La montaña en el mar

Ray Nayler

Fragmento

Capítulo 1

1

Noche. Distrito Tres de la Zona de Comercio Autónoma Ho Chi Minh.

La lluvia corría por el toldo de plástico de la cafetería. Bajo su protección, envueltos en el vapor de la cocina y el parloteo de la gente, los camareros deambulaban entre las mesas con cuencos humeantes de sopa, vasos de café helado y botellines de cerveza.

Unas motocicletas pasaban a toda velocidad tras la pared de lluvia, como si de peces luminiscentes se tratasen.

«Mejor no pensar en peces».

Lawrence prefirió centrar su atención en la mujer frente a él, la que se dedicaba a pasar unas rodajas de lima por sus palillos. El revoloteo de color del escudo de identidad abglanz que le cubría la cara no dejaba de cambiar ni de temblar.

«Como si fuese algo que se encontrara debajo del agua…».

Lawrence se clavó las uñas en la palma de la mano.

—Lo siento… ¿Se puede configurar eso de otra manera?

La mujer ajustó algo. El abglanz consiguió fijarse en un constructo anodino de rostro de mujer. Lawrence atisbó a distinguir las facciones de su cara real, a la deriva bajo la superficie.

«A la deriva…».

—No suelo usar esta configuración. —Las oscilaciones del abglanz también equilibraron la inflexión de su tono de voz—. Las caras que muestra son muy extrañas. La mayoría de la gente prefiere el borrón.

Se llevó los palillos a la boca. Los fideos se hundieron en esa superficie parecida a un problema técnico, cerca de los labios de la máscara digital. En el interior se entreveía la sombra de otros labios y dientes.

«No la mires. Limítate a empezar».

—Vale. Mi historia. Para eso estamos aquí. Vine al archipiélago hace diez… No, hace once años. Antes trabajaba en una tienda de buceo en Nha Trang. Solo había dos de ellas en Con Dao cuando llegué: una, en un hotel de moda para occidentales, y otra, más pequeña, a la que no le iba muy bien. Pues esa fue la que compré. No pagué casi nada. Con Dao era un lugar sin mucho movimiento, casi despoblado y que apenas recibía visitas. Los oriundos del lugar creían que estaba encantado.

—¿Encantado?

—El lugar había sido una prisión en el pasado. Los cementerios están llenos con generaciones de disidentes torturados hasta la muerte por un gobierno detrás de otro. No era un buen lugar en el que abrir un negocio. Es posible. Pero sí que era un buen lugar si lo único que querías era arreglártelas con lo mínimo. Sobrevivir. Tenía sus problemas, claro. Muchos. Técnicamente, el Parque de Conservación Mundial cubría todo el archipiélago, tanto por tierra como por mar. No se permitía pescar ni cazar. Hasta un comité de vigilancia de la ONU se pasaba por allí una vez al año para redactar un informe al respecto. Pero la realidad era que siempre había barcos pesqueros por la zona, arrastrando redes barrederas por los arrecifes, usando cianuro y dinamita. Y todos los vigilantes del parque eran unos corruptos. ¿Cómo no iban a serlo, con el sueldo que les pagaban? Vendían huevos de tortugas, peces de arrecife de coral y lo que quiera que pasase por sus manos. Los lugareños también: hacían pesca submarina y buceo libre para pescar moluscos. Son, mi ayudante, hacía buceo libre.

—¿Y dónde está ahora?

—Ya te lo he dicho antes. No lo sé. Perdimos el contacto después de la evacuación.

—¿Era él quien estaba en la embarcación contigo el día del incidente?

—Sí. Ahí es adonde quería llegar. —«Es una información que quería evitar, más bien»—. La embarcación que naufragó era un carguero tailandés de casco de acero con sesenta metros de eslora. Se hundió a finales del siglo veinte. Es el único pecio de todo Vietnam al que se puede entrar buceando. Está solo a unos veinte metros de profundidad, aunque las condiciones meteorológicas suelen ser adversas. La corriente es muy fuerte, y la visibilidad, muy escasa. Solo es para clientes que sepan lo que hacen. Y no hay muchos clientes así en Con Dao, por lo que llevábamos años sin acercarnos. Esto ocurrió una mañana en la que nos sumergimos. En temporada baja. La visibilidad era terrible; puede que solo de un par de metros. Pero el tipo quería entrar en una embarcación naufragada, así que nos metimos en el agua y empezamos a descender. Solo estábamos él y yo.

Lawrence hizo una pausa.

—Creo que lo estoy contando de forma más dramática de lo que fue en realidad. No lo fue tanto. Era un mero trámite. Los calamares y las cobias chocaban contra nosotros. La visibilidad era pésima. Casi habíamos llegado al pecio, pero en ese momento decidí cancelarlo todo. Y, cuando me di la vuelta, vi que él había desaparecido. Era normal, sí. Uno suele perder de vista a los buceadores cuando la visibilidad es casi nula. Tienes que quedarte quieto. Si te pones a buscarlos es muy fácil desorientarse.

»Pero empecé a preocuparme al cabo de cinco minutos. Volví atrás por la barandilla del carguero. No dejaba de repetirme que seguro que el cliente sabía lo que estaba haciendo. De lo contrario, no se habría acercado a la embarcación sin mí. ¿Se le habría estropeado el equipo? ¿Habría decidido volver a la superficie?

»Empecé a ascender, con la esperanza de encontrarlo flotando allí arriba. Le grité a Son, que se encontraba en nuestro barco, para preguntarle si lo había visto. Nada. Volví a sumergirme.

»Sentí cómo el pánico se apoderaba de mí poco a poco. Las condiciones habían empezado a empeorar ahí abajo: el agua se había llenado de barro y había siluetas por todas partes. Los peces no dejaban de arremolinarse frente a mis ojos. Decidí entrar al fin en la embarcación. Era lo único que me quedaba por hacer. Una vez en el interior, no tardé demasiado en encontrarlo. No estaba muy lejos: su cuerpo había quedado atrapado debajo de una pasarela que se encontraba en la bodega principal. Tenía un tajo en la sien. Los peces habían comenzado a tirar de la herida y a arrancar pedazos de carne.

»Lo llevé a la superficie. Son insistió en tratar de reanimarlo, pero yo sabía que ya estaba muerto. Ya estaba muerto en el momento en el que lo encontré.

—Y, en tu opinión, ¿por qué murió?

—No fue por el corte. Era superficial. Se ahogó porque algo le había robado el regulador, la máscara y la botella de aire comprimido. Todo. Ya sin equipamiento, seguro que se dio un golpe en la cabeza a causa del pánico y perdió la consciencia. No debió de tardar mucho en morir sin máscara ni regulador.

—¿Y el regulador? ¿La botella? ¿La máscara? ¿Los encontraste?

Su rostro impasible semejaba el de la una fotografía emborronada, y el tono neutro de la voz alterada hizo que Lawrence recordase la isla, recordase cómo había contado aquella historia una y otra vez. A los vigilantes. A la policía. A los reporteros. Acusaciones, incredulidad… Y, al final, indiferencia.

—Nunca encontramos el equipo.

—Pero buscaste por la embarcación.

—No. No lo hice. Mentí al respecto.

—¿Mentiste?

—No fui capaz de bajar ahí. Le dije a la po

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