Dedicatoria
A LAS CABRAS DE FUEGO
que llegan al TAI SUI, su año celestial
Anabella Junger
Juan Cruz Argüelles
A LAS CABRAS DE MADERA
Marcela Sáenz
Alfredo Leuco
Miguel Schiavo
Becky Luz Engfui
Mirta González
Patricia Rosita Vago
A LAS CABRAS DE TIERRA
María Jesús Villagrán
Diego Seppi
A LAS CABRAS DE METAL
Osho
Agustín y Sofía Calderone
A LAS CABRAS DE AGUA
Fundación Espiritual de la Argentina
Fernando Sánchez Sorondo
Juan Marchessi
León Ferrarese
Mateo Corso
Y a las cabras que no se desvían del rebaño y son parte de la riqueza caprina de la Argentina y del planeta, y a sus pastores, con sus virtudes pródigas y de respeto al ecosistema planetario.
L. S. D.
Prólogo
Antes de la gira miraba el mundo siempre atenta a los rituales incorporados por mis creencias chinas, mayas y, desde hace pocos años, hindúes. Con almanaques solares, lunares, de milenios, que cíclicamente están dislocados por la ingratitud de los humanos, que los desprecian al elegir robots que los programen en sus estériles vidas.
Inicié la cabalgata ofidio-equina con entusiasmo en mis vísceras, corazón, huesos oxidados, piernas, brazos, cabeza enfocada en aterrizar con la Fundación Espiritual de la Argentina en Viedma, como soñó Alfonsín, y también unos pocos visionarios que lo apoyaron.
El sueño hoy es de muchos que plantamos la fe en el cambio de vida, desde adentro hacia cada rincón de la Argentina y el mundo. Nos reinventamos cada día con lo que podemos, sin quejas y con la mano tendida.
Semillas humanas regadas con el agua en ciclos de sequía y abundancia. Almas despertando de una gran letanía.
Propósito, prana, sanación, ideas, utopías, sinergia, rayos de luz en los chakras activados, meditación dinámica, ángeles revoloteando, poesía.
La vida multiplicó con abundancia mi fe en la nueva balada que susurran las nubes bíblicas.
4 de octubre de 2025
Amanecen los medios del país anunciando que se suspende la presentación del libro de predicciones del año del caballo.
“El cielo es el límite” fue mi mensaje.
Hace tiempo bauticé “Malos Aires” a la ciudad donde nací.
Nada bueno pasa allí desde hace mucho.
Tal vez la vida teatral, alguna visita internacional que nos dé algún chispazo de sabiduría, de buena música, de foros de sustentabilidad, ferias provinciales con sus productos regionales y líderes de opinión, mujeres luchando por los derechos humanos en sus regiones, defendiendo a puro ovario y candela la dignidad de pertenecer a un mundo donde ser incluidas, pensando en las generaciones que las precedieron en el extremo sur del continente.
Nací en Capital Federal, y hace veintiséis años elegí vivir en Traslasierra. La vida, maestra sin diploma, me hizo aprender las materias del arte de vivir, sola, a veces acompañada, mal y bien, según mis necesidades y carencias en cada etapa.
Fui viajera desde chica, girl scout, y me animé a acampar en medio de los médanos de Claromecó, despuntando la adolescencia, con un novio tan aventurero como yo.
Siempre me atrajeron el riesgo, lo inesperado, el cambio en el medio de planes que supe elegir con la intuición −mi llave maestra− que persiste hasta hoy.
Rumbo a los setenta mayos, inspiro el aire cálido de la tarde serrana mezclado con un incienso de pachuli que aleja el hedor de humedad de la lluvia incesante que decidió visitarnos desde el inicio de marzo.
En la ciudad, antes de la gira, hice una entrevista con Luis Novaresio, y la siguen repitiendo seis meses después.
Visité a Tarico con cariño, desandando mi carrera de actriz cómica con Tato Bores, mi inicio televisivo con el horóscopo chino, y con su sagacidad de roedor hechizó sus deseos con mis vaticinios. Estuve en radio con Reynaldo Sietecase, también en radios provinciales, Los Notables en Rosario, prensa en diarios y revistas que se multiplicaron en redes hasta Andrómeda.
Tenía una cita muy especial en la Feria del Libro de Montevideo, y con una mujer única en el universo y su marido: Elsa Farrus y José Luis. Los conocí hace dos años en el CUDEC, en un seminario de líderes sistémicos; en el libro de la serpiente de madera cuento con detalles ese encuentro.
Elsa y yo tuvimos un flechazo que se concretó en su generosidad de ilustrar el libro y la agenda del año del caballo de fuego, que gran parte del zoo sigue disfrutando aún.
Viajaron rumbo a Uruguay, primer país que los recibió con la calidez y el respeto que ambos merecen por su trayectoria. Allí tuvimos nuestra cita en el Salón Azul de la Intendencia de Montevideo, acompañadas por Ana Isabel Veny, colaboradora del libro hace años, y se produjo magia en el auditorio.
La tarde del 10 de octubre quedará en ese recinto como una apertura de conciencia guiada por los maestros que nos asistieron. Firmamos libros juntas; Elsa fue ovacionada por sus seguidores, que sin duda son muchísimos en el planeta, y agradecí una vez más compartir con esta mujer que cambia el clima, el estado anímico, las inclemencias de la vida con claridad, convicción y espíritu humanista.
Esa noche, la editorial nos reservó un restaurante cava en un barrio muy pintoresco de Montevideo, y junto a Hoby, que me acompañó en la gira, sobrevolamos todos los temas que nos interesaban de ambas partes.
El cielo colmado de estrellas y la algarabía en las calles nos mimaron por los siglos de los siglos, amén.
Les deseé una muy buena gira por Argentina, Chile y Paraguay, y quedamos en contacto por los meses siguientes.
El retorno en Buquebus en un día de lluvia y con viento en contra fue desagradable.
Dejar Montevideo, su gente, el Radisson, donde voy desde mis inicios como joven escritora y mediática, siempre me cuesta.
Tres días en Buenos Aires, y rumbo a mi primera feria del libro en San Martín de los Andes, donde nos esperaban Silvia y Néstor Walker, los dueños de la librería Patalibros, en pleno centro de San Martín de los Andes.
Viajamos con Marcela Sáenz, mi amiga de la juventud, cabra de madera, en una cita que nos debíamos, pues desde la pandemia fue muy difícil compartir nuestras vidas en la vorágine porteña y con sucesos inesperados, familiares, y las patadas cósmicas que dan las relaciones de medio siglo.
La pasamos como cuando nos conocimos en Punta del Este hace medio siglo, y nos reíamos, caminábamos y hacíamos shows con la gente rica para vivir en hoteles, en casas prestadas o en la playa. Juventud, divino tesoro.
Nos dieron vales para almorzar y cenar los cuatro días que nos quedamos en un hotel muy sencillo y agradable en el centro.
La ciudad pulcra, con la primavera en su esplendor, nos agasajó con aromos, prunus, madreselvas, jazmines, rosas y flores delicadas que cultiva la gente del lugar.
El 18 de octubre fue la presentación del libro en el centro municipal. Lugar agradable con salón y la feria del libro con stands que estaban repletos de libros y de gente que hablaba muy animada.
Me presentó con mucho cariño Dalia Walker, escritora y tarotista, y comencé agradeciendo al lugar la invitación ante un público muy interesado y silencioso.
Aplausos, firma, y no olvidaré a un señor caballo de agua que estaba con muletas y se movía como un gran campeón alazán en la Rural, muy agradecido y atento a mi conferencia. Me esperó y acompañó hasta la salida y nos contó que era veterinario y sabía su signo chino.
Una tarde fucsia con las montañas guardianas que nos saludaron con “misión cumplida”, y después de un break, nuestros amigos nos invitaron a compartir una velada en Doña Quela, que funciona en los salones del que fue el primer hotel de San Martín de los Andes.
Manjar gastronómico, una orquesta de jazz con canciones a mi medida y una charla tan sabrosa con los amigos, que marcará nuestras horas de ensueño.
Hasta siempre. Con Marcela disfrutamos cada hora, lugar, persona que conocimos en San Martín.
Teníamos el regreso en avión para el domingo 19, Día de la Madre y, en mi caso, el empalme con otro vuelo a Córdoba desde aeroparque para partir al día siguiente a Mendiolaza, ciudad cordobesa, para hacer una presentación en el café Sawa.
Cuando comprobé que el vuelo desde San Martín salía con una hora y media de atraso y perdería el vuelo a Córdoba −y como era domingo resultaba imposible buscar otra combinación porque nadie respondía en ningún lugar− opté por la alternativa de ir a la terminal de buses y buscar una combinación para llegar a Mendiolaza y estar presente en el café, donde todos habían cumplido con las condiciones del contrato.
“Dios dirige el tráfico”, decía Federico Peralta Ramos, y tuve la suerte de encontrar el único pasaje de un asiento abajo, pegado al baño, en los dos buses en los que me inmolé para llegar a tiempo para la presentación. El primero fue de día, San Martín-Neuquén, y disfruté el paisaje de lagos, bosques, flores entre las montañas reverdecidas como un terciopelo verde donde el cielo azul desaparecía entre las nubes bajas, dándoles una atmósfera de misterio y soledad que me inspiraba escenas de cuentos como El señor de los anillos o leyendas épicas.
Fueron siete horas muy agradables y, a medida que llegaba a Neuquén, notaba cómo la abundancia de esos largos kilómetros transmutaba en un paisaje árido, arenoso, desértico, que se desdibujaba con los últimos rayos de luz al llegar a la terminal de Neuquén.
Dije gracias una vez más al universo por haberme traído viva, y realmente sentía ganas de tener una escala, tomar algo, cargar el celular, ir a un baño humano antes del último bus, que sería eterno hacia Córdoba capital.
Acostumbrada desde adolescente a viajar sola por el país y el exterior, cuando me preparaba para ese tramo notaba que el atraso era inquietante.
Una hora deambulando por el hall, preguntando a la gente si sabía cuándo llegaría el transporte, que venía de lugares remotos del país; poca gente ya entrada la noche, ventanillas de las empresas cerradas, y una sensación en la panza de ¿llegaré?
Un chico oriundo de Viedma, joven, calmó mi ansiedad, cuando pregunté si sabía si existía ese bus.
Me dijo que sí, que él también lo tomaría, pues había perdido un vuelo en Neuquén y, sí o sí, tenía que llegar a Córdoba.
Demoró dos horas y cuarto. Cuando subí, me apoltroné en mi asiento, tomé una pepa para dormir bien y cumplir con mi contrato en el café Sawa.
Abrí los ojos en Santa Rosa, un grito de führer nos dijo “tienen 10 minutos para bajar y hacer lo que puedan”, y el sol de la mañana en mi cara me despabiló como una ducha fría.
Noté el verde de los campos, el aire puro de la primavera y me sentí como una palta madura a punto de ser saboreada.
Faltaban nueve horas para llegar a Córdoba.
Las atravesé, inquieta, atenta a las señales del camino, a la infinita Argentina sin un ser humano, pensando que faltan quince minutos para que se pueble como China, pues ya estamos en los trece días de la guerra más cruel que nos toca vivir, EE. UU., Israel contra Irán y sus aliados.
El calor se sentía desde el interior del bus; casi 30 grados al mediodía y en Córdoba me esperaba un día aún más pringoso y pesado. ¡¡Qué viaje eterno!!
Entendí que muy pocos pueden tener empatía con otras personas de distintas culturas y costumbres, y las discriminamos antes de interesarnos en sus problemas. Somos veinticuatro “países” en un gran espacio geográfico.
Me esperaban las avatares del evento, la mamá y la hija de Lola, la organizadora gallito que estaba en Cancún y había dejado perfectamente dispuesto el evento.
En tiempo récord llegamos al hotel, me di una ducha y sentí que pasaba de ser la Cenicienta a ser una princesa imperial; me visitó una adorable maquilladora, y en cuarenta minutos entré en el café Sawa, colmado de mujeres que me esperaban ansiosas para que les diera mi prana.
Todo se conjugó de maravilla: mi charla, las cartas del I CHING, y lo más lindo fue que todos sabían el sacrificio que había hecho para llegar a tiempo a la presentación del libro del año del caballo de fuego, que ya se vibraba con su ímpetu y fogosidad para destronar a la serpiente de madera que nos siguió triturando los siete cuerpos y el cerebro.
Al día siguiente nos encontramos con María Belén, mi amiga búfalo, después de casi seis meses de no vernos.
Fuimos a una parrilla muy buena en Mendiolaza e indexamos el tiempo en el que nos pasaron “la Ilíada y la Odisea” a ambas.
Me trajo henna de Marruecos, que es el mejor regalo del mundo para mi pelo, y nos despedimos sabiendo que pronto nos reencontraríamos.
Guillermo, mi amigo tigre taxista, me buscó para llegar a la querencia, donde me esperaban Catman, Sunday, Consuela y mi mundo serrano.
Detuve mi gira hasta la presentación en el spa Las Dalias en Las Chacras, el 2 de noviembre, como le prometí a Liliana Racauchi, su creadora, pionera, innovadora en alimentación, dieta naturista. Ella y su maravilloso equipo de gente han logrado, después de 30 años, el mejor lugar del valle serrano para el bienestar de la gente, con sus módulos de sanación holística.
El convite era el domingo a la puesta del sol. Andrea, la maga que está a cargo de la organización, fue quien, con un mes de anticipación, hizo una excelente preparación del evento.
Había pensado que si el clima era benigno se haría afuera, en la zona de la pileta con vista a las sierras, y si no, dentro del salón de yoga y meditación, donde se hacen las conferencias de gente de todo el mundo.
Llegamos una hora y media antes, como siempre, porque me gusta instalarme en el lugar, prepararme, hacer mis rituales y saludar a los anfitriones. Nos dieron una casita adorable, con todo el confort y el buen gusto.
Valentina, fundanauta, apareció a saludarme y anunciarme visitas que me llevaron al pasado de mi vida, en el que aprendí en un curso acelerado lo que son el amor, los tiempos, cuando no coinciden las edades y alguien anuncia que tendrá que decidir entre el deseo de ser padre, casarse, y renunciar a un amor que quiere vivir otras etapas para su crecimiento.
Aunque ambos sean el amor de la vida.
Allí estaría Valentine, hija de ese amor, el que me regaló el primer I CHING, me enseñó a consultarlo, me introdujo al feng shui y me dijo que, a los 22 años, era “la Venus de Milo del año 2000” en el año 1979.
Qué seguridad como mujer, artista, pitonisa me dio ese hombre. Y, después de diez años de su muerte, aparece su hija menor, Valentine, a verme junto a Nicolás, su primo músico que vive en Las Chacras, para que nos reencontremos.
Otro fundanauta me avisó que estaría el juez Lijo, que es fan, que me vería. OMOMOM, OMOMOM, OMOMOM. Mutis por el foro.
La tarde se vistió de gala; llegué en el sulky, con la canción de Pedro Aznar, “Caballo de fuego”, que bailé antes de aquietar mi corazón alocado.
Fue tan mágico, la energía del dar y recibir, la atención del público, la primera estrella que salió y la brisa suave y fresca que nos acompañó, que quedé flotando como un tul liviano con los colores del arco iris esa histórica tarde en Las Dalias.
Aplausos, firma de libros, amigos, y una amorosa invitación a cenar y a quedarnos a dormir allí. Aceptamos felices.
Di y recibí prana para seguir con la cabalgata a San Francisco para la feria del libro.
Mi mayor agradecimiento fue a Juan, el conductor del sulky, que postergó una operación importante para conducir a Lucero, el sulky y Ludovica al set donde fluyó la convicción de una vida de estar en contacto con la naturaleza y la gente que aprecia el arte de vivir.
Mientras cenábamos en la mágica casita, Liliana me contó qué había sido de ella y su marido durante las décadas en las que se construyó Las Dalias. Con razón se sentía una energía tan cálida, de paz y armonía allí.
Dormimos como bebés, y amanecimos con el sol en nuestra ventana. Ducha, desayuno y gratitud de quienes el día anterior habían compartido nuestra ceremonia.
Hasta siempre, Las Dalias, ya sos parte de mi vida.
Tenía una semana para disfrutar Feng Shui, pues cuando salen el libro y la agenda estoy demandada por el mundo visible e invisible.
Durante más de dos años, la gente de cultura de San Francisco me había invitado a participar de la feria del libro que se desarrolla allí.
El año pasado concretamos la cita en el norte de la provincia de Córdoba con una previa, como en casi todo el país, de idas y vueltas con la gente de la administración del municipio para resolver temas de contrato, facturas, alojamiento, viáticos.
Ayyy, la burocracia, que chupa prana de la realidad argentina.
David, el joven taxista de Las Rabonas, fue quien se animó a transportarnos desde Feng Shui hacia San Francisco.
Un sábado, salimos muy temprano para no lidiar con el tránsito en las rutas que se unen y poder deslizarnos como reptiles en la inmensidad de la provincia de Córdoba.
Era su primer viaje lejos de su zona, y por supuesto estaba nervioso, ansioso, y haciendo los deberes del arranque como Colapinto en cada carrera.
Catman de copiloto y yo atrás, donde tengo más posibilidades de estirar mi cuerpo en trayectos largos.
El día, gris y sin tránsito, permitió que tuviéramos un buen viaje de siete horas, con una pésima señalización entre los pueblos, y rezando para que algún ser humano nos diera la posta para retomar cruces, vías, rutas cortadas.
La última parte mal señalizada nos desvió 30 kilómetros de San Francisco.
Llegamos a una estación de servicio donde nos indicaron cómo retomar el camino correcto. Fue una pérdida de tiempo que mencioné en la presentación del libro.
Llegamos con ganas de desensillar en el hotel, céntrico y húmedo; nos dieron un cuarto modesto, donde juntamos las camas y nuestros cuerpos.
San Francisco nos gustó de entrada: pulcra, con avenidas anchas, árboles, veredas sólidas para no tropezarte y tener un esguince, locales bien decorados y restaurante donde pudimos almorzar tardíamente y dormir una siesta reparadora.
Al día siguiente, en el hotel tenía la presentación en un amplio domo, donde coincidimos con Gonzalo Heredia, el turco Asís, y los escritores que amamos viajar por el país.
A la tarde, en el bar del hotel, ultimamos detalles de la presentación con quienes me contrataron, dejando cuentas claras y manifiestos mis deseos de debutar en la multitudinaria feria del libro que tiene gran convocatoria, donde se aúnan artistas, músicos, gente del espectáculo, y performances.
Misión cumplida, noche agradable de brisa y buscar el restaurante para el cual teníamos los vales para cenar.
Al día siguiente nos cambiaron de cuarto; el calor era agobiante y un ventilador de techo fue nuestro aliado en las siestas.
Cuando el sol se escondía, salíamos a caminar y apreciar la bella ciudad de San Francisco, donde la arquitectura y el feng shui nos deslumbraban. Fue construida por inmigrantes, en especial italianos, que llegaron al país huyendo de guerras y hambrunas, y se dedicaron al principio al cultivo, a la ganadería, y después a la industria.
Al día siguiente caminamos por la ciudad, tomamos un café en la vereda, donde mujeres muy amables me saludaron y felicitaron por mi presencia allí y mi trayectoria.
A la noche, nos despedimos de encargados de hotel y conocidos, y fuimos a la terminal de buses para volver a “Malos Aires”.
Retiro. Sentir la ciudad adherida a la piel, estar atentos a que no nos sacaran nada en el lapso entre la madrugada, cuando aún estábamos semidormidos, y la llegada a destino.
Mis actividades de prensa continuaron en Buenos Aires, visitar a mi hermana en su hogar residencia donde su salud se deteriora y las visitas son más silenciosas, con grandes espacios en los que nada fluye y nada mejora. Pagar los tarifazos, que son cachetadas, con servicios peores cada día.
El malhumor, el maltrato aún comprando algo en un negocio. Ufffff. A inhalar y exhalar esperando la gira patagónica.
El 2 de diciembre era el vuelo hacia Viedma. Catman en “horario am” es siempre una bomba a punto de explotar; pero tuvimos la suerte de que Deepak viajara con nosotros en el mismo vuelo y suavizara la previa en aeroparque.
Estaba feliz de concretar el sueño de que la Fundación Espiritual de la Argentina fuera invitada a la comarca, y que las conferencias, los seminarios y la presentación del libro del caballo de fuego se realizaran en el centro municipal, lugar en el cual se desarrollan actos culturales de gran nivel, y donde había estado ya en varias ocasiones.
La invitación del intendente Marcos Castro junto a Fernando Mantaras el año anterior, a orillas del río Currú Leuvú fue una promesa que se cumplía con creces.
La primera amiga que nos invitó a permanecer en su granja fue Silvana Pezzano, en Carmen de Patagones, que nos esperaba en el aeropuerto, pues nuestra llegada coincidía con la de su hija desde Australia para pasar las fiestas allí.
Su corazón, generosidad y talento la convierten en la ceramista, pintora de murales, de los carteles de calles y artista más reconocida de la comarca.
La granja de Silvana es como ella: un canto a la vida.
La cocina colorida, con sus platos, tazas, jarrones pintados por ella y la cantidad de alumnos que tiene invita a saborear un café, mientras salís al jardín, y apreciás sus frutales, álamos y pájaros que anuncian la bienvenida. Nos mostró la casa: cómoda, ideal para dos personas o seis, pues ella es una mujer que alberga a quienes pasan por allí haciéndolos sentir “at home”.
El 4 de diciembre nos mudamos a Casa Crespo, el hotel amado, renovado, donde estuvimos varias veces; pero con la gran diferencia de que hace un año Fernando Mantaras y dos amigos ganaron la licitación y lo transformaron en el mejor lugar para quedarse en Carmen de Patagones. Sin imaginar que la invitación, all inclusive, para Catman y para mí sería de una semana, y que los chefs −que son músicos y amigos hace tres décadas− nos darían cada noche manjares con buena música y charlas de las que permanecen en la memoria celular.
Siempre amé el cuarto donde hay un pequeño jardín con un limonero, terraza para disfrutar la vista del río Negro, que fluye con un ritmo alocado, manso, revuelto o con las emociones del clima, que cada día es diferente.
Llegamos a media mañana para desayunar y nos esperaba Mico, la gran monita, alegre, dispuesta a mimarnos en toda la estadía, y con quien empatizamos en un santiamén.
Subir las escaleras de madera que olían a buena madera bien lustrada fue un abrazo con un gran amor después de varios años de no estar allí. Y, de pronto, en el pasillo que conduce a los dos cuartos comunicados sentí la alegría del reencuentro con un gran retazo de mi vida que atesoro en mi corazón.
Los fundanautas se ubicaron en lugares claves para dar sus seminarios y clases. Deepak en un departamento céntrico en Viedma, y Marta en la casa de Cecilia Leiva, gran compañera de Paulo Campano, mis primeros amigos en el lugar, desde hace más de doce años.
Quiero contarles, querido zoo, que esta tribu local nos abrió sus casas, hoteles, restaurantes con el corazón, entendiendo la movida que significaba que la Fundación Espiritual fuera nómade por primera vez después de cumplir la mayoría de edad.
En los últimos días llegó Silvia Grillo, consteladora familiar, que no conocía la comarca y que sintió que el alma volvía al cuerpo al llegar a Casa Crespo.
Antes, Mariana O'Donell se había instalado en el haras de Andrea, en las afueras de Viedma, desplegando constelaciones equinas, en un espacio sagrado con una manada con la que tuve el placer de compartir una tarde con brisa hasta la noche, integrándome al grupo.
La Fundación Espiritual de la Argentina estaba activa y con nuevos participantes y avatares que llegaron a la cita.
Robert, un gran tipo, veterinario y GPS de nuestras andanzas, fue un guía dispuesto para todas las inquietudes diarias.
No faltaron asados, agasajos, invitaciones a las que no pude ir, pues la gira continuaba hacia Madryn y Pirámides con nuevos caminos y desafíos.
Deepak partió a Rosario, pues tenía cursos, seminarios y un gran abanico de actividades que lo esperaban.
Se fue enamorado de la comarca, lleno de prana, de visitas a monasterios, con experiencias que nos contaba en almuerzos, caminatas, y aprendíamos más de Viedma y sus alrededores, de su gente. De sus incursiones siempre traía alfajores, dulces, souvenirs de regalo.
En muchas ocasiones nos reímos hasta que nos dolía la panza. Y quedó fascinado con el cruce del barquito entre Viedma y Carmen de Patagones, con la iglesia que fue ocupada por los portugueses, en la que dejaron la bandera y reliquias de una conquista que fue defendida por el pueblo, que sabía más de la crecida y la bajada del río Negro y de los puertos de la época. En marzo de 2027 se cumplirán doscientos años de este hito que marcó la historia de Carmen de Patagones, lugar que amo y donde me gustaría vivir, matizando con Traslasierra.
La primera semana de diciembre fue muy calurosa, y por suerte en las horas del mediodía nos podíamos refugiar en Casa Crespo, con aire acondicionado. El atardecer, un banquete para los sentidos: la gama de colores violáceos, dorados y plateados nos envolvía como en las mil y una noches.
Qué maravilla de gira; el 4 de diciembre, mientras estábamos en Viedma presentando en el teatro la idea de la Fundación Espiritual de la Argentina, en el campo fundacional, en Ojo de Agua, Nono, Flavia y Valentina, fundanautas, recibían al zoo para celebrar el 22 aniversario con los de siempre, y con nuevas personas que disfrutaron danza, ejercicios de yoga y arte núbico. Corina se sumó dando un panorama de la carta natal de ese día, con lucidez y visión para seguir en el arte de ser cocreadores, espíritus con libre albedrío y libertad para elegir nuestro destino.
Una tarde, cuando ardían la flora y la fauna de la comarca, oí tambores y cánticos desde mi cuarto.
Busqué desde las ventanas y balcones del hotel qué pasaba con el estrépito que fue un dron en la quietud de la tarde, y descubrí un desfile de gente, hombres, mujeres, niños que bailaban casi desnudos como si fuera carnaval, cantando bellas melodías con una pasión que hacía tiempo no vibraba en la Argentina.
El desfile duró más de una hora, y lo disfruté y saqué fotos como turista. Fue una linda sorpresa que se repitió otro día más en las apacibles calles de Carmen de Patagones.
Cada día me enamoraba más del lugar y su gente.
El martes 9 de diciembre tenía una cita a la tarde en la librería de mi querido amigo Paulo Campano, que cumplía 50 años en Viedma, un centro cultural donde pasaron los más célebres escritores del país y del mundo.
Cecilia, yegüita de fuego, su compañera, fue la encargada de la organización de la charla y firma en tan bello lugar.
En mis presentaciones siempre pido aire acondicionado o ventiladores que hagan volar mis abanicos y túnicas para no desfallecer. Esa tarde, por el calor, se caían los pajaritos, y Cecilia insistía en que presentara en un pequeño patio al aire libre donde había una Santa Rita fucsia, ideal para las fotos, que era lo menos importante.
Llegaban las mujeres agobiadas por la térmica, que realmente fue muy elevada en la comarca durante nuestra estadía.
Finalmente imploré ir arriba, al entrepiso, donde hay un exquisito ámbito para conversar y firmar libros.
Así fue. El lugar se colmó de mujeres fans, lectoras, interesadas en el libro y la trayectoria, y con una limonada nos despedimos con un “hasta siempre”.
Cecilia, mujer orquesta, nos llevó a dar una hermosa vuelta por Viedma de noche, y compartimos una linda comida al lado del río Negro, con su monólogo de amor hacia Paulo, que selló la despedida de la gira en la entrañable comarca.
A las seis de la mañana nos buscaba un ángel taxista que descubrió Deepak en sus paseos, al que adoptamos en toda la estadía en la comarca, y a quien la tarde previa le había pedido que nos hiciera el favor de prepararnos un táper con sándwiches para los 400 kilómetros que nos esperaban antes de llegar a Madryn.
El santo, con un cariño de gente bien nacida, nos dio mucho más, y un gran abrazo para la despedida con un “hasta pronto”.
El sol ese día quemaba la ropa, las vísceras, y no había lugar donde refugiarse. Catman estaba con su “am” potenciado al descubrir que el bus tenía retraso; había madrugado, algo que odia, y se sentía sofocado.
Adentro, a las 8 am, no había nadie en las casillas de los buses para averiguar, y mi paciencia para soportar mal humor ajeno estaba de huelga.
Finalmente, con hora y media de atraso llegó el bus con destino Puerto Madryn.
Asientos individuales, rezar y sacarse el spam antes de la gran travesía por pueblos donde la vegetación más verde se convertía en un paisaje árido, desértico, de dunas, matorrales y cielo infinito, sin definición de una paleta cromática, como el último atardecer en el río Negro, desde Casa Crespo.
La gira en Madryn la organicé nueve meses antes; cuando recibí un e-mail de Claudia taaaannn cariñoso, respetuoso para inaugurar su nuevo espacio Casa Shanti, que le contesté que me encantaría volver a Madryn después de nueve años de las maravillosas giras de la editorial Urano, que nunca más se habían repetido en la Patagonia.
Esta rata de metal había entrado por algún chakra, pues me hizo un seguimiento durante todo el año. Su voz pausada, su manera de contarme el lugar que con tanto cariño y esfuerzo habían construido con Cristian me entusiasmaron para el retorno a una ciudad querida en la que tenía amigos: los hermanos Pablo y Ezequiel Chiappe, con sus coquetas librerías en Madryn, Trelew y Pirámides, donde tantos libros firmé durante años.
Quiero reafirmar, querido zoo cósmico, telúrico, argentino y mundial, que amo viajar por la Argentina, siempre, pues la inspiración de nuestra gente, lugares e historia son savia para mis libros.
Avisé a Claudia que el bus tenía retraso, y cuando entramos en la zona previa a la ciudad, la ansiedad por conocerla me atrapó. Todo me pareció gris. Más mustio, olvidado, abandonado…
Bajamos, buscamos el equipaje y, de pronto, un gran abrazo me rodeó el cuerpo; eran Claudia y Cristian que nos dieron una bienvenida que cambió mi ánimo. Nos preguntaron por el viaje, que sin duda fue eterno, como son las distancias entre nuestras provincias.
Mucho calor, mediodía, ganas de desensillar.
Nos abrieron su casa, espacio sagrado, y nos dejaron la casa a estrenar en el predio. Muy alegre, cómoda y con alma.
Nos preguntaron si teníamos hambre y les dije que sí.
Claudia es una maga en el arte de cocinar.
Una bandeja con un pollo deshuesado y ensaladas varias con exóticas salsas y gelatinas nos dieron la bienvenida.
Catman eligió el entrepiso con jacuzzi, TV tipo cine y cama doble. Me instalé abajo, al lado del baño (mi karma) y la cocina, con ganas de anidar con mis libros y agendas, con mi valija moderada para la gira de un mes en la Patagonia, y la visión del movimiento de Casa Shanti.
Ese día dormimos, descansamos, y a última hora nos reencontramos con Claudia en el patio para agradecerles la bienvenida. A la mañana siguiente, Claudia nos acercó con una linda sonrisa un desayuno cinco estrellas: café, fruta, pan integral, mermelada, frutos secos, que degustamos con Catman, aún en am.
Y a prepararnos para la presentación al día siguiente allí, con un clima tan cambiante e inesperado como nos toca vivir a los mortales. Hacía mucho calor, y cerca del mediodía salimos a caminar por el barrio, nos gustó el feng shui de calles anchas, locales alegres y de buen gusto, la cercanía del mar que teníamos ganas de disfrutar, la gente, su ritmo.
Llegamos a la rambla y vimos un mar cansado, gris, sin energía, sin alma, cerca de lugares para almorzar. Caminamos en la vereda, disfrutando de Madryn, lugar que no visitaba desde hacía nueve años y encontraba renovado en la construcción de casas, edificios, y al mismo tiempo sin gente dentro de los locales.
Llegamos a una esquina con cartel de pizzería y restaurante.
Entramos. Lugar amplio y clásico de Madryn, con poca gente. Nos sentamos mirando hacia la calle, mientras pedíamos el menú.
El clima había cambiado repentinamente. Sentí que si había vientos bruscos y lluvia, la presentación en el jardín de Claudia y Cristian, al aire libre, haría peligrar el reencuentro con la gente que estaba con ganas de ver a LSD al lado del aguaribay, el espíritu protector del patio.
Le pregunté a una simpática mujer, joven y dueña del lugar, si existía la posibilidad, si el clima no nos acompañaba, de hacerlo en el semipiso con vista al mar.
Su sí instantáneo calmó mis palpitaciones. La buena onda de la gente que conocí en Madryn fue un bálsamo protector.
Cuando le comenté la idea a Claudia, con su grandeza de espíritu, lo tomó muy bien.
Ella es una mujer que atravesó las pruebas en el inframundo y el supramundo, y a través de nuestras charlas en los encuentros y las visitas entre su casa templo y la nuestra reveló en polaroid su aprendizaje, desapego, aceptación, y la transmutación que hizo para vivir sanando su somatización con un tumor de mama. Nos contó su experiencia en el acercamiento al Kybalión, el libro más antiguo de la historia.
El 12 de diciembre, Día de la Virgen de Guadalupe, aún el clima seguía incierto, pero decidimos que la invitación realizada nueve meses antes debía ser allí, en el nuevo espacio de Casa Shanti, en el que Catman colgó sus fotos en una pared donde lucían como en el Museo del Prado.
Claudia recibió a sus invitados, conocidos y fans de LSD. Cristian ayudó incansablemente con su ir y venir de colocar sillas, ofrecer bebidas, algo que no faltó, y en hacerme sentir muy bien.
Aparecí cuando los últimos rayos de sol se asomaban en el jardín, creando un microclima ideal para la conferencia.
Antes de salir a la esperada cita, tocó la puerta de la casita Pablo Chiappe, mi gran amigo, junto a Ezequiel, su hermano, libreros que conocí en mis giras, hace quince años.
Nos dimos un abrazo cósmico, indexamos temas de vida, y me contó que agotó sus libros y agendas, continuando con un ritual que fue parte de nuestra amistad.
Estaba inspirada; adoro participar en lugares donde el contexto me motiva para seguir difundiendo la Fundación Espiritual de la Argentina. Di y recibí prana.
Claudia y su nieta brindaron vino y unas empanadas de carne que atajé en el aire; Catman vendió dos fotos, y cuando la noche caía, estábamos refugiados en nuestro templo de Casa Shanti.
Al día siguiente Catman volvía a nuestro hogar serrano, previa escala en Buenos Aires. No soporta estar alejado de la querencia más de veinte días, y ese récord ya se había cumplido.
Invitamos a Claudia y a Cristian a almorzar en el restaurante que da al mar y en el que se come desde pescado hasta cordero patagónico, e intercambiamos mucho más de lo que sabíamos de las vidas de ellos allí, y prometieron que nos visitarían en Traslasierra este año.
Dejamos a Catman en el aereopuerto de Madryn, moderno y funcional, con nudo en la panza, después de compartir quince días inolvidables en la comarca y en Viedma. El vuelo se atrasó dos horas, y nos fuimos despidiendo más por el WhatsApp, repasando las vivencias aún frescas de los últimos días.
Necesitaba estar sola en nuestra casita en el lugar, acomodar valijas y emociones, y prepararme para compartir con mis nuevos amigos un almuerzo digno de los manjares de Claudia, y una invitación en las afueras de Madryn de parte de una pareja que con inmenso esfuerzo produce aceite de oliva orgánico allí.
Llegamos tarde; Cristian y Claudia, a pesar de conocer el lugar, ni con el GPS lograban embocar el barrio, la calle ni la zona.
Después de dar muchas vueltas por el mismo lugar, los amigos estaban en la tranquera esperándonos como a unos exiliados, en su pintoresco lugar.
Me ofrecieron un paseo entre frutales, y conocer la bodeguita, chica pero con lo necesario para seguir en esa gran faena, por la que han ganado premios y siguen apostando en una Argentina que continúa inestable con las garantías que tiene que darles a todos los productores del país, que están sofocados de tantos impuestos, retenciones, y necesitan una palmada en el hombro, y que los dejen respirar.
Brindamos con champán y una torta de los frutos del jardín, que finalizó una tarde de despedida. Tenía aún una firma en la librería de Pablo en el shopping de Madryn el lunes a la tarde, y si bien era solo firma, me encantó la idea de visitar la tan cálida y bien provista librería de mi amigo, con vista al mar.
Las editoriales y los libreros saben que el shopping no es mi lugar, que busco espacios aireados y al aire libre para inspirarme, sobre todo en la semana previa a Navidad.
Claudia me acompañó, siempre solidaria, y después de cumplir con lo pactado, la invité a picar algo al lado del mar. Fue un atardecer de confesiones, la pareja es siempre tema central y sus caricias y disgustos son parte de las elecciones que seguimos haciendo.
La quietud del mar, el atardecer rojizo y dorado nos unieron más en nuestra amistad.
Al día siguiente continuaba la gira a puerto Pirámides, y la cariñosa pareja me llevaría hasta allí a reencontrarme con un pedazo de vida que estaba despertando en el paisaje de dunas y desiertos que unen Madryn con Pirámides.
Para los tres fue un viaje silencioso con párrafos sobre lo que nos gusta la península, las ganas de reencontrarme con Rita, mi amiga caballo de fuego, maestra, que siempre organizó mis giras y estadías allí.
Cada lugar que dejo y cada sitio al que llego están unidos por lazos de amor de gente que se conoce y admira.
La curva donde aparece Pirámides, el pueblo, desde las alturas es un flash para los que sienten amor hacia este portal de alta vibración que significa llegar y acariciar cada rincón, local, restaurante y hotelito que mantienen la cultura de sus orígenes.
Con la añorada Rita habíamos quedado en encontrarnos en el ACA (Automóvil Club Argentino) de Pirámides.
Llegamos cuando el sol aún estaba cálido, el cielo despejado, y las calles casi vacías.
El hotel, Casa Choique, estaba enfrente, y una vez más la gira me invitaba, por intermedio de Rita, a inaugurar un espacio que intuí a través de su medianera.
Los gritos, el abrazo que nos dimos con Rita, mientras Cristian y Claudia nos miraban complacidos por haberme llevado sana y salva, fue un buen presagio en mi esperada llegada a Pirámides.
Con mis amables amigos y Rita cruzamos la calle, y Andrea, dueña y creadora del feng shui del lugar, me recibió con un fuerte abrazo, nos invitó con agua, junto a una amiga que también participó en la creación de un hotel adorable, que se inauguraría después de mi visita. Estrenaba el lugar, y después de los rituales de desensille y gratitud, me pasearon por los siete cuartos para que eligiera el que más me gustaba.
Olor a nuevo. Buen gusto en la decoración: sobria, con lo esencial en dormitorio, cocina y baño, con galerías y sillones de madera, y almohadones para transitar “las mil y una siestas”.
Equipada para desayunos, con una linda vibración en cada casa-cabaña-dormitorio, y con paz, mucha paz.
Elegí el cuarto número 2, más chico; no necesitaba más y quería agasajar a Felicitas Córdoba, gran amiga de años luz, que aceptó feliz la invitación para salir de su casa después de un año agobiante en varios frentes.
Rita se desvivía por relinchar la alegría de vernos, y de pronto sentí que en ese patio jardín armónico, con un limonero y Santa Rita, me latía hacer la presentación del libro.
Andrea, perro de metal, ladró moviendo la cola, Rita y mis amigos apoyaron la idea, similar a la realizada en Casa Shanti, y decretamos que en el solsticio de verano LSD presentaría el libro del año del caballo de fuego en Casa Choique (en tehuelche, venado chico), en ese territorio que merecía una bendición china y espiritual para el futuro.
Pasé dos días sola, con los pantagruélicos almuerzos y cenas que Rita consiguió para las dos en los cariñosos restaurantes de Pirámides.
Me contó su nueva etapa en el lugar: siempre había trabajado para cultura en Pirámides, pero hubo cambio de gobierno y no continuó en ese rol, aunque sí lo hace de forma independiente, porque es la gran referente de “la movida”, y quienes sabemos de su capacidad creativa y liderazgo recurrimos a ella.
Me habló de Matías, su hijo mono de 21 años que estudia medicina en Comodoro Rivadavia, con quien habla todos los días, pues viaja a Trevelin, donde vive su padre, y de las vivencias que tienen ambos en las largas temporadas en que no se ven.
Rita es la sal del pueblo; todos la quieren, la conocen, la saludan; es alegre y pone buena onda en cada proyecto que emprende.
Durante el día, salía a recorrer los lugares cercanos e icónicos donde habíamos estado hace años con Claudia Pandolfo y Catman. La playa a la que va la gente, con la ballena al final del asfalto, las dunas y las escaleras que permiten visualizar el horizonte y disfrutar el mar turquesa y azul profundo, en el que no me sumergí, pero entresoñé que lo hacía.
Necesitaba descansar de los últimos días, del trajín con tantas personas que conocí, con quienes hablé, intercambié vivencias y soledades.
Abría la puerta del espacio donde me sentaba; quería estar al sol, a la sombra, en el living con TV que no miraba, pero pispeaba de reojo, para no arruinar la pureza del reencuentro conmigo.
Preparaba la llegada de Felicitas, en la casa 1, que tenía dos pisos, dormitorio con vista al mar, terraza, y abajo un amplio salón para desayunar, almorzar, leer, y disfrutar el buen gusto del lugar.
El vuelo llegaba a Trelew, y desde allí, en un lindo remise, iría a Pirámides, lugar que no conocía.
Como casi todas mis amigas, es una disfrutadora nata, y cuando la recibí en la puerta, bajaba apurada con su equipaje y despedía al chofer con su simpatía contagiosa.
Nos abrazamos, y al entrar pegó un salto de yoga o acrobacia al ver el lugar. Le dije “tenemos el hotel para nosotras solas”.
Venía con una carga de spam que se disolvió en el aire como pompas de jabón. Miró la calle y le dije “vamos al mar a ver el crepúsculo”.
Sus ojos verdes conjugaron con el atardecer y nos quedamos mirando las últimas luces mientras crecía su fascinación con la magia de Pirámides.
Esa noche fuimos al restaurante donde la música, el buen gusto y la comida eran un gran maridaje; brindamos por el viaje, la vida, los ancestros y la noche estrellada que prometía un buen descanso.
Muy buena compañera de viaje; era la primera vez que salíamos lejos y siempre respetó mis horarios, encontrando el momento para hablar sin invadir, impregnada de sensaciones y causalidades, de amigas en común que no veía hacía veinticinco años; Rita fue la médium de tantas situaciones alineadas en la zona de los portales galácticos.
Tuvo una noticia fuerte al día siguiente de llegar: una clienta le había encargado un espejo gigante en Puerto Madero, y había que colocarlo, pero se rompió en el trayecto.
Inhaló y exhaló durante la mañana, me fui a caminar para dejarla digerir ese capítulo y al mediodía renació como dragón del episodio y seguimos divirtiéndonos y comiendo manjares en otro lugar, donde también tuve causalidades de gente en común.
Llegó el día, la tarde de la presentación. Había viento, pero se fue calmando a medida que las chicas y Pablo Chiappe, mi amigo de Madryn, nos visitaron con el zoo, y se acomodaron los libros y las agendas tan buscadas, y las mujeres y algún hombre valiente se sentaron para escucharme en una tarde fucsia y plateada. Oscurecía. Nadie se movía de su lugar. Las predicciones y el clima allí fueron inolvidables.
Andrea y su nuera nos invitaron a comer una pizza para celebrar el evento, conocernos y hacer muchos planes para el futuro.
Despedir Casa Choique, su magia, a su dueña, a Rita, que apareció para desayunar, era un duelo.
Lo atravesé agradecida a la vida una vez más.
Un remise nos esperaba para llevarnos a Trelew a tomar un vuelo a mitad de la tarde hacia Buenos Aires.
Sin radio ni charla: había que despedir esta perla agradeciendo cada kilómetro entre los espíritus del lugar y una época poco propicia para llegar a Buenos Aires.
El vuelo se atrasó hora y media, hasta que nos elevamos mirando ese querido paisaje con calor humano que nos dio tanta felicidad. Hasta pronto, flora, fauna y amigos adheridos “under my skin”.
Volver a la jungla porteña prenavideña, con mal humor en la gente, donde pocos pueden armar un pesebre, tener un pan dulce y algo para comer.
Tuve ganas de ver a Margarita, mi hermana inmóvil y dolorida, llevarle algo rico para comer en Nochebuena con su hijo, y sentir que mis navidades felices fueron en la infancia, aún viva en mi memoria celular, con las abuelas, Muna y Mamma, que nos daban esa magia que cuidadosamente atesoro, pero que ya no siento en esa fecha.
Hoby estaba sensible, viviendo días difíciles con su mamá internada, y pasó por mi casa el 25 a la noche para vernos y sentirse más contenido por LSD.
Ordené pagos, salí por el barrio a tomar desayunos e hice alguna invitación a los que quedan en la ciudad en esas fechas tipo purgatorio, en las que la nostalgia es la invitada de honor.
Y hablaba con Catman, soñando el regreso a sus brazos, a Feng Shui para ver a Consuela y a Sunday, a mi cuarto azul, donde solo estaría ocho días antes de la gira de enero a Mar del Plata y a Uruguay.
Tenía pasaje Buenos Aires-Merlo para el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, lo más directo para llegar a casa.
El día anterior anunciaron que se habían levantado pistas en Aeroparque por el calor extremo, y que los vuelos estarían atrasados los días siguientes, o saldrían de Ezeiza. OMOMOM.
No estaba para ese regalito del cosmos.
Sola, inmolarme tal vez diez horas en Aeroparque, con la multitud. Llamé a Guillermo, mi amigo de Las Rosas, que tiene un taxi que vuela más rápido que un avión, y le pregunté si me buscaba para llegar el 29 a Feng Shui.
Como siempre, me dijo “sí, te buscaré”.
Y así volví, muy cansada, pero feliz de pasar el año occidental y pagano con mis seres queridos en casa.
La alegría al llegar casi al atardecer y sentir que la Pacha me esperaba, reverdecida, húmeda, y con el reino invisible me dio ese prana que necesitaba.
Gracias a los seres que están a mi lado, solucionando los karmas nacionales y de transporte.
Cada día fue una recompensa del año ofídico, que seguía haciendo maldades. Pude nadar y esperar la primera estrella de la noche para sentir que volvía a casa.
Nuestros perritos nos acompañaban, mientras buscábamos verduras en la huerta, renovada con la mano de Federico, las lavandas se mecían con el viento que de manso rápidamente pasaba a doblegar las ramas de los pinos y del aguaribay, y nos sorprendían los tuco tuco, esas luciérnagas de ojos verdes que sobrevolaban mi cuerpo o rozaban mis túnicas.
Mirar el cielo hasta quedarnos dormidos en la hamaca paraguaya, y el alivio de los agobiantes días del verano fueron tesoros que guardé para llevar en mi próximo viaje.
La sagrada siesta del verano, larga o alargada con ventilador y sueños afrodisíacos.
Catman aceptó acompañarme a Mar del Plata cuatro días, y el 11 de enero salimos en una mañana diáfana y soleada rumbo a la feliz.
Vuelo tranquilo de hora y cuarto y un taxista que nos esperaba para llevarnos al hotel que está en la zona del golf.
Apenas subimos, a los dos minutos, este nativo de Mar del Plata nos describió lo horrible, sucia y peligrosa que estaba la ciudad elegida por los argentinos durante cien años como ícono ejemplar en Sudamérica: la perla del Atlántico.
Siguió con su rap cargado de ira, furia, malestar sin una pausa, hasta que lo interrumpí y le dije que con su mala onda nos daba ganas de tomar el avión de regreso, pero eso no le cambió las ganas de arruinarnos la llegada con algo que veíamos espantados con nuestros propios ojos.
Realmente qué mal está Mar del Plata; el tema de si es responsabilidad de la provincia o la jurisdicción de la ciudad fue y es la disputa de los intendentes y gobernadores que tienen de rehenes a la gente y a los turistas que la visitan cada vez menos.
Al llegar al hotel y ser bien recibidos nos relajamos, dejamos el equipaje y estábamos aún a tiempo de almorzar un menú básico que nos nutrió cuerpo y alma.
Caminamos al sol, mirando el mar de lejos, el golf, y fuimos a comprar agua y galletitas para pasar la tarde.
No había mucha gente; al día siguiente presentaba mi libro en Villa Victoria, mi templo sagrado en Mar del Plata desde hace treinta años, y al que la vida no me dejó volver durante casi nueve años, por distintas causas.
Coincidimos con Daniel Balmaceda y Silvia en el mismo piso del hotel y nos alegramos la última noche de salir a cenar juntos, invitados por la editorial.
El lunes 12 de enero me preparaba a media tarde con Verónica, una divina mujer todoterreno y cariñosa para llegar radiante al encuentro de mis lectores, fans y amigos y abrazar a Victoria antes que a nadie, y decirle cuánto la extrañaba.
Cecilia y Paula, a cargo de la presentación en el jardín, de la parte sonora y lumínica, estuvieron dedicadas durante el día a cuidar cada detalle para la llegada de LSD; la gente estaba con sus mantas en el piso, y las sillas, casi todas ocupadas.
Saludé a la nueva gestión de Villa Victoria, cuyos integrantes se esforzaron para mejorar la casa, pintarla, recuperar parte del mobiliario, y dejarla tan linda como en los veranos de antaño, cuando presenté mis libros.
Me visitó Noelia, amiga muy conocida por su don para conectar el mundo de los vivos y de los muertos y ayudar a cerrar un ciclo necesario para la paz interior.
Fans, amigas, lectoras hicieron una cola eterna como la Vía Láctea para que les firmara los libros.
Nos despedimos y agradecimos la invitación, y en un auto de Jorgelina, la vendedora de Penguin allí, llegamos al hotel.
Alguien dijo: “Hoy en Mar del Plata hubo un tsunami, ¿¿sabían??”.
“¿¿Qué??”.
“Sí, parece que fue muy fuerte, hubo un muerto y gente que terminó en el hospital”.
“Con razón −pensé−, volver a Mar del Plata y a Villa Victoria fue un gran movimiento desde el agua, el mar y la tierra”.
“Lo que pasa afuera, pasa adentro”, dice el I CHING.
Y el gran susto y la señal del verano anunciaban tiempos inciertos e inesperados.
Al día siguiente me desperté a las 6 am y bajé temprano a desayunar. La gente del hotel estaba conmocionada.
Me contaban su experiencia en la playa, la gran ola que no vieron llegar y que arrasó con todos los objetos: celulares, billeteras, sillas, carpas, y fuertes revolcones en la playa.
OMOMOM.
A los dos días Catman, después de visitar a parte del zoo en Mar del Plata, volvió a Feng Shui, a abrazar a Sunday y a Consuela y a recibir a Horacio y Valeria, nuestros amigos roedores, que vinieron a resucitar después de un año de terror.
En mi caso, visité Libros de la Arena, de la calle Güemes, donde me reuní con Giselle, con su hija menor y el querido Claudio, que nos sonreía desde su nueva morada.
Por una tormenta feroz cambié el vuelo al alba por un pasaje en bus a Buenos Aires, en plena quincena de enero, cuando la multitud es un remolino que puede derrumbarte con sus mochilas, tablas de surf, energía para descargar en el mar o en un ser humano. Recé todo el viaje, sabiendo que los choferes deben cumplir con su horario y el diluvio impedía ver a setenta centímetros en la ruta 2, donde los accidentes son karmas diarios. El Espíritu Superior me llevó sana y salva a Retiro, y un joven chofer, a mi búnker porteño.
Cumplí con otra presentación y necesité desplomarme en el sillón negro del living, donde me cuida el consejo de ancianas.
Me quedé cuatro días en Buenos Aires, y disfruté la ciudad sin gente, vi algún amigo, intenté ordenar mi departamento, donde hay valijas abiertas y cerradas por todos lados.
Confirmé que soy desordenada por fuera, pero por dentro sé lo que quiero en cada momento hacia lo que me espera.
Me aguardaban tres presentaciones en Uruguay. Y una de ellas fue a través de Gabriel, mi querido estilista desde hace años luz, en El Popu, lugar muy de moda en La Barra, de Patricia Rosita Vago, una cita que se postergó durante más de una década y que finalmente concretaríamos.
Viajamos muy temprano en el mismo vuelo con Gabriel, que es para nosotras un mago del make up y del look, indexando meses de no vernos.
Al día siguiente, con un gran cariño de Pato y su equipo, en su casa me preparé para el evento.
El clima en Punta del Este estaba tan loco como la vida misma. Había sol, pero de pronto se levantó viento; al llegar al lugar nos fuimos integrando en el mágico espacio que me prepararon en el jardín.
Pato quería agasajar a sus amigas de toda su vida.
De a dos o en grupo fueron acercándose, y entre saludos, firma de libros, y algún té me di cuenta de la necesidad que tenemos las mujeres de reunirnos y compartir experiencias.
Di mi charla haciendo alineación y balanceo entre el fin del año de la serpiente y, aunque faltaba casi un mes, la llegada del caballo de fuego. Llegó el atardecer con una ola de mosquitos, y gentilmente las chicas que estaban allí me ofrecieron repelente; tengo sangre O RH negativo, que parece que les encanta.
Todas felices con las cartas del I CHING, y se llevaron su predicción para desandar su destino.
El Popu estallaba de gente joven, músicos, artistas, y por suerte la anfitriona nos preparó en el vip unas pizzas variadas con un rico vino. Estábamos felices; misión cumplida.
Me esperaba un remise para atravesar la zona esteña hasta el Argentino Hotel, lugar que ha sido mi casa desde hace cuarenta y dos años, pero no sé por qué este verano resultó tan hostil e indiferente a mi llegada.
Caí como una bolsa de papas en el puerto y dormí la mona hasta que las primeras luces del sol me levantaron de la cama para abrir los postigos y sentir el mar con un ritmo que siempre llevaré en mi corazón hasta el último latido.
La gente que atiende el bar, el spa, el salón acuario siguió tan cariñosa como siempre.
Viajé sola, pero a mi lado, en el mismo piso del hotel, aterrizaron Uschi de María con su amiga, que venían especialmente a verme, no solo el día de la presentación sino en las piletas, para que les contara mi vida, algo que con los años descubro que fascina a la gente.
Hice algunas notas telefónicas, pues estaba complicado el tema de pasarme las llamadas a la habitación; me adapté a nuevas costumbres que me hacían extrañar cada vez más a Renée Méndez Requena.
Me preparé el sábado 24 de enero desde temprano para recibir al zoo en las escalinatas del Argentino al atardecer.
Mis hadas charrúas estaban allí: Adriana, Myriam y Ana Isabel Veny, muy bien acompañadas por Edgardo y Francis.
Marcela, yegüita de fuego, en el spa me ponía aire y enjuagaba mi pelo con esas manos que adoro, fuertes y cariñosas.
Me llamó Julián, el CEO de Uruguay, para decirme que pasaría a saludarme y a hablar. “Noooo”, le dije; me preparo y concentro antes de salir al escenario sagrado, donde tengo que colocarme y despertar los chakras para ser una usina solar y eólica ante el público que me sigue desde hace años luz.
Llegó, y muy apurado me contó algo que había pasado entre su gestión editorial y el hotel, que fue un dron en mi corazón, difícil de digerir cinco minutos antes de salir a escena.
¡¡Ayyyy, el profesionalismo!!
En instantes comprendí el porqué de la hostilidad de los gerentes y el front desk conmigo. Tuvieron un juicio por los libros que vendían allí y la forma de pago con la editorial.
Hasta dos días antes de mi llegada estaban resolviendo el litigio. Nadie me avisó, consultó ni advirtió sobre la situación para que decidiera si quería o no presentar mi libro allí.
Fui una rehén más de los intereses económicos, que se anteponen al buen trato; lo que importa es que se vendan muchos libros y agendas.
La convocatoria fue inmensa; quizá la más alta en años allí.
Gente joven con sus mantas en el pasto, niños, personas maduras y también ancianos llegaron a la cita. Fue mágico, el universo en armonía con la puesta de sol, la llegada de la primera estrella, la luna, y a lo lejos, gente aún dentro del mar.
Firmamos muchos libros y agendas con Ana Isabel, sacamos selfies y recibimos piropos, encontramos caras conocidas, gente que anualmente viene a verme y se hospeda en el hotel, y llegó una brisa suave que calmó la caldera del diablo del día.
Fuimos con los amigos, la tribu que siempre me acompaña, a buscar una pizzería y festejar una noche inolvidable.
Al llegar al hotel, vacía de dar todo y de sentirme una intrusa allí, caí en la cama empezando a despedirme del templo de Piria.
Tuve que salir a caminar por la rambla y elegir bares para desayunar. La multitud en el hotel me incomodaba. Siempre vienen a hablarme o pedirme una selfie antes de que me sirva una taza de café, o quieren sentarse a mi mesa, y me siento invadida. En ocasiones me gustaría ser invisible para tener privacidad.
Sentía antojo de un baño de mar, pero sola es muy heavy, pues se acercan a veces una o cinco personas para estar conmigo. Me lo perdí.
Pasé un domingo muy triste y descolocada, guardada en la suite de siempre que da al mar.
El lunes me visitó, en un acto histórico, Cecilia Herrera, mi amiga uruguaya querida, que tuvo años fuertes con tema de salud propia y del ADN, y con quien siempre sintonizamos con los grandes asuntos de la vida, y que tenía muchas ganas de darse el baño de mar bautismal. Pasamos el día indexando y escuchando nuestros karmas con alivio.
Hasta dormimos media hora de siesta, después de un rico almuerzo allí. Y la noté muy bien para el tsunami que atravesó, muy alegre, dispuesta, cariñosa y con ganas de pasarla bien.
La miré desde el balcón del cuarto y la vi perderse entre la multitud, para entrar estoicamente en el mar, que estaba manso y helado.
Me alegré por ella, lo hizo por segunda vez, y salió como una diva de cine francés a la playa y al hotel, donde la felicité y bajamos al jardín, y a las piletas únicas del lugar.
Continuamos con las terapias de apoyo, matizando recuerdos y amigos en común, tomando un licuado en la confitería que ya cerraba, y con dos mozos que nos esperaron con buena onda.
¡Viva la vida!, como dice Frida.
Su bus salía a las 21 rumbo a Montevideo. Nos quedamos en las sillas del hotel sintiendo la brisa y la llegada de un atardecer mágico que en cámara lenta se convertía en noche.
Cecilia, muy práctica, tenía el bolso listo para el viaje.
Nos dimos un abrazo, un "hasta pronto, hasta luego".
Partió a casa más linda, renovada y ágil que una gacela, después de haber deshojado una jornada juntas.
Al día siguiente, a media mañana, partía a la Posada Cardón en Punta Ballena, un nuevo hotel que había conseguido Ago Páez para mis últimos días allí.
Llovió de madrugada y un viento frío entró por la ventana. El día estaba gris, ideal para la despedida.
Me esperaba Ana, nuestra chica de ojos verdes y buena onda que me lleva y me trae por Uruguay y que es muy amable para cualquier ocasión en que ocurra algún imprevisto.
Me fui dejándoles las llaves a las mucamas, y sentí que no sabía si volvería algún día allí.
Día de cambio de clima y vida.
Llegamos a un simpático hotel, en medio del check-in and out las mujeres que trabajan ahí me esperaban y me mostraron los cuartos que había para que eligiera el que más me gustaba.
Opté por uno en el piso de arriba, más alejado y con vista al mar, que hacía el amor con el cielo aún lluvioso.
Posada Cardón, un sitio con un feng shui gauchesco.
Desensillé. A la tarde presentaba el libro en lo de Ago Páez, el Octógono, un clásico estival. Seguí disfrutando de la lluvia hasta el mediodía, cuando despejó y se anunció una tarde soñada.
Ana me trajo algo para comer, y como siempre pregunté si conocían alguna maquilladora local para el evento.
Llegó una chica joven, nerviosa y a pesar de explicarle y mostrarle fotos de mi look, encaró con su estilo algo que sentía que no tenía que ver conmigo. A la hora, le pedí verme al espejo…
Había intentado delinearme los ojos por dentro con un lápiz débil y realmente entré en modo “acelerá, por favor, que no llego”.
Al cabo de tres horas se marchó.
Necesitaba mi tiempo para vestirme y llegar antes que el zoo a lo de mi amiga del alma, Ago.
Quedaba cerca de allí, y como siempre me esperaba el equipo de Ago, que es maravilloso, y con un altar digno del templo de Ganesh en la India.
Fuimos al lugar, que siempre me sorprende por el buen gusto, los aromas, la cocina abierta, donde me ofrecieron un té y una limonada, vitales para mi conferencia.
En enero se inauguró el restaurante en honor a su abuela, con linda gente que cocina un menú muy acertado.
Es un deleite visitar a Ago; siempre en movimiento, convocando artistas, chefs, músicos, y a sus y mis fans en el sagrado Octógono.
Caía la tarde, la gente como en misa, esperando mi llegada.
Así fue; entré bailando “Caballo de fuego”, de Pedro Aznar, y con los músicos de Ago se armó la movida.
Cuando todos estaban en armonía, vi deslizarse como una serpiente en silla de ruedas a Carlitos Perciavalle.
Sorpresatta en medio de la tarde.
Ovación, me levanté y le pregunté cómo estaba, y se quedó allí, escuchándome atentamente.
La inspiración me visitó y fui médium de los mensajes del I CHING, y los traduje a la gente.
Predicciones, poesía y preguntas, que hubo pocas, pues sentí que los dejé saciados de prana.
Excelentes luces de colores, música al final, firma y la sorpresa de ver amigas como María Luisa Díaz de Vivar, con quien hace once años, en Chascomús, compartimos con Hellinger un seminario que nos unió para siempre.
Pedí un gulash para compensar la entrega de esa noche, un vaso de vino, y me entregué a escuchar como en misa a los que estaban en la mesa. Apareció tarde el dueño de la posada, Sebastián Mutti, vestido de gaucho; le ponderé su hotel y se integró a quienes conocía esa noche.
El hotel queda cerca de Medio y Medio; esa noche estaban allí Charly García con sus “músicos enfermeros” y desde mi terracita escuché el recital, lleno de amantes del rock y de su ídolo.
Caí como una piedra: estaba feliz con las tres presentaciones en Uruguay.
Me quedaba un día más y después volvería a Buenos Aires, a Maximona, y nos encontraríamos con Catman después de quince días, si los astros se alineaban.
Él volvía de Feng Shui y yo de mi amado Uruguay, aunque tenía clavadas unas espinas en el corazón que me aún me dolían.
El vuelo y el remise que me esperaba en Buenos Aires fue el último mimo de la gira, que había comenzado en octubre y terminaba a fin de enero.
Todavía faltaba México, a los pocos días de llegar, pero el TAO fue adverso y suspendimos con gran tristeza mi viaje hacia el reencuentro con el CUDEC y la prensa.
Al llegar a mi departamento, abrí la puerta con ganas de saborear este último viaje, y… OMOMOM.
No tenía luz.
Hacía 32 grados de calor, y sentía ganas de llorar. Pregunté al consorcio si tenían luz, y alguien me dijo que sí. Era mi casa.
Simultáneamente llegaba Catman en otro vuelo.
Tenía ganas de verlo, pero salí al bar de mi barrio, PB, de gente joven querida y admirada y pedí un sándwich de palta, huevo y tomate, limonada… y a esperar que el ángel de Ricardo, el electricista salvador, apareciera.
Así ocurrió dos horas después, luego de que nos reencontráramos con Cat en el bar.
Juntos estuvimos con Ricardo detectando el cortocircuito que venía del termotanque eléctrico, que había hecho instalar cinco meses antes.
Pensé en la gente que jamás tuvo agua caliente, ni agua en su vida, y me consolé.
Conclusión: verano, nadie ubicable y una larga espera para este arreglo de tres meses. Me bañé con agua fría, y alquilé el cuarto de un hotel medio mes para bañarnos Cat y LSD y aceptar que la llegada a “Malos Aires” es siempre un disgusto.
Teníamos “una zanahoria”; ese aliciente era la presentación en Colonia, y festejar el cumple de Catman en nuestro amado rincón del mundo.
Billy y Solana Azulay, que tienen el don de la generosidad, nos invitaron a su casa en el casco histórico, y Gladys fue la intermediaria que nos recibió allí. Gladys es una mujer única, adorable, servicial, cariñosa, a quien le pedí para nuestra llegada una torta casera para el cumple de Cat, y la consiguió.
Esos días supimos ambas que el nuestro sería un vínculo para toda la vida.
La presentación fue en Tupé dos días d
