotaba hasta tal punto que, muchas veces, recurría a su mejor estrategia de evasión: perdía el conocimiento. Aun así, por motivos irracionales, y por tanto inexplicables, en las siguientes ocasiones se dominaba y aguantaba aquellos años, aquellos siglos y aquellas eras geológicas anteriores a toda civilización, llenos de soledad y carentes de sentido. Y ello a pesar de que sabía que la meta de todo aquel absurdo sufrimiento sería un encuentro largo y vacuo con una cincuentona que se vestía de tal manera que nadie pudiera ignorar sus encantos femeninos. En ocasiones, lo que captaba su atención era la boca roja de bordes perfectamente delineados, que cambiaba de forma de manera animada y rítmica, dejando al descubierto unos dientes totalmente uniformes y una lengua impecable. Otras veces era el pelo, corto y recto, teñido de rubio, y la nuca afeitada en la que crecían unos suaves pelillos semejantes al pelaje de un gato. Otras, las arrugas en la frente, alrededor de los ojos y la­bios, la piel ligeramente marchita. O el fino tirante que asomaba por debajo de su blusa y parecía conducir a alguna parte, hacia algo disimulado bajo la tela. O la discrepancia entre la expresión relajada y afable del rostro, la voz queda, el tono pausado y el violento temblor del pie y el zapato de tacón alto, un vaivén involuntario disimulado tras la mesa oscura y barnizada cubierta de montones de cartas, formularios y certificados.

Durante mucho tiempo, esos encuentros hubieran podido describirse como paisaje lunar. No era que no se esforzase; al contrario: era que esos esfuerzos lo debilitaban aún más porque no estaba claro hacia dónde debía dirigirlos. La psiquiatra Slónova pronunciaba palabras, muchas palabras, que se aglutinaban hasta convertirse en ruido blanco, en una tormenta de arena, en un fenómeno natural ante el cual se sentía impotente e indefenso, y cuya finalidad no comprendía. Simplemente sabía que tenía que participar en esos encuentros, que eran inevitables, y tan sólo la certeza de que podría desmayarse en cualquier momento lo ayudaba a soportarlos.

Slónova se sentaba a su lado y le mostraba fotos que él miraba por pura cortesía. A veces se fijaba en el verde de las agujas de un abeto, o en un balón capturado en pleno vuelo al que se le había desprendido un trozo de cuero. El olor de aquella mujer lo tranquilizaba: era tan sutil como una nota aguda o el tintineo de las copas de cristal.

Pero cuando ella pronunciaba palabras con insistencia, remarcándolas, repitiéndolas o procurando articularlas claramente, él se confundía: no sabía lo que se esperaba de él.

—¿No? —preguntaba ella.

—«¿No?» —repetía él, confiando en que eso era lo que ella quería.

—¿No le recuerda nada? —insistía ella, paciente, procurando frenar la pierna que tenía montada sobre la otra.

—«¿No?» —volvía a repetir él. Slónova asentía con la cabeza y él imitaba ese gesto de forma amable. Se encogía de hombros y él hacía lo propio. Sonreía con tristeza y decepción, y él torcía la boca lo mejor que podía en su estela, a pesar del dolor que estallaba en su cabeza y del crujido que se producía en algún lugar entre sus oídos.

Más tarde, aprendió que «mano» era una mano; «pie», un pie. Cosió con hilos de sutura imaginarios las palabras «dolor», «herida», «muleta», «enfermera», «trigo sarraceno», «baño», «cansancio» con los objetos y conceptos que, por lo visto, estaban relacionados con ellas. Observaba con atención y, gradualmente, el mundo de las relaciones humanas iba abriéndose ante él. Ya podía mantener un diálogo. Podía decir dónde le dolía. Podía avisar que tenía hambre. A la pregunta de la psiquiatra: «Mire, una grúa roja. ¿No le recuerda nada?», contestaba: «La grúa me recuerda una grúa», y sonreía.

No era que pronunciar palabras le supusiera un placer; sólo eran un medio de interacción que necesitaba para mantenerse a flote.

Por lo que respecta a sus compañeros de habitación, prefería no relacionarse con ellos. Eran tres. Uno había perdido el ojo derecho y, como por descuido, se peinaba la melena rizada sobre la mitad del rostro cubierta por un vendaje blanco. Ya podía doblar bastante las piernas, y caminaba sin muletas, aunque seguía quejándose de dolores en la zona del cuello. Era el más disciplinado con sus ejercicios: los repetía casi cada hora al lado de su cama.

Los otros dos lo observaban con sentimientos encontrados. El frágil contrabajista (cuyo padre, director de orquesta, le había llevado su instrumento en la primera visita y se lo había dejado en su estuche debajo de la cama) había sufrido una do­ble amputación de las piernas hasta las rodillas y seguía con la mirada fija la lenta sucesión de movimientos del otro. Si la pierna del joven tuerto describía círculos en el aire una vez, dos veces, diez veces, mientras procuraba estirar sus tendones rígidos, el rostro alargado y ceniciento del contrabajista reflejaba ese esfuerzo: en su mente, ejecutaba cada movimiento, sentía la tensión, el agotamiento, la rigidez de sus extremidades atrofiadas. Gotas de sudor perlaban sus sienes, lágrimas asomaban a sus ojos. Pero no se daba cuenta de que, en su caso, esas lágrimas manaban de los dos ojos; sólo percibía la tensión de sus piernas ausentes, el ardor y temblor de sus músculos. En una ocasión, incluso tuvo calambres en la inexistente pantorrilla izquierda y se desgañitó hasta que una enfermera furiosa e indignada por su numerito le inyectó magnesio y vitamina b6. Seguramente, no fue el efecto de la inyección lo que lo calmó, sino el brusco contacto de la jeringa con su trasero huesudo y tenso. Después de eso se recobró enseguida, o más bien cayó rendido y se quedó mirando el techo con ojos enrojecidos y pestañeantes.

El tercer compañero cerraba los ojos durante la gimnasia e incluso parecía dejar de respirar. Estaba paralizado de cintura para abajo. Era un guaperas pecoso, y sonreía mucho mostrando unos dientes grandes y bonitos. Sus ojos echaban chispas. Les tiraba los tejos a todas las enfermeras jóvenes que iban a hacerle curas, a lavarlo o a vaciarle la cuña.

Lo visitaban mujeres de diversas edades, juntas y por separado. Una se limitaba a acariciarle el antebrazo en silencio mientras él le sonreía, le contaba chistes y le decía que estaba seguro de que ella terminaría por abandonarlo. Otra, en cambio —una joven de larga melena rubia—, no paraba de hablar ni un momento, contándole disparatadas anécdotas de amigos golfos que, después de salir por la noche, se despertaban en el loft de un extraño y no conseguían encontrar la puerta, o que acababan metidos en situaciones incómodas en la cocina de algún restaurante coreano, o que iban de paseo en el yate de un famoso informático o fundador de alguna start-up al que le iba de maravilla y estaba en la flor de la vida, y de pronto le daba un ictus («Lo conoces, es el que nos invitó a anfetas en la isla Trujániv y nos contó su idea de crear una app para asexuales»).

Y el joven empresario casi se caía por la borda, empezaba a vomitar y le daban convulsiones, así que el invitado tenía que coger el timón («Y ése no sabe ni conducir; vaya, ¡ni ir en bici!», exclamaba ella con voz aguda y sonora), y la joven narradora se apartaba el pelo color lino con una mano blanca y delicada, deslumbraba con la frescura de sus pómulos, olía a flores silvestres y a viento fresco, y tenía toda la vida por delante, una vida maravillosa, parecida a un mercadillo festivo con puestos de pescado fresco o a un paseo por alguna de las capitales europeas; una vida que le brindaría un sinfín de oportunidades maravillosas entre las cuales elegiría las más placenteras.

Y la joven sabía que todos los presentes eran conscientes de ello y se alegraban sinceramente porque reconocían que esa si­tuación era todo menos injusta, porque era imposible dejar de admirarla, imposible dejar de desearle lo mejor, pues era hermosa y delicada, y le encantaban el sexo y los viajes, y había visitado la exposición de Egon Schiele en Viena, y hasta un artista tan famoso como el mismísimo Roitburd comentaba sus fotos en Facebook.

—Creía que me abandonarías —decía el guaperas parapléjico luciendo sus dientes perfectos, y la joven se inclinaba hacia él y su afilada naricilla le rozaba las cejas y las mejillas, y sus la­bios le transmitían su calor.

—Nunca jamás te abandonaré —susurraba ella sin apartar los labios de la piel bronceada de él, y los bucles vaporosos de sus sienes se rizaban como volutas de humo de tabaco—. Estaré siempre a tu lado, pase lo que pase. Vendré mañana, o la semana que viene, o a finales del mes, si al final me voy a Odesa con los chicos. Desde luego, si me cogen de administrativa en la empresa que apoya la creación de start-ups estaré muy liada, pero siempre estoy subiendo fotos nuevas a Instagram, así que tú sigue mi cuenta y ya está: lo sabrás todo de mis brunchs, mi ropa interior y mis sábanas, las bebidas espumosas que me gusta tomar por las noches en el paseo fluvial del barrio de Obolón y los quesos añejos que me gusta comer con mermelada de albaricoque o de frambuesas. De esa forma estarás siempre conmigo, cerca de mí, ¿de acuerdo?

Entretanto, nuestro protagonista, el cuarto paciente de la habitación, buscaba la compañía del pez gato punteado. Convenció a la rolliza enfermera de planta, que se llamaba Liubov («Amor»), y ella le llevaba, día sí, día no, un paquetito con unas retorcedizas larvas de mosquito de color rubí.

Pero no sólo era él quien se interesaba por el pez gato: el pez gato empezaba a mostrar interés por él. De alguna manera percibía la proximidad de su benefactor y, nada más cerrarse las puertas del ascensor y emprender el hombre su ardua caminata, el larguísimo pasillo se llenaba de castañeteos y chasquidos. Era el Aga­myxis, que ascendía hasta la nata sucia que cubría la superficie de su pantano en miniatura y lo saludaba con sus aletas pectorales.

Y cuando él dejaba caer en el agua el ovillo rojo de hilos finos que hacía pensar en una frambuesa viva, el pez gato abría sus aletas con aire agresivo y se lanzaba a la presa. Y más tarde, saciado su apetito, llegaba incluso a seguir el dedo del hombre dentro del agua. Parecía un tranquilo paseo de dos amigos después de una buena comida. La confianza crecía en la silenciosa alianza de esos dos, libre de expectativas, ilusiones y decepción.

No obstante, debido a su interés por el pez gato, el hombre empezó a faltar a sus sesiones con la psiquiatra Slónova. Después de unas cuantas veces, un día se encontró el acuario limpio e impecable. No había rastro de suciedad en la superficie ni en el cristal, las plantas acuáticas sobrantes habían desaparecido y en su lugar había un palacio hecho de diminutas conchas y un filtro adicional para limpiar el agua. Miró a un lado del gran tanque y ahí estaba Slónova, sentada sobre la mesa de centro. Sus rodillas, enfundadas en unas medias color carne, apuntaban hacia delante con escepticismo.

—Hablemos de peces —le dijo ella cuando él entró en la nube de su perfume y, sin darse cuenta, lo inhaló ruidosamente hinchando las aletas de la nariz—. ¿Sabe cómo se llama ese pez de allí?

—Pez gato punteado —respondió él, obediente—, bagre manchado parlante o Agamyxis pectinifrons.

El pez gato salió de su escondite bajo una raíz y se acercó a la superficie del agua pegando al cristal su reluciente cuerpo aplanado.

—Al parecer, le ha cogido cariño —dijo Slónova con voz áspera, sin apartar del pez sus ojos maravillosamente brillantes. Luego volvió la vista hacia él y añadió sonriente—: Siéntese aquí, a mi lado.

Dio una palmadita sobre la mesa y él obedeció.

Ella sacó el móvil y le mostró en la pantalla la foto de un pez naranja que parecía enrollado en unos hilos de color aguamarina.

—Ése es un Colisa lalia, un pez de acuario bastante popular y fácil de cuidar —dijo él.

—¿Y éste? —preguntó la psiquiatra ampliando otra imagen con los dedos.

—Es un kuli, un Acanthophthalmus kuhlii. Se describió por primera vez en 1846 y es originario de Sumatra, Borneo y Java. Vive en ríos de corriente lenta y en arroyos de montaña cuyo fondo está densamente cubierto de hojarasca, bajo la sombra de las ramas que se inclinan sobre el agua.

—¿Cómo sabe todo eso? —Slónova había acercado su cara a la de él y miraba fijamente sus labios. Quizá estaba observando sus heridas y cicatrices, evaluando hasta qué punto habían sanado, la regeneración de la epidermis, cosa esperable tratándose de una médica, o quizá constatando el esfuerzo que le costaba articular las palabras, cómo tenía que empujarlas con la lengua desde detrás de las encías porque se negaban a obedecer, se diluían en la saliva, se pegoteaban como un chicle viejo, y por eso no era suficiente con oírlo hablar y había que verlo. O quizá esperaba algo de él, una acción concreta, pero él tenía clarísimo que comprender sus deseos estaba muy lejos de sus posibilidades, así que prefería obviar su mirada desenfocada, su respiración sorda y acelerada, su temperatura elevada, el olor dulzón de su sudor, su anhelante nerviosismo. Era tan adulta y severa esa psiquiatra Slónova, pero en ese momento parecía indecisa y confundida, y él sentía lástima por ella.

—Simplemente lo sé —le contestó.

—¿Para qué sacó a un pez del acuario? ¿El olor del agua estancada le provocaba alguna emoción en particular? ¿Qué sintió al meter la mano en el agua? ¿Y el tacto del cuerpecito resbaladizo del pez contra su piel? ¿Y el aleteo húmedo entre los dedos? ¿Por qué le dio el pez a aquel chiquillo? ¿Le recuerdan algo los peces? ¿A alguien? ¿A alguna persona? ¿Una caricia? ¿Le viene algo en especial a la cabeza cuando alguien lo toca?

Slónova estiró el brazo y le acarició la nuca. Tenía la mano fría y húmeda. Se había quedado callada, pero lo interrogaba con los ojos, y él advertía esa pregunta silenciosa atrapada en su mirada. Era incomprensible e insoportable. Aquella mujer no dejaba de interpelarlo, pero no parecían interesarle sus respuestas, sino algo distinto, algo que no llegaba a formular.

Esa incongruencia le dio tanta rabia que agarró a la psiquiatra de la mano y se la apretó con tal fuerza que ella soltó un grito con voz de pájaro. Sin embargo, se recompuso y, pese al dolor, e incluso a un feo chasquido de huesos, volvió a quedarse en silencio.

Fue aquel grito ahogado (y probablemente también los nuevos tranquilizantes de la India, aún no aprobados oficialmente, pero ya utilizados con cautela en pacientes desde hacía algunas semanas) lo que esa noche desencadenó los sueños y la alucinación colectiva que acabó involucrando a sus compañeros de habitación.

Se vio yaciendo en el fondo de un riachuelo, en un lecho cubierto de hojar

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos