El nacimiento de un héroe

Jin Yong

Fragmento

1. Una repentina tormenta de nieve

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Una repentina tormenta de nieve

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El río Qiantang se extiende desde el oeste, donde sus aguas crecen sin cesar, y discurre por la nueva capital imperial, Lin’an, y la cercana aldea del Buey, antes de continuar hacia el mar, al este. Lo flanquean con orgullo diez cipreses de hojas rojas como el fuego. Es un típico día de agosto. La hierba amarillea bajo los árboles, y el sol se cuela entre las ramas al ponerse, proyectando unas sombras oscuras y alargadas. Al resguardo de dos pinos inmensos, se han reunido hombres, mujeres y niños para escuchar a un narrador ambulante.

El hombre, que ronda la cincuentena, tiene aspecto demacrado y va vestido con una túnica de un azul grisáceo y desvaído que en su día debió de ser negra. Comienza entrechocando dos trozos de madera de peral y luego, con una caña de bambú, golpea rítmicamente un pequeño tambor de cuero. Entona:

Abandonados, los melocotoneros siguen en flor,

mientras los campos de tabaco atraen a los cuervos.

Tiempo atrás, junto al pozo de la aldea,

las familias se reunían para desahogar las penas.

El anciano hace chocar los trozos de madera un poco más y empieza a contar su historia.

—Este poema habla de pueblos habitados tiempo atrás por gente corriente y asolados por las tribus yurchen. La historia trata del anciano Ye, que tenía una esposa, un hijo y una hija, a quienes separó la invasión de los jin. Transcurrieron años antes de que se reencontraran y pudieran volver a la aldea. Tras el peligroso viaje de regreso a Weizhou, descubrieron que las fuerzas enemigas habían reducido a cenizas su hogar y no les quedó más opción que dirigirse a la antigua capital de Kaifeng.

Y cantó:

Se desatan súbitas tormentas,

las gentes sufren desgracias inesperadas.

—Al llegar a Kaifeng —prosiguió—, se toparon con un escuadrón de soldados jin. El oficial al mando advirtió la presencia de la joven Ye, por entonces una doncella hermosa, y, ansioso por hacerse con un trofeo tan magnífico, saltó del caballo y la apresó. Entre risas, la arrojó a su montura y exclamó: «¡Tú te vienes a casa conmigo, preciosa!» ¿Qué podía hacer la joven Ye? Luchó con todas sus fuerzas para liberarse del oficial. «¡Si sigues resistiéndote, mataré a tu familia!», gritó el hombre, que cogió su maza de colmillo de lobo y le asestó un golpe a su hermano en la cabeza.

»“El mundo de ultratumba gana un espíritu, de la misma manera que el mundo mortal pierde otra alma” —cantó de nuevo.

”El anciano Ye y su esposa se arrojaron sollozando sobre el cuerpo de su hijo. El oficial alzó la maza de colmillo de lobo, descargó nuevamente contra la madre y acto seguido contra el padre. En lugar de llorar o suplicar, la joven se volvió hacia él y dijo: “Señor, bajad el arma, iré con vos.” El soldado se mostró encantado de haberla persuadido, pero en el preciso momento en que bajó la guardia, la joven Ye le arrebató el sable que portaba a la cintura, desenvainó y le apuntó al pecho. ¿Estaba a punto de vengar la muerte de su familia?

»Por desgracia, no podría ser. El soldado, que tenía experiencia en el campo de batalla, sabía que si respiraba hondo, tensaba los músculos y presionaba contra la hoja, la muchacha caería al suelo. Entonces le escupió en la cara. “¡Puta!”

»La joven Ye, sin embargo, se llevó la hoja al cuello. La pobre e inocente muchacha...

Una belleza hecha de flor y luna,

y así se arrebató el alma más dulce esa noche.

El hombre va alternando entre el canto y la narración, sin dejar de tocar el pequeño tambor con la caña de bambú. La multitud está fascinada por las palabras del anciano; gruñen con rabia ante la crueldad del soldado y suspiran al oír el sacrificio de la joven.

—Queridos amigos, como dice el dicho: «Trata a los demás con honradez, mantén la cabeza bien alta, con orgullo. Si los actos de maldad quedan impunes, sólo el mal pervivirá.» Los jin han conquistado la mitad de nuestros territorios, han matado, arrasado, violado y saqueado, no hay un acto de maldad que no hayan cometido. Y aun así no son castigados. China cuenta con hombres de sobra, sanos y dispuestos a luchar, y a pesar de eso, cada vez que nuestro ejército se enfrenta a los jin, da media vuelta y huye, dejándonos atrás a los campesinos para que suframos. Ocurren historias como ésta, muchísimas, al norte del Yangtsé. El sur es un paraíso en comparación, pero aquí se sigue viviendo cada día con el miedo a la invasión. «Mejor ser un perro en tiempos de paz que un hombre en tiempos turbulentos.» Soy el viejo Zhang. ¡Gracias por escuchar la historia de la joven Ye! ¡Una historia verídica!

El narrador hace entrechocar de nuevo los dos trozos de madera de peral y tiende una bandeja hacia la multitud. Los vecinos del pueblo se acercan arrastrando los pies y dejan caer unas monedas. El viejo Zhang se las guarda en el bolsillo y empieza a recoger sus pertenencias.

Mientras la multitud se dispersa, un joven de unos veinte años se abre paso hasta él.

—Señor, ¿acabáis de llegar del norte?

Es de baja estatura pero se ve fuerte, y unas cejas pobladas como orugas le cruzan la frente. Procede del norte; lo delata su acento.

—Sí —responde el narrador, observándolo.

—Entonces, ¿puedo invitaros a beber algo?

—No me atrevo a recibir semejante favor de un desconocido —responde el anciano.

—Tras unas rondas, dejaremos de ser desconocidos. —El joven sonríe—. Me llamo Guo Furia Celeste —dice, antes de señalar a un hombre apuesto y barbilampiño a su espalda—. Y éste es Yang Corazón de Hierro. Hemos disfrutado muchísimo con vuestra historia, pero nos gustaría hablar con vos, haceros algunas preguntas. Traéis noticias de casa.

—No hay problema, joven. El destino nos ha reunido hoy.

Guo Furia Celeste conduce al narrador a la única taberna del pueblo, donde toman asiento. Qu San, el tabernero, se acerca renqueando con las muletas a su mesa, deposita dos jarras de vino de arroz caliente y va a buscar unos tentempiés, habas, cacahuetes con sal, tofu seco y tres huevos salados. A continuación se sienta en un taburete junto a la puerta, desde donde contempla cómo el sol empieza a descender hacia el horizonte. En el jardín, su pequeña hija persigue a las gallinas.

Guo Furia Celeste brinda por el narrador y empuja los sencillos tentempiés hacia él.

—Tened, comed, por favor. En el campo tan sólo podemos comprar carne el segundo y el decimosexto día del mes, así que me temo que esta noche no tenemos. Disculpadnos, por favor.

—Me basta con el vino. Por vuestros acentos me parece que sois los dos del norte, ¿es así?

—Somos de la provincia de Shandong —contesta Yang—. Vinimos hace tres años, desp

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