Neimhaim. El azor y los cuervos

Aranzazu Serrano Lorenzo

Fragmento

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Antes de iniciar el viaje...

Cuando alguien crea un mundo interior no espera compañía. Ese fue mi caso. Neimhaim fue, durante gran parte de mi vida, un refugio secreto donde podía empuñar una espada y soñar que era diferente; un lugar de nieve y hielo en el que me enfrentaba a retos imposibles, donde amaba y también sufría junto a personajes que sentía tan vivos como si respiraran. Ahora ya no estoy sola. Miles de personas han viajado conmigo a Neimhaim: hemos combatido hombro con hombro en los fiordos y en las estepas escarchadas de Hertejänen. Hemos cabalgado por las nieblas de Schenneval, nos hemos zambullido en las heladas aguas del lago de Karajard, hemos brindado con Illzar con un buen trago de aguamiel. Nos hemos enamorado y hemos llorado juntos. Puede que no conozca sus nombres, pero ya no somos desconocidos, un lazo invisible nos ha unido para siempre, porque hemos vivido las mismas emociones.

Compartir algo tan íntimo ha sido, y sigue siendo, una experiencia grandiosa. Me siento inmensamente afortunada. Gracias a todos los que os habéis atrevido a cruzar el umbral de la Península Prohibida, gracias por compartir vuestro entusiasmo, por el ánimo y las alegrías que me habéis brindado, por vuestros preciosos dibujos y regalos, por vuestras recomendaciones, por venir a verme desde lugares muy lejanos. En estos tres últimos años he conocido a personas extraordinarias. Muchas han sido tremendamente generosas y me han ayudado en eventos, promociones y de las más diversas formas: los miembros del grupo Taranis (especialmente Jesús Patón), Hidromiel Helheim, la Hermandad del Acero, Sìol, Duendelirium, Hidromiel Valhalla, la Asociación Valhalla de Softcombat, el cineasta Inge Vela, libreros, periodistas, blogueros, organizadores de festivales y muchos otros; me siento en deuda con todos ellos. También me siento muy emocionada por el apoyo incondicional de mi familia y de mis amigos, por los esfuerzos de mi padre, mi madre y mis hermanas.

Ahora, con este libro en la mano, debo mi más honda gratitud a los que me han acompañado en la gestación de El azor y los cuervos: ante todo, Juan Carlos, guía y sustento de mis palabras; Patricia y Nuria, que me orientaron en la oscuridad; Melisa y Amelia, por sus valiosísimas aportaciones; Alicia y Loli, mis lectoras de cabecera, y Sara/Morgana, que no se le escapa una. Mención aparte merecen Concha, Jordi, David, Juan, Txell, Antonio y Leire, que fueron mis compañeros de fatigas durante la escritura de este libro y me sirvieron de inspiración en un momento en el que necesitaba un montón de grandes personajes. Tampoco puedo olvidar a Javier, cuya impronta aún permanece en Sygnet y Jörn, a Natalia, mi editora, y a Vero Navarro, por su impresionante trabajo con las ilustraciones de la portada. Y a Daniel G. Aparicio, que probablemente no sabe que es el responsable de que esta historia diera un giro de ciento ochenta grados.

Dicen que la magia tiene un precio, y es verdad. Por cada hora que paso en Neimhaim, les robo a dos personas un tiempo muy valioso, insustituible, y eso me parte el alma. Por eso esta historia es suya, se la dedico con todo mi corazón, pues se lo merecen más que nadie. A Juan Carlos y a Daniel, pues no sería nadie sin mis dos amores.

Ahora ha llegado el momento de conocer al azor y a los cuervos. Os invito a disfrutar de esta aventura con la mente libre de ataduras o prejuicios. Que los Altos os acompañen.

 

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Hubo un tiempo en el que matar era un arte, y derramar la sangre enemiga, una honra. El mayor anhelo era morir empuñando el acero, solo así se ganaba el favor de los dioses, el respeto de los pares, una vida inmortal y gloria eterna.

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Mapas y genealogía

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Preludio

En algún punto del mar, al norte de Neimhaim
Año 33 después del nacimiento de los Reyes Blancos

Aquel fue un día ominoso, un instante grabado al rojo vivo en su memoria.

Ignorando el sudor que resbalaba por su cara, Kjartan se aferró a sus dos hachas. Una le sirvió para protegerse, desvió el acero que amenazaba con rebanarle el cuello y lo arrancó de la mano que lo empuñaba, apartándolo lejos de él. La otra puso fin a la lucha: la clavó con todas sus fuerzas en la cara de su rival, traspasando hueso y sesos hasta la mitad del cráneo.

La sorpresa se quedó congelada en el rostro inerte. Muchos le subestimaban, a causa de su edad. Una ventaja de la que sabía sacar provecho.

Solo había vivido dieciséis inviernos pero sabía bien cómo entregar nuevas almas a la Señora Oscura, y no tenía reparo en hacerlo para proteger la mercancía que habían reunido con tanto esfuerzo. El que defendiera con más ahínco a La gorda Gyda, un pequeño barco de palo trincado con el que comerciaban de costa a costa, podría honrar aquella noche a Njörd con una buena borrachera de aguamiel. Y por ahora él iba a la cabeza.

—¡Mejora eso, hermano! —gritó victorioso y empujó con el pie el cuerpo de su enemigo para liberar el hacha.

Su gemelo, Søren, no respondió a la bravata. Tan solo tensó el arco, aguardó un instante para que La gorda Gyda descendiera de una ola y disparó al timonel del navío que había osado asaltarlos en alta mar. La flecha penetró limpiamente en la cuenca de su ojo derecho y el hombre se desplomó sin vida, dejando su embarcación a merced de las agitadas olas. Solo un grueso ca

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